Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 51 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 3

 

Una semana más tarde, la señora Janke dejó a Leopold en la mesa del desayuno una carta que habían reenviado desde la redacción del Berliner Allgemeine Zeitung. Estaba escrita a máquina, y Leopold le dio la vuelta para leer la firma. La carta era de su hermana Maggie.

Leopold se levantó y recorrió dos veces la habitación con las manos a la espalda. Hacía años que no había vuelto a saber nada más de Maggie, y ver su nombre en una carta fue como un golpe que dejó a su corazón fuera de combate durante un segundo.

La señora Janke entró en el cuarto y preguntó si podía llevarse el periódico de ayer. Leopold contempló un arañazo extraño en la nariz de ella, asintió y prosiguió su deambular.

 

Margarethe Chindler, la única hermana de Leopold, se había marchado a Estados Unidos a comienzos de los años veinte y desde entonces era una desaparecida para su familia. El padre de Leopold no quiso saber nada más de aquella disidente, y cuando Elisabeth Chindler escribió en secreto a su hija, no llegó ninguna respuesta.

Leopold cogió el sobre y vio que la carta había sido expedida en Berlín. En ese mismo instante vio que también contenía una dirección: Berlín O 97, calle Blumenthal 180.

Maggie escribía que había leído el libro de Leopold y que si tenía ganas de verla, no tenía más que ir a su casa; estaba en Berlín pasando algunas semanas y se encontraba bien. A finales de febrero iba a marcharse de nuevo de Alemania.

Anki había salido, y Leopold le envió un telegrama: «Mi hermana, a la que no he visto en tiempo, está aquí de pronto. No sé si por la noche estaré libre. Piénsate si se podría ir diez días al Tirol a un lugar retirado. Quiero verte con las mejillas rojas y sobre esquíes. L.». A continuación fue en su coche a la calle Blumenthal. La calle Blumenthal se hallaba en lo más profundo de la parte oriental de Berlín, casi al final de la gran avenida de Frankfurt. Leopold conocía esa zona por algunos viajes de exploración, pero parecía haberse transformado desde hacía algún tiempo. Se veía más gente pobre que antes, y delante de los cines, que aquí funcionaban ya desde la mañana, se apelotonaban los primeros grupos de aquel ejército enorme que pronto estaría compuesto por millones de hombres y mujeres que ya no conseguían encontrar ningún trabajo. Los policías ya no patrullaban solos, sino en pareja, y las pequeñas porras de caucho negro que se balanceaban en la parte izquierda de sus cinturones ofrecían la desagradable impresión de estar preparadas para pasar a la acción. Sus portadores eran hombres jóvenes y fornidos, y la gente los miraba pasar en silencio.

La casa con el n.º 180 era una gran caja gris, cuyo revoque ya no estaba del todo impecable. En la planta baja había un cine con dos muchachas paradas ante el escaparate, y una taberna en la que resonaban unas voces cantando en su interior. Leopold subió por la escalera. Era angosta y llena de malos olores. En el primer descansillo había una mujer contando un montoncito de centavos que había depositado en el alféizar. Leopold le preguntó si sabía en qué planta vivía la señorita Chindler. La mujer levantó la vista, examinó la cara de Leopold y respondió que no conocía a ninguna inquilina con ese apellido. Leopold continuó subiendo.

Frente a la puerta siguiente, una niña pequeña y guapa estaba jugando con una muñeca descabezada. Leopold volvió a preguntar por Maggie. La niña miró a Leopold con unos ojos azules oscuros que delataban miedo, y apretó firmemente la muñeca contra el pecho.

—No —dijo la pequeña—. Solo conozco a mi mamá.

En la cuarta planta, un anciano estaba arreglando su buzón. Llevaba unas zapatillas marrones de fieltro, un bombín y una bufanda verde en torno al cuello.

—No me resulta conocida —dijo.

Leopold sacó del bolsillo la carta de Maggie y le enseñó al anciano la dirección.

—Eso es otra cosa —dijo el hombre en berlinés—, podría ser la mujer que alquiló una habitación la semana pasada en el piso de los Paulke. Se trajo una máquina de escribir consigo, y no creo que haya otra cosa como esa en todo el edificio. Vaya usted al piso de abajo y llame fuerte a la puerta. Los Paulke tienen el timbre roto, y la señora Paulke no está muy bien del oído.

Leopold bajó por la escalera. La niña de la muñeca había desaparecido. Golpeó con los nudillos la ventana de cristal de la puerta y enseguida le abrieron.

—¿Podría hablar con la señorita Chindler?

—¿Cómo dice que se llama la señora?

—Chindler… Margarethe Chindler.

—No la conozco —dijo la señora Paulke en berlinés, y cerró la puerta.

Leopold volvió a llamar con los nudillos, y la señora Paulke abrió por segunda vez. Era una mujer alta, rubia, con el pelo rizado, y llevaba al cuello un pañuelo de color violeta.

—¿Vive en su casa una señora que posee una máquina de escribir?

—Sí. Esa dama vive aquí.

—¿Podría llamarla un momento, por favor?

La señora Paulke dejó entrar a Leopold y llamó a la puerta de una habitación. Enseguida salió Maggie por la puerta. Había cambiado mucho, Leopold no la habría reconocido. Era más alta de lo que la recordaba, y muy delgada.

—Estupendo que hayas venido enseguida —dijo Maggie—. Entra.

Le apretó bien fuerte la mano a Leopold, y sus ojos le sonrieron, pero Leopold la atrajo hacia sí y la besó en las dos mejillas.

—Aquí eres bastante desconocida —dijo Leopold.

—¿Preguntaste por el apellido Chindler?

—Sí, claro. Me parece que te llamas Chindler.

—Me llamo Lewes —dijo Maggie—. Me he casado con un americano.

—¡Qué cosas dices! ¿Tienes marido?, —dijo Leopold sorprendido—. ¿Tienes hijos también?

—No.

La habitación era pequeña y estaba decorada con papel pintado de flores. Maggie se sentó en la cama y ofreció a Leopold la única silla que había en el cuarto.

—Tienes buen aspecto —dijo ella—, te has hecho un hombre de verdad y has escrito un buen libro. La materia es aburrida, por supuesto, ese Gentz fue un personaje triste, pero tú sabes escribir. Tienes talento. Me ha parecido muy amable de tu parte que vinieras enseguida.

—Muchas gracias —dijo Leopold—. Eres bastante sincera.

—Tengo muy poco tiempo —dijo Maggie—, y quiero hablar contigo de algunos asuntos importantes. Estoy muy contenta de verte. Tú fuiste siempre el más simpático de todos nosotros.

—También me parece muy amable de mi parte haber venido —dijo Leopold—, pues habrías podido escribirme alguna cartita en todo este largo tiempo. Estoy firmemente convencido de que en Estados Unidos hay dos o tres buzones por lo menos.

Dejando a un lado sus manos, blancas y bien cuidadas, Maggie tenía el aspecto de una mujer trabajadora sencilla. Llevaba el pelo castaño claro con una raya en el medio, un vestido de color gris oscuro y unos sencillos zapatos abotinados de color negro. Seguía siendo guapa, pero aparentaba muchos más años de los que tenía.

Sobre el palanganero colgaba un espejo pequeño, y a ambos lados del espejo, una imagen de Karl Marx a la izquierda y otra de Lenin a la derecha.

—¿Es tu marido?, —preguntó Leopold señalando con el dedo la foto de Lenin.

—No —dijo Maggie—. Ese es Lenin.

—Bueno, también comienza por «Le» después de todo.

Maggie rebuscó en su bolso y ofreció un cigarrillo a Leopold, y él la fue encontrando cada vez más simpática y amable.

—Encuentro muy grato que estés sana y muy animada —dijo él—. Tenía en mente soltarte algunas lindezas, pues pienso que no era necesario que no nos escribieras nunca. Sin embargo, se me han esfumado las ganas. ¿Sabe mamá que estás en el país de nuevo?

Maggie tiró la ceniza de su pitillo al suelo y dijo:

—No.

—Deberías ir a verla sin falta. ¡Vuestra bronca resulta ya muy aburrida!

Maggie no respondió y miró a su hermano fijamente. Ella intentaba ocultar sus sentimientos, pero no era fácil detectar que se sentía muy feliz por el reencuentro. Leopold devolvió la mirada a su hermana y Maggie sonrió.

—Ven —dijo ella—, siéntate a mi lado. Tu silla está muy lejos.

Leopold sabía ser insistente en sus preguntas, y al cabo de una hora se había enterado aproximadamente de lo siguiente: tras la revolución, Maggie se había ido a Berlín, vivió allí un año y entonces viajó a Moscú. En Moscú permaneció un año y medio y luego viajó a China. En Shanghái no le fueron bien las cosas, y viajó a Chicago con el señor Lewes, a quien había conocido en Moscú, y se quedaron allí bastante tiempo. Hacía un año la enviaron a España, y hacía cuatro semanas había llegado a Berlín vía París.

—¿Quién te envía a dar tantas vueltas?, —preguntó Leopold.

—El Komintern… pero mantén cerrada la boca, por favor.

—Te podría haber salido más barato —dijo Leopold—. Si hubieras permanecido en la religión de nuestros padres, tal vez te habrían enviado a visitar a los paganos de todos los países.

—Lucho por la fe de nuestros hijos y de nuestras hijas —dijo Maggie.

Llamaron a la puerta y entraron dos hombres en la habitación. Estaban lejos de vestir unas prendas que inspiraran confianza, pero en aquella habitación imperaban otras leyes que en los barrios de poniente de Berlín: examinaron de arriba abajo el traje de Leopold, y él vio que no estaba en disposición de despertar la confianza de esos hombres, sino más bien lo contrario.

Maggie hizo las presentaciones:

—Camarada Peter, camarada Ludwig, mi hermano.

A continuación salió ella de la habitación con los dos hombres.

—Puede durar un cuarto de hora —dijo ella en el umbral girando la cabeza hacia Leopold—, coge cigarrillos y un libro y espérame. También puedes rellenar la estufa. Tal vez la reunión solo dure diez minutos, nos daremos prisa.

La ventana de la habitación daba al patio, y Leopold contempló tres camisas azules que colgaban tiesas y medio congeladas de una cuerda de tender. Con sus mangas desplegadas, se parecían un poco al buey desollado de Rembrandt.

En una estantería estaban las obras de Lenin, dos diccionarios, los poemas de Mörike, un libro ruso, el Fausto, una novela de Zola y dos volúmenes de Hegel: Escritos selectos.

Encima de la mesa se hallaba el número más reciente de Die Rote Fahne, y Leopold leyó el editorial; era vocinglero, exaltado y poco ingenioso. «¡El golpe ha sido asestado! Los acuerdos de nuestra reunión de partido para el Reich, nuestro rumbo decidido por la política bolchevique de masas con la erradicación de todos los apestosos grupos de traidores representados por Neumann y compañía y de todas las tendencias que discrepan de la línea general del partido, la manifiesta e imponente unidad y cierre de filas del partido, la relación de confianza existente y única en el mundo entre la dirección del partido con el camarada Thälmann a la cabeza y la militancia entera, han desencadenado una moral baja, un temor pálido y un bramido de rabia entre las filas de los adversarios…».

Leopold plegó el periódico y lo dejó de nuevo encima de la mesa. Maggie lo hizo esperar media hora, y cuando regresó, propuso salir del cuarto y celebrar su reencuentro en cualquier otra parte.

—Son costumbres pequeñoburguesas —dijo Maggie—, pero, si quieres, podemos comer juntos. Aquí me van a estar molestando todo el día.

—Dicen que también hay burgueses de clase alta que encuentran simpáticas y amables a sus hermanas —dijo Leopold—, eso mismo dicen que ocurre entre los comunistas.

Maggie se puso su grueso abrigo de color azul oscuro y los hermanos abandonaron el piso.

—No sé si te permiten subir a un automóvil —dijo Leopold abriendo la puerta de su coche—, pero tal vez puedas hacer hoy una excepción.

Maggie subió y se sentó al lado de Leopold.

—No te burles —dijo ella—, algún día cada trabajador tendrá un coche.

Leopold condujo al restaurante Kempinski, en la calle de Leipzig, y Maggie comió con mucho apetito y como una persona normal. Era una narradora muy buena. Leopold la escuchó con atención y por primera vez se creó una imagen nítida de Chicago y de Detroit y de la sociedad estadounidense que Maggie había observado con mucha precisión. China no le había gustado, mientras que de Barcelona dijo que era una ciudad viva y bonita. De Rusia contó pocas cosas. Leopold le preguntó varias veces por Moscú y por la vida de allí, pero Maggie cambiaba el tono y se exaltaba un poco con expresiones banales y del todo incoloras.

—Eres exactamente igual de introvertida que nuestra madre —dijo Leopold—. Cuando en los últimos cursos del instituto tenía que ir con demasiada frecuencia a la iglesia y me enfadaba por esa imposición agotadora, le decía a mamá que los papas podían equivocarse también y que Alejandro VI había tenido hijos ilegítimos. Entonces mamá se ofendía mucho y aseguraba que Benedicto XV era un hombre santo con un rostro amable y noble.

Maggie no quiso entender la comparación de Leopold, pero lo trataba como a un hereje con quien no se habla de determinadas cosas. Ella era demasiado inteligente para encontrar bueno el editorial de Die Rote Fahne, pero cuando Leopold lo criticó, replicó con evasivas diciendo que no era para intelectuales ni para redactores demócratas, sino para simples trabajadores.

—Los trabajadores alemanes son muchachos bastante lúcidos —dijo Leopold.

—Solo estamos en los comienzos —dijo Maggie en tono severo y un poco molesta—, podrías esforzarte más por entendernos.

Leopold cambió de tema, y los hermanos se pusieron a hablar sobre el libro de él. Maggie no era ni culta ni inculta. Había leído un montón, uno podía quedarse asombrado de la cantidad de cifras que se sabía de memoria, pero hablaba de Gentz y de la época de 1813 como un misionero que

conversa con un negro[77].

—Lo mejor de tu libro es tu estilo —dijo Maggie, y ahora, de repente, destapó el secreto y preguntó a Leopold si tenía ganas de viajar a la Unión Soviética y escribir un libro sobre el plan quinquenal—. Te cursaríamos una invitación, podrías hacer un viaje bonito, pero tendrías que escribir de modo que pueda aparecer en una editorial burguesa.

—Déjalo estar —dijo Leopold—. ¿Vas a ir a ver a Karl?

—Todavía no lo sé. El doctor Lichtstrahl me ha hablado de él, no creo que desee verme. Tampoco tendría sentido. Me soltaría unas largas parrafadas de las que no saldría nada en claro.

Leopold pensó: «Tiene razón. La gente que quiere pronunciar discursos no puede hacer nada con la gente que también quiere pronunciar discursos». Luego dijo:

—¿De qué conoces al doctor Lichtstrahl?

—Le tengo aprecio incluso —dijo Maggie—, sabe que el capitalismo está muerto. Como es natural, está en contra de nosotros, pero al menos es un rival sincero. Una tarde estuvimos hablando mucho y bien.

Leopold pensó en Anki y deseó que Maggie la conociera.

—¿Dónde está tu marido?, —preguntó—. ¿Es simpático? ¿Os lleváis bien?

—No sé dónde está —dijo Maggie—. Por aquella época yo necesitaba un pasaporte estadounidense. Los americanos son gente nacionalista, un europeo lo tiene complicado al otro lado del charco.

Leopold ya había oído hablar de matrimonios políticos de ese tipo, pero que su hermana se hubiera casado con un hombre del que no sabía nada lo dejó sorprendido. Le contempló la frente y el pelo y se preguntó si había un hombre al que Maggie amase, y cómo sería ese hombre.

—¿Estás casado?, —preguntó Maggie.

—No, pero conozco a una mujer a la que me gustaría que conocieras.

Maggie estrujó el paquete del que había sacado su último cigarrillo y comenzó a arrancar trocitos del papel.

—Tengo muy poco tiempo —dijo ella titubeando—, pero si se puede organizar… por supuesto que me gustaría.

Leopold iba a pedir un café, pero Maggie dijo:

—Aquí no, este no es un local agradable.

Se marcharon, y un botones vestido de rojo y con los mofletes rojos abrió la puerta de par en par. Maggie se detuvo y contempló al guapo portero.

—¿Cuánto tienes que trabajar?

El joven se quitó la gorra y respondió:

—Ocho horas.

Maggie le preguntó cuánto ganaba, qué profesión tenía su padre y si tenía hermanos y hermanas. El muchacho estaba sorprendido por la curiosidad de Maggie y respondía con titubeos y desconfianza, pero a Maggie no le importaban sus inhibiciones y continuó preguntando. Otros clientes salían del restaurante. Maggie se hizo a un lado y preguntó al muchacho dónde vivía.

—Calle Blumenthal 71.

—Qué divertido —dijo Maggie—, yo también vivo en la calle Blumenthal.

El chico puso cara de desconcierto. Era muy infrecuente que la gente de la calle Blumenthal fuera a comer al restaurante Kempinski. Pero Maggie parecía gustarle, y cuando ella le acarició la mejilla como despedida, él tenía una expresión radiante en la cara.

Al principio, Leopold creyó que Maggie estaba haciendo teatro, pero esa suposición no era correcta. Ella poseía una seguridad serena en su modo de proceder que producía una impresión convincente, y estaba recogiendo esas informaciones para un folleto sobre la juventud trabajadora que estaba escribiendo.

—Te enseñaré mi piso —dijo Leopold—, y nos haremos allí un café moca.

Los hermanos se dirigieron en coche a la calle Schaper, pero Maggie no pareció interesarse por la vivienda de Leopold. Echó un vistazo a sus libros, y al descubrir una fotografía de su madre en el escritorio de Leopold, cogió la foto, se sentó en el sofá y la contempló un buen rato.

—¿Tienes también fotos de Karl?

Leopold enseñó a su hermana todas las fotografías que tenía, y Maggie las miró con atención. La última era una foto de Anki.

—¿Quién es?, —preguntó Maggie, meneando un poco la cabeza con gesto de sorpresa.

—¡Es Franziska!

—¿Quieres casarte con ella?

—Sí.

Maggie dejó la foto en el escritorio y se acercó a la ventana. Leopold contempló sus hombros, su vestido y los tacones bajos de sus zapatos abotinados. Al cabo de un rato Maggie se giró de nuevo, recostó la cabeza en el cristal de la ventana y dijo:

—Cuéntame cosas de mamá. ¿Cuándo la viste por última vez? ¿Cómo le va? ¿Está bien de salud? ¿Habla alguna vez de mí? ¿Enterrasteis a papá en Neustadt?

—El entierro fue muy solemne —dijo Leopold.

—Leí un reportaje en el periódico —dijo Maggie, pero de pronto dio un pisotón en el suelo y dijo—: Si todos vosotros no quisierais tener siempre la razón y no fuerais tan anticuados, iría esta misma noche a ver a mamá. ¿Tiene teléfono? ¿Se la puede llamar? ¿Hablas a veces con ella?

Leopold se sorprendió, Maggie se había alejado muchísimo de su familia.

—¡No, nunca!, —dijo él al tiempo que extendía los codos hacia delante, ya que tenía las manos metidas en los bolsillos.

—¡Mamá es de una generación diferente a la nuestra! A ella no se la puede llamar por teléfono. No está acostumbrada a descolgarlo cuando suena. A ella hay que escribirle cartas.

Maggie se arregló el peinado con la mano izquierda alzando el pelo por la nuca. Luego volvió a mirar a la cara a Leopold y dijo:

—Todavía me acuerdo perfectamente cuando papá mandó instalar un teléfono en casa. Recibimos una gran caja marrón, y cuando querías hablar, había que descolgar el auricular y dar vueltas a la manivela. Yo fui la primera a quien se le permitió telefonear, y llamé a mi amiga Melitta Hankel.

—El teléfono ¿estaba abajo, en la planta baja?

—Claro que no —dijo Maggie—. Tienes mala memoria, cariño. Nuestro teléfono estaba arriba, por extraño que parezca, en la primera planta, en el pequeño pasillo oscuro frente al baño… frente a la puerta de la habitación de Karl que después sería la tuya…