Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 17 de 71

Páginas del PDF

Franziska Scheler

Capítulo 3

Colgó y le dijo a su esposa:

—¡Por todos los diablos! ¡Estas chicas! Ahora se nos desbocan de golpe las dos como los caballos jóvenes, una tras otra, ¡como los caballos jóvenes! Pero la vida es así, y seguramente pronto te harán abuela. ¡Vaya, no, vamos! En el fondo me gustaría subir al próximo tren para ir a ver a Franka. ¡Es una buena chica! La echaré mucho de menos.

 

3

 

Los Westegg no eran ricos. En el año 1917, los estadounidenses confiscaron al señor Von Westegg la mayor parte de su fortuna, pero este (con la obstinación de carácter que Anki había heredado de él) se esforzó por mantener en pie un estilo de vida por encima de sus posibilidades. Era una persona fantástica, y como quería recuperar su dinero, emprendió uno de esos misteriosos e interminables pleitos de los cuales sacan tajada los abogados. Además, había una finca en Pomerania que pertenecía a un hermano de la señora Von Westegg, quien como viudo sin descendencia había dejado en herencia a su hermana. Visto desde esta perspectiva, Richard Scheler resultaba un gran partido, e Inge Westegg, que había pensado alguna vez en Richard para ella, lo sabía muy bien. Era una persona simpática, pero su carácter tenía algunas lagunas y abismos, como un pequeño volcán o como el lago Stechlin, que sin duda tenían que hacerse notables con el paso del tiempo.

—Las amigas son siempre envidiosas —le dijo a Anki.

—¡Ah! ¿Es así de verdad?

—Nos hemos prometido, ¡y las dos al mismo tiempo! Es una buen variación para esta triste aldea a orillas del Neckar, pero si te encuentras a Gertrud Below, verás que pone una cara como si hubiéramos enviudado.

—¿Qué dice, pues?, —preguntó Anki—. A mí me ha felicitado cordialmente.

—A mí también, pero no me gustaría saber lo que dice de Georg a mis espaldas.

—¿Qué es lo que dice de Richard?

—Tonterías.

—¡Sé buena y sigue soltando más cosas!

—Que era muy simpático y tremendamente rico, pero que no era una persona distinguida.

Anki era soberbia, pero se desanimaba con facilidad, y lo estúpido de ese comentario era que Heinrich Geldern le había dicho exactamente lo mismo a Anki. El señor Von Geldern era un erudito pobre que estudiaba medicina en Heidelberg. Entre sus profesores pasaba por ser un genio, y Anki lo encontraba simpático, sensato y extraño. Solo iba en raras ocasiones a la casa de los Westegg, pero Anki percibía que no le era indiferente, y cuando Richard Scheler se fue a Silesia, estuvo pensando si Heinrich Geldern podría ser un marido para ella.

Una tarde jugó con él al tenis y Heinrich preguntó a su compañera si tendría ganas de probar una limonada que había inventado la semana anterior. Anki lo siguió y entró en la habitación de Heinrich. Estaba en la planta baja, justo detrás de la pista de tenis. El cuarto estaba repleto de libros, y junto a la ventana había un soporte sobre el cual podía verse una gran cantidad de botellas. Anki titubeó antes de entrar. El umbral de una habitación de estudiantes era todo un obstáculo para los pies de una muchacha con una educación estricta. Heinrich preparó un cóctel excelente, y Anki se sentó a su lado. Al cabo de cinco minutos estaban inmersos en una conversación seria que comenzó sobre la medicina y acabó sobre el sentido de la vida, y a Anki le pareció que Geldern era inteligente y agradable. Ella apuró su copa y se la tendió a su vecino, pero Geldern dejó caer la copa al suelo, agarró la mano de Anki, la atrajo hacia sí y la besó en la boca. Anki no se resistió. La copa se había hecho añicos a sus pies, y a Anki le pareció magnífico que Geldern tratara con tanta indiferencia las cosas indiferentes. Dejó que la besara y ella le devolvió los besos, y al pensar por un instante que todo había terminado con Richard Scheler, besó a Heinrich con mayor vehemencia aún.

Era la hora de volver a casa y Franziska se levantó, pero en ese instante Heinrich puso un semblante serio y comenzó a largarle un discurso a Anki. Le dijo que la amaba mucho, pero que él era más pobre que un ratón de iglesia, y Anki tenía que pensárselo bien si era capaz de esperar al menos cuatro años a un hombre que entonces tampoco tendría mucho que ofrecerle. Anki no respondió. Esa larga espera de la que hablaba Heinrich la amedrentaba poco. En esos instantes no estaba en condiciones de pensar en asuntos tan complicados como esperar y casarse, pero el tono empleado por Heinrich en su charla era extraño y la objetividad que mostraba él no le resultó agradable. Heinrich Geldern se levantó y se puso a hablar de Richard Scheler, y Anki se dio cuenta de que lo detestaba y lo temía.

—No te conviene —dijo Heinrich—. De lejos causa una impresión pintoresca con sus graciosos rizos y sus perros mal criados, pero de cerca se ve que tiene emociones ordinarias; en el fondo no es más que un especulador de la guerra.

Anki se quedó muy dolida. No volvió a ir donde Geldern, pero ese comentario suyo le causó una herida que cicatrizó mal.

Richard había ido a la casa de su padre y la criada llevó a Anki la primera carta de Richard. La letra era pequeña, fina y apresurada. Anki rasgó el sobre y leyó la carta. Trataba de amor, pero en su estilo había algunos comentarios banales. Al día siguiente llegaron unas flores por la mañana, un anillo espléndido al mediodía y una extensa carta urgente por la tarde. Anki depositó el anillo en el cajón del escritorio, pero cuando hubo leído la carta urgente, sacó el anillo y se lo puso. Dos días después llegó un collar de perlas y la carta más bella que Richard escribiría a Anki: «Disculpa que te envíe el collar en lugar de dártelo en persona. Es un regalo que me hizo mi madre poco antes de su fallecimiento. Yo tenía por aquel entonces dieciséis años y era muy infeliz porque mi madre estaba gravemente enferma y mi padre había dicho que tal vez dejaría pronto de estar entre nosotros. Desde entonces no había vuelto a ver ese collar, pero estaba destinado a ti, y no te lo llevo en persona porque así es, por decirlo así, como si te lo enviara mi inolvidable madre. (Era casi tan hermosa como tú). Llévalo ahora y siempre. Y si te gusta la fotografía de mi madre que adjunto, hazle un sitio, por favor, en tu habitación. Ella te habría querido mucho, y es duro pensar que no pudo vivir esta alegría».

Anki se puso un vestido azul oscuro, se colgó el collar y se colocó ante el espejo. El collar era muy bonito y le quedaba muy bien. Anki se sentía bastante orgullosa cuando bajó despacio por la escalera y entró en el comedor en el que ya estaba reunida la familia.

Inge vio enseguida el collar y dejó la cuchara en el plato de la sopa.

—Pero ¿qué es esto otra vez?, —dijo—, ¡es increíble, por lo menos hay cincuenta perlas!

Lo había sabido desde el primer momento: Richard era el gran premio de la lotería en carne y hueso.

Anki pasó al lado del asiento de Inge y dio un beso a su hermana, pero Inge estaba un poco envidiosa del hermoso collar, así que le soltó:

—¿Sabes qué me parece extraño? ¡Que no os llaméis nunca por teléfono! En mi vida he visto nunca a una pareja de novios que no se hablaran. Yo tengo que hablar todos los días con Georg, de lo contrario no podría casarme con él, ni él tampoco conmigo.

Anki jugueteó con su collar y respondió:

—Richard considera que el teléfono es un aparato para hombres de negocios, opina que las personas que se aman deberían escribirse cartas.

—No sabía que Richard tuviera unas ideas tan anticuadas —dijo Inge respondona.

—A mí no me parece anticuada esa idea, sino muy moderna —dijo el señor Von Westegg—, me gusta mucho. El teléfono es un trasto negro, tonto, insensible. Detesto oír solo la voz de una persona sin tener su cara delante…

El padre de Richard, Gustav Scheler, era paralítico, y Anki viajó a Berlín para hacerle una visita. Cuando regresó, estaba muy callada, y a Inge le pareció que estaba deprimida. Gustav Scheler era un anciano amable que a Anki le cayó muy bien, pero la única hermana de Richard le gustó muy poco. Betty Scheler se había casado con un dentista y vivía en Duisburg. El doctor Cramer ganaba dinero a espuertas, y los Cramer residían en una lujosa mansión, pero Betty estaba siempre enferma y era una persona pendenciera que sospechaba que todo el mundo miraba a su marido por encima del hombro. Anki se esforzó mucho, pero Betty se volvió insultante de repente e hizo unos comentarios bastante estúpidos y muy groseros sobre familias anticuadas.

—En otros tiempos te casabas con una familia —dijo la señora Von Westegg—, pero hoy en día es diferente. Hoy en día te casas solo con un hombre. ¿Se portó Richard bien contigo?

Anki se enfadó.

—Yo me porté bien con él —dijo con rabia—, él no tuvo el más mínimo motivo para no portarse bien conmigo.

Inge entró en la habitación y la señora Von Westegg se puso a hablar del ajuar de Anki.

Después de la cena, Anki se fue enseguida a su cuarto. No podía olvidar el encontronazo con la señora Cramer. Durante media hora estuvo pintando flores y caras en el papel secante blanco de su escritorio y después sacó las cartas de Richard de una caja roja de cuero y las leyó todas otra vez. Finalmente, desenroscó su pluma estilográfica y escribió una carta larga a Richard. «Debería haberme puesto sobre aviso», pensó, y decidió decírselo por escrito.

Se abrió la puerta e Inge entró en la habitación. Llevaba un camisón fino de color rosa, y por la forma de su cabello, Anki vio que ya había estado acostada en la cama.