Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 1 de 40

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Inolvidable

Capítulo 1

Septiembre

Juls

— ¡Es la canción!

El grito que salió de su garganta habría dejado sordo a cualquiera, solo que el volumen de la música estaba tan alto que su voz pasó desapercibida para todo el mundo, excepto para su mejor amiga, a la que le aulló cerca del oído.

— ¡Vamos, vamos! — gritó esta última, dejándose arrastrar.

Los altavoces escupieron la voz de Raphael anunciando que ese era un día especial y que iba a salir por la noche, y el clamor de muchos de los presentes en el pub se mezcló con la primera estrofa de la canción.

Juls y Mariu repitieron las palabras del cantante de un modo superexagerado al tiempo que se contorsionaban en una suerte de alocado baile. Cuando llegó el estribillo, ambas se habían colocado una frente a la otra y lo cantaban a gritos, entusiasmadas.

No eran las únicas que se hallaban en pleno paroxismo. Aparentemente, la mayoría de los allí presentes eran grandes fans de Raphael. Eso o que el alcohol había alcanzado ya niveles elevados en el ambiente. A fin de cuentas, eran las dos de la madrugada y la noche ya no era tan joven.

— ¡Y al despertar ya mi vida sabrá algo que no conoce! — berreó Juls, alzando los brazos y agitando la cabeza como una posesa.

Estaba eufórica. Habían llegado ese mismo día a la ciudad costera y tenían ante ellas dos semanas de vacaciones en la playa.

— ¡Ilailarararara! — coreó Mariu.

En un descanso, Juls dio un trago a su cerveza y luego utilizó la botella de micrófono. Notaba los empujones de otras personas contra su espalda y su costado y ella empujó también con ímpetu sin dejarse amilanar.

Había poco sitio y los cuerpos se restregaban unos contra otros en la pequeña e improvisada pista. El local no era una discoteca, solo era un coqueto pub y no estaba acondicionado para bailar, no obstante, eso parecía importarles poco a las decenas de personas que se movían como si la vida les fuera en ello. El establecimiento constaba de dos plantas, la de abajo era más amplia y podía albergar a más gente; la de arriba, a la que se accedía por una escalera de madera, era más pequeña y tenía el techo abuhardillado y un balcón al que uno podía asomarse y ver la planta inferior. En ambas había barras y mesas altas con taburetes contra las paredes.

Ellas estaban en la planta superior. Llevaban un par de horas allí y hasta el momento el ambiente era fantástico; aunque cada vez iba llegando más gente y el lugar estaba abarrotado.

Era la primera vez que Juls estaba de vacaciones en Benidorm, pero Mariu solía ir todos los años con sus padres y sabía cuáles eran los mejores lugares a los que podían acudir dos chicas españolas de veinticinco años para pasar una gran noche, como decía Raphael. La Sal, se llamaba ese local, y fue un acierto acabar allí. El público se encontraba en la veintena y principios de la treintena y la música era, en su mayoría, española.

El lugar ideal.

— ¡Muerooo! — gritó Mariu al escuchar los acordes de la siguiente canción— . ¡Es la Carrà!

Juls fingió que se echaba la melena hacia atrás — tenía el pelo rubio y corto, al estilo pixie — , y configuró un mohín sensual mientras se contoneaba al ritmo de la melodía setentera. Mariu la imitó, presumiendo de pelo largo. La melena castaña le llegaba hasta la parte baja de la espalda.

— ¡Para hacer bien el amor hay que venir al sur! — se desgañitaron ambas.

En realidad, el estruendo era tan grande que sus voces no podían escucharse, pero el movimiento de sus labios parecía acompasarse a la letra con corrección.

Un tipo con aspecto de intelectual, muy delgado, con camisa blanca y gafas de pasta, se acercó a ellas con dificultad, sonrisa en ristre. Se pegó al costado de Mariu y trató de iniciar una conversación.

Juls soltó una risa al ver su infructuoso esfuerzo por tratar de ser escuchado. ¿No veía que Mariu estaba bailando y pegando alaridos como una loca? Observó la escena con diversión, aguardando a que su amiga se percatara del ligón en ciernes. Pero esta, totalmente ajena a su alrededor, giró la cabeza con energía e hizo un golpe de melena, abofeteando con ella en la cara al pobre chaval. La risa sacudió a Juls al ver la expresión anonadada en el masculino rostro. Solo dos segundos después, se alejaba con el rabo entre las piernas.

— Todos dicen que el amor es amigo de la locura — cantó Mariu.

— Pero a mí que ya estoy loca, es lo único que me cura — le dio la réplica Juls, todavía riéndose por lo sucedido.

— ¿Por qué te ríes? — Su amiga se acercó y le habló al oído.

— Porque acabas de rechazar a un tío que ha venido a tirarte la caña.

— ¡¿Cómo?! ¿Era guapo? ¡Joder! No me he enterado.

— Le has azotado con tu melenaza — dijo y volvió a reírse al recordar la escena— . El pobre casi llora.

— ¿Quién es? Dime dónde está. Si está bueno, te juro que voy tras él.

Demasiado tiempo sin novio; me estoy volviendo virgen otra vez.

Juls le buscó con la mirada. Le pareció ver la camisa blanca a unos metros de distancia, cerca de la escalera.

— Creo que es ese que va a bajar a la planta inferior. Mírale.

Ambas se dirigieron al balcón de madera, abriéndose paso a codazos.

El muchacho descendía los escalones con parsimonia, pegado a la pared.

— Puff, tiene barba de chivo — exclamó Mariu al verle— . Y pinta de ratón de biblioteca. Me gustan más altos y musculosos. Nada, otra noche que me quedo sin pareja. Te lo cedo.

— ¡Ja! Tú flipas. Prefiero masturbarme toda la vida antes que acabar con tus sobras — repuso, dejando su cerveza vacía en una de las mesas Mariu liberó una risotada.

— ¿Quieres otra cerveza, señorita masturbadora? ¿La última antes de irnos?

Juls asintió. Había decidido no beber nada más fuerte esa noche porque al día siguiente tenía que madrugar y escribir dos artículos para la revista en

la que trabajaba. La editora los estaba esperando desde hacía unos días y ella no había escrito ni una sola coma.

— Tía, me encanta este sitio — dijo mientras se acercaban a la barra.

— Está genial — asintió Mariu— . Menos mal que estamos en septiembre porque en agosto no hay quien entre. Está todavía más petado que ahora.

Ese año, Mariu no había podido coger sus vacaciones en el mes de agosto, como acostumbraba, porque acababa de incorporarse a una empresa de trabajo temporal y, como era la recién llegada, no pudo elegir. A Juls le daba igual el mes; ella podía trabajar desde cualquier sitio. Se había animado a acompañar a su amiga por tres motivos: en primer lugar, porque era un viaje barato; en segundo, porque su compañera de piso había comenzado a salir con un chico y estaban todos los días practicando el sano deporte del sexo en la habitación de al lado, y Juls estaba hasta las narices de tener que soportarlos; y en tercer lugar, para olvidarse de Sergio, con el que acababa de romper.

Así que, cuando Mariu le preguntó si le apetecía pasar unos días en Benidorm, se lanzó de cabeza.

Después de aguardar un rato, por fin un camarero se aproximó a ellas.

No tardaron en tener sus consumiciones. Coronita para Juls y Beefeeter con limón para Mariu.

— ¿Bajamos? Aquí ya no hay quién esté.

Juls asintió.

Con dificultad, descendieron la escalera mientras se cruzaban con gente que se empeñaba en subir, a pesar de que la planta de arriba estaba hasta los topes. Cuando llegaron abajo se dieron cuenta de que esa planta no estaba mucho más vacía.

— ¿Quieres que salgamos? — propuso Mariu, hablándole por encima del hombro.

Juls volvió a asentir. Un poco de aire fresco no les vendría nada mal.

Pero todavía no habían alcanzado la puerta cuando los primeros acordes de una archiconocida canción llenaron el ambiente.

Juls se detuvo de golpe y sujetó a Mariu del brazo. La expresión de su cara era de puro éxtasis y sus ojos llameaban de un modo casi imposible en

la penumbra del local.

— ¡Espera! Esto ya es desfase total. ¿Camilo Sesto? Yo lo flipo. ¡Me encantaaa! ¡Siempre me traiciona la razón y me domina el corazóóón! —

cantó a voz en grito.

Mariu no necesitó mucho acicate para unirse. Había bebido bastante y se le notaba en la risa floja y en la pesadez de los párpados.

Chocaron sus consumiciones y se dedicaron a saltar y chillar mientras el DJ elevaba el volumen de la música a propósito hasta unos decibelios cercanos a la rotura de tímpano.

— ¡Y ya no puedo más! ¡Y ya no puedo más! ¡Siempre se repite esta misma historia!

El establecimiento al completo cantó como si de una sola voz se tratase.

Juls elevó la mirada al techo, a los focos que destacaban entre las vigas de oscura madera e iluminaban el lugar someramente. Le dolía la garganta y la sentía rasposa de tanto gritar. Sabía que al día siguiente estaría afónica, pero no pensaba callarse. Estaba teniendo una de las mejores noches de los últimos tiempos. Y la había necesitado de verdad, la ruptura con Sergio no fue bonita.

Mierda, Sergio otra vez.

Meneó la cabeza con brío para ahuyentarle de su mente y cantó con fervor. Iba a disfrutar de esa noche hasta el final. Una sensación de efervescente regocijo se expandió por su pecho.

— ¡Vivir así es morir de amor! ¡Por amor tengo el alma heridaaa…!