Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 28 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 2

 

Era un martes al atardecer, y Leopold fue a la casa de Wilhelm Braun.

—Diez adulterios son menos malos que un divorcio —dijo estando todavía bajo la puerta, y a continuación añadió—: Buenas tardes.

—Anda —dijo Wilhelm tratando de poner una cara seria—, ¿es este tu descubrimiento más reciente?

—Sí. Si mi esposa me engaña, o bien tengo que matar al ladrón de mi mujer y enemigo de mi paz, o bien debo aguantarme… Huir es una actitud miserable, como mínimo tienes que admitirlo.

Wilhelm Braun no era amigo de conflictos matrimoniales.

—Estás en la situación afortunada del soltero… Dejémoslo.

—¿Cómo le va a Erika Welter?, —preguntó Leopold mientras contemplaba una foto grande de la interesante actriz que veía por primera vez en el escritorio de Wilhelm.

—Apenas la veo. Está ensayando una obra nueva, una horrible chorrada francesa, pero tiene un papel bomba, y supongo que volverá a tener un éxito bomba. ¿Tienes tu coche por aquí? ¿Sí? ¿Me dejarías verlo?

—Con mucho gusto. No sabía que te interesaran los coches, de lo contrario te lo habría mostrado hace tiempo.

Wilhelm Braun había heredado unos cuantos miles de marcos de una tía suya y estaba pensando si comprarse un coche o un cuadro pequeño de

Kaspar David Friedrich[51] que le había ofrecido un paciente. Los dos amigos bajaron, y a Wilhelm le pareció muy bonito el coche.

—Esto lo has hecho bien —dijo—, es un automóvil bonito, no demasiado grande ni demasiado pequeño y pintado con un color bastante audaz. ¿Y cómo llevas tu libro? ¿Lo has acabado?

—Estoy en el último capítulo.

—Así que la criatura ha venido al mundo antes que la madre —dijo Wilhelm contemplando las luces de posición del coche.

—Sí —dijo Leopold—, para dar una alegría a su ajetreado padre.

—La literatura es un asunto de locos, pero tu libro sigue siendo un descubrimiento, te felicito por el tema. Solo algunos extranjeros conocen realmente nuestra historia, nuestra propia gente la conoce aproximadamente como mi ama de llaves la teoría de la relatividad desde que su autor se ha convertido en el niño mimado de la prensa democrática.

La señorita Gehrke se asomó a la ventana y gritó que había una llamada telefónica para el señor doctor Braun.

— [52] Lupus in fabula —dijo Wilhelm, que regresó al piso.

—¿Y qué tal tu libro?, —preguntó Leopold en las escaleras.

—Mi libro me asombra. Anteayer, mientras estaba tumbado en el sofá mirando un mosquito, vino una persona que afirmaba ser editor y de Leipzig, y lo era de verdad, y esta mañana llamó temprano a las ocho y dijo que quería imprimir mis escritos.

—Te vas a hacer más famoso que Erika Welter —dijo Leopold.

—Me pondrán una entrada en la Brockhaus, y eso ya es mucho. Esas enciclopedias las lee más gente de lo que uno piensa.

—¡Conozco a una mujer joven y guapa que hace un tiempo se compró la Brockhaus entera!

—¿Ves?, —dijo Wilhelm—, entonces mi nombre se deslizará entre las pestañas de una mujer guapa y joven. ¿Qué más se puede pedir? ¿Me permites que después te lea media página que he escrito esta noche?

A finales de esa semana, Waldo Westegg fue a ver a Leopold al local del periódico.

—No he visto nunca nada igual —dijo en tono campechano—, y me gustaría echarle un vistazo, siempre y cuando esté permitido y no le moleste, claro.

Leopold le mostró la biblioteca, el archivo, la sala de reuniones y por último el taller de tipografía.

—Esta está bien, me gusta —dijo Waldo.

Tenía el mismo pelo oscuro que su hermana, y desde que había regresado de Hannover cubría su labio superior un bigotito marrón. Al doctor Achtermann le pareció que le quedaba muy bien, un poco como a Menjou, pero eso fue uno de aquellos errores que dicen muchas cosas sobre su autor. Menjou tenía el aspecto que la gente de la calle se imagina en un gran señor,

mientras que Waldo tenía un parecido al príncipe Pückler[53], con quien estaba emparentado además.

Leopold conversaba con agrado con Waldo, a pesar de su terquedad y de que jamás, en ninguna circunstancia, diera su brazo a torcer. Anki tenía miedo de esas discusiones, pero no sabía que los hombres a veces se pelean inofensivamente, igual que los novillos. Los Westegg tenían unos parientes ingleses; una hermana del abuelo de Anki se había casado con un noble escocés, y Waldo visitó después de la guerra a esos parientes. Sin embargo, no le gustaban los ingleses, y se sabía de memoria un montón de pasajes que Byron y otros escritores habían escrito contra Inglaterra. En cambio se deshacía en elogios hacia Rusia, y entre las asombrosas contradicciones en el carácter de un hombre tan joven estaba el hecho de que considerara las Caminatas por la marca de Brandeburgo de Theodor Fontane y la novela Oblómov de Iván Goncharov los dos libros más hermosos que había leído nunca. Lo que dificultaba la conversación con Waldo eran los tópicos. El Reichstag era para él un nido de cotorras, y Leopold ya podía decir lo que quisiera porque Waldo estaba convencido de que los ministros democráticos eran corruptos por naturaleza.