Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 3 de 40

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Inolvidable

Capítulo 3

Juls

— ¿Siempre ponen este tipo de música? — preguntó todavía muerta de risa.

— A estas horas, sí — contestó Mariu al tiempo que le daba un trago a su bebida— . No van a tardar mucho en cerrar. Ahora es cuando toda esta gente se baja a los garitos de la playa de Levante. Y luego, a las cinco o así, se van a los locales de la carretera. Es un clásico de los fines de semana en Benidorm. Es como una ruta obligada.

Mientras decía eso, se alejó de la puerta y subió los escalones que conducían hasta la ventana enrejada de un restaurante — a esa hora, cerrado

— , ubicado al lado del bar de copas.

Juls la siguió. Dejó la botella sobre el alféizar y se dio la vuelta para encararse con su amiga. Tenía el ceño fruncido.

— A mí no me mires para seguir — repuso— . Esta es mi última Coronita y luego me largo al apartamento. Mañana tengo que madrugar.

— Pues vaya mierda de vacaciones.

— Vacaciones para ti. Yo tengo que seguir trabajando — se lamentó.

— ¿Te gusta ese trabajo?

— Lo odio — confesó— . Pero es lo único que he encontrado que tenga algo que ver con mi carrera. Era eso o acabar en Zara. Y, la verdad, cuatro años estudiando periodismo para trabajar doblando ropa no me hacía nada de nada. Aunque el sueldo que cobran las chicas de Zara es mil veces mejor que el mío — rumió.

La revista online para la que trabajaba desde hacía ocho meses le pagaba una miseria.

— ¿No estás buscando otra cosa?

— ¡Como una loca! Pero no te creas que hay tantas ofertas. Estoy enviando currículos a todas partes. Hasta ahora, sin éxito — suspiró— . ¿Y

tú? ¿Qué tal el nuevo curro?

— Pues igual que tú. Una mierda, pero no me voy a quejar porque por lo menos tiene algo que ver con lo mío y paga las facturas. Además, estoy mucho mejor que haciendo encuestas por la calle. Eso sí que era un horror.

— Hizo una pausa— . Creo que, tanto tú como yo elegimos las carreras con menos futuro del mercado — añadió.

— No te creas, ni periodismo ni psicología son tan terribles en comparación con el Grado de Paula. ¡Filología Clásica! No va a encontrar un trabajo de lo suyo jamás.

— Creo que se está preparando una oposición para el Ayuntamiento.

— Ya ves.

Después de aquello, guardaron silencio. Silencio que era interrumpido de vez en cuando por la estridente música que llegaba desde el local cada vez que alguien abría la puerta para entrar o salir de él.

— Había oído hablar mucho de Benidorm, pero no me lo imaginaba así

— dijo Juls, rompiendo el mutismo y dejando vagar la vista por los corrillos de gente que había cerca de ellas.

Había unas cuantas chicas junto a la entrada, hablando entre ellas. Tres parejas algo más lejos, también de charla. Unos chavales riéndose a carcajadas a pocos metros; y algunas personas más. Todo el mundo parecía bastante pacífico y de buen rollo. Su mirada se topó con la de uno de los tipos que había junto a la palmera que se encontraba frente a la puerta.

Alto, atractivo, pelo castaño y barbita de tres días. Y guapo.

— ¿Así? ¿Cómo?

No pudo seguir escrutándole porque la pregunta de Mariu la distrajo.

— Pues tan normal. — Se encogió de hombros— . No sé por qué me había imaginado a los ingleses borrachos por la calle, desparramando y montando broncas. Quizá es que las imágenes que salen en la tele me habían creado prejuicios.

— No son prejuicios. Es que eso pasa habitualmente en la zona guiri.

Esta es la zona española — aclaró Mariu— . Aquí viene el turismo nacional a divertirse. Esta marcha es más como la guay de Malasaña. Pero si quieres ver a turistas borrachos, sobre todo ingleses, te puedo llevar al Hippodrome o al Joker’s.

— Quita, quita. Paso — rechazó con desdén.

— La verdad es que adentrarte en la zona guiri es como entrar en otro mundo. Cruzas una calle y es como estar en Inglaterra. Te encuentras pubs decorados como los de cualquier localidad del Reino Unido; y bares y restaurantes en los que sirven comida típicamente inglesa. Allí, si no hablas inglés, estás perdido. Tienen supermercados con productos ingleses. ¡Hasta el papel higiénico viene de allí!

— ¿En serio? — se rio Juls— . Flipante.

— Sí, tía. Yo, que llevo viniendo quince años, alguna vez he ido de marcha por allí y es una pasada. Pero demasiado para mí, la verdad. Y no creo que a ti te gustara, tampoco. Como mucho, podemos bajar a la playa.

Ahí hay de todo.

— Pero mañana. Hoy estoy muerta.

— Hecho.

Mariu alzó su vaso en el aire y Juls cogió su botella en la que flotaba el gajo de limón y la imitó.

Continuaron hablando de cosas superficiales, de sitios a los que ir, de gente a la que conocían y de cómo habían pasado los últimos meses. Hacía medio año desde la última vez que estuvieron juntas y tenían que recuperar el tiempo perdido. Mariu se explayó hablando de su ex y Juls correspondió quejándose de Sonsoles y de Juan, su compañera de piso y el novio de esta.

Evitó hablar de su ruptura con Sergio; todavía estaba demasiado reciente y le dolía mencionarla.

Cada vez más personas abandonaban el local y echaban a andar calle abajo, pero no tenían aspecto de querer regresar a casa. Estaba claro que se marchaban hacia la zona de playa, como había comentado Mariu.

Juls echó un vistazo a la pantalla de su móvil. Eran las dos y media.

Gimió internamente. No iba a poder dormir más de cuatro o cinco horas.

Había puesto la alarma para las ocho de la mañana. De ese modo, tenía cuatro horas para escribir los artículos que le había prometido a su editora: uno sobre los beneficios del aloe vera y otro sobre consejos para ligar en otoño. Apasionante.

— Vámonos ya — le dijo a Mariu— . Mañana quemamos la calle, si quieres.

Su amiga asintió, dándole un último sorbo a su Beefeeter con limón aguado.

— Creo que mañana poco voy a quemar porque voy a tener una resaca del quince.

Juls se carcajeó.

— Qué poco me aguantas.

— A ver, no te des la vuelta — siseó Mariu, interrumpiéndola— , pero hay unos chicos que no paran de mirarnos. Cuando puedas, echa un ojo.

Están al lado de la palmera que hay más abajo. Son tres. Uno está como un queso, otro no está nada mal y el tercero se va a quedar soltero toda su vida.

Por cierto, el que está como un queso no te quita ojo.

¿Sería el mismo en el que se había fijado ella?, se preguntó Juls con curiosidad.

Sin demasiado disimulo, giró la cabeza y se encontró con una mirada penetrante y una sonrisa juguetona. Sí, aquel tipo era el mismo en el que ella había reparado con anterioridad.

La timidez no era una cualidad de la que Juls pudiera jactarse o avergonzarse, así que le devolvió la mirada abiertamente.

Él alzó su botella en el aire, haciendo un brindis.

Ella le imito.

Apenas un pestañeo, un intercambio de sonrisas y la conexión entre ambos estaba hecha.

— ¿En serio ya está? ¿Ya has ligado? — El asombro era notorio en la voz de Mariu— . ¿Quince segundos? Si me pinchan no sangro.

Juls se encogió de hombros con displicencia.

— Tampoco es tan difícil, ¿no? ¿Se necesita más tiempo? Marear la perdiz no es mi estilo. Me gusta ir al grano.

— Eso no es ir al grano. Lo que acaba de pasar son palabras mayores.

¡Oh! — exclamó con los ojos muy abiertos— . Viene hacia aquí.

Todavía no había terminado de decir aquello cuando se escuchó una voz de hombre muy cerca de ellas.

— Hola.

Jorge

— Venga va, la siguiente ronda la pago yo. Pero es la última, que mañana tengo una clase con niños a las once y no quiero aparecer resacoso. Si habéis acabado voy a buscar más cerveza — dijo Jorge.

Ambos le tendieron sus botellas vacías y él se alejó camino de la entrada con ellas en la mano. Echó un rápido vistazo a Campanilla — ella le daba la espalda— , antes de saludar al portero que le abrió la puerta.

Sonaba una canción pachanguera a la que no supo ponerle nombre. La gente ya había comenzado a marcharse camino de la playa haciendo la ruta habitual y el establecimiento no estaba tan lleno como de costumbre.

Mientras se acodaba en la barra, por el rabillo del ojo, divisó a su hermana Erika que bailaba con su amiga Bea. Trató de camuflarse detrás de una pareja.

— ¿Me invitas a dos?

La pregunta llegó desde su derecha. No le hizo falta girarse para saber quién era el gorrón: su hermano pequeño, Lukas.

— ¿Dos?

— Una para Eva y otra para mí — dijo este con una sonrisa de oreja a oreja.

Eva era la novia de Lukas. Estaba justo a su lado. La saludó con un gesto al que ella respondió con una risita.

— Tenéis un morro — comentó, pero cuando el camarero se acercó alzó la mano y pidió cinco cervezas.

— Eres el mejor hermano mayor que tengo.

— Si te oye Diego va a pasar de dejarte su moto, adulador.

— Diego es el mejor hermano mayor en otras ocasiones — repuso, echándose hacia delante sobre la barra.

— ¿Cuántas llevas?

— Pocas. Todavía controlo.

Jorge resopló con incredulidad. Lukas tenía veinte años y era el benjamín consentido de la familia.

— ¿Cuántas lleva? — se dirigió a Eva.

— Cuatro. Esta va a ser la quinta — contestó ella con sinceridad.

— ¿Ya no tienes pasta? ¿Puedes pagarte un taxi a casa?

— El dinero del taxi va aparte, ese ni lo toco.

— Buen chico — le dijo, pasándole una mano por el pelo.

— Joder, no hagas eso, tío — dijo, apartándose molesto, mientras miraba a su alrededor.

El camarero llegó con los cinco tercios. Jorge pagó y luego le tendió dos a su hermano.

— ¿Vais a bajar a la playa?

— Creo que sí. Pasaremos un rato por el Richard 2 .

— Joder, ya son ganas de ir al sitio ese — murmuró, cogiendo las otras tres botellas de la barra.

— ¡No te metas con el templo de Benidorm!

— Sí, sí. Eso, eso. El templo de Benidorm — soltó con tono jocoso.

Ni la música ni la clientela de la discoteca eran de su estilo. La gente era demasiado joven y la música era una mezcla de bachata, reguetón y house .

Nada para él, aunque comprendía que para un crío de veinte años como Lukas tuviera su encanto.

— Gracias, Jorge — le dijo Eva y alzó su botella en el aire.

— Sí, eso, gracias — se le unió Lukas— . El domingo nos vemos.

Se despidió de ellos y, cuando iba a salir del establecimiento, descubrió que su hermana le hacía señas con los brazos.

«¿Esta también quiere que le pague algo? Joder, vaya familia».

Pero no, ella se limitó a tirarle un beso aéreo y a seguir bailando.

Bea le daba la espalda y no le había visto y él escurrió el bulto a toda prisa antes de que se percatase de su presencia. El portero le abrió la puerta y él se lo agradeció con una inclinación de cabeza.

La temperatura en el exterior era muy agradable en comparación con el calor sofocante que hacía en el interior. Aspiró una bocanada de aire y se acercó a sus amigos, que le cogieron sus cervezas.

— Mi hermano me ha sableado dos tercios — comentó.

— Qué listo es — se rio Dani— . Se parece a ti. Tú le has sableado a Rafa su coche.

— De sablazo nada, además, mi trabajo me costó. Voy a estar toda la vida agradecido a ese Full House 3 . Y, por cierto, ¿la comida para cuándo?

¿Os parece bien mañana?

La noche en que jugaron al póker, Rafa no había tenido la suerte de su lado. No solo perdió su coche, también una comida en el Barranco, uno de los mejores restaurantes de arroces de Benidorm.

Este comenzó a cabecear con un gesto de derrota.

— Por mí, sí. ¿Tú puedes, Dani?

— Mañana tengo turno de noche, así que estoy libre.

Dani era recepcionista de un hotel en la playa de Levante.

— Perfecto, mañana a las dos y media en el Barranco, entonces. Yo reservo la mesa.

Después de un rato de silencio, Dani comenzó a hablar de la Subida Vertical al Gran Hotel Bali 4 . Ese año había participado en la categoría de amateur y había conseguido llegar hasta el mirador en siete minutos cincuenta segundos. Al año siguiente pensaba superar su marca. La carrera consistía en subir las cincuenta y dos plantas del edificio por las escaleras.

Eran novecientos veinticuatro escalones y todo un desafío físico.

Especialistas en carreras de rascacielos de todo el mundo acudían a participar cada año. Dani sabía que no podía ganar, pero le gustaba retarse a sí mismo.

Mientras le escuchaba hablar, Jorge no pudo evitar buscar a la chica de pelo corto. Quizá porque sus amigos habían insistido tanto o quizá porque aquella mujer sí era su tipo, se dedicó a mirarla durante un buen rato.

Era delgada, pero no en exceso, y tampoco era tan bajita como las palabras de Rafa le habían hecho creer. Tenía el pelo rubio muy cortito por detrás, aunque el resto le caía con gracia sobre las orejas y la ceja derecha.

Se giró brevemente y él pudo atisbar unos ojos oscuros muy expresivos, y una nariz recta con la punta algo levantada. Tenía la piel tan tersa como la de un melocotón maduro, al menos eso parecía desde la distancia. Y unos labios rosados y carnosos, pero sin ser exagerados.

Era guapa. No iba a negarlo.

Muy guapa.

«Campanilla», se dijo mentalmente, saboreando la palabra en su cabeza.

Sí, aquel apodo iba con su persona. Había algo en ella que la asemejaba al famoso personaje de Peter Pan. A lo mejor, su forma de gesticular o el

modo en el que sus ojos chispeaban revoltosos mientras hablaba con su amiga.

— Te dije que era tu tipo. — Rafa le dio un codazo que le devolvió a la realidad.

— Es una monada — intervino Dani— , aunque a mí me gusta más la otra.

— A ti te gustan todas — se chanceó Rafa de nuevo.

Jorge ignoró a ambos mientras seguía observándola de manera sesgada.

— Reconozco que es preciosa — admitió unos segundos después.

— ¡Lo sabía! — se rio Dani.

En ese instante, ella se giró y se le quedó mirando con el mismo interés que él mostraba. Jorge le regaló una sonrisa descarada al tiempo que elevaba su cerveza en el aire. Ella le siguió el rollo.

«Interesante».

Rafa soltó una risa.

— ¿Te atreverías a ir a hablar con ella?

— ¿Por qué no? — preguntó— . No he sido tímido en mi vida.

Y la chica era realmente de su estilo, añadió para sus adentros. Además, estaba soltero desde hacía mucho tiempo.

— ¿Crees que podrías interesarle?

— Si no tiene pareja, fijo que sí — soltó con seguridad.

— ¡Qué chulito eres, Jordi Alba!

Jorge meneó la cabeza mientras le daba un trago a su cerveza. Echó un vistazo a la chica a través de las pestañas. Ella estaba de lado y solo podía ver su perfil. Un perfil de lo más atractivo. La recorrió con la vista, de nuevo. Su blusa blanca de tirantes dejaba sus torneados brazos al descubierto y los pantalones cortos, sus piernas delgadas pero fibrosas. No estaba muy morena, señal de que hacía poco tiempo que habría llegado a la playa.

Cuanto más la miraba, más le gustaba.

— Voy a ir — anunció. Y se puso en movimiento.

Campanilla y su amiga estaban a solo unos quince metros de distancia.

Se pintó en la boca una sonrisa de las suyas, de esas que solían atraer toda la atención femenina. A su espalda, pudo escuchar las voces de sus amigos

soltando comentarios provocadores. Los ignoró y avanzó hasta que solo un paso le separó de ellas.

— Hola.