Inolvidable
Capítulo 14
Juls
En un primer momento, cuando abrió los ojos, no supo muy bien dónde se encontraba, pero el peso de un brazo sobre sus costillas no tardó en ponerla en antecedentes con rapidez.
Estaba en el piso de Jorge, en su dormitorio, y había pasado la noche con él.
Las sensuales imágenes de la noche anterior acudieron a ella y notó cómo el ardor se expandía por todo su cuerpo y una suave humedad le bañaba su sexo. Sí, solo el hecho de recordar todo lo que habían hecho la excitaba.
«¡Qué noche más grandiosa!», pensó risueña.
Se giró y se encontró con la cabeza de él al lado de la suya sobre la almohada. A la luz del amanecer que entraba por la ventana Jorge era verdaderamente hermoso. Decir que era atractivo era quedarse muy corto.
El pelo alborotado, los ojos cerrados con sus pestañas castañas en forma de media luna, el mentón cubierto por la sombra de una barba, y sus labios hinchados como si se hubiera pasado la noche haciendo uso de ellos.
Juls sonrió tontamente mientras se acariciaba sus propios labios con el dedo. Los de ella también estaban muy sensibles.
Tantos besos…
Y tantas otras cosas…
Volvió a girarse y su mirada terminó sobre la mesilla donde descansaba el paquete de preservativos y los dos envoltorios rotos. Rememoró con euforia todos y cada uno de los momentos de las últimas horas y un gemido salió de su boca mientras se retorcía sobre el colchón.
De pronto, sintió cómo el brazo que estaba sobre su torso comenzaba a moverse y le presionaba el estómago.
— ¿Ya estás despierta?
Escuchó la voz somnolienta a su espalda. No respondió, se limitó a acurrucarse contra el fornido torso, dejando que sus cuerpos se acoplaran el uno al otro.
— Pero es muy pronto — le susurro él justo debajo de la oreja.
Ella se estremeció al sentir su aliento en esa zona tan delicada y sensible.
— No podía dormir más — confesó en voz baja.
— ¿Te molesta la luz? — inquirió él.
— No.
— Entonces…
— Entonces es que quizá me apetece retozar un poquito entre las sábanas antes de que tengamos que levantarnos — murmuró con coquetería.
Él la estrechó con firmeza entre sus poderosos brazos y Juls no tardó en notar que cierta parte de la anatomía masculina había despertado.
— No sabes cómo me gusta despertarme así — dijo él. Y comenzó a depositar besos ligeros sobre su hombro y su omóplato mientras su pelvis empujaba hacia delante enterrándose en sus glúteos.
Juls gimoteó excitada.
Hacía un siglo que no amanecía con nadie en la cama y desperezarse con Jorge de aquel modo le resultaba muy apetecible. La sangre había comenzado a correr rauda por sus venas y el calor a esparcirse por todo su cuerpo. Con mucha lentitud, se giró entre sus brazos hasta que consiguió enfrentarle. Su boca tenía un rictus desvergonzado que le puso la carne de gallina.
Intercambiaron un beso lánguido.
— Buenos días — le dijo él.
— Buenos días.
Fue ella la que tomó la iniciativa. Fue ella la que alargó el brazo hasta la mesilla y cogió uno de los condones. Fue ella también la que rasgó el envoltorio y, sin apartar la vista del rostro de Jorge, que la observaba expectante, se lo puso a tientas y lo extendió por su erección con cuidado.
Él jadeó.
No hubo preliminares, apenas unos roces y unas mutuas caricias. Poco después, ella se había colocado encima y dejaba que él se deslizara en su
interior.
Sus gemidos se mezclaron en el silencioso dormitorio.
Se abrazaron mientras comenzaban a moverse de un modo indolente, como faltos de energía, frotando sus cuerpos uno contra el otro en una suerte de delicioso abandono. Aquel acto no se parecía en nada a los que habían compartido la noche anterior, llenos de fogosidad y prisas. No. Esa comunión tranquila y pausada era otra cosa. Diferente.
La mente de Juls se desconectó de su cuerpo y se convirtió en gelatina mientras Jorge la sujetaba por las nalgas y se movía con parsimonia. Ella le cabalgaba con exquisita pereza, como si tuvieran todo el tiempo del mundo en sus manos, moviéndose hacia delante y hacia atrás.
El paraíso.
— Si se me permite expresar un deseo — comenzó él en un susurro— , quiero esto para desayunar con frecuencia.
El trazo de una vaga sonrisa apareció en los labios de ella al escucharle.
— ¿Mejor que un café?
— Mejor que todos los cafés del universo.
Después de eso guardaron silencio y continuaron meciéndose y oscilando. Las pieles de ambos deslizándose una contra otra.
Los jadeos se elevaron en intensidad.
— Me voy a correr, Juls — dijo él con voz entrecortada al cabo de unos segundos. La expresión de su rostro era de puro éxtasis.
— ¡Espérame! — le pidió acalorada.
Estaba muy excitada y se encontraba a punto del clímax, pero todavía le faltaba un poco para llegar al final. Se acarició con rapidez, extendiendo la humedad con los dedos por su clítoris, jugueteando con él para acelerar el proceso y que ambos pudieran recorrer ese camino juntos. No tardó en sentir el calor concentrándose en la parte baja de su abdomen y las paredes de su sexo estrechándose en torno al miembro de Jorge.
Él expelió un estertor gutural.
— Joder… Ya no puedo más — gruñó.
Y Juls sintió cómo él se contraía y una convulsión le recorría de arriba abajo. Ella aceleró su propia caricia y, en solo unos segundos, su propio
orgasmo la llevó a sacudirse con violencia. Se dejó caer sobre él, exhausta y con la mente bastante turbia.
Las respiraciones trabajosas de ambos tiñeron el ambiente durante un buen rato. Los sonidos se fueron amortiguando poco a poco, mientras intercambiaban unas cuantas caricias lánguidas.
Fue él el primero en recuperar el aliento y reaccionar. Le alzó la cara con los nudillos y la contempló con una sonrisa en la boca.
— Ahora sí que quiero un café.
— Creí que ibas a prescindir del café de ahora en adelante — dijo ella.
— Era el sexo el que hablaba por mi boca. No puedo vivir sin café.
— Hombre inconstante — le regañó con el ceño fruncido.
Él se rio. Luego la empujó a un lado y comenzó a besarle la línea de la mandíbula.
— Quédate en la cama mientras yo preparo el desayuno — le dijo.
— ¿Eres un hombrecito de su casa? ¿Cocinas?
— Me defiendo. Pero no esperes mucho de mi desayuno. Café y tostadas con aceite, eso es lo máximo que te puedo ofrecer.
— Me has convencido.
— Me doy una ducha rápida y hago el café.
Salió de la cama y se inclinó para darle un ligero mordisco en la cadera que ella recibió con agrado y un ronroneo.
Le vio alejarse hacia el aseo, caminando con suma seguridad. Su maravilloso y musculoso trasero era una delicia. Cuando escuchó el agua de la ducha, hundió la cara en las sábanas y pataleó llena de euforia mal contenida. Aspiró hondo como una imbécil y el olor a Jorge — un peculiar y delicioso olor a mar— y a sexo le entró por las fosas nasales. ¡Dios! ¡Qué pasada! La noche había sido genial, pero esa mañana… Esa mañana había sido increíble.
Jorge era perfecto.
No pudo recrearse mucho tiempo en sus ensoñaciones porque el agua de la ducha no tardó en enmudecer y él regresó al dormitorio; solo llevaba una toalla anudada a la cadera, pero la dejó caer sobre el borde de la cama cuando se acercó al armario a coger unos bóxers limpios.
Ella no se molestó en apartar la vista de su glorioso cuerpo desnudo, disfrutando con cada giro y movimiento.
— Se acabó el espectáculo — le dijo él cuando se subió los calzoncillos
— . Mañana más.
— ¿Lo prometes? — inquirió con tono provocador.
— Joder, no me mires así que prescindimos del café.
Juls se echó a reír y se dio media vuelta, tendiéndose boca abajo y mostrándole su culo desnudo. Luego le miró por encima del hombro y se contoneó.
— Qué cabrona — dijo él, cogiendo aire con fuerza. Se acercó a la cama y le dio una palmadita sobre uno de los glúteos— . Tenemos tiempo de sobra. Es temprano. Tengo una clase, pero no comienza hasta dentro de dos horas, así que tómate tu tiempo en la ducha.
Una vez dicho eso, abandonó el dormitorio y la dejo sola.
Juls no perdió el tiempo remoloneando entre las sábanas. Estaba demasiado agitada y tenía mucha energía que quemar. Se duchó a una velocidad digna de una campeona y se secó con prisas. En su mochila llevaba un recambio de ropa interior. Lo había cogido el día anterior a sabiendas de que esa noche iba a ser la definitiva con Jorge. Sacó el conjunto blanco y se lo puso, luego se vistió con la camiseta, pero prescindió de los vaqueros y las zapatillas. Se enjuagó la boca con agua y pasta de dientes y abandonó el baño.
Jorge estaba de pie frente a la encimera de su cocina americana. Un ligero y delicioso aroma a café sobrevolaba el ambiente. Los ojos de Juls pasearon hasta la mesa de comedor. Sobre ella había un plato con unas tostadas, una aceitera, platos individuales y servilletas.
— ¡Qué bien huele! — murmuró.
Él se dio la vuelta y, al verla allí de pie, se acercó y le dio un beso en la punta de la nariz.
— Tú sí que hueles bien. ¿Café solo o con leche? ¿Con azúcar?
— Solo con azúcar.
Volvió a la cocina y cogió una cafetera y dos tazas, encaminándose hacia la mesa. Con un gesto, le indicó que se sentara. Ella le obedeció.
El café estaba realmente bueno y el primer trago le resultó reconfortante y perfecto.
En realidad, ¿acaso había algo que no fuera perfecto? Le miró y estudió su perfil mientras él preparaba una tostada con aceite y sal.
— ¿Me estás analizando? — le preguntó antes de tenderle el pan.
— Sí — admitió con franqueza— . Me cuesta creer que estoy aquí contigo y que es como si te conociera de toda la vida, cuando nos vimos por primera vez hace poco más de una semana.
Él se llevó la taza a la boca y la observó por encima del borde sin decir nada.
— Yo me siento igual — reconoció al cabo de un corto lapso de tiempo.
— No sé nada de ti.
— ¿Qué quieres saber?
Ella alzó la vista y se encogió de hombros.
— No sé. ¿Todo?
Él se rio.
— ¿Todo? Eso es mucho, pero lo intentaré. A ver, me gusta bucear y hacer windsurf, pero eso ya lo sabes. Me gustan los polos de limón y no soporto los helados de vainilla. Mi color favorito es el azul. No me gustan las coles de Bruselas, sin embargo, me chifla el repollo crudo. Me caí de una bicicleta cuando era pequeño y tengo una cicatriz en forma de medialuna en la rodilla. Mi película favorita es Black Hawk Derribado . Y
no soporto a Tom Cruise. No obstante, me encantan las pelis de Misión Imposible. Me gusta mucho ir al cine y a conciertos. Ya sabes que me gusta Ara Malikian y la música de los ochenta y los noventa. Soy un friki de Kiss FM. — Sonrió de oreja a oreja al decir aquello— . Adoro mi coche y hablo con él, pero solo cuando estamos a solas. Prefiero la cerveza a otro tipo de bebida alcohólica. Me encantaría trabajar en el Oceanográfico en Valencia gestionando actividades de ocio y turismo, aunque estoy bastante contento trabajando como instructor de buceo. Me gustan las medusas y los pulpos.
Soy Piscis y tengo un cajón lleno de bóxers azules — ya te he dicho que es mi color— , y prefiero lo salado a lo dulce. Ah, y me gustan las chicas como tú — se interrumpió— . Miento. No me gustan las chicas como tú.
Me gustas tú en especial.
Juls se había quedado con la tostada suspendida en el aire mientras le escuchaba. Su semblante se había ido animando con diversión mientras él avanzaba. Cuando llegó al final y expresó aquella declaración, su sonrisa era enorme.
— Bueno, entonces ya lo sé todo de ti. Al menos lo primordial — dijo al tiempo que cabeceaba.
— Lo del cajón con los bóxers es lo más importante. Tenía que confesártelo — dijo él con un encogimiento de hombros.
— Sin duda.
— Deberías corresponderme y contarme algo sobre ti.
Juls dejó la tostada en el plato y le dio un trago a su café.
— A ver, déjame que piense. A mí sí me gustan los helados de vainilla y mi color favorito es el verde. Tampoco me gustan las coles de Bruselas, pero es que el repollo no lo soporto — se detuvo y frunció la nariz— .
Parece que cada vez tenemos menos cosas en común.
— No sé si voy a poder soportar a alguien que odia el repollo.
— Pues las cosas se complican porque a mí sí me gusta Tom Cruise. Me parece que está muy bueno.
— ¿Más que yo? — preguntó él con presunción.
Ella fingió examinarle con interés. El atractivo de Jorge era simplemente impactante, incluso recién levantado y con el pelo sin arreglar, colgándole sobre la frente.
— A ver, es que es Tom Cruise.
Él emitió un bufido muy gracioso.
— Mi película favorita es De óxido y hueso — continuó ella— , y adoro el cine de Clint Eastwood. Respecto a la música, me gusta el mismo tipo que a ti. Tengo carnet, pero no suelo conducir y mi bebida favorita es el zumo de melocotón. Y me gustan los gatos, aunque nunca he tenido uno.
Soy Acuario y no tengo ningún cajón lleno de ropa azul. Ah, y sí, me gustan los chicos como tú, arrogantes y engreídos. Quizá tú un poco más que los demás.
— ¿Arrogante y engreído?
— Bueno, tú ya sabes — dijo con una risa traviesa.
Él se incorporó e inclinándose sobre la mesa, le dio un beso en la boca.
Era un beso son sabor a café.
— ¿Y esto? — le preguntó cuando él se apartó.
— Esto es porque se me había olvidado decirte que anoche fue una noche increíble. Y que quiero repetir — susurró él.
A Juls se le encogió el estómago.
— ¿Qué fue lo que me dijiste en alemán?
— Ah, así que sientes curiosidad… — Él se golpeó el mentón con un dedo.
— Un poco — admitió.
— Pues te dije tonterías como que mi familia lleva la ropa a la lavandería o que se me había olvidado comprar detergente. Ah, y lo más importante: que tenía que limpiar la placa vitrocerámica — concluyó con un destello inocente en los ojos.
Ella cogió su servilleta y se la arrojó, dándole de lleno en la cara.
Él se rio.
— Te prometo que en algún momento te diré la traducción correcta.
Ella quiso protestar, pero no tuvo tiempo de decir absolutamente nada porque Jorge comenzó a hablar de nuevo.
— Esta tarde, Lukas y Erika han organizado una especie de reunión en el chalet para ver una peli. Mis padres no están. Iremos los de siempre, los del domingo pasado. Y me gustaría que vinieras conmigo.
Juls pestañeó un par de veces, dejando que el timbre cálido con el que él acababa de pronunciar la última frase le penetrase hasta las entrañas.
— Claro — aceptó sin reservas.
Todo el tiempo que pudiese pasar al lado de Jorge era un tiempo precioso.
Jorge
Juls: Cómo vas? Todo bien?
Jorge: Todo perfecto. A punto de empezar una clase. Y tú qué haces?
Juls: Preparándome para bajar a la playa. Ya sabes, mi vida es muy dura.
Jorge: Lo de anoche fue alucinante. No puedo dejar de pensar en ello.
Juls: También fue alucinante para mí. Fue genial.
Jorge: Lo de esta mañana también. Incluso mejor que lo de anoche.
Juls: Mejor?
Jorge: Bueno, las comparaciones son odiosas. Lo mejor es que repitamos y analicemos.
Juls : Definitivamente sí.
Jorge: No puedo concentrarme, ¿sabes? Cada vez que pienso en ti mi cuerpo reacciona en consecuencia. Joder!
Juls: El mío también. Ni te imaginas el calor que estoy sintiendo en este momento. Me gustaría que estuvieras aquí.
Jorge: Estoy con mis alumnos que me están mirando con curiosidad y tú acabas de conseguir que no pueda bajarme del coche.
Juls: No lo siento para nada.
Jorge: Lo sé. Y eres cruel.
Juls: Cruel, yo? Solo porque soy sincera y te confieso que me estoy poniendo a cien mientras imagino como me besas por todas partes?
Jorge: Capulla. Te dejo.
El recuerdo de esos wasaps que había intercambiado con Juls ese día a primera hora sobrevoló por su cabeza y una tibia sonrisa curvó sus labios.
— ¿Por qué sonríes? — le preguntó ella. Iba sentada a su lado, en el Nissan.
— Estaba pensando en los mensajes de esta mañana.
— ¿Te han gustado?
Él dejó escapar un silbido.
— No sabes cuánto.
— Me encanta provocarte, ya sea en persona o por escrito.
— Si no me quejo — repuso él— . Sigue haciéndolo.
En ese instante alcanzaron la propiedad de los Alba. Él detuvo el coche frente al muro y apagó el motor. Descendieron de él y, de la mano, se internaron en la casa.
El salón se había convertido en una improvisada sala de cine. Habían colocado suficientes sillones y cojines en el suelo en torno a la gran pantalla
de televisión y las cortinas que daban al jardín estaban cerradas, creando un ambiente oscuro e íntimo.
Jorge y Juls fueron los últimos en llegar. Los otros deambulaban ya por la sala, portando fuentes con palomitas y bebidas, y disputándose los sillones. Ni Mariu ni Dani habían acudido ya que todavía no se encontraban demasiado bien, y Rafa se había excusado porque tenía unos clientes que solo podían ver pisos los domingos, pero todos los demás estaban allí: Lukas, su novia, su amigo Iván y otra chica que debía de ser el rollo de este último; Erika con sus amigas, Laura y Bea. Y Diego, que había tomado asiento en la silla más alejada de todas y bebía pausadamente de una cerveza mientras observaba la escena con condescendencia.
Jorge le saludó con la mano. Su hermano alzó la botella en el aire correspondiendo al saludo.
— ¿Somos los últimos?
Till, su jefe, le había pedido por favor que se ocupara de una inmersión que tenía en Javea y Jorge no había podido negarse, por eso llegó tarde a recoger a Juls.
— Sí. Casi empezamos sin vosotros — le gritó Erika que estaba tirada en el suelo con el mando de la tele en la mano. Le dirigió una ojeada cargada de reproche.
Jorge se encogió de hombros, evitando los ojos inquisitivos de Bea, que le atravesaban como puñales. Estaba junto a Erika en el suelo, pero al verle entrar se había incorporado y calibraba a Juls con la mirada.
Jorge la ignoró, tiró de Juls, que se mantenía silenciosa a su lado, y la condujo hasta un sofá de dos plazas que estaba libre.
— Voy a buscar palomitas y unas cervezas — le dijo en voz baja.
— ¿Dónde vas? — aulló Lukas al ver que se alejaba. Estaba sentado en el sillón principal junto a su novia y engullía patatas sin piedad— . ¡Que va a empezar!
Jorge no le contestó. Se dirigió a la cocina y cogió dos cervezas y un bol de palomitas para él y para Juls. No tenía ni idea de qué película habrían escogido sus hermanos, pero conociéndolos sería una de terror.
A pesar de que la sala estaba a oscuras, la penumbra no era total y pudo ver la sonrisa que le dirigió Juls cuando llegó cargado con las cosas. Dejó
las palomitas en el sofá y le tendió una cerveza. Luego, se acomodó a su lado, pegando la cadera a la suya.
No sabía que tenía esa chica que le hacía desear estar todo el día adherido a ella.
— No sé qué película será — le dijo al oído— . Aunque intuyo que de miedo.
— Mejor — repuso con sorna— . Así cuando tengas pánico te puedes echar encima de mí.
Él soltó una risita y luego le dio un beso.
— ¡Silencio! — exclamó Erika mientras encendía la tele y ponía en marcha el reproductor de DVD.
El título apareció en la pantalla.
Expediente Warren .
«Fabuloso», pensó Jorge con sarcasmo. Él ya había visto esa película hacía unos años y era realmente acojonante. Esperaba que Juls no fuera demasiado asustadiza.
— ¿La has visto? — le preguntó en un cuchicheo.
— No. Te confieso que no soy muy fan de las pelis de terror, pero me adaptaré.
Él le pasó un brazo por encima de los hombros y puso el bol de palomitas sobre sus piernas para que ella también tuviera acceso a él.
Solo media hora después de que la película hubiese empezado, Juls había sustituido a las palomitas sobre su regazo y tenía la cara enterrada en el hueco de su cuello mientras respiraba con dificultad.
— Joder — balbuceó casi sin voz— . ¿Por qué no me habías avisado de que es tan horrible?
— Pensé que eras tú la que me iba a proteger a mí — le respondió con ironía.
No iba a quejarse de que ella se aferrase a él como si la vida le fuese en ello. La situación le agradaba demasiado.
— No pasaba tanto miedo desde que me quedé encerrada en un armario en casa cuando tenía seis años — cuchicheó ella.
— Quédate así y no mires a la pantalla — le dijo.
— ¿Así? ¿Subida encima de ti? — Había un tinte cínico en sus palabras.
— A mí me parece bien.
Hablaban en susurros para no molestar a los demás, que parecían ensimismados en la película, aunque la novia de Lukas llevaba un buen rato tapándose la cara con las manos y soltando gemiditos.
Apenas habían pasado cinco minutos y dos nuevos sustos — las exclamaciones ahogadas de todos los presentes eran el indicativo perfecto de los peores momentos— , cuando Juls levantó la cara. Incluso en la penumbra que reinaba en el salón, Jorge pudo sentir los ojos de ella fijos sobre su semblante.
— Sé que tenías muchas ganas de ver esta peli, pero ¿pasa algo si te la pierdes?
Él le acunó la cara con las manos. Casi a tientas depositó un beso sobre sus labios. Sabía a palomitas.
— Salgamos fuera — propuso.
La ayudó a bajarse de su regazo y, cogiendo las dos cervezas, tiró de su mano y la condujo hacia el ventanal. Encontraron la abertura de las cortinas con rapidez y solo se ganaron algún siseo de protesta antes de salir al exterior.
Eran más de las ocho y el atardecer se encontraba en todo su apogeo. La luz que provenía del cielo tornasolado sumada a la de los faroles que pendían de la fachada proporcionaba un ambiente cálido y coqueto al jardín.
Jorge la miró y se sorprendió de encontrarla tan pálida.
— Lo siento. No sabía que la peli te estaba afectando tanto — se disculpó.
— Otra cosa más de mí que has aprendido. Pelis de miedo, no.
Se sentaron en una de las tumbonas, uno al lado del otro, apenas separados por un soplo de aire.
— Lamento que te la estés perdiendo — murmuró ella señalando al interior.
Él se rio al tiempo que se encogía de hombros.
— Ya la había visto. Lo cierto es que quería estar contigo hoy y me daba un poco igual dónde. Esta reunión era una buena excusa.
Juls le sonrió de un modo tímido, poco habitual en ella, que a él le resultó irresistible.
El ambiente sereno solo era interrumpido por los diálogos que provenían del televisor desde dentro de la casa, aunque llegaban amortiguados hasta ellos por la distancia y no estropeaban la atmósfera tranquila. Corría una ligera brisa que traía el aroma de algunas flores que debían de crecer en el jardín contiguo.
Bebieron en amigable silencio y terminaron hablando de diversos temas, haciéndose preguntas de todo tipo para conocerse mejor, algunas superficiales y otras más profundas. Juls le confesó que odiaba su trabajo y que tenía muchas ganas de dejarlo. Jorge le habló de lo difícil que le resultó en un principio marcharse de casa para vivir solo; estaba muy unido a su familia.
— ¿Qué pone ahí? — le preguntó ella con suma curiosidad, señalando la chapa que llevaba colgada al cuello y que desaparecía dentro de su camiseta.
Él se la sacó y se la mostró.
— Es la constelación de Piscis. Me la regaló Lukas hace unos años por mi cumpleaños. No creo mucho en los horóscopos, pero sé que a él le hizo ilusión comprarme esto así que no me la quito nunca.
Ella se inclinó para verla mejor y repasó con la punta del dedo la línea unida por diminutas estrellas que aparecía grabada en el acero.
— Adoras a tus hermanos, ¿verdad?
— Sí — admitió él con simpleza.
Admiraba el carácter sereno de Diego y su personalidad algo fría y seria.
Era el hermano mayor perfecto, siempre dispuesto a acompañar a cualquiera de sus hermanos pequeños hasta el fin del mundo. Con Erika tenía una relación especial, quizá porque era la que más se parecía a él.
Descarada y entusiasta, era leal hasta el infinito. Y, por supuesto, sentía una especial debilidad por Lukas, el benjamín, gamberro y divertido, que parecía tomárselo todo a broma.
— Yo estoy algo distanciada de mi hermano Rodrigo, desde que se casó y se fue a vivir a Sevilla, pero tengo una relación fantástica con Félix,
aunque me trata como si fuera una niña pequeña y aún llevara coletas —
dijo con una risita afectuosa.
— No te imagino con coletas.
— Pues las llevaba.
Jorge extendió la mano y atrapó la de ella. Jugueteó con sus dedos, mucho más pequeños que los de él, mientras pensaba en lo mucho que le gustaba tocarla. La miró con intensidad y una especie de corriente poderosa fluyó entre ambos. Tragó saliva al ver cómo la mirada de ella se nublaba y sus mejillas se coloreaban. El momento parecía perfecto. Perfecto para inclinarse el uno sobre el otro y besarse. Perfecto para confidencias.
— Juls…
No se iba a andar con rodeos, decidió.
— Dime.
— Creo que somos muy compatibles — dijo— . Me gustas mucho y quiero pasar más tiempo contigo, conociéndote.
Ella tardó en contestar; parecía estar buscando las palabras adecuadas.
— Solo me queda una semana de estar aquí — suspiró al fin— . El domingo que viene vuelvo a Madrid y esto que tenemos tú y yo… — vaciló y se detuvo, bajando la vista.
Él apretó su mano con suavidad.
— Esto que tenemos tú y yo, ¿qué? Mejor no le ponemos nombre y dejamos que las cosas sigan su curso — propuso— . Intentemos pasar más tiempo juntos.
No añadió la coletilla de aquí a que te vayas . Lo cierto era que, aunque no sabía bien adónde los iba a conducir todo aquello, tenía claro que una semana no iba a ser suficiente. Era muy poco tiempo para todo lo que deseaba hacer con ella.
— Para mí es fácil, Jorge. Yo estoy de vacaciones y tengo todo el tiempo del mundo para ti.
— Me gusta cuando dices eso — dijo con una risa ronca— . Me gustaría poder decir lo mismo, pero ya sabes que no es así. Sin embargo, te haré un hueco en mi vida, Juls. Mejor dicho, todos los huecos que pueda. Quiero hacerlo.
— No hace falta que te esfuerces mucho para convencerme, Jorge — le dijo ella e hizo un ademán de aceptación con la mano que tenía libre.
— El sábado quiero que vengas a bucear conmigo. Creo que te va a encantar la experiencia.
Ella no había tenido tiempo de contestarle cuando se escucharon unos gritos angustiados desde dentro de la casa.
— Prométeme que la próxima peli que vayamos a ver juntos será una comedia romántica — le pidió Juls con una risita.
— Prometido.
Y tiró de su mano hasta que consiguió que se encaramara sobre su regazo. Luego la devoró con un beso hondo y profundo al que ella correspondió sin pensárselo demasiado.