Inolvidable
Capítulo 6
Jorge
A pesar de que ella no se había quitado las gafas de sol, sabía que le estaba observando. Era evidente en su postura y la inclinación de su cabeza.
Él no tenía gafas detrás de las que ocultarse, así que la examinó sin disimulo. A fin de cuentas, después de todo lo que había pasado entre ellos, cualquier tipo de reserva sobraba. Todavía le entraban ganas de romper a reír al recordar la escenita de hacía unos minutos. ¡Qué oportuna!
Ella tenía el pelo despeinado y aplastado en el flequillo, sin duda, debido a que había llevado puesto ese sombrero de paja, que ahora descansaba sobre su bolsa en la silla de al lado. Su boca era tal cual la recordaba de la noche anterior, algo curvada en los extremos, de sonrisa fácil y de labios suaves — el beso intercambiado se lo había confirmado— ; y la punta de su nariz estaba enrojecida por el sol. No había mucho más de ella que pudiera ver con esas enormes gafas negras.
— ¿Qué os pongo, chicos? — les preguntó la camarera.
— ¿Dos mojitos? — inquirió él, mirándola con una ceja arqueada. A lo mejor deseaba tomarse otra cosa.
Ella asintió.
La camarera se marchó, dejándolos solos de nuevo, si bien decir solos era ser muy optimista. El sitio estaba lleno de gente, algo muy habitual a aquella hora de la tarde. Habían podido hacerse con una de las pocas mesas libres a la sombra, en la terraza.
Corría una ligera brisa y las vistas al mar azulado eran muy relajantes.
Siguieron analizándose en silencio durante un buen rato. Tanto, que le dio tiempo a la camarera a traer los mojitos y dejarlos frente a ellos.
Ella se bajó las gafas y le contempló por encima de la montura, aunque contemplar era un verbo que se quedaba corto para el minucioso examen del que fue objeto.
— Buah — dejó escapar él sin cortarse, maravillado.
— ¿Buah?
— Tienes unos ojos espectaculares — explicó.
Ella volvió a resoplar y dirigió esos ojos espectaculares al techo al tiempo que se quitaba las gafas y las dejaba sobre la mesa.
— ¿Estás intentando ligar conmigo?
— Sí. ¿Estoy teniendo éxito?
Las comisuras de los femeninos labios se izaron.
— Bueno, pues si no lo admites, se acabó el espectáculo — murmuró él con retintín, poniéndose la camiseta.
Ella soltó una risa jovial que a Jorge le provocó un aleteo en el estómago.
¡Joder, sí que era guapa!
A su mente acudió el episodio que habían protagonizado en la playa. Su abrazo y el modo en que ella se había subido a su talle, aferrándose a él con las piernas. Y sintió el calor recorriéndole el cuerpo.
«Cuidado, Jorge, que te embalas», se amonestó.
En ese momento, una sombra se cernió sobre ellos.
— ¡Hola!
La voz cantarina y agradable resonó potente. Era la amiga de Juls.
Llevaba un bikini rojo, un pareo de color negro y gris y una bolsa de playa de mimbre. Tenía el cabello recogido en una larga trenza que le caía sobre un hombro y sus gafas de sol eran bastante similares a las de Juls.
— Os he visto desde allí. — Señaló un punto indeterminado de la acera
— . Te he traído tu móvil — le dijo a Juls. Y se lo tendió.
Esta lo cogió y lo dejó encima de la mesa.
— ¿Has dormido bastante?
— Como una muerta. Anoche bebí demasiado — gimió— . ¿Has bajado hace mucho?
— Hace un par de horas. He comido en la playa.
— ¿Quieres sentarte con nosotros? — ofreció Jorge, aunque, a decir verdad, le hubiera gustado seguir a solas con Juls, pero la educación se imponía.
— No — rechazó ella— . Quiero darme un buen chapuzón para despejarme. ¿Están tus amigos en la playa?
— Sí. Mira hacia allá. ¿Ves las barras de hacer ejercicio? Pues sigue en línea recta y junto a la orilla están ellos. Las toallas son azules.
— Genial. Pues me voy a acercar.
Jorge sonrió. En parte porque se volvía a quedar solo con Juls y en parte porque pensó en lo feliz que iba a estar Dani de que Mariu hubiera bajado a la playa.
— ¿Vas a volver? — le preguntó Mariu a Juls señalando la arena.
— No creo. Ya he tenido suficiente sol por hoy. Me quedo aquí a la sombrita.
— Vale, en un rato vendremos a molestaros — dijo su amiga bajándose las gafas y haciéndole un guiño que no pasó desapercibido para nadie.
— Anda, vete — resopló Juls— . ¡Borracha!
Mariu se rio y se alejó, agitando la mano.
Juls meneó la cabeza con diversión.
— ¿Os conocéis desde hace mucho?
— Desde el instituto, pero llevábamos un tiempo distanciadas y estas vacaciones nos están sentando muy bien. ¿Y tú y tus amigos?
— Desde el colegio.
— ¿Y tu acosadora? Ayer mencionó algo de que os conocéis de siempre.
Él gimió al tiempo que cerraba los ojos.
— Es así. Mi hermana y ella son amigas desde crías. Bea es hija de padres separados y siempre estaba por mi casa. Se puede decir que la he visto crecer.
— ¿Nunca habéis salido? Parece estar bastante interesada en ti.
— ¡Qué forma más sutil de decirlo! Está obsesionada conmigo, que no es lo mismo. Desde que cumplió los catorce años y se me ocurrió dedicarle una canción.
— Oh, entonces fuiste tú el que inició vuestra relación — se burló.
— Pfff, calla. Solo hice lo que mi hermana me pidió. Me estuvo persiguiendo hasta que le prometí que lo haría. Si llego a saber lo que iba a pasar después…
Recordaba el episodio como si hubiera sucedido el día anterior. Era Navidad y Erika se había puesto muy pesada insistiendo en que llamara a la radio y le dedicara la puñetera Last Christmas a Bea. Era su cumpleaños y aquella era su canción favorita. Además, le confesó, su amiga estaba supercolada por él. Por aquel entonces, él tenía dieciséis años y era bastante creído y que una de las amigas de su hermana estuviera pillada por él le pareció fantástico.
— ¿Lleva obsesionada contigo desde los catorce años? — inquirió con curiosidad.
— Intermitentemente. A veces, cuando tiene novio, se olvida de mí. Soy el hogar al que regresar cuando está soltera. Ahora lo está — farfulló.
Luego le dio un trago a su mojito.
— Pobre Jorge — murmuró Juls sin un ápice de pena en la voz.
— Sí, pobre de mí — suspiró— . Tengo mucha paciencia. Por cierto, no te he dado las gracias por lo de antes. Has estado sublime. Pensé que eras periodista, pero esa actuación…
— Lo del teatro es por afición — dijo ella.
— Pues el mundo de la interpretación ha perdido mucho dejándote escapar.
Ella rompió a reír.
Jorge no pudo evitar recordar el beso que habían intercambiado. Ligero, breve y del todo innecesario y, sin embargo, sucedió. Entornó los párpados fijándose con interés en sus labios.
Quería repetir.
— Tu hermana y tú no os parecéis en nada — dijo ella, sacándole de su ensimismamiento.
— Yo me parezco a mi padre — repuso con un carraspeo— . Ella ha salido a mi madre. Tiene el mismo pelo rubio y sus ojos azules. Es alemana
— aclaró.
— Oh, ¿entonces hablas alemán?
— Jawohl! 6 .
— Venga va — protestó ella con el ceño fruncido.
— Sí, hablo alemán — dijo y continuó explicándole— : Aunque mi madre lleva viviendo en España muchos años, su español es bastante
deficiente. Solemos hablar en alemán con ella.
Anna Schwarz había criado a sus hijos en un ambiente bilingüe para que conocieran ambos idiomas. Hablaba español, pero prefería utilizar su lengua materna con ellos. Había llegado a Benidorm con unas amigas en los ochenta, para pasar unos días de vacaciones. Las vacaciones se convirtieron en algo más cuando conoció a Tony Alba, en uno de los restaurantes de la playa. Él era de Madrid, pero estaba trabajando ese verano allí de camarero.
El flechazo entre ambos fue instantáneo. Solo cuatro meses después, se alquilaban un piso juntos en Benidorm, y dos meses más tarde, ella se quedaba embarazada de su hermano Diego.
— ¿Cómo sobrevive en España sin hablar español?
— Habla lo suficiente. Y no te creas, Benidorm es como un mundo aparte. Además de tener un microclima especial, somos un paraíso para los extranjeros y no solo para los ingleses. También te puedes encontrar tiendas y negocios alemanes, rusos y eslavos. Y noruegos. A solo unos kilómetros de aquí, en Alfaz del Pi, está una de las colonias noruegas más grandes del mundo. Yo vivo muy cerca.
— ¿No vives en Benidorm?
— Vivo en la playa del Albir, a siete kilómetros de aquí.
Ella asintió pensativa y alargó la mano para coger su vaso. Sorbió por la pajita.
— ¡Este mojito está de lujo! — exclamó y volvió a beber.
Él zambulló la vista sobre sus labios, que se fruncían en torno a la cañita negra. En realidad, no mostraban sensualidad alguna. Eran labios que bebían, nada más, pero Jorge los contempló con avidez.
— ¿Estás observando cómo chupo la pajita? ¿Como un pervertido? — le cuestionó ella con los ojos entrecerrados.
— Para nada — rechazó con un gesto vago de la mano y se concentró en su mojito— . ¿Has trabajado hoy, entonces, como comentaste ayer? —
Cambió de tema.
— Sí. Me he levantado temprano para escribir unos artículos que tenía pendientes de entregar. Ahora puedo relajarme un par de días. ¿Y tú, libras los fines de semana?
— No siempre, suelo trabajar. Esta mañana he currado.
— ¿Sí? Pues no lo parece. Tienes pinta de turista.
— ¿Y eso?
— Bronceado y con cara relajada como si solo te dedicaras a estar en la playa. ¿Qué haces para ganarte la vida aparte de pasar las horas muertas al sol?
Él se rio.
— Trabajo al aire libre. Soy instructor de buceo y también doy clases de windsurf.
— ¿Sí? Suena genial.
Jorge asintió. No le desagradaba lo que hacía, si bien no era su trabajo soñado. Había estudiado Ciencias del Mar y solo hacía un mes que había hecho una entrevista en el Oceanográfico de Valencia para trabajar en el departamento de Gestión de actividades de ocio y turismo relacionadas con el ambiente marino. Se hallaba a la espera de que le dieran una respuesta.
Ese sí que sería un trabajo al que le gustaría dedicarse.
— Nunca he buceado — confesó ella al cabo de unos segundos.
— Cuando quieras probamos — repuso él— . Tengo siempre el equipo conmigo en mi coche. — Señaló hacia el lugar donde solía aparcar su Nissan Patrol, al lado del aparcamiento para motos, pero fue el Porsche plateado de Rafa el que le saludó— . Bueno, hoy no…
— ¿Ese es tu coche? — Había asombro en la pregunta.
— Una pasada, ¿verdad? — lo dijo sonriendo de medio lado.
Ella miró al coche y a él alternativamente.
— No te pega — dijo al fin.
— ¿No?
— Te imagino más con un coche más grande, un monovolumen o un todoterreno.
— Tienes toda la razón del mundo, soy un chico de 4x4. Este no es mío.
Lo he ganado en una apuesta.
Ella le miró con la mandíbula desencajada.
— ¿Quién es el gilipollas que se apostó un coche así?
— A ver, me he ganado conducirlo durante una semana, nada más —
explicó— . Luego se lo tengo que devolver a su dueño que es mi amigo Rafa.
— Ah, vale… ¿Y qué tal va?
— ¿Entiendes de coches?
— Entiendo que han de tener un volante y asientos. ¿Este cumple con los requisitos?
Él se rio. Juls era graciosilla.
— Cumple con creces, si bien los asientos podrían ser más amplios.
Pero va genial, aunque lo he conducido poco. Mañana tengo que ir al aeropuerto de Alicante y lo probaré por la autovía.
Al día siguiente regresaba su madre de Berlín donde había estado las últimas semanas visitando a su familia y él se había ofrecido para ir a buscarla y así poder sacarle rendimiento al Porsche. Conducir por la ciudad a cuarenta kilómetros por hora era bastante aburrido.
Ella tardó en replicar mientras jugueteaba con la pajita, removiendo el hielo picado de su mojito.
— Lo mínimo que puedes hacer, en pago por todas las deudas que tienes conmigo es darme una vuelta, ¿no? Creo que me lo merezco — repuso con voz suave y sugerente.
— ¿Ahora? — inquirió él con sorpresa.
— Ahora estoy llena de arena y sería una lástima que estropease la tapicería. En otro momento, quizá.
Jorge no iba a dejar escapar esa oportunidad.
— Esta noche, cuando vaya a recogerte para ir a cenar, ¿te parece?
Ella vaciló durante unos instantes al tiempo que le escrutaba a través de las pestañas.
— Espera.
Trasteó con su móvil, moviendo los dedos a toda velocidad. Solo unos segundos después, sonó un pitido. Debía de ser un wasap que ella leyó con una mueca divertida.
— Me parece genial — dijo al fin, levantando la vista y mirándole de frente.
Los labios de Jorge se distendieron en una sonrisa traviesa mientras la observaba taxativamente. Juls coqueteaba con él; era descarada, resuelta y muy muy directa. Sin pelos en la lengua. Tal y como le gustaban las mujeres.
Y no era fea precisamente.
— ¿Le has pedido permiso a tu amiga?
— ¿Cómo lo sabes?
— Es obvio — dijo él, encogiéndose de hombros— . ¿Te lo ha dado?
— Sí. Nos ha dado su bendición — dijo con teatralidad.
— ¿No le importa?
— Para nada. Somos ambas bastante independientes.
Él asintió. Se la quedó mirando durante un rato, calibrando su expresión.
¿Quería ella lo mismo que él? Él estaba siendo muy franco. No le gustaban los rodeos.
— ¿Te parece bien si te voy a buscar a las nueve y media?
— Me parece fantástico — aceptó ella al tiempo que se humedecía el labio inferior con coquetería.
Sí, quería lo mismo que él. Era innegable.