Inolvidable
Capítulo 35
Juls
Apenas eran las siete menos cuarto de la mañana y hacía frío. Tomó prestado un forro polar de Jorge que encontró en su armario de la entrada y se lo puso sobre la cazadora. Quizá era una locura bajar a la calle a esas horas, pero estaba decidida a ver amanecer desde la playa.
Le dejó una nota manuscrita sobre la almohada, diciéndole que estaba abajo y que no tardaría en regresar. Le contempló unos instantes con el pecho henchido por la felicidad. Él dormía con la cara enterrada en el edredón. Solo su brazo derecho y su musculoso hombro aparecían al descubierto. Ni siquiera reaccionó cuando ella se inclinó para darle un beso en el omóplato.
¡Qué bien olía!
A mar.
Ni siquiera importaba que se hubiera duchado el día anterior o que hubiese sudado durante la noche, un ligero aroma a sal siempre le impregnaba, como si formara parte del océano.
Jorge y el mar. Intrínsecamente unidos.
En realidad, apenas habían dormido un par de horas. Era lógico que él estuviera cansado. Ella debería haberlo estado también, pero no era así; aparentemente, sus niveles de oxitocina estaban por las nubes después de aquella noche de puro y ansiado sexo.
La calle estaba desierta y corría un vientecillo helador. Aspiró hondo y se llenó los pulmones de aire con aroma a salitre. No había ni un alma en el paseo y tampoco las cafeterías de la zona estaban abiertas. Las primeras luces anaranjadas del alba comenzaban a asomar por encima del horizonte, pero todavía eran demasiado tenues para eliminar la oscuridad. Los cantos rodados del arenal no parecían demasiado cómodos por lo que tomó asiento en el borde del paseo. Notó el frío mármol bajo sus muslos, pero lo ignoró.
Se sacó el móvil del bolsillo, conectó los auriculares que había cogido de la mesilla de Jorge y seleccionó una de sus listas de Spotify, una de baladas.
Con la música resonando en sus oídos, fijó la mirada en el incipiente amanecer. El mar estaba tranquilo. Las olas rompían con una suavidad exasperante sobre la orilla, empapando las blancas piedras que comenzaban a relucir a la luz del naciente día.
Mientras los colores del cielo iban cambiando y el sol ascendía muy poco a poco, su mente la llevó hasta el apartamento que acababa de abandonar y al hombre que había dejado en la cama. Un hormigueo de delicioso bienestar la invadió.
Habían hecho el amor tres veces.
Y las tres veces habían sido terriblemente imperfectas.
Una pequeña carcajada feliz emergió de su garganta al recordarlo.
Hundió la cara en el cuello del forro polar para ahogarla. Casi resultaba un sacrilegio romper la magia que se respiraba en esos momentos en la solitaria playa con una risa.
La primera ni siquiera merecía la etiqueta de hacer el amor , aunque las etiquetas eran tan feas y entre ellos había tantos sentimientos bonitos… Fue rápida y casi desesperada, los besos brillaron por su torpeza y las caricias fueron rudas y desordenadas. No obstante, volvería a repetir esa experiencia cien mil veces.
La segunda fue lenta, agónica y dulce. De apacibles roces y vaivenes.
De susurros al oído. Lánguida y mansa. Pausada y casi dolorosa por su rotundidad.
Y la tercera, en medio de la noche, después de haberse levantado para comer algo porque estaban muertos de hambre. Esa fue íntima pero divertida, salpicada por comentarios jocosos. Ni veloz ni serena sino todo lo contrario, y llena de risas ahogadas.
Las tres, maravillosas.
No podía evitar hacer comparaciones con el pasado. Los antiguos Jorge y Juls habían sido diferentes, menos intensos, ¿no?
A lo mejor se equivocaba y sus recuerdos se hallaban emborronados.
Estaba tan llena de todo lo que había sucedido y sus nervios tan agudizados que quizá todo era exactamente igual y estaba simplemente sobrepasada.
Solo sabía que amaba a Jorge. El del pasado, el del presente… Y el del futuro.
Porque eso era lo que deseaba, que estuviera en su futuro.
Las imágenes de los últimos días pasaron raudas por su cabeza: la tarde en el mirador, la cena en el Portus, los wasaps que habían intercambiado, la visita al faro, su jaqueca y cómo ella se había quedado a su lado durante horas, amanecer a su lado y pasar un día maravilloso caminando sin rumbo mientras sus manos eran incapaces de separarse, la fiesta en casa de los Alba y esa canción que le había dedicado mientras él se la comía con los ojos. Y, por supuesto, la noche anterior…
Todos y cada uno de esos momentos eran especiales.
Únicos.
Ella quería seguir creando ese tipo de momentos con él.
Las primeras notas de Eternal flame de Bangles le generaron un suspiro.
Dejó caer la frente hacia adelante, tentada de apagar la música. Aquella canción, aunque preciosa, siempre le producía melancolía. No obstante, dejó que los acordes penetraran en sus oídos y se esparcieran por todo su cuerpo mientras los tenues rayos de sol teñían el cielo de naranja, amarillo y ocre y la esfera solar se reflejaba en el mar convirtiéndolo en un espejo dorado.
Rodeada de tanta belleza, sintió cómo su corazón se encogía y se hacía pequeño.
Inesperadamente, un abrazo firme la abarcó por completo, sobresaltándola. Se quitó los auriculares con un gesto enérgico y se giró.
— ¿En serio pensabas ver amanecer sin mí? — Los brillantes iris almendrados la contemplaron inquisitivos.
— Jorge… — balbuceó agitada.
— El mismo.
Tenía el pelo alborotado por un lado y aplastado por el otro, como si acabara de levantarse y no se hubiera molestado en peinarse. Llevaba un pantalón de chándal oscuro y un grueso jersey de lana. Sus ojos entrecerrados mostraban a las claras que todavía estaba somnoliento, pero su sonrisa impresionante le iluminaba el rostro entero.
Juls no pudo reprimirse y le dio un beso en la mejilla. Era evidente que necesitaba un afeitado.
— No quería despertarte.
— Lo hubiera preferido — murmuró él, enterrando la nariz en su cuello y aspirando hondo.
Todo el frío que ella había sentido segundos antes desapareció por completo. No solo porque él se hubiera sentado a su espalda y la envolviese con su cuerpo, sino porque había bajado una manta de cuadros con la que los cubría a ambos.
— ¿En serio has traído una manta? — preguntó incrédula.
— Es que hay que estar muy loco para bajar a la playa a estas horas.
Estamos a doce grados, ¿sabes? Podrías haber visto amanecer desde mi balcón.
— No es lo mismo.
— Claro que no es lo mismo. Allí estarías calentita, tomándote un café
— dijo con sorna— . Pero si lo que la señora quiere es ver amanecer desde la playa, pues deseo concedido. Como un superhéroe aquí aparezco yo con mi capa.
Se apretó más a ella y sus muslos poderosos se pegaron a los suyos mientras sus brazos se cernían en torno a su cintura.
— Me has robado un forro polar y los auriculares. Qué chica más mala.
¿Qué escuchabas?
— Eternal Flame — respondió— , pero ya habrá terminado.
— ¿Estás romanticona esta mañana? ¿Por qué será? — indagó juguetón.
No lo negó. Cogió los auriculares que bamboleaban de su cuello y le tendió uno mientras ella se ponía el otro. Sonaba I wanna know what love is de Foreigner. Jorge pegó la cara a la suya y ambos disfrutaron un rato de la balada romanticona , como él decía, mientras la dorada luz del sol iba bañando el mar y la playa cada vez con más intensidad.
El momento era perfecto, incluso con la brisa fría acariciando sus caras sin delicadeza alguna. Dentro de la manta la temperatura era cálida y abrigada.
— I wanna know what love is. I want you to show me. I wanna feel what love is. I know you can show me… 29 — tarareó él.
Juls no pudo reprimirse y se rio. Era adorable.
— ¿Te ríes de mí? — inquirió él, depositando un beso sobre su pómulo.
— Me río porque te sabes todas las canciones. Nunca antes había conocido a alguien así.
— Es mi único don.
— No es verdad. Tienes tantos que da vértigo.
— ¿En serio? Dime qué tengo que me hace tan especial, vamos. —
Apoyó el mentón sobre su coronilla.
— A ver… Cantas fatal con voz de falsete — enumeró ella muy concentrada— . Hablas con tu coche como si fuera a responderte. Toda tu ropa interior es de color azul. Tus rimas son catastróficas. Y, a veces, tienes… eyaculación precoz — añadió con tono de travesura.
— Un golpe bajo detrás de otro — susurró él, bajando la cabeza para mordisquearle el lóbulo de la oreja.
Ella se retorció, tratando de huir de sus provocadores dientes y, de algún modo, él terminó izándola en el aire y sentándola sobre su regazo. Los auriculares se escurrieron de los oídos de ambos y la voz del cantante se amortiguó hasta quedar silenciada del todo. Sus sonrisas se mezclaron.
— Confiesa que te gusta que te cante — dijo él.
— Lo confieso — admitió— . Y todo lo demás también.
— ¿Incluso la eyaculación precoz?
— Incluso eso. No olvides que yo acabé antes que tú.
Él se rio entre dientes.
— Es verdad — repuso y, después, se quedó un buen rato en silencio con la vista extraviada en el horizonte. Cuando volvió a hablar lo hizo con seriedad y en voz muy baja, sin mirarla— : ¿Y qué vas a hacer ahora, Juls?
¿Me vas a enseñar lo que es el amor? — preguntó, utilizando la letra de la canción que acababan de escuchar.
Un pinchazo de anhelo le atravesó el pecho. Se giró para ser testigo de la luz del amanecer, como hacía él.
— Creo que no hace falta que te lo enseñe — musitó— . El amor es así.
O lo hay o no lo hay. Nadie puede forzar nada en otra persona.
— ¿Forzar? — resopló— . Forzar es lo que hago cuando me obligo a comer coles de Bruselas porque no las soporto. Pero quererte a ti… —
suspiró— . Quererte a ti es tan fácil… Tan natural como respirar.
Juls dejó escapar un gemido emocionado y todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo se electrificaron.
— No sé si estás preparada para creerme — continuó él sin dilación. El tono de su voz era ronco— . Sé que ha sido todo muy rápido. La primera vez apenas estuvimos juntos quince días y aun así me enamoré de ti como un loco, Juls. No me hace falta recordarlo porque tengo todas las pruebas en mi teléfono. Lo que tú y yo tuvimos era algo muy especial. Los dos lo sabemos. — Hizo una larga pausa en la que pareció estar buscando la mejor forma de seguir con aquella declaración y ella aguardó silenciosa con la respiración contenida— . Esta vez ni siquiera ha transcurrido una semana y, sin embargo, sé que esto que siento por ti es inmenso. Brutal. Me llenas el corazón de un modo que temo que se desborde y me explote en el pecho.
Ella cerró los ojos al notar que se le llenaban de lágrimas. No quería llorar porque no era el momento, pero sentía el alma en carne viva. Se cubrió la boca con una mano para acallar un díscolo sollozo.
Él soltó su talle y posó una de sus manos con delicadeza sobre su mejilla, obligándola a girar la cara y a mirarle de frente. La expresión de su rostro era indescifrable, pero sus ojos desprendían un afecto infinito.
— Escúchame bien lo que te voy a decir. Creo que, aunque me olvidé de ti, jamás olvidé mis sentimientos. Estaban aquí. — Se llevó la otra mano al pecho y se lo golpeó con suavidad— . Y solo tuve que volver a verte para que despertaran de nuevo. Juls, mi Juls…
Acercó su boca a la de ella y le dio un beso, dos, tres, cuatro, cien, mil…
a los que ella correspondió con fervor.
— Estoy enamorado de ti. ¿No lo ves?
Ella asintió. Lo veía. Lo veía claramente. Las palabras se le habían quedado trabadas en la lengua. Demasiadas emociones luchando por salir y solo una boca para poder expresarlas. Estaba abrumada.
— Sé que vas a decir que no nos conocemos…
— No voy a decir eso — consiguió articular, interrumpiéndole.
Él guardó silencio y se limitó a mirarla. El sol aclaraba sus ojos y los convertía en ámbar líquido.
— ¿Qué vas a decir entonces? — la retó, acariciándole el labio inferior con el pulgar.
— ¿Recuerdas la conversación que tuvimos la noche de fin de año por teléfono? — No esperó a que él dijese nada y prosiguió— : Te dije que Jorge y yo estábamos enamorados. Y que, a pesar de que nunca nos habíamos dicho te quiero ni nada por el estilo, era incuestionable que nos queríamos.
— Odio cuando hablas de mí en tercera persona — masculló, apartando la vista— . Sigo siendo yo.
Asintió contrita.
— Es verdad. Jorge eres tú. Me ha costado admitirlo, no sé por qué. Tú eres el del pasado y el del presente. Es tan obvio. — Compuso una mueca—
. Todo es mágico contigo. Los besos, los abrazos, cada palabra que intercambiamos. Tu sonrisa… — Acercó los dedos a sus labios y se los delineó— . Sí, yo también estoy enamorada de ti. Nunca he dejado de estarlo.
Él la miró con los ojos encendidos.
— Joder, Juls…
— Jorge…
No la dejó terminar. La sujetó con firmeza por el cuello, la acercó a él y sus bocas se fundieron en un beso interminable.
Ella emitió un gemido y se derritió. ¿Cómo era posible que él pudiese hacer que se sintiese tan hermosa solo con un beso?
Jorge
La besó mientras amanecía sobre ellos.
La besó con ganas, como si estuviese paladeando una tableta de caro chocolate con cuidado y reverencia.
Encajaba tan bien entre sus brazos que le hubiera gustado sostenerla así para siempre, pero sabía que en un par de horas regresaba a Madrid.
Alzó la cara y la contempló con ardor. Sus labios húmedos le llamaban a gritos para que continuara besándola, pero, si lo hacía, una cosa llevaría a la
otra y él quería tener la mente despejada porque quería decirle muchas cosas.
Solo que no sabía cómo.
No quería despedirse de ella. No, cuando apenas acababan de encontrarse.
La abrazó y ella hundió la cara en su cuello. Tenía la nariz helada. Pese a que los cegadores rayos de sol incidían sobre ellos, seguía haciendo frío.
Recolocó la manta para que los tapase por completo, creando una especie de tienda de campaña protectora y sumida en sombras.
— ¿Vas a hacer algo terrible y no quieres que la gente lo vea? —
preguntó ella con ironía.
— Sí, volver a besarte hasta que no puedas respirar.
— ¡Qué violento! — se burló.
— Soy un tío duro.
— Lo dice el que se sabe todas las baladas románticas de los ochenta.
— ¡Bah! El himno de mi familia es Mi agüita amarilla de Los Toreros Muertos. Eso es de tipos muy duros.
— Os he visto en acción.
— ¿Y qué te parecí?
— Estuviste genial. Ese fue el principal motivo por el que me enamoré de ti, ¿sabes? — confesó— . No hay nada como un tío cantando a gritos una canción grosera.
— ¿En serio? Eres una mujer muy rara.
— Puede que sea rara, pero creo que nos complementamos bien.
— A la perfección.
Se quedaron mudos mientras compartían el mismo aire.
— Como pase el camión de la basura y vea este bulto deforme sobre la acera, es probable que trate de llevárselo — comentó ella al cabo de unos instantes.
— El romanticismo y tú como que no sois muy amigos, ¿no? —
farfulló.
Ella se rio con fuerza y a él, su risa, le resultó maravillosa. Se había convertido en uno de sus sonidos favoritos.
No estaba claro quién inició el primer movimiento, pero sus bocas se unieron durante unos segundos hasta que ella se echó hacia atrás y rompió el contacto.
— Jorge, la última vez, cuando nos despedimos, no fue una despedida real — dijo con seriedad— . Fue un comienzo para nosotros. Sí, es verdad que todo se fue a la mierda por culpa del destino o de la casualidad o lo que fuera, pero iba a ser nuestro principio… — se interrumpió— . Ya sé que no lo recuerdas, pero tú y yo éramos, mejor dicho, habíamos decidido que íbamos a ser… — volvió a detenerse y no continuó.
Él maldijo para sus adentros no tener recuerdos de aquel entonces. A veces, era frustrante. No obstante, estaba dispuesto a hacer lo que fuera por que lo suyo con ella funcionara. ¿Qué importaba si no recuperaba la memoria? Crearían nuevos recuerdos juntos… Recuerdos mejores, más importantes.
— He leído muchas veces los mensajes que intercambiamos ese último día que estuvimos juntos, Juls. Te dije que no deseaba que lo nuestro se acabara, que no quería estar sin ti. Y también te dije que las relaciones a distancia no me asustaban. — Hizo una pausa— . Sé lo que sentía entonces y es lo mismo que siento ahora. Las relaciones a distancia no me dan ningún miedo.
Ella apoyó la frente contra la suya y suspiró.
— Haremos que esto salga bien — le prometió él en voz queda.
La repuesta fue un ligero beso que le supo a poco.
— Te voy a echar mucho de menos — dijo ella al fin.
— Y yo a ti. — La abrazó con más fuerza— . Pero iré a verte pronto. De hecho, puedo ir este viernes. No trabajo por las tardes y tengo el fin de semana libre. Así que cogeré un bus y el viernes por la noche estaré en Madrid. Son solo cuatro días.
Ella se puso rígida en sus brazos y él apartó la manta para poder ver la expresión de su rostro que se había oscurecido.
— ¿Sabes lo horrible que fue estar en esa estación de autobuses esperándote durante horas y que nunca llegaras? — Su voz sonaba angustiada.
Él asintió con lentitud. Tuvo que ser terrible para ella.
— Eso no va a volver a pasar, Juls. Te prometo que estaré en ese autobús — le dijo con fiereza, incrustando los ojos en los suyos.
Ella le regaló una trémula sonrisa.
— Te creo.
Volvieron a besarse.
— Deberíamos inmortalizar este momento — sugirió él. Alzó la cara y la miró con avidez— . No tenemos ni una sola foto juntos.
— ¡Tenemos muchísimas! — protestó ella.
— No — rechazó— . Son todas del pasado. No recuerdo ninguna de ellas.
Ella se pellizcó el labio inferior y las ganas de volver a besarla le asaltaron, pero apartó la vista y la paseó por la zona. La cafetería que había a unos cincuenta metros de ellos acababa de abrir el cierre. También había dos señores con un perro que se acercaban lentamente por el paseo. Pronto, la zona empezaría a acoger a más gente y ya no sería un lugar tan privado como hasta el momento.
— Tenemos aspecto de recién levantados — se quejó ella.
— ¿Y qué? Siempre estás preciosa, incluso recién levantada.
— Si ya lo sé. El que me avergüenza eres tú — replicó con tono irónico.
— ¡Qué capulla!
Ella volvió a reírse y fingió darle un mordisco en la mejilla.
Él se puso de pie con precipitación con ella en brazos. La manta se escurrió de sus hombros y cayó al suelo, pero la ignoró, solo tenía ojos para Juls que le miraba como si fuera el caramelo más apetitoso del mundo. Dejó que ella se deslizara hasta el suelo con mucha lentitud para poder sentir todas sus curvas contra su cuerpo, cosa harto difícil con todas las capas de ropa que los separaban, pero la imaginación era un portentoso aliado en aquella campaña y la excitación le embargó cuando creyó notar sus senos contra su torso.
— ¿Con tu móvil o con el mío? — preguntó ella y por un instante ni siquiera supo a qué se refería.
La foto. Claro.
Sacó el móvil de su bolsillo y estiró el brazo al tiempo que la abrazaba por detrás y hundía la nariz en su cabello. Hizo unas cuantas tomas a
contraluz y otras con el sol de frente.
— Mira, hemos salido estupendos — le dijo mientras revisaban las imágenes.
Y era la pura verdad.
Quizá la mejor de todas era una en la que ninguno de los dos estaba pendiente de la cámara. Se estaban mirando y sonreían. Ella con picardía y él con expresión canallesca. El encuadre no era el mejor y cuando la amplió se percató de que ni siquiera estaba demasiado bien enfocada, pero mostraba todo lo que sentían el uno por el otro con suma precisión.
Era tan ellos… Tan Jorge y Juls… Los de antes y los de ahora.
La miró mientras ella seguía estudiando las fotos con interés. ¡Qué momento más hermoso! ¿Cuánto podía expandirse el corazón de una persona antes de explotar?
— ¿Tiempo aproximado que nos queda? — acertó a preguntar.
Ella elevó la barbilla y clavó los ojos en los suyos.
— No sé qué hora es exactamente, pero creo que no más de una hora y media.
Cabeceó meditabundo.
— Vale. Pues te propongo algo. — La estrechó por el talle— . Un desayuno en casa con café y tostadas. Besos ardientes mientras nos duchamos juntos… Incluso algo más si eres buena… — Su voz se tornó áspera y sus labios se torcieron en un rictus sensual— . Luego te llevo a tu piso, recoges la maleta y vamos a la estación de autobuses. Y todo regado con caricias, los mencionados besos, musiquita de Kiss FM, algún roce un poco erótico y confesiones de amor al oído. — La besó en la frente y luego la miró— . ¿Qué opinas? ¿Te hace?
Su sonrisa fue más deslumbrante que el sol.
— ¿Que si me hace? ¡Me parece perfecto!