Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 12 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 2

 

Un sombrero fue lo primero que Leopold divisó la primera vez que se topó con Franziska. No la conocía y no sabía quién era, solo vio un sombrero alto de paja suave y blanca y, debajo, una cara oblonga como las del Greco, unos cabellos oscuros, ojos de color azul claro, una nariz recta y austera, unas mejillas suaves, intactas y sonrosadas, y una boca displicente.

Fue en la calle Kaiser, donde por aquella época remoloneaban los universitarios de Heidelberg, y Leopold se dio la vuelta de inmediato y se fue detrás de aquella visión hermosa y llamativa. En la esquina siguiente, a la dueña de aquel sombrero encantador la saludaron una chica que se parecía a ella y que posiblemente era su hermana y dos estudiantes, de los cuales Leopold conocía a uno. Se llamaba Richard Scheler y estudiaba derecho. Era seis años mayor que Leopold y había combatido en la guerra en un regimiento de artillería de Westfalia, pero ocupaba un rango especial entre los estudiantes en general porque como hijo único de un banquero era el estudiante más rico de toda la universidad. Su padre le había concedido la compañía de un antiguo criado y dos grandes dogos, y Richard vivía a todo tren. La mayoría de sus compañeros no lo apreciaban, pero la manera con la que expresaban su rechazo y se burlaban de sus perros era banal y provinciana, y motivada en primera instancia por la envidia pura y dura. La guerra había afectado gravemente a casi todas las familias, y por aquel entonces la gente exhibía la pobreza, incluso la exageraba y estaba orgullosa de ella. Leopold tenía una opinión diferente a la de los envidiosos. A él le agradaba que en Heidelberg hubiera al menos una persona que vivía como habían vivido sus padres. Cuando Richard Scheler iba paseando por el puente antiguo con sus dos perros gigantescos, con los finos guantes de color marrón y un sombrero de paja, anticuado pero muy elegante, en el corazón de Leopold se instalaba entonces el recuerdo de las anécdotas que contaba Theodor Chindler de sus años de estudiante, y «suena tan hermoso lo que hacían nuestros padres…». Además, Richard y Leopold tenían dos pasiones en común: ambos adoraban ir a la cafetería por las tardes y leían allí un montón de periódicos. En resumen, Leopold tenía mucho aprecio a Richard.

Al día siguiente, Leopold aguardó con impaciencia a Richard Scheler de pie en un corro que charlaba en el vestíbulo de la universidad y le preguntó por la muchacha hermosa del sombrero blanco de paja. Richard se burló de él y dejó que la curiosidad de Leopold le saltara encima como un perrito al que le gusta comer chocolatinas y se le pone una tableta marrón delante del hocico, pero era un tipo bondadoso y al final le contó todo lo que sabía. Poco después, por recomendación de Richard, el señor Von Westegg, el padre de Franziska, invitó a Leopold a su casa.

Era uno de esos días de verano como solo se conocen en el sur de Alemania, cálido, bajo un cielo azul en el que todavía había mucho blanco, un día embriagador, lleno de flores, vestidos claros, risas y excursionistas jóvenes de caras serias. Richard Scheler fue a buscar a Leopold a su cuarto, y Leopold vio con asombro que Richard se había puesto un traje que era de seda amarilla de arriba abajo.

—¿Por qué me mira así, con esa cara de susto?, —dijo Richard con enfado—. ¿Está usted también tan aburguesado y es tan remilgado como esos filisteos del comedor universitario? Lo que llevo puesto es algo muy práctico, una vestimenta fresca y un color bonito. ¡En territorios más osados lo lleva todo el mundo! Por cierto, yo en su lugar dejaría el chaleco en casa; con este calor siciliano, un chaleco no es ni elegante ni aconsejable. Pero dígame, ¿por qué lleva esa corbata tan tristona? ¿No tiene algo más divertido en el fondo del armario? A ver, ¡muéstreme sus tesoros!

Scheler se dirigió al armario ropero de Leopold y examinó con atención las corbatas.

—Un lujo escaso —dijo—, no son compras para nada baratas, pero sí exentas de valentía… ¡exentas de valentía! Pero si usted es joven todavía. ¡Debe manifestar más ánimos! Tome, si no tiene nada en contra, póngase esta, la roja, es la menos tristona de todas.

Leopold hizo lo que le mandaba Richard, y los dos estudiantes salieron de la habitación.

—Bueno —dijo Richard en la calle—, ahora nos toca cumplir con el latoso deber de la compra de flores. Lo resolveremos en el negocio de la señora Salzer.

Entraron en la floristería de Salzer, y Richard Scheler se acomodó en un sillón verde de mimbre. Leopold permaneció de pie y contempló a Richard en el espejo que estaba atornillado a la pared alargada de la angosta tienda. Con su traje amarillo y sentado en aquel sillón verde en medio de un bosque de claveles, narcisos y lirios de los valles, el mismo Richard tenía el aspecto de una gigantesca planta exótica.

Una vendedora bajita, pelirroja, se acercó con timidez, y Richard la saludó como se saluda a una vieja conocida.

—Muy buenas, señorita Irma, querría unas rosas —dijo a la vendedora—, una docena. ¿Las tiene bonitas?

—Muy bonitas incluso, señor Scheler —dijo Irma, y cuando regresó al mostrador desde la trastienda, le tendió a Richard Scheler un imponente ramo de rosas. Scheler lo examinó y realizó un movimiento de negación con la cabeza.

—No, mi niña adorada, lo encuentro demasiado abigarrado. Traiga para acá todas las que tiene usted y armaremos juntos nuestro ramito.

La señorita Irma volvió a la trastienda y trajo un cubo grande lleno de rosas.

—Esto tiene mucha mejor pinta —dijo Scheler, y entonces señaló con la punta de su bastón aquellas flores que deseaba comprar. Leopold lo miraba con admiración, pues Richard escogía con gran serenidad las flores más bonitas y a su mirada implacable no se le escapaba el más mínimo defecto, ni la hoja marchita más oculta.

En la calle se puso el ramo sobre un hombro, de modo que las flores iban balanceándose por detrás.

—Cargar con esto es pesado, pero no se puede cambiar —dijo—. Propongo que nos turnemos y que regalemos juntos este pequeño arriate.

Los Westegg vivían en una casa antigua en el centro de la ciudad. Una criada de pelo cano y cara amable abrió la pesada puerta de la casa de color marrón oscuro y condujo a los dos caballeros directamente al gran jardín a través de un largo y fresco pasillo cubierto de azulejos rojos. Ya había acudido un montón de gente, y los vestidos de las damas animaban el verde del césped igual que una alfombra china de colores da vida a una habitación. Richard Scheler desempaquetó sus rosas, atravesó el césped en diagonal y presentó a Leopold primero a la señora de la casa, luego al señor de la casa y por último a las dos hijas. El señor Von Westegg era un hombre de estatura apenas mediana. Llevaba monóculo, un traje azul oscuro y en sus pies pequeños calzaba unos zapatos abotinados de color marrón, elegantes, incluso gráciles.

Bajo la nariz asomaba un pequeño bigote blanco, y su boca y sus ojos azules burlones delataban arrogancia, lo que significa que sentía cierto desprecio por todas las personas exceptuándose a sí mismo. La señora Von Westegg era más alta y más gorda que su marido; entre sus cabellos grises había todavía mucho pelo rubio, y su cara era más franca y menos fría. Ahora bien, si el señor Von Westegg se asemejaba a un cernícalo que gusta de posarse en muros altos para poder observar el mundo abajo, la señora Von Westegg parecía ser la hembra del cernícalo que siempre se posa una roca más arriba para tener vigilado al esposo y sus excursiones volanderas.

El señor Von Westegg saludó con cortesía a Leopold y preguntó por Anna, la cuñada de Leopold, a cuyo padre había conocido. Leopold respondió, pero cuando hubo dicho la última palabra, el señor Von Westegg se giró de nuevo hacia una anciana de pelo blanco, la princesa Lippe, que estaba sentada en una silla baja de jardín. Llevaba un vestido de seda gris y en la mano un pequeño bolso bordado con cuentas de colores, y Leopold oyó decir al señor Von Westegg:

—Comienzo a hacerme viejo, y es que me doy cuenta de que ya no me cabrean las contradicciones de la humanidad, sino que solo me divierten, de un modo muy especial las increíbles afirmaciones de los periodicuchos. La gente de poca monta nos critica y nos insulta a nosotros, los nacionalistas, pero ni barruntan que así se están criticando a sí mismos. Pues mire usted, alteza, en la época anterior a 1815 había en Europa veinte mil familias, y quien pertenecía a una de ellas era un europeo, y quien no, pues era un nacional, y esto significa que era alemán o inglés o saboyano o danés o vete tú a saber qué. Cuando tras 1815 quedaron derrocadas esas veinte mil familias y los nacionales comenzaron a ascender, Europa se dividió en eso que solo hasta entonces había sido la gente de poca monta, esto es, se dividió en franceses y belgas y vascos y holandeses, resumiendo: ¡en nacionalistas!

—Esa es al menos una nueva lectura de ese viejo problema —replicó la princesa.

Leopold se alejó de allí y regresó donde Franziska. Le había guardado un asiento a su lado y le puso enseguida en el plato dos pedazos de tarta, y Leopold se mostró muy dichoso al observar tantos gestos amables hacia su persona. Se enamoró al instante, y la pasión rebosaba en su corazón como la savia en los arbustos del jardín que todavía eran jóvenes y de un color verde claro con mucho amarillo miel dentro, y el azul del cielo flotaba delicada y vaporosamente por encima; podía contemplarse perfectamente porque ese color suave le hacía bien a los ojos.

Franziska llevaba un vestido de seda natural de mangas cortas y un pequeño escote anguloso guarnecido con un ribete de colores.

—Estoy completamente encantado con su jardín —dijo Leopold.