Franziska Scheler
Capítulo 4
Elisabeth Müller se caló aún más el sombrero grande, de color marrón oscuro y adornado con un lazo por su lado izquierdo, pero no sirvió de nada, el sombrero no le sentaba bien… nunca le había sentado bien… necesitaba uno nuevo sin falta. Herbert Müller seguía sentado ante su escritorio, y Elisabeth Müller divisó en el espejo la espalda fuerte y curvada del editor y las rayas de color gris claro de su traje marrón.
—¿Qué es lo que pasa en realidad?, —preguntó ella, y se puso a mirar las perlas bonitas y uniformes de sus dientes—. ¿Por qué has vuelto a sentarte?
—Una reseña estúpida —dijo Herbert Müller dándose la vuelta—, una reseña infame, una mezquindad inaudita que no me había ocurrido jamás en la vida…
—Esos periodistas son como las avispas —dijo Elisabeth Müller—. ¡Siempre llegan cuando la comida está en la mesa! Y ahora ven… Es la hora… Tu impuntualidad le cuesta demasiado trabajo a la cocinera… ¡Las criadas no soportan eso!
Herbert Müller arrojó el sobre a la papelera y metió la crítica en el cajón central del escritorio, que cerró cuidadosamente con llave. Estaba muy molesto, pero también asustado y confundido.
—No tengo nada de hambre —dijo, y se levantó—, el mundo es espantoso.
—¡Vamos, venga!, —dijo Elisabeth Müller, y le tendió el sombrero, el pesado bastón negro y los guantes grises a su marido—. ¡Van a dar las dos, y yo sí tengo mucha hambre!
Herbert Müller se embutió en su grueso abrigo gris, se caló el sombrero y siguió a su mujer. De camino, él se mantuvo en silencio y pensó en Leopold.
—No sé qué hacer —dijo—, esta bronca me va a perjudicar también a mí.
En la esquina de la calle de Augsburg habían inaugurado una sombrerería, y Elisabeth Müller se detuvo ante el escaparate.
—Mira —dijo ella—, ¿te parece bonito ese sombrerito rojo? ¿Crees que me quedaría bien un sombrero así?
Herbert Müller contempló el sombrero expuesto en una barra barnizada en gris marengo mate, y pensó si debía llamar por teléfono al doctor Werner.
—¡Hoy vuelves a estar en la luna!, —dijo Elisabeth Müller, que continuó caminando enfadada—. Ya saldrán otras críticas —añadió al cabo de un rato, y se colgó del brazo de su marido—. Con lo encantadora que soy, te compré ayer una bufanda. Tengo mucha curiosidad por saber si te va a gustar.
4
La tribuna de los periodistas del Reichstag estaba abarrotada.
El doctor Achtermann se abrió paso a través de los colegas que estaban sentados incluso en los escalones, y el señor Held, reportero del Reichstag del Berliner Allgemeine Zeitung, que había estado esperando a los caballeros, señaló con su lápiz verde los dos asientos que había estado guardando para el doctor Achtermann y el doctor Chindler en la primera fila.
En el orden del día de la sesión figuraba la continuación de la segunda
deliberación del proyecto de ley para la preservación de la infancia y la adolescencia frente a escritos folletinescos y obscenos[64]. Leopold se inclinó sobre la barandilla del palco de periodistas y miró hacia abajo a la sala. Los diputados de los partidos de la derecha habían acudido en su totalidad, mientras que los partidos de la izquierda presentaban algunas lagunas. El presidente del Parlamento había abierto ya la sesión, y el demócrata Dr. Heuss estaba pronunciando un largo discurso. Defendía esa ley, pero con algunas restricciones que parecían irritar a los socialdemócratas.
—¡Vaya!, —exclamó el diputado Müller-Ingolstadt—. Pues entonces, ¿por qué proponen semejantes leyes?
El presidente hizo sonar el timbre y el doctor Heuss continuó hablando.
Para la segunda intervención se levantó la diputada Lang-Brumann del Partido Popular Bávaro[65].
—El Partido Popular Bávaro está decidido a interceder a favor de la forma del proyecto de ley, tal como salió de la comisión el verano pasado.
El jefe del Partido Popular Bávaro exclamó: «¡Bravo!», y toda la bancada del partido se puso a aplaudir. La señora Lang no se dejó distraer por aquel aplauso no muy convincente y continuó hablando. A Leopold le pareció que era una oradora algo sobria, pero tenía un aspecto agradable. Parecía ser una mujer culta, y su defensa del proyecto de ley tenía pies y cabeza.
En cambio, la oradora le pareció farragosa y marisabidilla al doctor Achtermann, y se estaba aburriendo. Se sacó un cuadernillo rojo del bolsillo, y Leopold vio que estaba escribiendo y sumando unas cifras largas a una velocidad asombrosa. Entonces se levantó el diputado Huber.
—Ahora empieza la función —dijo el doctor Achtermann, y se guardó el cuadernillo.
En ese instante apareció en un palco, justo enfrente de la tribuna de periodistas, el señor Von Manberg. No había podido encontrar ningún asiento libre en la tribuna de periodistas, pero como era bien conocido por los ujieres, uno de ellos le permitió la entrada en el palco de diplomáticos. Ese palco estaba casi vacío, por cierto. El embajador francés estaba sentado en la primera fila, y dos filas detrás de él había un hombre joven de piel oscura a quien Leopold no conocía.
El señor Huber llevaba unas notas consigo y depositó sus papeles en el atril de la tribuna de oradores con movimientos lentos y mesurados.
—¡Damas y caballeros! He estado reflexionando mucho tiempo sobre esta ley que el gobierno del Reich quiere regalar por Navidades a la nación alemana. Una ley que seguramente está llena de buenas intenciones, y mis amigos y yo la aprobaremos incluso…
Un comunista se levantó y exclamó:
—¡Eso es típico de este gobierno!
—… Sin embargo, no es nada fácil decir qué es en realidad un escrito trivial y folletinesco, y qué es un escrito obsceno, y lo difícil que es responder a esa pregunta lo he experimentado esta mañana en el periódico mientras desayunaba. El Berliner Allgemeine Zeitung, un órgano al que yo, como todos ustedes saben, tengo en poco aprecio, tiene en nómina a un redactor llamado Chindler. Este señor Chindler ha escrito un libro sobre Friedrich von Gentz…
Un socialdemócrata se levantó y exclamó:
—¡Al grano!
—… He leído ese libro, y lo rechazo. Está bien escrito, pero contiene algunos capítulos que están contaminados democráticamente y que no encajan conmigo… Sin embargo, damas y caballeros, en nuestros tiempos parece un asunto condenadamente difícil juzgar un libro, pues esta mañana temprano leí en el periódico del señor Chindler un articulillo que condena este libro por completo.
Todo el Reichstag se echó a reír, y los comunistas aplaudieron.
—Este es un suceso muy interesante, damas y caballeros. El autor de la crítica es un tal señor Von Manberg, y me parece importante desmarcarme de él. El señor Von Manberg fue expulsado de nuestro antiguo ejército por cobardía, y tales personas harían mejor, en mi opinión, en tener la boca cerrada en lugar de escribir. Ahora bien, me parece muy digno de mencionar que nada menos que los señores demócratas, que siempre actúan de una manera especial, tan inteligente y tan unánime, estén tan desavenidos que incluso se lancen los unos sobre los otros en el mismo periódico y laven sus trapos, sobre cuyo estado prefiero no exteriorizar mi opinión, los lavan frente a sus lectores. Como ya he dicho, el libro del señor Chindler no es estúpido, ciertamente, pero es democrático, y esas cosas no son de mi agrado. Sin embargo, me pregunto: ¿qué va a suceder ahora en realidad? Ese libro ¿es también folletinesco y obsceno? ¿Y quién es aquí el demócrata de verdad? ¿El redactor Chindler del Berliner Allgemeine Zeitung o el redactor Manberg del Berliner Allgemeine Zeitung? Quizá los lectores y los suscriptores de ese órgano tengan la bondad de responderme a esta interesante pregunta del millón. Mis amigos y yo hemos respondido ya, y ustedes, damas y caballeros, saben lo que opinamos acerca del Partido Democrático y de toda la prensa democrática.
El señor Huber dejó la tribuna de oradores. El doctor Achtermann se levantó, y Leopold lo siguió.
—Esto va a perjudicar al periódico —dijo el doctor Achtermann—, ese hombre tiene razón.
—Viva la democracia —dijo Leopold.
—¿Va a dejarnos usted realmente?, —preguntó el doctor Achtermann.
—Estoy convencido de que usted aprueba mi decisión —dijo Leopold.
Cuando los dos hombres hubieron abandonado el Reichstag por una puerta lateral y se encontraban en la calle, dijo el doctor Achtermann:
—Esta noche tengo que viajar a Hamburgo, pero estaré de regreso mañana por la noche y me tomaré la libertad de llamarlo a usted por teléfono.
Paró un taxi que circulaba despacio, al paso, por decirlo de alguna manera, le dio al chófer la dirección de la redacción y se subió con apresuramiento.
Herbert Müller llamó por teléfono a Leopold y dijo:
—¡Mi enhorabuena! Vamos a imprimir la segunda edición, entre cuatro y ocho mil ejemplares de un cierto libro sobre el señor Von Gentz.
—¿Por qué?, —preguntó Leopold—. ¿Se ha agotado ya la primera edición?
—Parece no saber usted que se ha convertido en un hombre famoso. Pero Herbert Müller lo sabe todo. El diputado Huber ha pronunciado un discurso en el Reichstag sobre usted.
—Leopold Chindler sabe también algunas cosas. Yo estaba en el palco de los periodistas y escuché con atención mientras hablaba el señor Huber.
—¡Enorme!, —dijo Herbert Müller—. ¡Enorme! ¿Lo citó a usted con nombre y apellido?
—¡Con nombre y apellido!
—¿Quiere usted cenar esta noche en nuestra casa o no tiene tiempo?
—Tengo todo el tiempo del mundo —dijo Leopold—. Y es que estoy en el paro. Me he ido del periódico del señor Von Manberg.
—¡Enorme!, —dijo Herbert Müller—. ¡Tendremos un montón de cosas de las que hablar! Mi esposa está aquí, a mi lado, y le transmite sus felicitaciones.
Elisabeth Müller le quitó el auricular de la mano a su marido.
—¿Le gusta el pescado? Esta noche tenemos eglefino. ¿O quiere que mande a buscar otro pescado?
—Me gusta mucho el pescado —dijo Leopold—, el famoso fósforo le vendrá bien a mi cerebro.
El vicepresidente en funciones del consejo de administración [66] del Berliner Allgemeine Zeitung llamó por teléfono al doctor Achtermann:
—Estoy muy disgustado. Esto no debería haber ocurrido bajo ningún concepto.
—Me alegro de que me diga usted eso —respondió el doctor Achtermann —. Yo también me manifesté en contra de esa crítica. Era muy superficial.
—No conozco el libro. Lo encargué ayer mismo, y ahora lo tengo ante mí, pero no lo he leído todavía. ¿Cómo es?
El doctor Achtermann cogió un lápiz y reflexionó si era conveniente defender un poco a Manberg. Al fin y al cabo, Chindler se había ido, y Manberg seguía allí, pero tras unos instantes de indecisión, dijo:
—A mí me parece un buen libro. Ciertamente no soy historiador, y podría contener algún que otro error, pero se lee de maravilla.
—Eso es lo que he oído yo también. Dicen que es ingenioso.
—Además, el doctor Chindler ha presentado su dimisión —dijo el señor Achtermann.
—La cosa se pone cada vez mejor —dijo el presidente del consejo de administración—, entonces hemos perdido, además, a un buen hombre. Dígale por favor al señor doctor Wild de mi parte que estoy muy disgustado, estoy disgustadísimo, sin paliativos. Esos señores viven en la luna. Los ingresos por publicidad fueron miserables en la segunda mitad del año, y vamos a tener un balance final penoso… ¡Estoy de verdad muy disgustado! Intente usted retener al doctor Chindler. ¿Cuánto gana? ¿Doce mil? Entonces ofrézcale… bueno… digamos… quince mil.
La reunión de la redacción transcurrió con mucha agitación. El jefe del suplemento cultural defendió la libertad de crítica, y el señor Von Manberg se dejó llevar por arrebatos personales contra Leopold Chindler que causaron una mala impresión. Por último, al suplemento cultural se le comunicó con todos los votos contra dos que en el futuro los artículos sobre obras históricas o sobre libros escritos por colaboradores del periódico solo podían ser publicados una vez que el señor doctor Achtermann, o un representante suyo designado por él, hubiera revisado y aprobado la crítica en cuestión.
El jefe del suplemento cultural estaba hecho una furia.
—¿Nos queda algún libro de historia en el armario?, —preguntó a la señorita Stiglhammer.
—Ayer llegaron dos, y en el armario siguen estando dos o tres libros viejos que llegaron en verano.
—Coja toda esa mie… esa basura y arrójela por la ventana. ¡Ese tipo de libros no va a volver a reseñarse nunca más en esta sección! ¡Nunca más! Se acabó… Basta… ¡Venga ya! ¡Yo configuro mi suplemento cultural como me da la gana!
Se dirigió a su despacho y dio un portazo después de entrar. A continuación se sentó en su escritorio y escribió un artículo sobre Van Gogh, que ese año habría podido celebrar su 76.º aniversario si todavía hubiera estado vivo.