Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 21 de 40

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Inolvidable

Capítulo 21

Juls

Salió al pasillo y cruzó la mirada con la mujer que se apoyaba en la pared al lado de la puerta. Se llamaba Andrea y era la hermana de la paciente que se encontraba ingresada en la habitación contigua a la de su padre. Habían hablado en unas cuantas ocasiones.

— ¿Hoy le dan el alta a tu padre?

— Pues no lo sabemos. Le han hecho nuevas pruebas esta mañana y estamos esperando los resultados. Ojalá — suspiró— . Ya estamos cansados de estar aquí. Y Silvia, ¿cómo está?

— Pues parece que bien. No muestra rechazo.

Silvia era la hermana gemela de Andrea. Le habían trasplantado un nuevo corazón.

— Me alegro mucho. Es fantástico. Seguro que dentro de poco os mandan para casa. — Señaló hacia el fondo— . Voy a la máquina a por una botella de agua. ¿Te traigo algo?

— No. No. Muchas gracias.

Juls se despidió y se encaminó hacia la sala de espera que había al final del corredor, donde se encontraba la máquina expendedora. Avanzó por el pasillo bordeado por numerosas habitaciones, sin dirigir la mirada a ninguna en especial. Conocía la mayoría de las historias que se gestaban detrás de aquellas puertas. Llevaba ya demasiado tiempo en esa planta del hospital.

Veinticuatro días.

Hacía tres semanas que le habían practicado una cirugía de bypass de la arteria coronaria a su padre y llevaba desde entonces en observación debido a unas pequeñas complicaciones. No obstante, según les había confirmado su cardiólogo el día anterior, era cuestión de pocos días que le dieran el alta.

Quizá, con suerte, en unas horas.

Sacó una botella de agua de la máquina y tomó asiento en una de las sillas. La abrió y bebió de ella con avidez. Le rugieron las tripas y volvió a dar unos tragos de agua para engañar al hambre. Hacía unas horas que había bajado a la cafetería a desayunar, pero no había comido, solo tomó un café.

Ahora se arrepentía de no haber ingerido nada sólido.

La sala estaba vacía, algo habitual a esa hora de la mañana ya que todavía no había comenzado el horario de visitas. Las paredes estaban pintadas en un discreto color beige y los suelos eran de linóleo azul. Los fluorescentes del techo emitían una desagradable luz mortecina y no había ventanas que diesen a la calle.

Miró la pantalla de su móvil y comprobó que ya eran las diez. Su madre no tardaría en llegar.

Durante los primeros días, había insistido en estar las veinticuatro horas junto a su marido en el hospital, pero Félix y ella habían logrado convencerla para hacer turnos. Ellos dos se encargaron de las noches, dejando que ella se quedara por el día. Su hermano Rodrigo también había subido desde Sevilla, pero solo había podido quedarse unos días. Cuando se aseguró de que su padre estaba fuera de peligro, regresó a su trabajo.

Juls se estiró e hizo girar la cabeza a un lado y al otro, desentumeciendo los músculos de los hombros y la espalda. Dormir en un hospital público como acompañante era una de las peores cosas que podían pasarle a alguien. Solo había un duro sillón reclinable junto a la cama del enfermo.

Uno podía intentar dormitar un par de horas, pero la postura era tan incómoda que no se descansaba ni un ápice.

Cruzó los dedos y rogó por que le diesen el alta a su padre.

Volteó el móvil entre sus manos, pensativa, antes de acceder a su cuenta de Instagram con ansiedad.

No era la primera vez que lo hacía ese día. De hecho, lo hacía cientos de veces todos los días, desde que localizó la cuenta de Erika y le dejó un mensaje.

Resopló frustrada al ver que todavía no lo había leído.

Pese a que el estado de salud de su padre no dejaba espacio para estar pendiente de muchas más cosas, la ausencia de información de Jorge seguía siendo su otra principal preocupación. Después de tantos días sin que él

hubiera dado señales de vida, estaba plenamente convencida de que algo malo había tenido que sucederle. Ni por un segundo creía que estuviera ignorándola a propósito. Aquel no era su estilo.

Dejó caer la cabeza hacia atrás y la apoyó contra la pared al tiempo que cerraba los ojos. Sentía un dolor sordo en el pecho que se hacía cada vez más profundo cuanto más pensaba en él.

El móvil comenzó a sonar, sobresaltándola. Era la canción que Jorge había elegido para ella: Nothing’s gonna stop us now , y una ola de profunda melancolía la embargó.

Le echó un rápido vistazo a la pantalla y vio el nombre de su amiga Mariu.

— Hola, Mariu.

— Hola bonita. ¿Cómo está tu padre?

— Bien. Es probable que le den el alta hoy.

— Me alegro un montón. ¿Y de Jorge sabes algo?

Juls se llevó la mano a la frente y se la frotó ligeramente.

— Nada. Y su hermana ni siquiera ha visto el mensaje — suspiró.

— Joder, es que no se me ocurre cómo averiguar algo más. No recuerdo el nombre del hotel donde trabaja Dani ni cómo se llama la agencia inmobiliaria de Rafa.

Había mucha impotencia en la voz de su amiga. La misma que sentía ella.

— Ya. Yo tampoco. Erika es mi única oportunidad. No he conseguido averiguar nada más de sus otros hermanos. Deben de tener las cuentas privadas. Y tampoco sé cómo se llama la imprenta de su familia — dijo desilusionada— . Me estoy temiendo lo peor. Son muchos días ya… — se le rompió la voz.

— Joder, Juls, es que no sé qué decirte. La cosa no pinta bien.

— No. No pinta bien.

Notó cómo se le estrechaba la garganta y se le humedecían los ojos.

— Vaya incertidumbre — murmuró Mariu.

Eso era lo peor de todo: el no saber qué había pasado.

En ese instante, las puertas de uno de los ascensores que había frente a ella se abrieron, dejando vislumbrar la figura de su madre.

Carraspeó con fuerza y se enjugó los ojos a toda velocidad. Lo último que necesitaba su progenitora era verla en ese estado, así que se tragó su pena.

— Mariu, te tengo que dejar. Mi madre acaba de llegar — cuchicheó.

— Ya me dices, ¿vale?

— Claro. Un beso.

Cortó la comunicación y se puso de pie.

Araceli Arrieta no aparentaba más de sesenta años, pese a que había cumplido ya los setenta y dos. Quizá fuera por su aspecto esbelto o porque su cabello no mostraba apenas canas. Iba vestida con un pantalón negro, un abrigo de paño de color gris y un chal floreado que se enroscaba en su cuello. Se encaminó hacia su hija y la estrechó entre sus brazos.

— ¿Qué tal noche ha pasado? — Fue la primera pregunta que salió de su boca.

Juls la puso al día con rapidez

— Le he dejado discutiendo con Hipólito — concluyó.

Hipólito era el compañero de habitación de su padre. Llevaban ya dos semanas juntos y sus ideas políticas eran algo contradictorias. Gracias al cielo, ninguno de los dos era demasiado cabezón ni se exaltaba con facilidad.

— Voy a poner paz — dijo su madre con una sonrisa condescendiente—

. Tienes cara de cansada — añadió, acariciándole la mejilla con suavidad—

. ¿Por qué no te vas? Ya estoy yo aquí.

— Prefiero quedarme hasta que pase el médico, por si acaso le dan el alta.

— Pues baja a la cafetería y distráete un poco.

— Sí. Sí. Voy a hacerlo — aceptó.

Su madre se despidió de ella y se internó en el pasillo camino de la habitación de su marido.

Juls se quedó quieta durante unos segundos sin saber muy bien qué hacer. Todavía sentía esa pesadez que le provocaba la angustia de pensar en Jorge. Quizá no era una buena idea ir a la cafetería y estar rodeada de personas ruidosas. Aunque permanecer en esa solitaria y tristona sala de espera tampoco le apetecía demasiado.

La decisión le fue arrebatada de improviso cuando su móvil comenzó a sonar de nuevo.

¡Mierda! De nuevo esa canción. Tenía que haberla cambiado para no morirse de tristeza cada vez que alguien la llamaba.

Aceptó la llamada a toda velocidad sin detenerse a mirar el nombre en la pantalla.

— ¿Qué tal noche ha pasado? — preguntó su hermano antes de que hubiera podido decir nada. Su voz cargada de energía y determinación le resultó reconfortante.

— Genial. Se durmió pronto y se ha despertado pronto también y de buen humor. Dice que tiene una corazonada y que sabe que hoy le van a dar el alta. Han venido a buscarle temprano para hacerle un electro y unos análisis y ahora estamos esperando a que pase el médico y nos diga.

— ¿Está mamá?

— Acaba de llegar.

— ¿Estás en la habitación?

— No. Estoy en la sala de espera. Iba a bajar ahora a la cafetería.

— Se te escucha desanimada, peque.

Suspiró. Su hermano siempre tan perspicaz.

— Estoy agotada. He dormido poco, la verdad. Estuve trabajando hasta la una de la mañana. Y cuando conseguí conciliar el sueño a eso de las dos o así, papá se puso a roncar en plan locomotora y me despertó. Solo he podido pegar ojo a ratitos.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

— ¿Solo es eso? ¿Cansancio? ¿Sigues sin saber nada de ese chico?

Juls agarró el móvil con rigidez. Hacía días que había hablado con Félix del tema y había tratado de hacerlo sin dramatismos, sin mostrar lo preocupada que estaba, pero parecía que su hermano no se había tragado su fingida indiferencia.

— Sigo sin saber nada — admitió en un susurro.

— Joder, Juls, ¿por qué no hablas conmigo? Estoy aquí siempre.

— Lo sé — reconoció con un hilo de voz.

De pronto, solo tenía ganas de llorar. Llevaba demasiado tiempo haciéndose la fuerte para no resultar una carga para su familia en un

momento tan delicado, y ya no podía más.

— Espérame abajo en la cafetería — dijo su hermano cortante— . Voy para allá.

— Pero Félix, tu trabajo…

— Puede sobrevivir unas horas sin mí — la interrumpió— . En treinta minutos estoy ahí.

La comunicación se cortó, pero Juls permaneció unos instantes más con el teléfono pegado a la oreja. Se encontraba dividida, una parte de ella deseaba el apoyo de Félix; necesitaba hablar con él y confesarle lo angustiada que estaba. Por otro lado, se sentía culpable por no haber sido capaz de controlar sus sentimientos y haber provocado que su hermano se preocupase por ella mientras que la situación familiar era tan compleja.

Las puertas del ascensor de la derecha se abrieron con un sonido chirriante y un celador con una silla de ruedas vacía salió de él. La saludó con una leve inclinación de cabeza a la que ella correspondió de igual modo.

Estaba a punto de guardarse el móvil en el bolso cuando un pitido le advirtió de una notificación. Casi con desidia, lo desbloqueó y echó un vistazo a la pantalla. En la parte superior aparecía el símbolo de Instagram.

Accedió a la aplicación.

Era un mensaje privado de @ErikaAS.

Hola Juls.

Y debajo de ese simple saludo aparecía intermitente la palabra Escribiendo.

Las piernas le flojearon. Se dejó caer en una de las sillas con pesadez mientras sus ojos se adherían a la pantalla con intensidad.

Era probable que no hubieran pasado más de unos minutos hasta que llegó el resto del mensaje, pero a ella le pareció que pasaban horas.

Perdona que no te haya contestado antes, pero acabo de ver tu mensaje.

La verdad es que los últimos días han sido complicados para mi familia.

Hace unas semanas Jorge tuvo un accidente de tráfico y está en el hospital.

Ha estado en coma, pero ya ha despertado. No te preocupes porque está bien.

Juls se llevó una mano al corazón que latía desbocado en su pecho.

Estaba horrorizada. ¿Un accidente? ¿En coma? El mal presentimiento que había tenido a lo largo de las semanas se convertía en realidad.

La palabra Escribiendo volvió a aparecer.

Pásame tu número de teléfono y te llamo ahora y te cuento con más detalle.

Se apresuró a mandárselo. Estaba tan nerviosa que se equivocó en dos dígitos y tuvo que rectificar.

Aguardó unos segundos más, pero, aunque Erika había visto su último texto, ya no volvió a escribir.

Agitada, se puso de pie y comenzó a pasear por la vacía sala de espera, tratando de asimilar la información que acababa de recibir. Le temblaban las manos y un poco también las piernas y sus oídos albergaban un potente zumbido.

¡Jorge había tenido un accidente de tráfico y había estado en coma!

¡Dios Santo! ¿Cómo habría sucedido? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cuánto tiempo había estado en coma exactamente? ¿Había sufrido alguna secuela?

Y si ya había despertado, como decía Erika, ¿contactaría con ella? ¿Tenía que quedarse mucho tiempo más en el hospital?

Su cabeza era un batiburrillo de preguntas sin respuesta.

— ¿Juls?

Se giró y vio a su progenitora que la observaba con semblante preocupado.

— ¿Estás bien, hija? Pareces al borde de un ataque de ansiedad.

Pestañeó un par de veces y trató de controlarse. Su madre no sabía nada de Jorge ni de sus cuitas y quería que eso siguiera así.

— Estoy bien, mamá. Es solo que… acabo de hablar con mi editora y me ha reclamado unos artículos que todavía no he escrito… — mintió.

— Qué ganas tengo de que encuentres otro trabajo. Siempre estás agobiada — suspiró con pesadumbre— . Creía que ibas a bajar a la cafetería — añadió.

— Sí. Ya me voy. Félix viene para acá. Estaremos abajo. Avísanos cuando pase el médico.

— Sí, yo os aviso — repuso al tiempo que se encaminaba hacia el aseo que se hallaba en una esquina de la sala.

Juls se acercó a los ascensores y pulsó el botón. Sabía que su madre no había entrado al baño y que la estaba observando; podía sentir sus ojos sobre su espalda. Se mantuvo erguida y con una postura de fingido desenfado. En cuanto la puerta se abrió, se apresuró a acceder al interior de la cabina y a pulsar el botón de la planta baja. Se pintó una sonrisa en la boca en beneficio de su progenitora que la estudiaba pensativa.

En cuanto las puertas se cerraron, la sonrisa impostada desapareció de su rostro y se derrumbó contra la pared metálica. Tenía un nudo enorme en la garganta y una vena había comenzado a latirle con violencia en la sien.

Jorge…

Su imagen se presentó claramente ante ella, con esa mueca canalla que solía componer y esos ojos suyos almendrados que siempre la descolocaban. Las ganas de escuchar su voz y de sentirle cerca le robaron el aliento.

Se llevó la mano a la boca tratando de controlar un sollozo.

«Por favor, que esté bien, que solo haya sido un susto… Por favor…».

Aferraba el móvil entre los dedos, como si la vida le fuera en ello. No quería guardárselo en el bolsillo del abrigo por si no lo escuchaba sonar.

Te llamo ahora…

Eso había dicho Erika.

Pero ¿cuándo era ahora?