Franziska Scheler
Capítulo 7
Nunca serás olvidado porque el amor nunca muere.
Max Rychner
1
La señora Scheler fue a la cocina para hablar con la señora Gerold. Había venido por la mañana para hacer la gran colada, pero Marie, siempre eficiente, ya se había ocupado de todo. Anki se despidió de la señora Gerold y regresó a su habitación. Cogió la novela de Huxley y se tumbó en el sofá, pero después de leer algunas páginas, cerró el libro y lo depositó a un lado. La luz del exterior apenas tenía ya fuerza, y Anki se sentía demasiado perezosa para levantarse y encender la lámpara situada sobre el sofá. Estaba oscureciendo, y en los rincones de la sala la sombra formaba unos huecos profundos y oscuros. Luise fue al comedor, encendió la luz y puso la mesa. Anki oyó el ruido de los platos y pensó en Leopold. Ese hombre le había caído bien, su llamada había sido tal vez un poco apresurada, pero era una persona nada convencional y muy educada. Anki apoyó el mentón en la mano izquierda y se preguntó si se estaba enamorando.
Luise entró en el cuarto y encendió la lámpara de araña.
—La luz grande, no —dijo Anki parpadeando—, solo la lámpara de pie, por favor… ¡Sí, la verde que está encima del escritorio!
Luise bajó las persianas y apagó la araña de cristal. Luego dio las buenas noches a la señora Scheler y salió de la habitación.
Anki volvía a estar sola como lo estaba desde hacía más de tres años, cuando Hans Karl se acostaba en su camita y la noche se extendía. Colocó también la mano derecha bajo su cabellera y se puso a reflexionar sobre su vida. En el primer año después de su divorcio de Richard Scheler había vivido en una soledad tan completa y tan insoportable que Anki a veces —sobre todo los domingos o en las horas melancólicas y deprimentes del crepúsculo vespertino— apoyaba la cabeza en el escritorio y lloraba hasta que no le quedaban más lágrimas. Esta situación mejoró cuando los Bendemann se fueron de Bruselas y se mudaron a Berlín, pero esa vida solitaria seguía