Franziska Scheler
Capítulo 13
Estaba yo de pie y solo, mirando hacia las secas llanuras africanas; caía una lluvia de fuego desde el Olimpo.
Hölderlin
1
La casa, detrás de la cual Leopold había aparcado el coche, era de una planta y de un color marrón desgastado. Franziska fue la primera en bajar, y cuando se acercó, descubrió delante de la puerta de la casa un poste fijado en el suelo, y en el poste de madera había un trozo de papel en el que figuraba la palabra «Hotel» en mayúsculas temblequeantes. Anki se dio la vuelta y exclamó a Leopold:
—Has conducido con acierto, Leopold. ¡Aquí tienes tu Hotel Adlon! ¡Es este!
Leopold se quitó las gafas de sol y se enjugó el sudor con un pañuelo grande de viaje. A continuación se encaminó despacio hacia la casa en el momento en que la puerta se abría y salía por ella un anciano. Llevaba una larga barba gris, un caftán negro e iba tocado con un gorrito negro.
—Mis saludos —dijo Leopold—. Me gustaría alquilar su hotel.
—Mis saludos también —dijo el dueño en un alemán que sonaba raro porque pronunciaba la «ü» como una «i» y la «e» como una «ä», y contemplaba a los recién llegados tocándose los pelos de la barba con la mano derecha igual que una arpista toca las cuerdas de su instrumento. Estaba ostensiblemente sorprendido, y como no había divisado todavía el coche, no podía explicarse de dónde habían salido esos extraños personajes que ansiaban hacer noche en su cabaña.
—¿Tiene una habitación para nosotros?, —prosiguió Leopold—. O mejor dicho, ¿tiene tres habitaciones?
—El doctor de los dientes ha venido —dijo el posadero—, habita en la única habitación que tengo. Pero si usted quiere pagar por tres, lo pondré en la cocina, a él y su maletín.
—Pagaré por cuatro —dijo Leopold— porque tengo un coche además que debería recibir también un techo sobre su techo.
—Eso es un negocio —dijo el posadero—. Entonces tendrán todo lo que ofrecer puedo.
El dentista se vio obligado a ceder su habitación, y los viajeros entraron en el cuarto. Era de techo bajo y pequeño, y el mobiliario consistía en una cama estrecha de hierro, una mesa, dos sillas y unas setecientas moscas, así al redondeo.
—Bueno, de todas formas tiene cuatro paredes y en una de ellas hay incluso una ventana con vistas a un árbol —dijo Anki—. Ahora necesitamos dos camas más.
El posadero se había quedado parado en la puerta y lo oyó todo.
—Una cama más pueden tener, pero entonces tendrán todo lo que mi casa ofrecer puede a ustedes.
Waldo y Leopold fueron otra vez a la parte trasera del «hotel» a buscar el coche. El buen amarillo estaba sucio, lleno de polvo, y ofrecía un aspecto cansino y desmejorado, y para más inri volvía a haber un clavo enorme en el neumático trasero derecho. Leopold condujo el coche a un cobertizo que estaba junto al «hotel» y en ese momento llegó el herrero de la aldea como si lo hubieran convocado. Era joven todavía, pero tenía una barba de color rojo encendido y como identificador de su dignidad de herrero portaba en la mano un martillo grande. Leopold levantó el capó y el herrero prometió fijar de nuevo la dínamo, limpiar el coche y reparar los neumáticos.
—Usted parece ser un genio universal —dijo Leopold—. Pero confío en su arte. Si usted mantiene su promesa, puede escribirme una factura que le satisfaga.
—¿Para qué gastar papel?, —dijo el herrero—. Diez eslotis, y los accesorios aparte.
Eso eran cinco marcos, un precio barato.
Entretanto, en el cuarto habían colocado una segunda cama, y Anki se había desnudado ya y metido en ella.
—Estoy cansada —dijo—, he tenido suficiente por hoy. No tenéis que temer nada, esta ropa está tan limpia como la de mi casa.
El posadero había oído llegar a los caballeros y apareció con la cena. Anki llevaba un pijama de seda con el azul de sus ojos, y cuando el posadero vio a la bella extranjera echada en la cama, se detuvo asombrado y contempló primero a Anki y luego a Leopold.
—¿Está usted casado?, —preguntó él.
—No —dijo Leopold.
—¿Y usted tampoco?, —preguntó a Waldo.
—Estoy casado —dijo Waldo—, y esta dama —señaló con el dedo a Anki — es mi esposa.
—¿Para qué necesitan tres camas, pues? ¡Por el santo Dios! ¡Si yo tuviera una mujer tan bella, dormiría con ella en una cama, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana!
—Tiene usted toda la razón —dijo Waldo.
La cena consistió en seis huevos pasados por agua, un cesto con panecillos de sabor dulce y rellenos de pasas sultanas, té y azúcar. El posadero colocó la bandeja sobre la mesa, pero por lo visto tenía pocas ganas de separarse de sus huéspedes; se quedó parado en el umbral con los ojos puestos en Anki. Anki se había sentado en la cama y estaba cortando un panecillo, y el posadero seguía sus movimientos con indisimulada lascivia. Volvía a peinarse la barba, en cuyos rizos hurgaban de un lado a otro las púas amaneradas de sus dedos, al tiempo que miraba de reojo desde la jamba el pecho de Anki, igual que sus antepasados espiaron a la bella Susana, la hija de Hilcías, cuando estaba tomando un baño. Era una persona afanosa, pero no había aprendido a ocultar sus sentimientos, y mostraba su codicia como un tigre que divisa un cordero.
Leopold daba golpecitos en la cáscara de su huevo, y estaba extendiendo la mano para coger el salero cuando de pronto vio que el posadero seguía en la habitación. En ese instante, el posadero retiró la mano de la barba y preguntó sin dejar de tener los ojos fijos en Anki:
—¿Qué dote trajo ella?
«¡Qué extraña pregunta!», pensó Leopold, que se puso a barruntar una respuesta, aunque Waldo se le adelantó.
—Cien mil marcos —dijo rápidamente, al tiempo que ponía una expresión seria en la cara.
El posadero levantó los dos brazos al aire.
—¡Doscientos mil eslotis! ¡Por el santo Dios! ¡Con eso se puede comprar toda Polonia! ¡Y tan bella, tan bella, que uno querría tenerla incluso sin dinero!
Hizo una pequeña pausa y prosiguió dirigiéndose a Waldo:
—Usted tiene que ser una persona con suerte. Pero entonces, ¿por qué viene a nuestra miserable aldea? ¿Es que quiere hacer negocios aquí?
—Nos dirigimos a Varsovia —dijo Waldo.