Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 64 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 3

Therese había preparado un gran pudin, y Karl declaró que Therese era la mejor cocinera que conocía.

—Yo no puedo más que probar un poco —dijo Elisabeth Chindler, que se puso media cucharada en el plato—. El médico me ha prescrito una dieta muy rigurosa porque ya no tengo el estómago tan fuerte como antes. Pero si queréis darme una alegría, tenéis que comeros el pudin entero.

—No hará falta que me lo digan dos veces —replicó Karl, y cuando se levantaron de la mesa después de comer, la gran fuente marrón estaba vacía.

 

3

 

Karl prosiguió su viaje nada más terminar el almuerzo, mientras que Leopold no partió hasta el atardecer. Elisabeth Chindler había pedido un taxi, y cuando Leopold se volvió a mirar en la calle y levantó la vista hacia las ventanas, Elisabeth Chindler estaba de pie tras los cristales y se despedía de él haciendo señas con las manos. Era bajita y se la veía encorvada, y sus ojos grandes yacían en sus cavidades profundas. Intentó sonreír a su hijo una vez más, pero él vio que le temblaban las comisuras de la boca, indicador de que estaba llorando. Ella había vuelto a conquistarlo por entero, y cuando se recostó en el acolchado del asiento, no pudo menos que sonarse dos veces las narices con fuerza.

 

El tren llegó a la hora exacta, y Anki estaba en el andén. Había pensado que Leopold viajaría en el coche cama, y había ido a la estación por si acaso. Llevaba un sombrerito rojo, un poco ladeado hacia la derecha, y un velo. El fox terrier tiraba de su correa verde, pero Anki le había dado dos vueltas al cuero en la mano y lo sujetó con firmeza. El animal tenía un aspecto precioso levantado sobre las patas traseras y con la boca abierta y la lengua con curvatura heráldica y azotando el aire con las patas delanteras, fuera de sí por la alegría del regreso del hombre al que consideraba su amo.

«Lo siento», pensó Leopold, «quería que las cosas fueran de otra manera y deseaba poder hacer feliz a mamá. Pero yo amo a Anki… enviaré a Waldo a casa de Richard Scheler… Esta situación tiene que acabar de una vez… quiero que ella sea mi esposa».

Anki dio la mano a Leopold, y se saludaron sin besarse. Anki se detuvo detrás de la barrera y le entregó una postal a Leopold. Estaba matasellada en Friburgo, era de Inge Klemm y la posdata decía: «Tal como acabo de enterarme, Richard Sch, se ha prometido a una muchacha joven. Dicen que es la hija de un párroco y que solo tiene diecisiete años».

Leopold leyó dos veces la posdata, y Anki, que lo estaba siguiendo con los ojos, tenía la sensación de un acusado que acaba de levantarse de su asiento porque el tribunal ha regresado a la sala del juicio después de deliberar en otra sala.

—¡Esta es una buena noticia! Ahora somos libres —dijo Leopold, y se guardó la postal en el bolsillo del abrigo.

Anki soltó al perro y en esa acción se le cayó el paraguas, y rodeó a Leopold con los dos brazos.

—¡Tú —dijo ella—, siempre y eternamente solo tú!

Leopold le besó los ojos y los labios, y cuando Anki lo besó a su vez a él, se le pasaron por la mente las palabras de su madre: «Una muchacha joven es como la cera que el hombre puede moldear».

«¿Por qué iba a tener que moldearla?», pensó él. «¿Por qué debería ser diferente a como es? ¡No me digas! Perseverar… ser moldeado, ¡eso es mucho mejor! Llevar esa carga dulce, a esa mujer que es como una niña. ¿Ser entendido? ¡Qué estupidez! Ese es el deseo débil de neurasténicos enfermizos. Lo importante y decisivo será entenderla. Es un trágico error de esta generación querer adiestrar a los demás como un maestro a sus alumnos del primer año de la escuela. Amar y ser amado… ¡Y nada de segundas intenciones! ¡Ningún temor! Qué dulzura la de esos labios carnosos…».

Una mujer mayor dio unos golpecitos en el brazo a Anki y esta soltó a Leopold.

—Eh, señorita, se le ha perdido el paraguas.

Anki cogió el paraguas y dio las gracias a la anciana, que siguió su camino sonriendo de satisfacción ante tanta pasión olvidadiza.

—El fox terrier se ha ido también —dijo Anki mirando por encima del hombro de Leopold hacia el vestíbulo de la estación.

¡Qué hermosa era cuando miraba con esa intensidad! Leopold le colocó el sombrero en su sitio porque se le había desplazado hasta el hombro y Anki le dejó hacer, quieta y feliz y completamente humilde («¡como una muchacha muy jovencita!», pensó él). Leopold estaba ebrio de orgullo por su hermosa mujer.

 

Por la noche, Leopold y Anki estaban invitados en casa de los Bendemann, y cuando entraron en la sala de estar, Anki dijo que se habían prometido y que se casarían pronto.

Otto Bendemann se acercó a Leopold como un sacerdote alto y viejo, pero su discurso fue muy mundano y un poco similar al de un chico grande.

—¡Es una idea excelente! ¡Caramba! ¡Leopold, dele usted un abrazo a un amigo del alma!

La noche siguiente era de un martes, y Leopold dijo a Wilhelm Braun que lo sentía pero que se había prometido y no podía ir solo. Wilhelm lo felicitó y rogó a Leopold que se trajera también a la señora Scheler. Cuando Leopold llegó y entró en la sala de estar detrás de Anki, se encontró reunido allí a un grupo pequeño: el doctor Achtermann y su esposa rubia y tímida, y Herbert Müller con su pareja. Wilhelm Braun había puesto un montón de alcohol a refrescar, vino Hasensprung de la localidad de Winkel en la comarca del

Rin[93] y champán. Durante la cena dijo que era el sagrado número siete la cifra de los reunidos en su casa, y a continuación se levantó y pronunció un discurso a la pareja de novios que en realidad iba dirigido a Anki sobre todo. La primera parte fue divertida, pero en la segunda Wilhelm dijo algunas frases conmovedoras. Anki estaba muy emocionada, y cuando Wilhelm se sentó de nuevo, ella le dio un beso.

—Enorme —dijo Herbert Müller.

Wilhelm Braun se había vuelto un muchacho muy locuaz. A la mañana siguiente, mientras Leopold estaba desayunando, la señora Janke le llevó un telegrama. Leopold lo abrió y leyó: «mujeres y sueños (con “s” mayúscula) de mujeres, mis deseos más afectuosos, erika welter».

Sobre la mesita de fumar había un candelabro de porcelana blanca. Leopold encendió la vela y sostuvo el telegrama en la llama. El papel se retorció como una serpiente, pero Leopold lo sujetó firmemente con unas tijeras hasta que la hoja entera quedó convertida en humo y cenizas. Después apagó la vela de un soplido y abrió la ventana.

 

FIN