Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 34 de 71

Páginas del PDF

Franziska Scheler

Capítulo 2

Georg Klemm arrastró una silla para su cuñada, y Anki cató el vino. Era un vino joven, de la cosecha del año anterior, pero era bueno. Anki se recostó, examinó el jardín y se puso a escuchar con atención. Se había levantado una brisa, y las olas del lago rompían contra los muros del jardín del hotel. Inge era muy curiosa, y Anki tuvo que contarle ya muchas cosas la primera noche. Cuando finalmente se levantaron después de la medianoche para ir a dormir, dijo Inge:

—Por cierto, tengo que decirte una cosa… Richard está en este hotel. Creo que le gustaría hablar contigo.

Anki se detuvo y dirigió la mirada al suelo.

—¡Ah…! ¿Y eso por qué? ¿Qué significa eso?

—Ni idea —dijo Inge—. Ha aparecido de repente hoy al mediodía, y según tengo entendido quiere proseguir su viaje mañana mismo.

Georg Klemm se quitó el puro de la boca, se lo llevó ante los ojos y examinó la ceniza.

 

2

 

Inge había ido a pasear con los niños, y Anki estaba desayunando en el jardín del hotel cuando Richard salió por la puerta giratoria y se acercó a ella con bastante rapidez. No había cambiado, y lo más extraño era que no parecía abatido para nada. Anki se había imaginado que tendría un mohín triste y doliente en la cara, pero era un caballero sosegado, sereno y elegante, vestido con un traje suave de franela de color gris marengo con una corbata azulada y una cara bronceada, el que ahora se acercaba a la mesa y se sentaba frente a Anki.

—¿Cómo estás?, —preguntó Richard.

Anki trató de sostenerle la mirada a Richard y dijo:

—Estoy bien, gracias.

—Hans Karl ha pegado un estirón —dijo Richard—. Estas largas vacaciones le han sentado muy bien.

—Inge ha tenido el detalle de ocuparse muy bien de él —dijo Anki—, le estoy muy agradecida.

Richard se acercó el salero y lo agarró con ambas manos.

—Necesita cuidados —dijo—. Pasamos mucho tiempo juntos cuando yo aún estaba en Überlingen, y creo que está sufriendo nuestra separación más de lo que dice y de lo que un niño tan pequeño es capaz de decir.

Anki no replicó y contempló las manos de Richard.

—No sabía que ibas a llegar ayer —dijo Richard—. Tenía cosas que hacer en Schaffhausen y me pasé una noche por Überlingen para saludar otra vez a Hans Karl.

No era ninguna pregunta, y Anki no dio ninguna respuesta.

Richard estaba sentado al sol y preguntó si podía ponerse el sombrero. Era un sombrero suave, de color marrón, como los que siempre había llevado Richard.

—Sé que te hice mucho daño por aquel entonces —dijo Richard—. Fue una acción del todo estúpida por mi parte, pero yo era mucho más joven de lo que la gente creía, y de lo que yo mismo me figuraba. La guerra me quitó cinco años, y esos años regresaron de golpe. Tiene poco valor que a uno se le pase por la cabeza a posteriori, lo que debería haber sabido con anterioridad, pero sufro mucho por estar separado de vosotros, y me atrevo a preguntarte: ¿Podrías regresar conmigo? Mi casa no ha cambiado… quiero decir… no se ha tocado nada en ella, y tu habitación te espera.

«Es demasiado tarde», pensó Anki, «no puedo, no puedo».

—Sé que quieres a Hans Karl tanto como yo —prosiguió Richard—, y estoy contento de que lo tengas tú… Vivir solo no es bueno, y con un niño como Hans Karl tú al menos no vives sola del todo.

Anki pensó: «He sido injusta con él, es mejor persona de lo que yo pensaba. No me quitará al niño, pero es demasiado tarde… es demasiado tarde… se ha convertido en un extraño para mí, no le pertenezco… solo le pertenezco a Leopold».

—Mi pregunta te ha sorprendido, se te ve en la cara, y puedo entenderlo. Sé que no puedes decirme que sí ahora mismo… Eras muy joven, y no comprendí sino después lo mucho que te había herido… sin querer, todo sea dicho… Y me alegro de que al menos no hayas dicho que no de inmediato.

Richard se levantó.

Anki levantó la cabeza y miró a Richard a la cara.

—¿Qué quieres que haga?, —preguntó ella sin saber por qué había hecho esa pregunta y lo que quería significar. Se hallaba muy confusa y deseaba no haber venido a Überlingen.

—Siempre estoy para lo que necesites —dijo Richard—. Puedes escribirme o llamarme por teléfono, o hacer que vaya donde me digas.

Anki se levantó también. Richard le besó la mano y dijo:

—Adiós, Anki, y dale un beso a Hans Karl. Voy a irme ahora, pues no sería bueno para Hans Karl que nos viera juntos aquí.

Se caló el sombrero un poco ladeado por encima de la oreja derecha, como había hecho siempre, y se dirigió despacio hacia el edificio. Cinco minutos después ponía en marcha el motor de su coche, e inmediatamente después Anki vio marcharse a Richard conduciendo por la plaza grande frente al hotel, en dirección a Lindau. Había cambiado la marcha de primera a tercera y conducía muy rápido.

 

Dos días después, Anki llegó a Berlín en el tren expreso nocturno. Estaba confusa, abatida y muy infeliz. Leopold fue de inmediato a la calle Kaspar Theys.

—No tienes buen aspecto —le dijo a Anki—. ¿Estás enferma?

—Inge está en mi casa —dijo Anki—. Ahora se encuentra en la ciudad haciendo unas compras, pero vendrá a comer a casa. Lo sabe todo… ¡Da lo mismo! Alguna vez tenía que enterarse, y tal vez sea mejor que la informe yo en lugar de que se entere por cualquier otra persona desconocida.

Leopold se sentó en la silla frente al escritorio de Franziska y dijo:

—No te he entendido del todo. ¿Qué es lo que sabe Inge?

—Todo —repitió Anki—, que te amo… ¿Te enfadas conmigo? ¿Tendría que haber permanecido callada? ¿Habría sido más correcto callar? ¡No me mires con esa rabia! ¡Mejor dame una respuesta!

—Tengo que callar —dijo Leopold—, pero tú puedes decir lo que quieras, y de una manera muy especial a tu hermana.

Anki cogió una silla y se sentó al lado de Leopold.

—Richard estaba en Überlingen.

—¿Quién? ¿Tu marido?

—Sí. Richard.

—¿Y qué quería?

—¡Me quería a mí! Me dijo que regresara con él. Que me quiere de nuevo y que Hans Karl sufre a causa de nuestro divorcio.

—De eso, ni hablar —dijo Leopold.

—Me alegra oírtelo decir. No puedo ir a una casa en la que no estés tú.

Inge había regresado de la ciudad. Leopold oyó en la antesala una voz que tenía cierta similitud con la voz de Anki, e inmediatamente después entró en la sala la señora Von Klemm. Llevaba un sombrero marrón y una gabardina abierta. Había engordado de cara y alrededor de las caderas y en general había cambiado mucho; Leopold no la habría reconocido.

—Nos conocemos —dijo ella, y le tendió la mano a Leopold al tiempo que lo examinaba de arriba abajo.

—Sí —dijo Leopold—, me acuerdo con agrado de muchas horas agradables en la bonita casa de sus padres en Heidelberg.

Inge se volvió hacia Anki:

—Y tú, querida, ¿te sientes mejor? Te he traído un remedio excelente contra el dolor de garganta. En casa lo tomamos todos, tarda medio día en hacer efecto, y mañana te sentirás bien otra vez.

Inge se sentó en el sofá verde y observó a Leopold como se observa a una persona que llega de visita ya a las diez de la mañana en lugar de a las once y media o que a la una sigue sentado ahí en lugar de dirigirse por fin hacia la puerta… resumiendo: alguien que molesta. Tal vez habría podido suponerse que ella observaba con esa atención a un hombre por el que tanto se interesaba Anki, pero la señora Von Klemm no era una persona que se interesara por otras personas. Sus juicios ya estaban fijados casi siempre de antemano.

Era la enemiga de Leopold, él lo detectó al instante, pero también detectó que se trataba de una de esas aversiones puramente emocionales para las cuales no existe remedio ninguno y a las que tienes que hacerte a la idea. Anki sacó del cajón un pañuelito rojo de franela y se lo puso al cuello. Tenía un aspecto horrible, y Leopold habría querido quedarse a su lado, pero mientras Inge estuviera allí sentada haciendo de institutriz, lo suyo era ser prudente. Él se despidió de Anki con la mayor rigidez y formalidad de la que era capaz y se fue a casa. A Anki también le habría gustado retener allí a Leopold, pero Inge era como un vendaval desatado, y Anki se sentía tan apagada que cedió sin oponer resistencia.

Inge se quitó el sombrero y el abrigo y los arrojó encima de una silla del vestidor. Por la mañana había hecho un montón de compras y al mismo tiempo había tomado una gran cantidad de decisiones, y apenas podía esperar a estar a solas por fin con Anki.

—Esta no es vida para ti —dijo cuando regresó a la sala—. Esta mañana he vuelto a pensarlo todo… Necesitas a un hombre y necesitas un orden burgués como es debido.

—Leopold también es un hombre —dijo Anki.

—Es un periodista —dijo Inge—. Disculpa si hablo con tanta franqueza, pero algo así no te conviene.

—¿Te parece que un banquero es mejor?

—Sí —dijo Inge—. Claro que me lo parece, y creo que cualquier persona sensata me daría la razón.

—Yo no —dijo Anki—, y además, los Chindler son gente de mayor categoría que los Scheler.

—Eso no lo sé —dijo Inge—. Vistas las cosas desde nuestra perspectiva, es lo mismo una chaqueta que un chaquetón, suele decir Georg en casos así, pero justo por ello la profesión de un hombre es doblemente importante.

Inge se sentó en el gran sillón de color rojo claro y se puso a dar vueltas al anillo de sello verde que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Anki observó los zapatos de Inge, sus piernas y la falda ceñida y dijo:

—¿Tú volverías con un hombre al que ya no amas?

Inge se cambió el anillo de sello de la mano izquierda a la derecha y cruzó las piernas.

—La verdad es que no quiero influir en ti —dijo—, pero si yo estuviera en tu lugar, únicamente pensaría en mis hijos y solo en último lugar en mí misma. No somos tan importantes. Los hijos son mucho más importantes que nosotros, y lo más importante de todo es la familia. Georg dice siempre que la felicidad y la familia son dos palabras que definen la misma cosa, y día a día he ido comprobando que tiene razón.

—Puede que tengas razón —dijo Anki.

Inge puso una cara seria que debía aparentar preocupación, y triunfó.

—La verdad es que no quiero influir en ti —repitió—, pero quiero lo mejor para ti, puedes creerme, y si me permites un comentario más, te diría que a mí Richard, en Überlingen, me gustó muchísimo. Sabe que fue injusto contigo, y a Georg también le dio la impresión de eso que podría designarse como purificado de verdad.

Anki se levantó y tocó el timbre. Entró Luise, y Anki le pidió que trajera el termómetro del dormitorio.

—Tengo fiebre —le dijo a Inge—, y quiero controlarme por Hans Karl, para que no se contagie.

A la mañana siguiente, la señora Von Klemm llamó por teléfono a Leopold en la redacción, y quedaron para almorzar juntos a la una en el restaurante Habel en la avenida Unter den Linden. Leopold tenía mucho trabajo, y era la única hora que tenía libre.

Leopold fue puntual, pero al entrar a la una menos cinco en el local de Habel, Inge ya estaba sentada a la mesa que Leopold había reservado por teléfono.

—Ya sabe usted cómo están las cosas —dijo Inge sin más preámbulos—, y pienso que podemos hablar con franqueza.

—Con la franqueza que usted quiera —dijo Leopold, y se sentó frente a la señora Von Klemm.

Inge llevaba un sombrerito azul, un traje gris con una blusa de color crema, zapatos azules y un bolso grande de mano de color azul, que colocó junto a ella encima del mantel. Se quitó los guantes, y Leopold observó los pequeños verdugones que los guantes habían marcado en los dedos de Inge. Tenía unas manos bonitas, suaves y muy blancas, con unas uñas largas y angostas, pero no podía compararse con Anki. Era una mujer de muy buena raza, y tal vez habría podido ser más bella de lo que era si no tuviera en la boca y en la nariz esa expresión de soberbia, y ciertamente de soberbia intelectual, de sabihondez y de inaccesibilidad, rasgos que no le gustaban a Leopold.

El camarero trajo el menú e Inge dijo que tenía poca hambre.

—Quiero lo más sencillo que tengan.

El camarero recogió las dos cartas e Inge comenzó:

—Estoy haciendo algo que no va conmigo y que no había hecho nunca: me estoy preocupando por asuntos que en el fondo no son de mi incumbencia, y estoy hablando de Franziska sin que Franka sepa nada al respecto. Pero Franka es mi única hermana. La quiero mucho, y mi corazón le ha vuelto a coger mucho cariño justamente por su hijo, por ese chico encantador que tiene. Probablemente sepa usted que el pequeño Hans Karl estuvo seis semanas con nosotros, y mi marido y yo lo adoramos como si fuera nuestro propio hijo. Es un chico muy dotado, mi marido piensa incluso que es un superdotado, pero lo encontramos algo nervioso, y creo que no será fácil educarlo.

—Anki estaba muy feliz de saber con usted a Hans Karl —dijo Leopold.

—Así es —dijo Inge—, Franka puede confiar siempre en mí, igual que yo confiaría en Franziska si alguna vez fuera necesario… y ese convencimiento me da derecho a expresar esto que tengo que decir: creo que lo mejor para mi hermana sería que se pudiera anular su desafortunado divorcio.

—¿Por qué cree usted eso?, —preguntó Leopold.

Inge se molestó. No era de su agrado fundamentar sus hechos o sus afirmaciones. Cuando ella hablaba de un asunto, eso significaba que lo había meditado de antemano y le parecía una exigencia exagerada y agotadora que Leopold quisiera obligarla a dar sus razones.

—Conozco a mi hermana —dijo, y guardó los guantes en el gran bolso azul con un gesto nervioso—, sé cómo siente, y creo de una manera puramente emocional que lo mejor para ella sería que simplemente se deshiciera lo sucedido con una breve resolución.

Leopold vio por segunda vez que Inge iba contra él, y habría tenido que estar ciego para no verlo, pero se comportó como si Inge fuera una amiga suya. En lugar de reflexionar cada frase, respondía con bastante rapidez, y lo peor fue que, además, se puso a hablar con toda franqueza y habló de ciertas teorías que habría sido mejor que se las hubiera guardado para sí mismo.

—No creo que sea bueno para una mujer como Franziska vivir con un hombre al que ya no ama.

—Richard Scheler es el padre de su hijo —dijo Inge—, es decir, no es un hombre cualquiera.

El «hombre cualquiera» era Leopold, pero Leopold pensaba tan firmemente en Anki y en la cuestión de si sería bueno para ella regresar de nuevo con Richard que no percibió la pulla.

—Una mujer como Anki necesita amor —repitió él—. Toda la desdicha sucedió porque su corazón resultó vulnerado de una manera que ella no era capaz de soportar.

—Franziska ya no es una niña —dijo Inge—, se ha convertido en una mujer que conoce la vida, y en la madre de un niño. Tal vez le resulte difícil a un hombre imaginar los sentimientos maternales de una mujer, pero estos desempeñan un gran papel en nuestro corazón, ¡probablemente el más importante incluso!

—Ya lo sé —dijo Leopold—, pero creo que hay que ser desconfiado frente a esa moda. Me refiero a cierta moda de nuestra época que afirma que los padres existen para sus hijos. Si pretendemos hacer cuentas, los hijos existen como mínimo lo mismo para los padres, y es una cuestión abierta lo que a la postre es mejor para un niño o una niña… o lo peor, si usted quiere: la visión de unos padres divorciados o la de unos infelizmente casados.

Inge estaba a punto de arrojar el tenedor sobre la mesa. La tensión de una conversación en la que había que prestar atención como en un torneo de tenis era superior a sus fuerzas, y el comentario de Leopold sobre los padres y los hijos la dejó dolida.

—Es usted muy inteligente —dijo ella—, algo que ya sabía. Pero hay problemas del corazón de una madre que no puede entender un hombre, especialmente un hombre no casado, un soltero sin hijos. No necesita entenderlos para nada, nadie se lo pedirá, pero me parece que esas cuestiones deberían dejarse en manos de las mujeres.

—¿Qué me está pidiendo usted?, —preguntó Leopold.

Esa era la pregunta que Inge llevaba esperando media hora, y ahora se sentía muy aliviada porque por fin podía decir la única frase que tenía en mente. Hasta ahora había tenido que andarse con rodeos y por las ramas. No le gustaban nada las florituras; encontraba «ridículo» pronunciar muchas palabras sobre asuntos serios. En su opinión, todo lo importante en la vida podía formularse con brevedad y precisión. Cuando te vas de vacaciones y el tren sale a las ocho en punto, no tienes que pronunciar largos discursos, sino que dices de forma escueta a los niños que a las siete tienen que estar bien aseados y vestidos y punto.

—Franziska le tiene mucho aprecio a usted —dijo Inge—, pero no debería obstaculizarle el camino. Debería hacer usted el gran sacrificio y no estorbarla en el caso de que tal vez… quiera regresar con su marido.

—¿Estorbarla yo?, —dijo Leopold sorprendido—. Nunca estorbaré en nada a Franziska, pero me hallo en una posición difícil: quizás Anki sería ya mi esposa, o como mínimo estaríamos prometidos, si no estuviera el niño. Anki ama a Hans Karl, y se teme que al señor Scheler pudiera ocurrírsele la cruel idea de quitarle al niño si ella le impone eso que se denomina «padrastro». Así que ya ve usted: los dos estamos haciendo sacrificios, y debe usted pensar que ambos estamos en una situación complicada.

El señor Von Klemm era un hombre que había perdido el hábito de replicar, y a la mimada Inge le parecía obstinado, empecinado y desagradable el modo incansable de Leopold de encontrar siempre nuevas réplicas. Era ciertamente inteligente, pero los hombres inteligentes eran difíciles y casi siempre antipáticos. Su compleja forma de ser le recordaba a ella a un amigo de la adolescencia de su marido que era filósofo y adoraba los debates interminables. Ya en la despedida de solteros, Inge encontró incomprensible y desagradable a esa persona, y consiguió convencer a Georg de que no solo tenía malos modales sino además un carácter muy malo. La relación de amistad fue apagándose enseguida, y Georg tuvo que darle incluso las gracias a Inge, pues el doctor Kleinbeiß se vio implicado en un juicio desagradable a

causa del artículo 175 del Código Penal[58]. Leopold era más templado y más hábil que Kleinbeiß, pero Inge decidió que iba a tratarlo de la misma manera. En verdad estaba todo tan claro y era tan simple que solo una persona maliciosa podía llevar la contraria… Anki iba a obtener de nuevo un marido, y además uno al que ya conocía, que había mejorado y que, por si fuera poco, era el padre de su hijo, iba a mudarse de nuevo a la casa bonita y grande (que tan bien le había sentado), la gente podría volver a relacionarse como es debido con ella… La cosa estaba tan clara como la luz del día; prescindiendo de ese Chindler, una persona indeseada y realmente superficial, esa era la mejor solución, y además no solo para Franziska y para Hans Karl, sino para toda la familia, y si ese Chindler se creía alguien y no quería prestar oídos, había que hacérselo entender a leñazos: la letra con sangre entra. Inge ya había debatido lo suficiente e iba a emplear ahora una artillería de mayor calibre. Estaba enfadada, y como era una persona de ritmo urbano y la carta de triunfo que creía tener en su baza le quemaba ya en las uñas, dijo a Leopold con una mirada severa: