Inolvidable
Capítulo 12
Jorge
No debería haberse alegrado tanto de la enfermedad de Dani, pero lo hacía.
Cuando aquella mañana de sábado sonó su teléfono y su amigo le dijo que tenía fiebre y que no podía ir al concierto de Ara Malikian esa noche, su primera reacción fue lamentarlo, pero rápidamente cambió de opinión y se entusiasmó con la idea de pedirle a Juls que fuera con él.
Y ella aceptó.
No habían vuelto a verse desde el miércoles, cuando la dejó en la puerta de su piso y después la llamó por teléfono como si fuera un adolescente imberbe y enamoradizo. Cada vez que recordaba la escena, no podía hacer otra cosa más que menear la cabeza con estupor. A decir verdad, no pasó nada especial de lo que pudiera avergonzarse, solo habían hablado unos cuantos minutos, bromeando y sin decirse nada importante, como si ambos trataran de evitar entrar en conversaciones demasiado profundas.
Todo muy maduro, pensó con cinismo.
El jueves y el viernes se habían enviado wasaps unas cuantas veces, la mayor parte de ellos meramente informativos, en plan: Qué estás haciendo?
Yo estoy a punto de comer con mis compañeros de trabajo. He tenido un día bastante complicado . A lo que ella había respondido: Yo también estoy trabajando, tengo que entregar dos artículos esta tarde .
Comunicación irrelevante.
Aunque también había habido otros textos más desenfadados y bastante más locos, como los que habían intercambiado el día anterior por la noche.
Una risa brotó de su pecho al recordarlo y no pudo evitar coger el teléfono y volver a releerlos.
Jorge: Te puedes creer que hoy solo he pensado en ti novecientas veinte veces?
Juls: Perdona, pero ¿quién decías que eras?
Jorge: El hombre que te ronda por la cabeza, ese ser perfecto que lo hace todo bien…
Juls: Brad Pitt?
Jorge: Algo menos rubio y un poco más joven, pero igual de guapo, seguro.
Juls: No caigo ahora mismo.
Jorge: Piensa en el mejor beso que te hayan dado en tu vida y tendrás la respuesta.
Juls: José Luis Pérez de Bachillerato. Cómo has conseguido este número, José Luis?
Jorge: Me rindo.
Juls: Nooo, ahora que se estaba poniendo interesante. Vale, lo admito, yo también he pensado en ti hoy, casi tanto como tú, novecientas diecinueve veces.
Jorge: Y qué pensabas? Algo picante?
Juls: Sí, en esos besos que me das, y en que quizá quiera más.
Jorge: Te das cuenta de que acabas de hacer un pareado?
Juls: Te ha gustado? Puedo hacer más. Cómo se te da ti lo de rimar?
Jorge: Me gustaría poder abrazarte y después también besarte. ¿Qué tal este?
Juls: Eso sería excitante y sin duda muy alucinante.
Jorge: Jajaja. Qué chica más lanzada y no dices ninguna chorrada.
Juls: Siempre hablo en serio, tengo muy buen criterio.
Jorge: Centrémonos en los besos para que hagamos progresos.
Juls: Acepto encantada, adoro ser besada.
Jorge: Quieres que repitamos y que hagamos algo más que cogernos de las manos?
J uls: Me gusta como piensas, estás derribando mis defensas.
Jorge: Eso es un sí? Todo depende de ti.
Juls: Eres un poco canalla… no me gusta la caballa…
Jorge: Caballa???? Cómo hemos pasado de hablar de besos a hablar de pescado?
Juls: No se me ocurría otra rima con canalla.
Jorge: Calla, pantalla, toalla…
Juls: Eres un canalla, devuélveme la toalla? Pfff…
Jorge: Jajaja
Levantó la cara de la pantalla y soltó una nueva risa. Juls era muy ingeniosa. Le gustaba estar con ella. Aunque apenas se conocían, ya se había establecido entre ellos una conexión especial.
— ¿De qué te ríes tu solo?
La voz de Diego le hizo girar la cabeza.
Su hermano acababa de salir al jardín de sus padres, donde se hallaba Jorge, que se secaba al sol en una de las tumbonas.
— De unos mensajes — respondió con ambigüedad.
— ¿De Juls? Por tu cara solo pueden ser de ella.
Diego se quitó la camiseta, quedándose solo con el bañador, y tomó asiento en otra de las tumbonas.
— Sí. Son de ella. Es muy divertida.
— Eso es genial. Se nota que te gusta. Estás idiotizado. — A pesar de la seriedad de su tono había un poco de guasa en sus palabras.
— Lo estoy. Reconozco que me gusta bastante — admitió con un suspiro.
— ¿Habéis quedado hoy otra vez?
— Sí. Dani se ha puesto enfermo así que voy con ella al concierto de Malikian. He quedado en recogerla en una hora.
Diego había cerrado los ojos y parecía disfrutar del sol.
— ¿Vais a venir mañana? ¿O prefieres tenerla solo para ti?
Jorge vaciló. Si bien era cierto que le apetecía pasar tiempo a solas con Juls, al día siguiente, por la tarde, sus hermanos — Erika y Lukas— habían organizado una tarde de cine en el chalet, aprovechando que sus padres se habían ido a Madrid ese fin de semana. Estaba seguro de que, si se lo comentaba a Juls, esta no tendría inconveniente alguno en asistir.
— Es probable que vengamos. ¿Tú vas a venir? — le preguntó a Diego.
— Sí. Erika me ha amenazado, así que me pasaré. Tampoco tengo otros planes — repuso, encogiéndose de hombros.
— Últimamente te noto de bajón. Estás apático.
— Estoy cansado. Trabajo mucho.
Diego era ilustrador y de los buenos. Además de trabajar para diferentes editoriales y revistas, ayudaba también a sus padres en la imprenta.
— Es algo más que eso — rechazó.
Su hermano se llevó las manos a la cabeza y hundió los dedos en su espesa melena.
— Es complicado.
— ¡Lo sabía! Sabía que había algo más.
De por sí, Diego era circunspecto y bastante serio, pero desde hacía un par de meses su carácter parecía haberse ensombrecido del todo. Algo estaba pasando, eso era innegable.
— No quiero hablar de ello. Solo te diré que es un problema sentimental.
— ¿Has conocido a alguien?
— Puede ser.
— ¿Te has enamorado de alguien que no te corresponde?
— Quizá — gruñó— . No me hagas más preguntas y cuéntame más sobre esa chica que te tiene tan emocionado.
Jorge no replicó. Diego era muy suyo y si no quería hablar de algo, no lo haría. Carraspeó y se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la tumbona.
Juls…
¿Por dónde podía empezar?
— Me hace reír.
Juls
En cinco minutos Jorge estaría allí y todavía no sabía qué camisa ponerse.
Tampoco tenía mucha elección. Sopló exasperada mientras miraba las tres prendas que había extendido sobre la cama, tratando de encontrar la más adecuada. Una camiseta blanca con la palabra love estampada sobre el pecho. Una floreada con un volante en el escote. Y otra negra de tirantes, lisa.
Terminó por decantarse por la de tirantes negra. No quedaba nada mal con los vaqueros azules y las Converse blancas. Llevaría también su
cazadora vaquera. Después del frío que pasó la noche del miércoles, no quería arriesgarse de nuevo, aunque no sabía si él iría a buscarla en la moto.
Le sorprendió muchísimo que Jorge la llamara esa mañana para proponerle lo del concierto, pero no se lo pensó dos veces y rápidamente le dijo que sí. Ni siquiera se lo consultó a Mariu que, desde el día anterior estaba tirada en el sofá viendo la tele, con un tonto catarro de verano.
Se inspeccionó en el espejo del baño, contenta con su aspecto. Los tirantes de la camiseta eran finos y no podían ocultar los del sujetador negro de encaje que llevaba debajo, a juego con las braguitas. Su respiración se aceleró parcialmente al admitir frente a su reflejo que había decidido ponerse ese conjunto sexi de lencería porque esperaba que esa noche pasara algo más entre Jorge y ella. Las cosas habían llegado al punto de no retorno.
Habían intercambiado ya muchos besos y el camino que se abría ante ellos solo conducía a un lugar: la cama.
Juls lo sabía y estaba segura de que Jorge lo sabía también.
No se había acostado con nadie desde Sergio, y de eso hacía un tiempo.
El final de su relación había sido bastante miserable y el sexo había brillado por su ausencia, así que, aunque solo hacía un mes que habían terminado, su vida sexual llevaba casi seis meses de sequía.
Y quería acostarse con Jorge.
Lo deseaba.
Pensar en su cuerpo musculoso y desnudo pegado al de ella mientras se besaban y se acariciaban sin restricciones hacía que gimiera de impaciencia.
Jorge le gustaba mucho y la complicidad que había entre ellos era considerable.
Ahora solo faltaba ver si eran igual de compatibles en la cama.
— Mándame un wasap si no vas a venir a dormir — gritó Mariu desde el salón. Un ataque de tos siguió a sus palabras.
Juls abandonó el baño y fue a buscarla.
— Me siento culpable por dejarte sola — murmuró.
— Eso es una gilipollez. Solo es un catarro y ni siquiera tengo fiebre. Y
ya no tengo once años, mamá — dijo su amiga al tiempo que se sonaba la nariz— . Puedes salir a divertirte. Yo voy a ver una peli ñoña. Ah, y si tengo hambre me pediré una pizza. Como ves, no te necesito para nada.
— ¿Te traigo agua o algo antes de irme?
Mariu puso los ojos en blanco.
— ¡Que te vayas ya! Y no vuelvas hasta mañana, pero mándame un wasap, eh.
— Lo har…
Aún no había terminado de hablar cuando sonó el timbre, originándole un leve respingo.
— Pues sí que es puntual — murmuró su amiga.
Juls se dirigió al telefonillo y lo descolgó, hablando directamente por el interfono.
— Ya bajo.
— ¿Cómo sabes que soy yo? — Se escuchó la voz de él.
— Por tu forma de llamar, enérgica y varonil — dijo con ironía.
— Tienes razón, soy enérgico y varonil.
Juls aguantó una risa. Con él era todo tan fácil.
Regresó al salón y cogió su pequeña mochila azul de una silla.
— No te beso que me lo pegas — le dijo a Mariu y elevó la mano en el aire para despedirse de ella.
— ¡Pasadlo bien!
— Lo intentaremos — dijo con un guiño antes de abandonar el piso.
Bajó las escaleras de dos en dos con las expectativas por las nubes y en un minuto estaba en la calle. Jorge había dejado su vehículo en la puerta del garaje, como siempre. Esa vez no había traído ni el Porsche ni la moto, sino su viejo todoterreno. Se apoyaba en el capó de este, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa en la cara.
Juls estuvo a punto de emitir un gemido anhelante al verle ahí, de pie, con esos vaqueros ajustados y esa camisa negra que lucía arremangada, mostrando sus antebrazos desnudos y morenos. Llevaba los dos últimos botones desabrochados y se podía ver el comienzo de sus pectorales.
Sexi.
Mucho.
— No vale meterse con mi coche — dijo él, acudiendo a su encuentro.
— No iba a decir ni una palabra sobre el co…
No pudo seguir hablando porque la abrazó por la cintura y le estampó un beso en la boca, uno breve y algo crudo, pero que la dejó con las rodillas temblorosas porque no se lo esperaba y porque sus labios eran perfectos.
Cuando él dio un paso atrás, estuvo a punto de colgarse de su cuello y suplicarle que siguiera besándola.
«¡Estás salida! Frena un poquito», se llamó al orden en silencio.
— Este es mi chico, Turbo. Turbo esta es Juls.
— ¿Hablas con tu coche y le pones nombre?
— Es que lleva muchos años con nosotros, es como de la familia —
explicó y abrió la puerta del pasajero para ella— . Fue el primer coche de mi padre. Pero no tengas miedo, ha pasado la ITV y va de maravilla.
Juls se encaramó al alto asiento y echó un vistazo al anticuado salpicadero de color marrón. Lo único moderno era el equipo de música que destacaba en su consola central. Giró la cabeza y comprobó que no había más asientos en la parte trasera, solo un espacio vacío.
— Le he quitado los asientos traseros porque ahí suelo transportar mi material de buceo — explicó— . Por cierto, te va a encantar cuando cojamos algún bache. La suspensión es mortal, como montar en una montaña rusa — añadió, y sonrió de medio lado al tiempo que se colocaba frente al volante— . La radio también sintoniza Kiss FM, no te preocupes.
Ella se rio.
— ¿Cómo es que Dani te ha dejado tirado esta noche?
Tenía curiosidad. Esa mañana cuando él la llamó para preguntarle si quería ir con él al concierto, solo le dijo que Dani no podía acompañarle.
— Está enfermo. Un catarro, creo.
Juls resopló con los ojos muy abiertos.
— Ahora lo entiendo todo.
— ¿El qué entiendes? — inquirió él, poniendo el coche en marcha. El sonido del motor resultó atronador.
— Mariu también está enferma.
— Vaaale — sonrió él— . Ay, esos intercambios de fluidos…
— Exacto.
— No los critico, que conste. Me viene genial que estén los dos pachuchos así te tengo para mí solo.
Cogieron el mismo vial que el miércoles anterior, el que llevaba al centro de la ciudad. Jorge pisó el acelerador con ganas y el vehículo adquirió velocidad. Era muy diferente ir en ese coche a ir en moto o en el Porsche, aunque no menos interesante, desde luego, y Juls pudo comprobarlo de primera mano cuando pasaron por encima de los baches de velocidad que había en la calzada. Su cuerpo rebotó sobre el asiento.
— Te lo advertí — dijo él con un tono de voz en el que se podía escuchar su diversión— . Estar conmigo es como vivir una aventura constante.
— Desde luego ya no hace falta que vayamos a ningún parque de atracciones — repuso con sorna.
— ¿Te gusta Ara Malikian? — Cambió él de tema, de pronto— . He dado por hecho que sí cuando has aceptado venir.
— Sinceramente, le he escuchado en televisión un par de veces, pero jamás le he visto actuar.
— Pues creo que el espectáculo te va a encantar. Yo ya estuve en un concierto suyo que dio hace unos años en Zaragoza y me pareció una pasada.
— Seguro que sí.
No añadió que era del todo imposible que no le gustara. El simple hecho de ir a un concierto con Jorge ya merecía la pena. Le daba un poco igual a quién fueran a ver.
Desvió la mirada hacia el exterior y contempló las calles por las que circulaban. El cielo se iba oscureciendo por momentos y la penumbra le había robado ya todo el protagonismo a la claridad. La zona en la que se encontraban no presentaba los colosales rascacielos de la playa de Levante o de Poniente que convertían la ciudad en ese lugar tan inusual; el centro del pueblo se asemejaba más al centro de cualquier localidad medianamente grande.
Unos diez minutos después, Jorge puso el intermitente y se internaron en una calle de un único sentido. Apenas habían avanzado cien metros cuando él señaló hacia su derecha.
— Mira, ese es el auditorio al que vamos.
Juls estiró el cuello y, a través de la valla metálica, pudo ver una especie de anfiteatro romano con un escenario y múltiples sillas ordenadas en semicírculo. Ya había muchas personas deambulando por allí.
— Este es el parque de l’Aigüera. Lo diseñó Bofill 14 a finales de los ochenta, creo. Es uno de los pocos parques que tenemos en la ciudad. El parking al que vamos está justo debajo — explicó él.
— ¿Ninguna leyenda asociada con el parque? — le preguntó de buen humor.
— Sí, bueno, cuenta la leyenda que hace unos años, unos chicos vinieron aquí una noche a hacer un botellón y uno de ellos, bastante borracho, se hizo pis en los pantalones. Luego te enseño el sitio exacto —
dijo él con tono burlón.
— Esa sí que es una buena leyenda. ¿Aparece en los libros de Historia de Benidorm? — le cuestionó.
— La experimenté en mis propias carnes — confesó él sin vergüenza.
— Me avergüenzo de ti profundamente. Mearte en los pantalones.
Pfff…
— Ahora soy más mayor y soy capaz de encontrar un aseo a tiempo. No me lo tengas en cuenta, tenía quince años.
Habían llegado al final de la calle, y los ojos de Juls se posaron sobre el edificio de cristal con forma de puente bajo el que se encontraba la entrada del garaje subterráneo.
— ¿Qué es esto?
— El Ayuntamiento.
Mientras avanzaban, ella se quedó mirando la enorme estructura de vidrio y acero. En contraposición a todo lo que simbolizaba la ciudad de Benidorm con su crecimiento en vertical, esa edificación recuperaba la horizontal forma del mar. Parecía un rascacielos tumbado sobre pilares de hormigón blanco.
Llamativo y original.
— No lo vas a creer, pero en las lamas de cristal que componen la fachada están serigrafiados los nombres de los ciudadanos de Benidorm.
— ¿Cómo? — inquirió con estupefacción.
— Lo que oyes. Los que aparecían en el padrón en la época en la que se construyó, claro.
— Esta ciudad no deja de sorprenderme — masculló ella en voz baja.
Habían llegado al acceso al parking y Jorge se detuvo frente a la máquina expendedora de tickets para coger uno. Después, avanzó lentamente buscando un hueco donde poder aparcar. No había muchos sitios libres, pero encontraron uno en la planta inferior. No eran los únicos que circulaban por las instalaciones, había bastantes coches dando vueltas.
— Hemos llegado justo a tiempo — comentó él cuando se bajaba del vehículo. Se miró el reloj— . El concierto no empieza hasta dentro de tres cuartos de hora. ¿Te parece que pillemos unos bocadillos y algo de beber y busquemos nuestros sitios?
Ella asintió mientras le seguía. De forma natural, tal y como había sucedido el miércoles en el mirador, se tomaron de la mano y avanzaron uno junto a otro hasta salir al exterior. Él la condujo hasta una calle ancha que rodeaba el recinto y caminaron por ella hasta llegar a la entrada. Por el camino se cruzaron con mucha gente que entorpecía el paso y Jorge aferró la mano de Juls con firmeza, lanzándole una sonrisa tranquilizadora.
Había una cola bastante larga frente al acceso, pero avanzaba con mucha fluidez y pronto se encontraron dentro del auditorio. Se detuvieron brevemente en las taquillas y compraron tickets para las consumiciones, y luego fueron hasta la caseta donde se servía comida y bebida. Se decantaron por unos bocadillos de jamón y dos latas de cerveza.
Mientras bajaban por la escalera que los conducía hasta sus asientos, Juls paseaba la mirada por el lugar. Había gente de todas las edades, desde niños acompañados por sus padres hasta jubilados que parecían haber acudido en grupo. Y también de todas las nacionalidades. Se cruzaron con alemanes, holandeses, ingleses y rusos, si el oído no la engañaba.
— ¡Está lleno!
— Sí — contestó él— . Se agotaron las entradas hace un mes por lo menos.
Tomaron asiento en las sillas blancas de plástico que había en la parte delantera, muy cerca del escenario, y Juls se puso la cazadora vaquera ya que se había levantado una pequeña brisa que refrescaba el ambiente.
— ¿Tienes frío? — le preguntó él.
— Un poco — admitió.
— Dame las manos.
Le miró con extrañeza, pero se las tendió. Él las cogió entre las suyas y se las frotó con vigor, aunque no tardó en desacelerar el ritmo de sus movimientos y los convirtió en un roce más suave, pasando los dedos por la parte interna de sus muñecas. Tenía las manos muy calientes y un tanto ásperas, pero no de un modo desagradable. A Juls aquella caricia le encantó. Mucho. Se permitió el lujo de mirarle a los ojos y se encontró con que él la observaba con rotundidad. El calor la recorrió de arriba abajo al pensar en lo mucho que disfrutaba cuando él la tocaba.
— Sé lo que se te está pasando por la cabeza ahora mismo — dijo él, inclinándose sobre ella para hacerse oír.
— ¿Estás seguro? — cuestionó con tono sugerente.
— Sí, lo estoy.
Ella le animó a continuar alzando la barbilla.
— En lo mucho que te gusta que te toque — repuso con voz ronca.
— ¿Eres adivino? — resopló.
Él dejó escapar una carcajada.
— No, es que es lo mismo en lo que estoy pensando yo — admitió y bajó sus ojos hambrientos hasta sus labios.
Juls recuperó sus manos y comenzó a abanicarse la cara con ellas. De repente, lo último que sentía era frío.
— ¿Se te ha pasado el frío? — inquirió él con dulzura exagerada.
— Parece que sí — convino con un carraspeo— . Ehhh…, y ese concierto, ¿cuándo empieza?
Solo recibió una risa por respuesta.