Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 11 de 40

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Inolvidable

Capítulo 11

Jorge

Atrapó al vuelo las llaves que le lanzó su hermano.

— Te la voy a cuidar, no te preocupes — le dijo.

— Lo sé. Si no fuera así, no te la dejaría — repuso Diego. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y apoyaba la espalda en el muro exterior de la casa de sus padres.

Jorge se dirigió hacia la moto, que estaba aparcada frente a la acera, pero antes de llegar a ella se dio media vuelta.

— Te la devuelvo sobre las diez y media, ¿te parece bien?

— Me parece. Te espero aquí.

Después de decir eso, Diego alzó una mano en señal de despedida, se dio media vuelta y desapareció detrás de la puerta metálica que daba al jardincito delantero.

Jorge se encaramó a la moto, pero antes de arrancarla le mandó un wasap a Juls.

Jorge: Ya tengo la moto. En diez minutos estoy ahí. Espero que te hayas puesto guapa para tu hombre, nena! (Los motoristas hablan así, no?) Ella le respondió con unos cuantos emojis riéndose.

Juls: Te espero abajo en la puerta.

Se guardó el teléfono en el bolsillo y se puso el casco. Arrancó y el motor de la Triumph Bonneville T120 emitió un rugido gutural y sinuoso que hizo vibrar su cuerpo. Lástima que solo hubiera cuatro kilómetros hasta su destino y que el límite de velocidad en esa carretera fuera de cuarenta kilómetros. No iba a poder disfrutar demasiado de la velocidad.

Adoraba montar en moto. Una inexplicable sensación de libertad tomaba posesión de él cuando las ruedas se pegaban al asfalto y el viento le golpeaba el casco. Se notaba liviano y ligero. Era una emoción similar a la que sentía cuando hacía windsurf.

Mientras maniobraba la moto por el asfalto, sus pensamientos se dirigieron hacia Juls sin que pudiera evitarlo. Tenía ganas de verla. Era insólito que esa chica, a la que apenas conocía, se le hubiera metido así bajo la piel, con tanta rapidez. Solo habían transcurrido tres días desde el domingo y ya tenía la sensación de echarla de menos.

Era ridículo.

No obstante, mientras se iba acercando al edificio en el que ella vivía, una sensación de burbujeante entusiasmo comenzó a invadirle.

Tal y como Juls le había dicho, estaba abajo, esperándole en la puerta.

Llevaba unos vaqueros muy cortos, como pudo constatar apreciativamente, una camiseta rosa y unas deportivas. A su espalda colgaba una mochila azul y su boca lucía una sonrisa deslumbrante. Nada del otro mundo y, sin embargo, cuando Jorge la vio, la sensación de plenitud que ya sentía en el pecho se hizo todavía más grande.

Esa chica le robaba el aliento.

Detuvo la moto justo frente a ella y se levantó la visera del casco con fingida arrogancia.

— Nena — dijo con exageración— . Aquí está tu hombre.

Ella prensó los labios para ocultar una risa.

— ¿Estás seguro de que sabes conducirla?

Jorge pretendió estar ofendido y se llevó una mano al pecho.

— Súbete y te hago una demostración.

Nada más decir eso, giró el tronco en el asiento y desenredó el pulpillo en el que llevaba el otro casco sujeto a la parte trasera. Se lo tendió.

— Es de Erika. Espero que te sirva.

Su hermana también tenía una Yamaha YBR 125 Custom del 2008. Si bien no permitía que nadie se acercara a su moto, con el casco no tenía problema y no había puesto pegas a la hora de prestárselo.

Juls se lo ajustó bajo la barbilla.

— Es perfecto — le dijo.

— ¿Has montado alguna vez en moto?

— Alguna vez. Mi hermano Félix tenía una.

— Bueno, estoy seguro de que montar con tu hermano no es tan sexi como montar conmigo — le dijo con un guiño canalla.

Ella puso los ojos en blanco. Luego, apoyó el pie en uno de los estribos y, sujetándose a sus hombros, se encaramó a la moto. Jorge notó el peso extra sobre la suspensión de la máquina y el cuerpo de ella pegado a su espalda.

— Tienes que abrazarte muy fuerte a mi cintura — le dijo, tomando sus manos y obligándola a que se aferrase a él con firmeza— . Todo lo que puedas — añadió con tono aterciopelado e inocente— . Es que ir en moto es muy peligroso.

La escuchó reír.

— No te preocupes. Te abrazaré tan fuerte que te traspasaré.

Jorge aceleró sin soltar el freno, disfrutando con el bronco sonido del motor. Después, sin más dilación, se puso en marcha y no tardó en alcanzar Vía Parque, el amplio vial que conducía al centro.

Repentinamente, ella golpeó su hombro con suavidad, sorprendiéndole.

Él redujo la velocidad y estacionó en un lateral.

— ¿Todo bien? — le preguntó, subiéndose la visera y girando la cabeza.

— Sí, sí, perdona. Es que estoy flipando. ¿Eso qué es? — Señaló a su derecha, al monstruoso edificio que se erguía a pocos metros de la carretera.

Jorge volteó la cara hacia donde ella indicaba.

— Es la Torre Intempo — explicó— . Todavía no está acabada, aunque no creo que tarden mucho. La empresa constructora tuvo problemas de financiación y las obras estuvieron paradas mucho tiempo, pero ahora se la ha quedado otra empresa y están trabajando a marchas forzadas.

— Tiene una forma peculiar — murmuró Juls.

— Como las dos torres parecen dos unos y con el cono ese superior invertido la estructura tiene forma de M, se rumoreaba que el diseño era un homenaje a los atentados del 11-M, pero el arquitecto lo desmintió. Pura casualidad.

— Es gigantesca.

— Creo que mide unos doscientos metros. Es el edificio más alto de Benidorm y el quinto de toda España. Una pasada, ¿verdad?

Ella volvió a asentir.

— Si ves algo más que te interese, me das un toque y paro, sin problema

— ofreció él.

Tras unos segundos más admirando la imponente obra arquitectónica, se pudieron en marcha de nuevo por el amplio vial, desprovisto de vehículos.

No era una carretera muy transitada.

Jorge compuso una mueca satisfecha, mientras sentía los muslos de Juls pegados a los suyos y sus manos cruzadas justo encima de su abdomen, sobre la fina tela de su camiseta. No se arrepentía en absoluto de no haber cogido una chaqueta. Cada vez que frenaba, ella se echaba hacia delante.

Incluso podía notar la curva de sus senos adherida a los músculos de su espalda y una ola de calor le recorría cada vez que aquello sucedía. Llegó a frenar un par de veces sin necesidad, disfrutando de esos íntimos instantes.

El lugar al que se dirigían estaba en el otro extremo de Benidorm, a unos quince kilómetros, y el trayecto resultó bastante interesante con la brisa casi veraniega estallando contra sus cuerpos y arrastrando el calor del sol. Hacía tiempo que Jorge no iba por allí, pero no había olvidado el camino. Para que ella viera un poco más de la ciudad, en lugar de tomar la circunvalación, callejeó por el centro hasta alcanzar la Avenida del Mediterráneo que corría en paralelo a la playa de Levante. Había mucha gente paseando por las aceras y el tráfico era denso a esa hora de la tarde — eran las siete y media

— , y las calles y los comercios bullían de actividad.

Se detuvo en un semáforo y se subió la visera.

— ¿Cómo vas? — preguntó en voz en alta para hacerse entender por encima del ruido.

— Muy bien.

Quizá fue un movimiento inconsciente, pero una de las manos de ella subió un poco más, deteniéndose justo debajo de su pectoral izquierdo.

Jorge no pudo analizar exactamente lo que sentía porque el semáforo cambió a verde y hubo de ponerse en marcha de nuevo.

Al final de la avenida, enfiló hacia la izquierda y comenzó a internarse en las calles que los iban a llevar a la parte más alta de la Sierra Helada.

Pronto, dejaron atrás los edificios y se internaron en la montaña. La carretera comenzó a serpentear por la ladera de esta y las curvas se hicieron más frecuentes. Conducía con cuidado, respetando la velocidad porque, aunque la calzada estaba asfaltada, se hallaba en mal estado, no tenía arcenes y era bastante estrecha a pesar de ser de doble sentido.

Llegaron por fin a un punto en el que los árboles y la maleza que crecía en los márgenes se aclararon y pudieron vislumbrar, bastante más abajo, las partes más altas de los edificios de la ciudad, junto a un mar que se extendía ante ellos, precioso y calmado, bañado por la luz del atardecer.

Jorge podía notar cómo Juls se aferraba a él con más fuerza, sin lugar a dudas, presa de la excitación que las preciosas vistas provocaban en ella.

No tardaron en llegar a su destino. Había un par de coches aparcados allí y un grupo de chicos haciendo fotos a la playa. Él dejó la moto junto a los hitos blancos al final del camino, apagó el motor y se quitó el casco. Ladeó la cara para mirar a Juls y se encontró con que ella también se había despojado del suyo y observaba el entorno con una expresión maravillada.

— ¿Qué te parece?

— ¡Es una pasada!

— Ven, vamos a subir a la Cruz.

Se bajaron de la moto y dejaron los cascos colgando del manillar. Jorge se puso delante, abriendo camino para dirigirse hacia la explanada que bordeaba el mirador. Nunca supo quién hizo el primer acercamiento, pero se encontró con la mano de Juls en la suya mientras ascendían por la escalera de madera. Echó un vistazo a sus dedos unidos antes de tirar de ella con suavidad.

Cuando llegaron arriba, se encontraron frente a la alta cruz de hierro que dominaba la sierra y desde la cual se podía observar toda la ciudad, la costa y las montañas. No había nadie más allí.

Juls dejó escapar un suspiro, sorprendida, y se acercó a la barandilla de madera.

— ¡Qué maravilla!

Benidorm, la cosmopolita urbe teñida por la luz crepuscular, se extendía ante sus pies. Los altos edificios comenzaban a cubrirse de sombras y el mar era un espejo que absorbía las vibrantes tonalidades anaranjadas y doradas de una esplendorosa puesta de sol.

— ¿Te gusta? Es la mejor hora para subir — dijo él, situándose tras ella.

— ¡Es precioso!

— Te dije que merecería la pena.

Quizá inconscientemente o impulsada por la atmósfera llena de intimidad, ella se echó hacia atrás y se apoyó sobre el pecho de él. Jorge inclinó la cara y aspiró el aroma de su corto cabello. Se mantuvieron en silencio, paladeando el ambiente mientras el sol se ponía con lentitud y todo parecía ralentizarse a su alrededor.

— Me encanta que me hayas traído aquí. No me esperaba algo así.

— Hacía tiempo que no venía — admitió él— . Casi había olvidado lo bonito que es esto.

— ¿La cruz tiene algún significado religioso? — preguntó ella, dándose la vuelta y mirando la estructura.

Él se apartó a regañadientes y hurgó en su memoria tratando de recordar los sucesos que habían llevado a que la cruz estuviera allí.

— En su momento lo tuvo, ahora ya no. En los años sesenta se puso de moda que el turismo extranjero viniera aquí de vacaciones y, como era natural, las extranjeras usaban bikinis. Por aquel entonces no estaba muy bien visto, por la dictadura y Franco. La iglesia se oponía a ese tipo de turismo del pecado — explicó mientras sonreía socarrón— . El obispo de Orihuela amenazó con colocar un cartel a la entrada del pueblo en el que pusiera Infierno , para avisar a la gente de lo que era Benidorm, pero al final se decantaron por poner una cruz aquí arriba, para recordar a los habitantes de la ciudad que Dios los observaba. Se organizó una procesión y todo —

se rio— . Esta no es la cruz original, la de verdad era de madera, pero un temporal la destruyó en los setenta. Aunque ya no tenía sentido el motivo religioso, la cruz era ya tan popular que decidieron volverla a poner. Esta es de hierro de restos de material ferroviario.

— ¡Qué fuerte! — murmuró ella cuando hubo terminado.

— Ahora ya no tiene ninguna connotación religiosa. La gente joven viene aquí a hacer botellones o a enrollarse.

Ella guardó silencio antes de apartar la mirada de la cruz y buscar la de él.

— ¿A eso hemos venido?

— Sí. A hacer botellón — repuso con malicia, posando una mano sobre su hombro desnudo. Cálido y suave.

— ¡Qué granuja eres! — le dijo con los párpados entornados.

— Más de lo que te piensas.

Ella se apartó y dio unos cuantos pasos hacia un lado, volviendo a apoyar las manos sobre la barandilla de madera para contemplar el mar.

— Se te da bien contar historias — dijo, de repente— . Cuéntame otra.

Él comenzó a estrujarse los sesos, tratando de recordar algo más que hubiera aprendido en el colegio sobre la ciudad.

— Te puedo relatar la leyenda de la Isla de Benidorm y del Puig Campana — dijo, dejando que su mirada se posara sobre el pequeño islote en medio del océano.

— ¿El Puig Campana? — inquirió ella curiosa.

— Sí, esa montaña de allí. — Señaló hacia la cumbre que se recortaba al fondo— . También la llaman la montaña mágica de Finestrat.

— ¿Hay una leyenda?

— Siempre hay una leyenda en alguna parte — corroboró él, dando unos pasos y situándose a su lado— . Espero acordarme de todo.

— Seguro que sí — le animó.

La estudió, hundiéndose en la profundidad de sus iris castaños antes de comenzar.

— Dicen que hace cientos de años habitaba en una cabaña en las faldas del Puig Campana un gigante llamado Roldán. Un buen día, una doncella se atravesó en su camino y aunque tan solo cruzaron una mirada se enamoraron perdidamente el uno del otro — se detuvo un momento— . A veces pasa — dijo con sonrisa burlona antes de continuar— . El caso es que se fueron a vivir juntos a la cabaña de él. Allí vivieron felices durante mucho tiempo como sucede en todos los cuentos. Pero un día en el que Roldán paseaba por el bosque se encontró con una figura misteriosa y oscura que le advirtió de que su mujer se estaba muriendo y que, cuando el último rayo de sol de aquel día se escondiera tras la montaña ese sería el último segundo de la vida de ella.

— Qué trágico — murmuró Juls.

Le miraba con los ojos fijos sobre sus labios, pendiente de la historia. Él carraspeó y trató de no distraerse.

— Roldán volvió corriendo a su cabaña y se encontró con que lo que aquel ser le había dicho era cierto, su mujer estaba agonizando. Y cuanto

más avanzaba el día, su estado de salud empeoraba. Desesperado, queriendo que los rayos del sol iluminaran su cabaña más tiempo para poder prolongar la vida de su adorada mujer, golpeó la montaña con tanta fuerza que un trozo de roca se desprendió de su cumbre y fue a parar en medio del mar, creándose una isla. Esa isla. — La señaló con el dedo índice— . Y en la cúspide del Puig Campana apareció una grieta con forma de ventana por la que el sol siguió iluminando la cabaña durante unos cuantos minutos más.

Pero, finalmente, este se puso. — Hizo una pausa muy efectiva y miró a Juls que seguía el relato con los labios entreabiertos— . Se cuenta que Roldán cogió a su esposa en brazos y la llevó hasta la isla que él mismo había creado y que, allí, ella exhaló su último aliento en una noche de luna llena. Él se acostó a su lado y se dejó morir también junto al cuerpo de su amada.

Terminó el relato bastante orgulloso de sí mismo por haberlo recordado correctamente. Jamás hubiera pensado que aquella información que había adquirido en el colegio hacía tantos años le fuera a servir para algo.

— Es muy triste — susurró ella— . Ambos mueren.

— Pero juntos.

— Sí. La verdad es que es una historia preciosa.

El silencio se cernió sobre ellos mientras el sol se ponía poco a poco y la penumbra ahuyentaba los pequeños retazos de luz que todavía flotaban en el ambiente.

De pronto, ella le tomó del brazo y le giró para poder tenerle de frente.

Él izó una ceja con perplejidad, no obstante, no ofreció resistencia alguna.

La observó curioso, esperando a que ella le explicase su repentina reacción

— Tengo ganas de besarte.

Aquella aseveración le pilló desprevenido, pero no tardó en recuperarse.

— ¿Y por qué te reprimes? Hazlo — la conminó, humedeciéndose los labios con anticipación.

— ¿Tú quieres besarme?

— Mírame y dímelo tú.

— No puedo verte bien, las sombras…

— Me muero por hacerlo, Juls — la interrumpió.

No hubo más palabras.

La sujetó por el talle y ella se puso de puntillas al tiempo que le posaba las manos sobre las mejillas. Dos milésimas de segundo más tarde se besaban.

Jorge cerró los ojos y se olvidó de todo lo que no fuera la dulce boca de ella, que se entregaba a él sin remisión. Se respiraron mutuamente mientras sus torsos chocaban y sus manos comenzaban a deambular por la piel del otro sin encontrar resistencia. Jorge le acarició la espalda desnuda por debajo de la camiseta, mientras notaba cómo ella deslizaba los dedos por su cara y su cuello.

— Me gusta — jadeó él.

— Me gusta que te guste — le correspondió ella.

Y sus bocas volvieron a colisionar.

Cada vez que se besaban era como un estallido de fuegos artificiales.

Labios, lenguas y dientes. Todo conectado y encajando milimétricamente.

Tardaron en separarse, sofocados y con un palpitante anhelo de ir algo más lejos.

Fue Juls la que rompió el contacto y se alejó hacia la barandilla, donde sus manos encontraron reposo sobre el travesaño superior. Detrás de su figura, a sus pies, la ciudad pulsante despertaba y las luces de los altos edificios comenzaban a llenar el oscuro paisaje de puntitos luminosos. Jorge tardó solo unos segundos en regular su respiración y recuperar el aplomo que el desenfrenado beso le había robado. Se pasó la mano por el pelo que el casco de la moto había aplastado y expelió un suspiro casi inaudible.

Las cosas avanzaban muy rápido entre ellos, tan rápido que daba vértigo.

La observó unos instantes antes de aproximarse y pegar el torso a su espalda, apoyando las manos en la madera junto a las de ella y la barbilla sobre su hombro derecho. Su mirada se perdió en el océano de color naranja mientras la sentía estremecer entre sus brazos.

— Me estás empezando a gustar bastante, ¿sabes? — La escuchó decir.

El calor le recorrió por entero y la sangre fue a parar a su entrepierna. La reacción de su cuerpo no le sorprendió gran cosa. Esa chica le volvía loco.

— Tú a mí también — le dijo al oído.

— ¿Qué podemos hacer ahora?

— Lo habitual, seguir adelante, ¿no? Ya sabes, empezamos por los besos y los abrazos y lo demás ya se irá viendo.

Ella dejó escapar una risa antes de girarse entre sus brazos y dejarse caer contra su pecho, enterrando la cara en el hueco de su cuello.

Hubo más besos, algunos profundos y pasionales, otros suaves y ligeros.

Y el tiempo pareció volar y escurrirse entre los jirones de la oscuridad que los envolvía. Tomaron unas cuantas fotos, algunas del paisaje, otras de ellos mismos en modo selfi mientras intercambiaban más besos y cruzaban comentarios divertidos y provocadores.

Eran casi las diez de la noche cuando Jorge la tomó de la mano y la dirigió al lugar donde habían aparcado la moto. Ella se dejó guiar con docilidad. La sesión de besos parecía haberla desarmado por completo. Al igual que le sucedía a él. Ninguno de los dos podía parar de sonreír.

La temperatura había bajado y el trayecto de vuelta no fue tan agradable como el de ida. Ella se aferró a él con fuerza para resguardarse del viento, y él no paró de acariciarle los brazos, tratando de insuflarle algo de su calor corporal.

— La próxima vez tenemos que coger una chaqueta — le dijo él cuando paró la moto frente a su edificio. Se alzó la visera y aguardó a que ella descendiera.

— O un coche — repuso ella, situándose a su lado y tendiéndole el casco de Erika.

Él lo tomó y lo aseguró con el pulpillo a la parte trasera del asiento.

— Tienes razón. El coche es mucho más cómodo. Date prisa y sube a casa, estás congelada — añadió.

Juls asintió con energía, pero no hizo amago alguno de moverse.

Trasladó el peso de una pierna a otra mientras le contemplaba con intensidad.

— A pesar de que voy a estar liado, quiero verte — le dijo él— . Te llamo mañana.

— Perfecto.

Jorge dejó escapar una maldición por lo bajo al percatase de que los dientes de ella acababan de empezar a castañetear.

— ¡Vete! — le pidió con firmeza.

Ella no le hizo caso y alzó una mano, tendiéndosela. Él la atrapó con la suya y sus dedos se entrelazaron. Los de ella estaban helados y él los presionó con suavidad. Sus pensamientos empezaron a correr raudos por su mente como los de un adolescente, desesperado por memorizar la forma en que sus manos se unían para recordar ese momento después, cuando estuviera a solas.

Pensó en apagar el motor, aparcar la moto y subir con ella a su piso.

Pensó en apresarla contra la pared del ascensor y comerle la boca. Pensó en quitarle la ropa con parsimonia y dejarla desnuda frente a él. Pensó en acariciar todo su cuerpo, recorriendo cada centímetro de su piel. Pensó en llevársela a la cama y en poseerla y dejarse poseer.

El depósito de gasolina de la Bonneville se clavó dolorosamente en su miembro que comenzaba a adquirir vida.

Entonces, Juls, sin previo aviso, soltó su mano y se dio la vuelta, echando a correr hacia el portal. Justo antes de llegar, se giró y le lanzó una mirada cargada del más puro deseo que le dejó sin aliento.

Y desapareció.

— ¡Mierda! — masculló él.

Se colocó como pudo el pantalón, tratando de encontrar una posición más cómoda, pero le resultó imposible. Suspiró con resignación. Iba a tener que esperar antes de poder ponerse en marcha. Conducir una moto con una erección era un asunto peliagudo.

Mientras aguardaba a que su cuerpo se serenase, se sacó el móvil del bolsillo y le mandó un mensaje.

Jorge: Ya es mañana? Ya puedo llamarte?

Solo un minuto después tenía su respuesta.

Juls: En Pekín ya es mañana.

Él sonrió de medio lado antes de despojarse del casco y apagar el motor.

Marcó su número y se llevó el móvil a la oreja. Ella respondió la llamada al segundo tono.

— Sé de buena tinta que ya es mañana en Pekín, por eso te llamo.