Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 26 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 2

—Richard tenía seguramente un círculo especial —dijo Leopold—, pero él no era ni un aristócrata como tú ni un terrateniente como tus parientes; al fin y al cabo sabías que era un comerciante que maneja dinero y tiene trato con comerciantes.

—¿Pretendes reconciliarme con él?, —preguntó Anki.

—No tiene sentido renegar de un hombre del que se quiere hablar.

—Estoy celosa —dijo Anki—. ¡No debes amar a nadie que me haya hecho daño!

—Yo también estoy celoso —dijo Leopold.

Marie entró en la habitación y anunció que la cena estaba servida.

—Ven —dijo Anki—. He mandado que te cocinaran algo que te va a gustar.

Cogió a Leopold de la mano y le dio un beso rápido en la sien a espaldas de Marie. A continuación se dirigieron al comedor.

—Vamos a hablar de otras cosas —dijo Anki—. Lo pasado está muerto, y es mucho más interesante cuando hablas tú y yo te escucho. Olvidé decirte que Waldo ha llamado por teléfono. Me pidió que te transmitiera sus recuerdos. Creo que te venera. Eso sería muy bueno para nosotros. En Waldo se puede confiar plenamente.

 

2

 

Waldemar Westegg había traído a su hermana un cachorro de fox terrier y una caja llena de discos de gramófono. Anki jugaba con el fox terrier, y Leopold desembaló los discos y los colocó en un práctico soporte que poseía Anki.

—Es una donación considerable —dijo él—. Tu hermano te ha regalado el Concierto para violín de Beethoven. ¿Lo conoces?

—Sí.

—¿Me dejas que lo ponga de todos modos?

Anki se puso en el regazo al perrito, todavía muy asustado, Leopold se sentó a su lado, y durante casi una hora estuvieron oyendo la música divina que emana de esa composición.

—¿Estás ahora más tranquila otra vez?, —preguntó Leopold a Anki.

Franziska acarició las orejitas marrones y suaves del perro, que cubrían los pabellones rosados de las orejas, y negó con la cabeza.

—Las disputas matrimoniales son una cosa espantosa, y nosotros tuvimos encontronazos que no puedo olvidar. Richard producía una impresión externa de tranquilidad, pero podía tener unos ataques de ira que me dejaban petrificada y congelada. Cuando tuve el niño —prosiguió Anki al cabo de un rato—, él mejoró, todo sea dicho, y por aquel entonces creí que todo iba a ir bien. Era un padre cariñoso, iba todas las mañanas y todas las noches al cuarto del crío. Incluso entendía algo de niños, y cuando Hans Karl estaba enfermo, enseguida sabía qué le pasaba. El pediatra se quedaba a veces asombrado por esos conocimientos realmente sorprendentes. Pero entonces vino la historia con esa mujer y todo se acabó.

—¿Por qué se acabó todo? ¿Quería divorciarse?

—No habría hecho eso nunca. Incluso quería tener otra criatura conmigo.

—¡Ah!

—Era muy difícil adivinar sus intenciones —dijo Anki—, muy difícil, pero lo conozco… Tenía unas facetas en las que era completamente amoral; si yo hubiera cedido, habría vivido con dos mujeres con toda la calma del mundo.

—¿Estaba liado con esa Welter de manera pública? ¿Te dijo que la amaba?

—No. Yo no tenía ni idea; al comienzo de esa historia él estuvo incluso muy atento conmigo hasta que un día me lo contaron todo. Richard había viajado a Dresde, y esa Welter le escribió que no podía ir. Descuidada como suelen ser esas mujeres, echó la carta demasiado tarde, y el hotel se la remitió a Richard. Era un sobre oblongo, de color gris claro, perfumado en exceso, y a mí me pareció raro al instante. Richard la leyó en mi presencia y se la guardó en el bolsillo, pero cuando se fue al banco, la encontré en la alfombrilla de cama en su dormitorio, y entonces me enteré. Quise coger de inmediato a mi hijo y salir corriendo de casa, y tal vez eso habría sido lo mejor, pero estaba tan confundida y desesperada que era incapaz de tomar una decisión. Fue peor que un terremoto, pues un temblor de tierra echa una casa abajo, pero esa carta lo derrumbó todo, mi mundo entero y mi vida entera.

—Has tenido que soportar muchas cosas —dijo Leopold.

—¿Debería haberlas soportado?, —preguntó Anki.

—¡No! Pues entonces no te habría conocido.

Anki cogió la mano de Leopold y acarició cada uno de los dedos. A continuación dijo:

—Te quiero mucho, y solo te amo a ti, pero eres una persona inteligente y quiero que por un instante no pienses en nosotros dos, sino tan solo en mi pregunta. ¿Tendría que haber soportado mi destino y quedarme?

—Esa es una pregunta que nadie puede responder.

—Nos queremos mucho —dijo Anki—, pero si mañana te enamoras de otra mujer, ¿tengo que soportarlo? ¿Me exigirías eso?

—Un amor y un matrimonio no son la misma cosa.

—Eso es lo que dicen todos los hombres… Papá y Otto Bendemann y todos los hombres… Yo no puedo entenderlo, para mí es lo mismo.

—Si yo me enamoro de otra mujer, te quito todo lo que te he dado, pues no te he dado otra cosa que mi amor, pero en un matrimonio quedan otras muchas cosas…

—¿Qué queda?

—Una casa, y un hijo, y una promesa ante el sacerdote, y un futuro amplio y bien abovedado que es imprevisible.

—¡Un juramento roto!, —dijo Anki con vehemencia—, ¡un juramento pisoteado!

—Una palabra rota por un lado…

—¡Quien me miente no posee ningún derecho más! ¡Para mí está liquidado!

—Si alguien te roba, no tienes derecho a robarle.

—Hablas como papá. En el fondo todos los hombres son iguales, solo las mujeres somos diferentes. Pero no quiero ningún doble rasero. Eso es indigno. Me habría ido a pique si me hubiera quedado en Dahlem… ¿Dejarse abrazar por un hombre que la noche siguiente yacerá en Dresde y abrazará a otra?

—Me habías pedido que no habláramos de nosotros, sino de un problema.

Anki era una persona mucho más sencilla que complicada, pero tenía una forma de pensar muy intrincada y a menudo difícil de entender, y sobre todo difícil de entender para sí misma. Era una persona muy consciente del deber, y cuando Hans Karl se ponía enfermo, se levantaba en mitad de la noche para cuidar de él, y habría corrido en camisón lloviendo a cántaros si ese hubiera sido el único modo de ir a buscar a un médico. Ahora bien, a sus ojos, un niño era un ser desvalido que posee todos los derechos, mientras que un hombre era más o menos lo contrario, un ser que posee un montón de deberes. Educada de esta manera en lo concerniente a los deberes, Anki creía poseer solo o casi solo deberes en relación con su hijo, pero un montón de derechos en relación con su marido. Un marido era una persona a la que ella había seleccionado, y que tenía que hacerla feliz a ella en primer lugar, y continuamente, y siempre. Anki nunca habría admitido todo esto y se habría remitido probablemente a todos los deberes posibles que ella había cumplido fielmente, pero no sabía muchas cosas, como todos nosotros no sabemos casi nada de nosotros mismos, y seguramente se habría reído a carcajadas si Leopold le hubiera dicho que ella era un producto de las sufragistas. Anki, no obstante, no se había preocupado nunca por las cuestiones relativas a los derechos de la mujer. Hacía mucho tiempo que los libros de George Sand y de J. S. Mill habían quedado olvidados y cubiertos de polvo, y nunca había tenido ante sus ojos los escritos de Luise Otto-Peters y de Helene Lange, y

probablemente tampoco le habrían interesado[49]. Anki no había nacido aún cuando las primeras estudiantes luchaban por el acceso a las aulas de las universidades, y el derecho de voto que la República había otorgado a las mujeres no constituía para ella —a pesar de que Anki iba a votar— ningún logro especial (y de esta manera lo utilizaba también más para defender determinadas posiciones en el Estado que para provocar unos estados de cosas contra los cuales tal vez no habría tenido nada que objetar). Sin embargo, igual que la lluvia se filtra bajo la superficie de la tierra cuando las nubes han pasado y el viento ha secado las calles, así, en las generaciones que siguieron a aquellas precursoras que lucharon por la igualdad de derechos de la mujer, se mantuvieron determinadas nociones acerca de los derechos que les correspondían a las mujeres. No estaban fijadas ni delimitadas con precisión, ni tampoco habitaban la conciencia de la mayoría de las mujeres, sino que proliferaban en esas cámaras oscuras, inaccesibles y nunca ventiladas en las que mora el subconsciente y hace de las suyas, y solo se le revelaban a la conciencia en consignas tan generales y tan cargadas de morfina, pero muy efectivas, como: «¡Es mi derecho!» o «¡Ser feliz!».

Leopold no había visto nunca la casa de Richard Scheler en Dahlem, pero podía imaginarse la mansión de un hombre rico, y preguntó a Anki si era agradable ser rico. Anki se quedó pensando un rato. Luego dijo:

—Era muy agradable, pero cuando todavía era rica no me daba cuenta en absoluto. Mi abuelo era rico, y siempre me pareció la cosa más natural del mundo que las personas como nosotros tuviéramos dinero.

—¿Qué hiciste con el dinero?

Anki reflexionó.

—Se te da bien preguntar —dijo ella, echándose a reír—. No hice muchas cosas. Me compré vestidos, y abrigos de piel, y libros, y perfumes caros, y siempre las medias más delicadas y los pañuelos más finos… y llevaba la casa, que consumía grandes sumas de dinero… ¿Qué habría debido hacer si no? Yo no tenía apenas dinero… Mi padre me enviaba algún dinerillo, pero la mayor parte del dinero era de Richard.

—Podrías haber hecho muchas cosas.

—¿El qué, por ejemplo?

—Habrías podido coleccionar libros, como Otto Bendemann, o cuadros, o grabados antiguos, o porcelana, o podrías haber hecho equitación, o haber tomado clases de piano con un profesor muy bueno, o haber mantenido a dos artistas pobres…

—Soy aplicada e indolente —dijo Anki—. Hago lo que se me pide, pero no se me ocurren más cosas. No me crees cuando te digo que soy estúpida, pero un día te darás cuenta y entonces me dejarás.

—Una persona estúpida no sería capaz nunca de decir de sí misma que es aplicada e indolente.

—Eres estimulante —dijo Anki—. Sí, sí, no me lo niegues con la cabeza, lo eres, y por si no lo sabías todavía, te lo voy a decir yo aquí y ahora. Richard me quería siempre distinta de mi manera de ser, pero tú me quieres solo un poquitín mejor, un poquitín más fresca, y eso me da más ánimos en un minuto de los que recibía yo antes en todo un año.

Anki se sentó en el regazo de Leopold, le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso en cada ojo. Al cabo de unos instantes lo soltó, y cuando Leopold abrió los ojos, vio que Anki lo observaba con una mirada escrutadora. Él sonrió, ella le devolvió la sonrisa, pero inmediatamente después la expresión de sus ojos volvió a ser seria, casi codiciosa, como la mirada de un ciervo salvaje. Ella lo besó de nuevo y lo abrazó con ambos brazos y con una fuerza de la que Leopold no le habría creído capaz.

—Te amo mucho —dijo ella—, mucho más de lo que ya sabes, creo que te amaría incluso si me engañaras. ¡Ay, ojalá te hubiera conocido bien cuando viniste a nuestra casa en Heidelberg! Te vi, me gustaste mucho, y siempre sentía curiosidad cuando Richard hablaba de ti con elogios. Pero eras un invitado poco frecuente, y un estudiante, y yo quería casarme, y por desgracia, sí, por desgracia no te tenía en cuenta en esa cuestión. Nadie en absoluto es como tú —prosiguió al cabo de un rato—, nadie. Nadie me ha hecho tan serena y tan feliz. Pero ahora tienes que contestarme aún a una pregunta. Te juro que en ella no pienso en mí, ni en Richard y ni siquiera en ti: ¿debe permanecer una mujer con su marido en todos los casos?

Leopold no quería volver a comenzar la conversación desde el principio, así que dijo:

—Excepto si él la engaña.

—No —dijo Anki—, eso no vale. No quiero que te burles ni que hagas chistecitos. ¡Quiero que me digas tu opinión real y verdadera!

—Meditaré sobre esta difícil cuestión —dijo Leopold— y cuando lo haya meditado bien, te comunicaré a qué resultados he llegado.

—¿Es verdad eso?

—Sí.

—¿Me lo prometes?

—Sí.

—¿Lo sellamos con un beso?

—¡Sellémoslo con un beso!