Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 21 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 3

leyendo[45].

Hans Karl vino saltando por el césped. Tenía las mejillas ardientes y los ojos brillantes, y a Anki le pareció que su hijo era encantador y adorable sin medida. Llamó a Hans Karl y le colmó de besos hasta que el chico se soltó de sus brazos y corrió de nuevo a su regadera roja y a su carretilla verde. Anki se levantó. El jardinero estaba cavando en el arriate de las flores, así que era seguro dejar con él a Hans Karl. Ella entró en la casa, cogió la enciclopedia Brockhaus (que Otto Bendemann había tenido que comprarle) y calculó. De 1764 a 1830 (ese era el año de la fecha de la carta): Gentz tenía sesenta y seis años cuando amó con esa pasión.

Poco tiempo después se compró un librito sobre Karoline von Humboldt y se quedó asombrada y conmovida cuando leyó en él que también Karoline, la felizmente casada Karoline, madre de seis hijos, había amado a otros dos hombres durante su largo matrimonio, y entre ellos estaba aquel Karl von Burgsdorf, de quien sabía algunas cosas porque había frecuentado el salón de la señora Von Varnhagen. Hasta ese momento, Franziska había tenido a Karoline von Humboldt por una especie de reina Luisa, una imagen encumbrada, sublime, ejemplar, y ahora veía que Karoline fue una persona como ella («¡aunque mucho más importante que yo, por supuesto!», pensó Anki), apasionada, compleja, fiel, pero sometida al poder del corazón y al poder del amor. Se compró la correspondencia entre Wilhelm von Humboldt y Karoline, siete gruesos volúmenes, y leyó las cartas línea tras línea.

 

3

 

Herbert Müller, el dueño de la editorial Herbert Müller, había leído los siete primeros capítulos del libro de Leopold. Le gustaron mucho, y Leopold fue a su casa a firmar el contrato. Leopold no creía que Herbert Müller fuera a ceder a sus exigencias, pero no tuvo que emplear muchas palabras para que Herbert Müller se mostrara dispuesto a entregarle a Leopold seis mil marcos de anticipo. A Leopold le pareció una cantidad más que decente, pero mantuvo la boca cerrada, y cuando hubo guardado el cheque en la cartera, salió del despacho despacio y mesurado. Una vez en la calle, caminó mucho más deprisa y en la esquina paró un taxi y se dirigió a la casa Wanderer. Desde hacía tres meses, en los escaparates de esta empresa podía verse un coche descapotable pintado de amarillo. Leopold conocía a la perfección ese coche porque estaba completamente enamorado de ese elegante vehículo. Ahora había llegado la ocasión propicia. Entró en la tienda y compró el coche igual que uno se compra un día cualquiera una caja de puros o una cinta nueva de color para la máquina de escribir. El vendedor era un caballero joven, bien vestido, con gafas de concha y patillas.

—Es nuestro ultimísimo modelo, le felicito por tener el coraje para comprarlo de este color.

—Es una ventaja extra —respondió Leopold—. Los condenados ladrones lo tendrán difícil a la hora de hacer desaparecer un coche amarillo.

—¿Sabe conducir?, —preguntó el vendedor.

—Sí.

—Entonces está todo en orden. He mandado que le faciliten los papeles.

Bajaron la gran luna del escaparate y Leopold salió conduciendo enseguida por allí.

—Cuidado —dijo el vendedor señalando a las nubes—. Está lloviendo y el sirimiri es lo peor que hay para el asfalto en Berlín. El coche puede hacerle un giro repentino de modo que quede mirando hacia el barrio de Siemensstadt cuando usted lo que quería era ir a la Plaza Alexander. Sería una lástima por el coche.

Leopold condujo con prudencia, y cuando llegó a la calle Kaspar Theys, el cielo volvía a estar azul. Anki estaba sentada en el cuarto de Hans Karl, y Leopold le pidió que se asomara un instante al balcón.

—¿Es su coche?, —preguntó ella.

—Sí. Me permito presentarle mi automóvil recién estrenado.

—¿De verdad que lo estrena ahora?

—Hace un minuto que ha cumplido un cuarto de hora. Lo he comprado hace dieciséis minutos. ¿Me permite invitarla a un pequeño paseo de estreno?

Anki fue al dormitorio, y Leopold tuvo que esperar un buen rato, pero cuando Franziska apareció por fin en la sala de estar, tenía un aspecto encantador.

—¿Adónde vamos?, —preguntó Leopold.

—A Tegel —dijo Anki.

Leopold conducía despacio y contemplaba el cielo y los coches que pasaban, y a veces también las rodillas de Anki, que asomaban por debajo de su falda corta, o sus ojos, que eran igual de azules que el cielo por encima de su sombrero pequeño, pero mucho más brillantes. Llegados a Tegel, atravesaron la avenida que conduce al Palacio de Humboldt, y entraron en la antigua y famosa casa. Leopold había estado ya dos veces en el Palacio de Tegel, pero Anki lo veía por primera vez. Ella contempló todas las salas y todos los papeles pintados, el escritorio de Wilhelm Humboldt, y se detuvo mucho rato ante los bustos que había realizado Thorwaldsen del gran hombre de Estado. Para acabar, caminaron por la avenida de tilos hasta el lugar de enterramiento de la familia Von Humboldt. Leopold examinaba las inscripciones de cada lápida, mientras que Anki tenía la mirada puesta en el pequeño palacio en el que habitó en su día aquella mujer cuyas cartas ella tanto adoraba y admiraba.

—Usted es el mejor de mis maestros —dijo Anki—. En mi vida nadie me ha dicho ni me ha mostrado tanto como usted. He leído entero su libro de Gentz (Anki se refería a su traducción de la obra de Burke), y le estoy tan agradecida por los muchos estímulos que usted me ofrece que me gustaría también regalarle algo. Sin embargo, con toda probabilidad posee usted todos los libros que podrían ocurrírseme a mí, así que me daría una gran alegría si quisiera decirme con qué podría darle yo una alegría a usted.

—Solo tengo un deseo…

—¿Qué desea?

—Querría verla a usted todos los días.

Anki se puso el guante y se inclinó sobre el botón que no se cerraba.

—Ese no es el deseo al que me refería —dijo ella—, o… quiero decir que… ese deseo ya se lo tengo concedido… pues lo veo a usted casi todos los días.

—Venga usted —dijo Leopold—. Vamos a pasear un poco.

Anki lo siguió.

—No tiene por qué ser un libro —dijo ella—. Hay otras cosas que podría regalarle… Tal vez encuentre algo para su coche nuevo.

—Tengo un deseo muy grande —dijo Leopold—. Me gustaría pedirle que me permita invitarla a mi casa.

—¿Cuándo quiere que vaya?, —preguntó Anki.

—Hoy… ahora… esta tarde.

—Hoy no puedo —dijo Anki—. Marie está enferma. He llamado al médico y me gustaría estar en casa para cuando venga. Pero mañana iré a tomar el té a su casa.

Leopold no tenía ni idea de quién era Marie, pero Anki tenía la costumbre de nombrar a sus amigos y parientes por el nombre sin aclarar nada más, y por esa familiaridad sobreentendida trataba también a Leopold como a alguien que está por entero en su vida y que sabe todo lo que ella sabía, y conoce todo lo que ella conocía y a lo que estaba acostumbrada todos los días.

—Se lo agradezco —dijo Leopold—, no puedo decirle la ilusión que me hace ya su visita de mañana.

El médico acababa de llegar y se encontraba ya con Marie cuando Anki llegó a su casa. Fue a la sala de estar y mandó a Luise que le comunicara al médico que lo esperaba después de examinar a la paciente.

—Es una pleuritis —dijo el médico al entrar en la habitación de Franziska —, sería más que recomendable enviar a la muchacha al hospital.

Anki pidió un taxi por teléfono y fue a ver a Marie. Marie estaba echada en la cama y se incomodó cuando entró Anki y se acercó a los pies de la cama.

—No es nada, señora Scheler, no me pasa nada de nada. No hacía falta que viniera el médico. Voy a echar una cabezadita y mañana me levantaré temprano otra vez.

—Le he pedido un taxi, va a ir al hospital unos días. Eso le hará bien. Si la cuidan como es debido, en dos semanas estará usted otra vez bien.

 

Veinticuatro horas después, Anki salía de la boca del metro en la Plaza de Nürnberg y subía despacito por la calle Schaper. «Hoy me va a besar», pensó, «pero eso es lo que quiero, y yo lo besaré también».

Se detuvo y miró a su alrededor para ver si alguien la seguía, pero la calle estaba vacía y desierta. Entró en el edificio con el número veintiuno. Solo fueron tres segundos hasta que la puerta se abrió de golpe, pero a Anki le parecieron larguísimos, y como no había ascensor, subió apresuradamente las escaleras. Leopold ya había abierto la puerta de la vivienda, y Anki entró en la pequeña antesala, que era fresca y estaba a oscuras. Se quitó los guantes y los depositó sobre la mesita debajo del espejo, pero se dejó puesto el sombrero y entró en el cuarto de trabajo de Leopold, que le pareció sorprendentemente pequeño. Miró a su alrededor en todas direcciones y descubrió el comedor. La puerta estaba abierta y Franziska divisó la mesa puesta para dos comensales.

—¡Ah…! Ahí hay otra habitación —dijo ella, y entró.

Leopold se dio cuenta de que su piso no era motivo de admiración.

—Ha entrado usted en el cubículo de un escritor.

—Vive usted un poco como su héroe Gentz.

—¿Le desagrada eso?

Anki entró en el comedor y puso su bolso encima de la mesa del té. Leopold había puesto su mejor porcelana de Meißen, azul y blanca. La leche y el azúcar estaban ya en la mesa, solo faltaba la tetera.

—¿Tiene usted cocina? ¿Me permite hacer el té?

No había mucho que hacer. Leopold lo había preparado ya todo en la cocina, pero Anki estuvo tanteando las cosas con satisfacción. Colgó el sombrero del asidero de la ventana, calentó la tetera y, rociando con cuidado el agua caliente sobre las hojas, preparó un té fuerte y excelente. Después del té, ella se situó ante los libros de Leopold, pero este la tomó suavemente del brazo.

—Hoy no vamos a hablar de libros…

—¿De qué quiere hablar entonces?

—Del amor…