Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 34 de 40

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Inolvidable

Capítulo 34

Juls

La puerta del apartamento se cerró tras ellos y, solo un instante después, Jorge la empujaba contra la pared y pegaba su cuerpo al suyo. Le acunó la cara con las manos mientras sus ojos se incrustaban en los de ella con una vulnerabilidad totalmente inesperada.

— Quizá no sea igual — murmuró y su aliento le acarició la mejilla— .

Quizá te bese y no sea como antes. Quizá eches de menos… algo.

Juls bajó los párpados y huyó de su mirada. Eran las mismas dudas e inseguridades que ella tenía.

Quizá eran los dos unos idiotas.

Vívelo, vívelo, vívelo.

La palabra se repitió como una letanía en su cabeza

Elevó la cara, decidida, y hundió sus pupilas en las de él. La belleza de sus ojos le suscitó un pinchazo en el pecho.

— Quizá no sea como antes — admitió en un susurro— . Quizá sea mejor.

Una sonrisa fugaz apareció en la boca de él. Sin perder ni un solo segundo más, se inclinó y la besó.

Juls gimió. Llevaba semanas soñando con aquel beso. Dulce y pasional al mismo tiempo. Suave y ardiente. Afectuoso e íntimo.

— No pares… — le suplicó cuando él se apartó unos milímetros.

La obedeció. Totalmente enfocado y sin mostrar ni un ápice de esa incertidumbre que se había deslizado en su tono hacía unos segundos, la besó como si no hubiese dejado de hacerlo en meses, como si no fuera su primer beso, como si la recordase perfectamente y supiera lo que anhelaba.

Con ganas y mucho deseo.

La besó como si la amara.

La nublada mente de Juls solo tenía una cosa clara: el hombre que estaba devorándola era el Jorge del pasado, ese del que se había enamorado, pero también era el del presente, con el que acababa de pasar un día maravilloso.

Era ambos.

Y juntos formaban una unidad perfecta.

Sus lenguas se encontraron y fue como si hubiera recibido una descarga eléctrica en el abdomen. Él le mordisqueó el labio inferior y ella se derritió por dentro.

¡Dios! ¿Cómo se podía besar tan bien?

Era igual que antes y diferente al mismo tiempo o quizá su memoria le estaba jugando una mala pasada.

El beso estaba superando todas sus expectativas.

Se separaron jadeantes después de una eternidad y Jorge la miró con los ojos empañados por la pasión.

— Ya sé que para ti no es nuestro primer beso — le dijo con la voz entrecortada— , pero…

— ¿Buscas escuchar algún cumplido? — le interrumpió ella casi sin aliento.

— Sí — reconoció con una sonrisa tímida, poco habitual en él.

Ella posó la mano sobre su áspero mentón en una caricia ligera.

— Ha sido impresionante.

Él emitió un ligero gruñido satisfecho y sus manos se colaron dentro de su blusa. Ella, al sentir sus callosos dedos acariciando sus costados, echó la cabeza hacia atrás y gimió. Él aprovechó para apoderarse de su cuello, depositando una senda de húmedos besos sobre su garganta.

Quizá porque habían pasado muchos días ansiando entregarse el uno al otro y se habían reprimido, o quizá porque los múltiples besos los habían encendido, pero una fiera fogosidad se desató en ambos. Él tiró de su mano impetuosamente y la condujo hasta el otro extremo del apartamento, hacia su dormitorio, sin separar sus labios de los de ella ni un instante. Cuando alcanzaron la cama apenas llevaban ropa, se habían ido deshaciendo de ella por el camino con cierta violencia, regando el suelo del piso con las prendas. Cayeron sobre el colchón, mientras sus piernas y sus brazos se enredaban.

— Voy a hacer que pierdas la cabeza — dijo él contra su boca— . Para que ni siquiera puedas respirar sin pensar en mí.

No hacía falta que se esforzase mucho más, se dijo Juls. Hacía tiempo que lo único que ocupaba todos sus pensamientos era él.

Pronto, tanto su sujetador como sus bragas habían desaparecido y los ojos de Jorge absorbían su desnudez con un brillo depredador.

— Joder, Juls. Eres tan preciosa — murmuró mientras le delineaba los senos con reverencia— . Te he imaginado así muchas veces, pero esto es más de lo que podía esperar.

Ella no contestó. Con la respiración entrecortada por la excitación se limitó a abrazarle y a besar el ángulo de su mandíbula con ansia. Necesitaba sentirle, tener su cuerpo pegado al suyo. Le había echado de menos de un modo intenso y arrebatador. Enroscó las piernas en torno a su talle y sintió la dureza de su miembro contra su piel. De alguna forma, él se había quitado los bóxers sin que ella fuera consciente de ello. El calor bañó su sexo.

— ¡Sí…! — El monosílabo escapó de su boca sin contención.

Él se apartó y la miró, tomándose su tiempo. Después, con exasperante lentitud, comenzó a recorrer el hueco que había bajo el lóbulo de su oreja con los labios. Sus movimientos se habían ralentizado y sus caricias eran mucho más ligeras y relajadas.

Juls suprimió una protesta. No quería dulzura. No era eso lo que necesitaba en ese momento. Al Jorge de antes se lo habría dicho sin dilación ni vergüenza, con franqueza. Con este todavía tenía sus reservas.

«Díselo», le instó una vocecita.

Él debió de percatarse de su inesperado cambio de actitud porque alzó la cara e izó ambas cejas. La miró con intensidad durante unos segundos.

— Dilo — le pidió, como si pudiera leerle la mente. Se le habían enturbiado los ojos, robándole un poco de aplomo.

— No quiero que seas suave — dijo ella, decidida, tras solo una breve vacilación— . Lo quiero todo. Ahora. La suavidad la podemos dejar para después.

Una sonrisa lobuna apareció en la masculina boca.

— Perfecto.

Sin preámbulos ni titubeos, se irguió para ajustar su postura y fue trazando con su lengua una línea mojada que abarcó desde la base de su cuello hasta el comienzo de su pubis. Juls dejó escapar un potente jadeo, pero no tuvo tiempo de nada más porque él aferró sus muslos con ambas manos y la obligó a abrirlos mientras se posicionaba entre ellos y comenzaba a descender.

No estaba preparada para lo que llegó a continuación. Su boca cálida y húmeda se hundió en su sexo con avidez.

— ¡Jorge! — gritó.

No era la primera vez que tenían sexo oral, sin embargo, todo parecía diferente, mucho más intenso. Él la devoró con ansiedad, de un modo febril.

Su lengua jugueteó con su clítoris una y otra vez, provocándole agudas sacudidas en el vientre. Apenas un par de minutos después un cosquilleo la avisó de que un potente orgasmo se acercaba. Con la mente entumecida por la intensa sensación, clavó los talones en la sábana, arqueó la espalda y liberó un grito estrangulado mientras cabalgaba en las olas de su clímax.

Fue una eternidad más tarde cuando, exhausta y satisfecha, consiguió elevar la cabeza y buscarle con la mirada.

Jorge se erguía sobre ella con una expresión vanidosa. Era evidente que su ego acababa de crecer hasta límites insospechados. Juls no pudo ni sonreír porque él dejó escapar un suspiro y pegó su boca a la suya.

— ¿Suficientemente rápido? — murmuró.

— Sí… — afirmó jadeante.

La besó con languidez mientras sus manos, que parecían fuego, recorrían su cuerpo, dejando huellas ardientes en cada centímetro de piel que acariciaban. Podía sentir su miembro hambriento y duro que presionaba contra su vientre, buscando fricción, y las ganas de sentirle en su interior la invadieron.

Él, como si estuviera dentro de su cabeza, se apartó para alargar un brazo y coger un condón de la mesilla. Con un par de hábiles movimientos, rasgó el envoltorio y se lo puso.

El cuerpo de Juls comenzó a vibrar ansioso. Le abrazó con delirio y le hizo sitio entre sus piernas de nuevo.

— ¿La suavidad la podemos dejar para después? — gruñó él, empleando sus mismas palabras.

No le contestó porque un calambre de excitación la recorrió de arriba abajo. Se limitó a gemir y a apretar sus musculosos glúteos con las manos, hundiendo los dedos en ellos.

La invitación era más que obvia.

Y así debió de entenderlo él, porque respiró hondo, elevó la pelvis unos centímetros y luego la dejó caer. Entró en ella sin prisas, paulatinamente, hasta que estuvo enterrado por completo en su interior.

Ambos gimieron.

— Prepárate para el polvo más corto de tu vida — jadeó él con una mueca mezcla de puro deseo y disculpa.

Esa frase eran tan Jorge que el pecho de Juls se llenó de calor.

Le acarició los musculosos pectorales con desordenado ímpetu y se arqueó para que su cuerpo estuviera más cerca del suyo. Era grandioso poder sentirle así, dentro de ella y aprisionándola contra el colchón.

Los movimientos de él se aceleraron y se volvieron más erráticos.

— Juls, Juls… — gruñó.

Y una última embestida le llevó a su final.

Ella se fijó en su cara. En su frente perlada de sudor. En sus párpados fuertemente cerrados con multitud de arrugas en sus extremos. En su nariz fruncida con las aletas dilatadas. En sus labios distendidos en un rictus algo salvaje que mostraba sus dientes superiores. En su mandíbula endurecida.

En las protuberantes venas de su tenso y humedecido cuello…

Una fantasía .

Le abrazó con fuerza mientras él se dejaba caer sobre su cuerpo respirando casi sin resuello.

— ¡Dios! — murmuró unos segundos después— . Eyaculación precoz me llaman… — Su tono de voz era sarcástico.

Juls notó una risa burbujeante gestándose en su pecho, pero la reprimió.

Sin embargo, la sensación de felicidad más absoluta se quedó con ella. Alzó una mano y le acarició la áspera mejilla hasta que él elevó la cabeza. Sus ojos color miel estaban cargados de veinte mil emociones diferentes: afecto, cariño, ternura, devoción… y amor.

Él le dio un beso en los labios antes de apartarse y salir de ella con sumo cuidado para poder deshacerse del condón. Sus movimientos eran algo torpes como si estuviese agotado.

Se tumbaron uno al lado del otro, mirándose fijamente. Sus sonrisas eran idénticas, perezosas y llenas de sentimiento.

— No voy a preguntarte nada. — Él alzó una mano y le retiró un mechón de pelo de la frente.

— Mejor. No tengo palabras. Ha sido perfecto.

–¿Perfecto? — El escepticismo rebotó en las tres sílabas. No obstante, no tardó en ponerse serio— . ¿Ya no tienes miedo?

— Ninguno — admitió— . ¿Y tú?

— Tampoco — repuso y le delineó el perfil con la punta de los dedos.

Repentinamente, las ganas de sollozar se apoderaron de ella. Había pasado los últimos meses en la inestabilidad más absoluta, pensando que jamás iba a recuperarle. Y ahora se daba cuenta de que, de algún modo, nunca le había perdido. Jorge siempre había estado ahí.

Él, tan intuitivo como siempre y sabiendo lo que necesitaba en cada instante, se aproximó y la abrazó con fuerza. Enterró la cara en su cabello y aspiró hondo.

— Siempre hueles a mandarina. Te parecerá tonto, pero creo que es el único recuerdo del pasado que tengo. Ese olor. Me fascina. ¿Recuerdas esa tarde en el Nevada cuando yo todavía no sabía quién eras?

— Sí — musitó. Había sido una tarde horrible.

— Cuando nos despedimos, te abracé y ese aroma tuyo me resultó familiar, como si lo hubiese olido antes. — Se detuvo y suspiró bajito— . Y

así era.

Ella no dijo nada porque no creía que pudiera hablar sin romper a llorar.

Se sentía frágil y vulnerable y no sabía muy bien por qué.

Se cobijó en sus brazos, buscando su calor. Después de la pasión que acababan de compartir, ahora necesitaba ternura y afecto.

Y él le dio ambos.

Se recrearon el uno en el otro, fundiendo sus pieles, intercambiando caricias suaves y besos sensuales y lentos. Jorge se convirtió en el Jorge de antes y la llevó al cielo, tocándola exactamente en los lugares de su cuerpo

que pedían a gritos ser tocados. Como si recordase cada recoveco y montículo de su figura, deslizó los dedos por las partes más sensibles de ella, como si fuera un violín y él un virtuoso de ese instrumento que supiera arrancar los más bellos acordes de sus cuerdas. Juls aceptó cada caricia, retorciéndose entre sus brazos, y le devolvió todas y cada una de ellas, generosamente, arrastrando las palmas de las manos por sus firmes músculos, haciéndole vibrar y provocándole gemidos guturales que resonaron con fuerza en el silencio del dormitorio.

Alcanzaron casi a la vez un clímax ardiente.

Todopoderoso.

Lleno de promesas.

Sus jadeos se mezclaron y él emitió una carcajada suave llena de felicidad que fue como música para los oídos de Juls.

Todo era perfecto.

Ese fue el último pensamiento coherente que tuvo antes de dormirse mientras los fuertes brazos de Jorge se cernían en torno a ella.

Perfecto…