Franziska Scheler
Capítulo 16
La sociedad no practica ninguna de las virtudes que exige de un ser humano.
Balzac
1
A la mañana siguiente apareció en la revista Börsenblatt la crítica del libro de Leopold. Era muy larga y de una hostilidad extrema. El señor Von Manberg estaba sentado en su despacho de la redacción y leía la reseña con una satisfacción creciente. Tenía un grueso lápiz rojo en la mano y subrayaba de tanto en tanto una línea o una expresión que le gustaba especialmente. Cuando terminó de leerla, se levantó, se guardó la publicación en el bolsillo interior y se dirigió al despacho del doctor Wild. El doctor Wild estaba todavía leyendo, y Manberg esperó en silencio, y después de que los dos caballeros hubieron hablado del incidente durante un cuarto de hora, Manberg caminó por el largo pasillo de la sección de comercio e hizo que la señorita Schneider lo anunciase en el despacho del doctor Achtermann.
El doctor Achtermann comenzaba su jornada con la lectura de las publicaciones más importantes de la bolsa, y cuando el señor Von Manberg, alto y vestido con un traje nuevo de color azul oscuro, ya había leído la crítica sobre el libro de Leopold, le tendió el Börsenblatt sin decir nada y el doctor Achtermann se lo devolvió igualmente sin palabras.
—No soy historiador —dijo juntando las manos—, pero el tono de esa reseña es repulsivo y hostil. ¡Se nota que hay tal intención, y se queda uno
desconcertado[63]! Probablemente tendrá usted otra opinión…
—Esta crítica es, por desgracia, completamente correcta —dijo el señor Von Manberg—, y estoy decidido a escribir en ese mismo sentido sobre el libro del señor Chindler.
—¡No me diga! Pero no en nuestro periódico, ¿verdad?
—¡En nuestro periódico! El suplemento cultural me ha ofrecido el libro para reseñar.
El doctor Achtermann se recostó en el asiento y juntó las manos por las puntas de los dedos.
—Eso es ir demasiado lejos —dijo finalmente—. Usted pretende atacar a un colega… Yo en su lugar me lo pensaría dos veces. Personalmente, me lo pensaría largo y tendido.
El señor Von Manberg estaba concentrado en sus pensamientos y se llevó las manos a la espalda.
—¡Estoy al servicio de la verdad! He entregado mi vida a este sublime servicio, y no permitiré que me desvíen de mi trayectoria. Este Chindler tiene el mismo carácter que ese Gentz… ¡Eso hay que decirlo! Y a tiempo… Antes de que sea demasiado tarde…
El doctor Achtermann no podía soportar las frases hinchadas, pero el señor Von Manberg era un rival susceptible y desagradable con quien era mejor no meterse.
—He hablado con el doctor Wild —prosiguió el señor Von Manberg—, y opina también que el suplemento cultural puede decir lo que quiera.
—No soy historiador —dijo el doctor Achtermann—, pero el libro no me pareció malo. Aprendí muchas cosas de él, y algunos capítulos están brillantemente escritos.
—El estilo es algo secundario —dijo el señor Von Manberg—. Ese libro es reaccionario hasta la médula.
—A mí no me lo parece —dijo el doctor Achtermann. Se sacó el reloj del bolsillo y lo depositó frente a él encima del escritorio. El señor Von Manberg comprendió la indirecta y se levantó.
—¿No tiene usted entonces ninguna objeción?
El doctor Achtermann pensaba en el editorial que tenía que tener listo a las once, y barruntaba una respuesta. Abrió la caja de los puros, sacó uno y lo volvió a dejar. Se había despertado con dolor de cabeza, y su médico de cabecera le había dicho que fumaba demasiado.
—Yo… estoy… algo sorprendido. Llevo nueve años en este despacho, pero el suplemento cultural nunca me ha pedido permiso para publicar un artículo. En este sentido estoy de acuerdo con el colega Wild. Por otra parte, este asunto no me parece que sea inocuo. El doctor Chindler es colega nuestro desde hace varios años, y sería un precedente inusual atacar a un colega en su propio periódico. Yo no lo haría, y es más que probable que el señor Chindler no tolere un ataque semejante.
—Si el señor Chindler escribe libros —dijo el señor Von Manberg—, esos productos personales están sujetos a la crítica pública como cualquier otro libro que reseñamos en nuestras columnas.
—Eso es cierto —dijo el doctor Achtermann con cautela—, eso es cierto en sí, pero en mi vida he experimentado que uno puede sobrevalorar también una verdad y entonces… Pero me parece que le he interrumpido a usted.
El señor Von Manberg no tenía nada más que decir y salió del despacho. En la antesala se encontró al doctor Wild, que parecía haber estado esperándolo.
—El colega Achtermann no comparte del todo nuestra opinión —dijo—, pero también opina que el suplemento cultural está únicamente bajo la dirección del jefe del suplemento cultural.
—Se montará un numerito —dijo el doctor Wild.
Una hora más tarde, el doctor Achtermann se dirigió a la imprenta y pidió al señor Thomas que le enviara al suplemento cultural la copia corregida de su editorial. Luego pasó al lado de Jabionski, que estaba componiendo su artículo, y se dirigió al despacho del doctor Chindler.
—Hace tiempo que quería darle la enhorabuena —dijo—. He leído su libro con placer. Ciertamente no soy historiador y no puedo juzgarlo por entero, pero he aprendido un montón de cosas de él, y mi esposa lo encuentra incluso fascinante. Su comparación entre Metternich y Talleyrand es de un gran nivel, y creo también que Talleyrand fue un hombre más inteligente que nuestro paisano de Renania. Sin embargo, me he preguntado varias veces por qué eligió usted ese tema. Creo que la materia del libro molestará a algunos.
—Por ejemplo al Börsenblatt —dijo Leopold.
—Sí… eso es… eso quería decirle —dijo el doctor Achtermann—. ¿No habría podido elegir a otro… a otro personaje?
—Ese Gentz era un tipo interesante, y una nación que se precie debe preocuparse por su historia.
—Eso es verdad y también es correcto, pero va a crearse usted muchas enemistades.
—Anoche estuve en casa de mi editor —dijo Leopold— y allí me encontré el más puro ambiente de guerra civil. Es realmente asombroso lo cobardes que son nuestros republicanos. ¡Tiemblan de miedo incluso ante los muertos!
El doctor Achtermann se echó a reír, y Leopold prosiguió:
—No es asunto mío influir en los críticos ni en sus reseñas, pero me pregunto por qué nuestro periódico no ha publicado nada todavía y a quién se le encargará hacerlo.
—Tengo entendido que al señor Von Manberg.
Esa era una noticia similar a una declaración de guerra, y Leopold se levantó.
—¡Si se me ataca en mi propia casa —dijo con vehemencia—, entonces me iré, y además de inmediato! ¡Sin titubear!
El doctor Achtermann se encendió un cigarrillo y dijo:
—Puedo entenderlo. ¡Probablemente yo haría lo mismo!
El doctor Achtermann no estaba en contra de Leopold, incluso estaba más de su lado que del de Manberg, pero a Leopold le aburría tratar de convencer al doctor Achtermann y de atraer hacia sí a aquel hombre titubeante y prudente. Sin duda era una equivocación albergar esos sentimientos tiernos y desafiantes en un momento tan crítico y peligroso en lugar de esforzarse un poco e insuflar a un amigo el valor necesario, pero Leopold contempló la cara meditabunda del doctor Achtermann y le interesó más observar la lucha de sentimientos encontrados en el semblante del doctor Achtermann (igual que un pintor estudia un modelo interesante o como Tolstói investigaba el cadáver de una bella suicida) que persuadir al doctor Achtermann.
El doctor Achtermann tiró su colilla en el cenicero de Leopold y se fue al suplemento cultural. El doctor Kleim estaba en la puerta de su despacho leyendo unas primeras pruebas. Cuando divisó al doctor Achtermann, puso una cara de satisfacción:
—Mañana por la noche dan la novena de Bruckner. ¿Irá usted? Le gustará.
—Desgraciadamente tengo que viajar esta tarde a Düsseldorf —dijo el doctor Achtermann.
El jefe del suplemento cultural recibió al doctor Achtermann con especial cortesía. El doctor Achtermann comentó enseguida el caso Manberg-Chindler, y el jefe del suplemento cultural escuchó atentamente sin interrumpir al doctor Achtermann. El señor doctor Achtermann llevaba una corbata negra y una pequeña alhaja en ella, y al jefe del suplemento cultural le pareció que ese detalle resultaba muy elegante y que probablemente no existía ningún otro periódico con un colaborador tan culto como él.
—No soy historiador —concluyó el doctor Achtermann—, pero lo dicho: a mí el libro me parece muy bueno en algunas partes, y yo no provocaría ningún escándalo en nuestra casa a causa de ese libro.
—A mí el libro me parece miserable —dijo el jefe del suplemento cultural —. Es inteligente pero soberbio, y a mí no me gustan los libros soberbios.
—El colega Chindler es joven todavía —dijo el doctor Achtermann—, y solo los canallas son modestos.
—Mejor un canalla modesto que un genio soberbio —dijo el jefe del suplemento cultural, golpeando la mesa con el puño.
Ese gesto, inusual sobre todo en la sección de comercio, tranquilizó al doctor Achtermann. Él se volvía frío cuando los demás se acaloraban, y su naturaleza estaba tan felizmente dispuesta que ganaba en peso y se le engordaban los mofletes cuando se veía implicado en alguna pelea agotadora. Se recostó en su asiento, metió el pulgar y el meñique entre los botones de su chaleco y miró a la cara a su agitado colega.
—No me ha preguntado usted por mi opinión, ni tampoco tiene por qué preguntarme por mi opinión, pero como esta mañana me han preguntado ya desde diferentes frentes, me tomo la libertad de declarar que desapruebo ese procedimiento. En la sección de comercio, y en determinadas circunstancias, podríamos despedir a un colega, para lo cual no existe el mínimo motivo en el caso del doctor Chindler, dicho sea de paso, pero jamás nos atacaríamos mutuamente.
El jefe del suplemento cultural cedió y comenzó a reflexionar sobre el asunto.
—Ese Chindler estuvo en nuestra sección anteriormente —dijo—, y lo conozco bien… es una persona con talento… eso no se lo voy a discutir… Sin embargo… una pequeña reprimenda le hará bien a su personalidad, y dado que somos por la gracia de Dios un… periódico libre, tendrá que aguantar nuestra crítica… A mí me parece incluso muy… muy… Es un experimento… Me imagino que se podría decir que es un experimento realmente democrático. En todo caso, lo corrupto y lo reprobable sería solo lo contrario… Sí, solo lo contrario… y tengo que decirle con franqueza que me duele que esta vez tengamos opiniones diferentes, ¡pero no voy a influir en mis jefes de sección!
—No somos una institución pedagógica, sino una empresa política —dijo el doctor Achtermann.
—No hay más vuelta de hoja, pero entre las dos no existe, para mí, una gran diferencia.
El doctor Achtermann recordó que Leopold Chindler le dijo una vez que era un signo de estupidez que una persona no quisiera ver ninguna diferencia.
Un mensajero joven entró en el despacho y entregó al doctor Achtermann la copia corregida de su artículo editorial. El doctor Achtermann vio enseguida que el tipógrafo había cometido un error de imprenta ya en el título y se levantó.