Inolvidable
Capítulo 2
Jorge
— ¿Te falta mucho, Jordi Alba?
Jorge pudo escuchar la voz sofocada de Rafa de fondo, al otro lado del teléfono, a través de la música y los gritos.
— Coméntale a Nadal — le dijo a Dani, que era con el que estaba hablando realmente— , que en quince minutos estoy ahí. Que no falle el próximo saque, si eso.
Dani se rio.
— Te voy pidiendo una birrita.
— Genial.
Jorge colgó el aparato y sonrió de medio lado. Siempre que Rafa quería tocarle los cojones le llamaba Jordi Alba, como el conocido futbolista del Barça, aprovechando que se llamaba Jorge y que su apellido era, en efecto, Alba. Él correspondía a la broma refiriéndose al famoso tenista. Era una chiquillada que se repetía entre ellos desde hacía años.
Sus amigos le estaban esperando en La Sal. Él no había podido ir antes porque estaba en una cena con sus compañeros de trabajo, celebrando el cumpleaños de uno de ellos. Finalmente, hacía media hora había logrado escaparse y se había acercado a casa de sus padres, que le pillaba de camino, para cambiarse de ropa. Aunque se había mudado a su piso hacía unos meses, todavía tenía muchas cosas en el chalet familiar.
— ¡Diego! — llamó a su hermano sin elevar demasiado la voz— . ¡Me largo!
Este se asomó por encima del respaldo del sofá y asintió.
Aunque Diego tampoco vivía allí ya, solía quedarse a dormir con frecuencia. Había tomado por costumbre cenar con sus padres los viernes y permanecer todo el fin de semana en el chalet, aprovechándose de la piscina.
— Todavía estás a tiempo de venirte. Te espero mientras te cambias de ropa.
Diego le dio un bocado al sándwich que tenía en la mano y negó con la cabeza. Sus ojos azules tan diferentes a los del propio Jorge no mostraron ningún interés.
— Paso — murmuró— . Prefiero quedarme y ver el último capítulo de The Walking Dead .
— Pero si lo puedes ver cuando quieras — insistió.
— Paso, de verdad.
Jorge se encogió de hombros después de echarle una última mirada.
Diego trabajaba mucho y se divertía demasiado poco. Se estaba convirtiendo en un amargado.
— Pues tú mismo. ¿Nos vemos el domingo en la comida?
La pregunta era estúpida porque la comida de los domingos era sagrada.
Ningún Alba se la perdía.
Diego asintió.
Jorge se despidió y abandonó la casa. Atravesó el cuidado y moderno jardín por el caminito bordeado por palmeras enanas y focos de luz, y abrió el portón metálico que daba a la calle. A sus pies, a lo lejos, las luces de la palpitante noche de Benidorm, en plena ebullición pese a la hora, le saludaron en la oscuridad.
Su viejo Nissan Patrol, que había pertenecido a su padre, estaba aparcado frente a la propiedad. Era de color blanco con tiras naranjas en los costados y tenía unos cuantos golpes y bastantes arañazos en la carrocería que él no se molestaba en arreglar porque era su vehículo de trabajo. Lo utilizaba para transportar la vela y la tabla de surf y para llevar el material de buceo. Trabajaba como instructor PADI 1 en una escuela, además de impartir alguna que otra clase de windsurf.
Se montó en el coche y metió la llave en el contacto. El reloj del salpicadero le mostró que eran ya las dos menos cuarto de la mañana. Era tarde, pero tenía ganas de ver a sus amigos con los que hacía un par de semanas que no coincidía. Aunque no pensaba quedarse mucho tiempo por ahí porque tenía una clase a las once de la mañana con un grupo de niños. Y
tampoco pensaba beber. A lo sumo, un par de cervezas. Y punto.
De hecho, si quería ir a reunirse con ellos era para coger las llaves del coche de Rafa. Iba a intercambiarlo por el suyo durante una semana.
Todavía le costaba creer que su amigo hubiera aceptado aquella tonta apuesta en una noche de póker hacía dos fines de semana. Rafa había adquirido el Porsche 911 Carrera Coupé pocos meses antes. A pesar de que era de segunda mano, lo amaba con locura y lo cuidaba como si fuera su hijo.
El trayecto hasta el centro de Benidorm no se le hizo demasiado largo.
En poco más de un cuarto de hora dejaba el Patrol en un parking. La Sal estaba a solo quinientos metros de allí. Se internó en las callejuelas del casco antiguo de la ciudad y, en unos minutos, había llegado.
Había unos cuantos grupitos de gente en el exterior, charlando, fumando y bebiendo, observados por el portero del local desde la puerta, un tipo alto y cuadrado vestido de negro, al que Jorge conocía de vista.
Rafa y Dani también estaban allí, junto a la gruesa palmera que había en la entrada. Dani estaba fumando.
— ¿Qué pasa? — los saludó.
— ¿Qué pasa contigo, capullo? Llevamos aquí desde las doce —
respondió Rafa y le alargó un tercio de Mahou que llevaba en la mano.
— ¿Es mía? — Cogió la botella.
— Era mía, pero puedes quedártela. Todavía no la había empezado. Voy a por otra. Esperadme — dijo y se dirigió hacia la puerta. El portero la abrió y le cedió el paso.
Jorge se llevó la cerveza a la boca. Tenía sed y vació media botella de un solo trago.
— ¡Qué buena está! — exclamó.
— ¿Qué? ¿Estabas de cena de empresa? — inquirió Dani, dándole una calada a su cigarro.
— Tanto como de empresa — resopló— . Solo somos seis: Till, Nerea, Gema, Edu, Pablo y yo. Celebrábamos el cumpleaños de Edu y hemos estado en un asador nuevo que han abierto en la carretera de Finestrat. Unos chuletones de medio kilo que alucinas. Estaban de vicio.
— Joder, pues tenemos que ir.
— Pero no es barato.
— Que pague Rafa, que su cumple es el mes que viene — dijo con una carcajada— . O mejor, echamos otra partidita a las cartas y nos jugamos una cena, con lo malo que es, seguro que pierde y le toca pagar.
— Brindo por eso — repuso Jorge. Alzó la botella y le acompañó en su risa.
Rafa apareció en ese momento con su propia cerveza en la mano. No era muy alto y tenía un cuerpo fornido. Llevaba un pantalón blanco y una camiseta azul cielo. El pelo comenzaba a escasearle bastante, tema del cual no se podía hablar mucho porque le molestaba, de ahí que tanto Dani como Jorge lo mencionasen con frecuencia para tocarle las narices.
— Oye, se va aproximando la fecha del viaje a Turquía, ¿no? — dijo este último con los ojos burlones.
— ¿El viaje a Turquía? — Rafa puso cara de no entender— . ¿Estamos planeando un viaje y yo no me he enterado de nada?
— Estamos no, estás — intervino Dani, siguiendo la broma de Jorge.
Era vox populi que en aquel país se hacían los injertos capilares más baratos.
Rafa pareció caer en la cuenta de pronto y su boca se arrugó.
— Sois unos cabrones de mierda. Seguro que a ti te salen canas en breve
— le dijo a Dani y luego miró a Jorge— . Y a ti se te cae la polla.
— ¡Eh! ¿Por qué a él solo le salen canas y lo mío es tan jodido? ¡No es justo!
— ¡Te jodes, Jordi Alba! — exclamó— . Por cierto, tus hermanos están dentro. He visto a Erika con su amiga Bea y a Lukas con su novia.
— ¡Joder! ¿Bea también está? ¿Te ha visto?
El otro negó.
Bea era una de las mejores amigas de su hermana; desde hacía años estaba completamente loca por él, pero loca de un modo desquiciado. Había llegado incluso a seguirle unas cuantas veces. Él le había dejado muy claro que no quería nada con ella, pero era persistente.
— Entonces, me voy a pensar lo de entrar a saludar. No me apetece nada encontrármela. De todas maneras, el domingo voy a comer con ellos. ¿Os apuntáis a una tarde piscinera en el chalet de mis padres?
— ¿Van a estar las otras amigas de tu hermana? — inquirió Dani con palpable interés.
— Pienso que sí, pero sabes que no tienes ni una oportunidad, ¿verdad?
Tanto a mi hermana como a sus amigas les gustan los musculitos — soltó con desdén.
Dani era demasiado flaco y un poco desgarbado. Era tan alto como Jorge y tenía las extremidades muy delgadas y, con frecuencia, no sabía qué hacer con ellas. Solía tropezarse con sus propios pies o gesticular demasiado con las manos. Por lo demás, tenía un rostro agraciado con los ojos pardos y el pelo rubio más largo por delante que por detrás.
— La esperanza es lo último que se pierde. De tu hermana paso, porque sería como si me liara con mi propia hermana, pero su amiga Laura me puede — dijo con voz soñadora.
Jorge sonrió con conmiseración. Laura no era chica para él. Era una harpía que trataba fatal a todas sus parejas. No. No se merecía al buenazo de Dani.
— Bueno, Nadal, ¿cuándo me vas a dar las llaves del coche? — Cambió de tema y tendió una mano a su amigo.
Este giró la cabeza y fingió que le ignoraba.
Jorge soltó una risa mientras seguía con la mano extendida.
— No tienes corazón — masculló Rafa al cabo de unos segundos.
— Ninguno.
— Trátalo bien, por favor.
— Cuando te lo devuelva no vas a notar mi presencia en él. Te prometo que solo lo pondré a doscientos por Vía Parque, pero te juro que frenaré en las rotondas — se chanceó.
— Eres un capullo.
Terminó por tenderle las llaves.
— Déjame una vueltecita — le pidió Dani a Jorge con una risa sugerente.
— Cuando Rafa no esté presente — repuso este con un guiño exagerado.
— ¡Qué mamones sois!
Jorge hizo tintinear el llavero con el logo de Porsche en el aire.
— No me las enseñes, joder — murmuró Rafa sombrío.
— Bebé, el tío Jorge te va a tratar muy bien — ronroneó.
— ¡Cállate!
Dani rompió a reír.
— No habértelo apostado.
— No pensé que este capullo tuviera una mano tan buena — gruñó.
— ¿Cuándo puedo pasar a buscarlo?
— Te pasas mañana por la mañana y hacemos el intercambio.
— Te vas a tirar una semana llevando a tus clientes en mi horrible Patrol.
Jorge tuvo que morderse los labios para no volver a soltar otra carcajada.
La expresión de Rafa era de puro desencanto.
— Cogeré un coche de empresa. No puedo consentir que la gente normal se siente en ese coche. — Hizo unas comillas aéreas al tiempo que resoplaba— . Por cierto, he visto a una chica dentro, cerca de la ventana, que es tu tipo total — dijo y zanjó el asunto.
— Yo no tengo tipo — rechazó Jorge.
— Te gustan delgaditas y con aspecto travieso. Tipo duendecillo.
— ¿En serio? — inquirió con sorpresa.
Sus dos amigos asintieron.
Los miró confundido. Mentalmente pasó revista a las chicas con las que había estado en los últimos tiempos. Su exnovia, Claudia, era alta y delgada, con el pelo largo, negro y los ojos azules. Y María, la anterior, tenía el rostro redondo y pecoso. Ninguna encajaba. Para nada tenían el aspecto que ellos comentaban.
— Sara tenía una carita diminuta y las orejas un poco de soplillo, parecía un duende, no digas que no. Y Luna lo mismo.
— Pfff — bufó, haciendo un gesto desdeñoso con la mano— . Dos tías con las que me lie. ¿Y Claudia? Estuve con ella dos años y no tenía ni un rasgo de duende.
— Pero, por favor, no jodas — dijo Rafa— . Claudia era clavadita a Arwen de El Señor de los Anillos .
— Y Arwen era una elfa — concluyó Dani— . Y María, tu otra novia, tenía la nariz respingona y llena de pecas y los dientes superiores un poco
prominentes — dijo y cabeceó con suma convicción— . Si esa no es la apariencia de un típico duende…
¿Una elfa? ¿Un duende? Esos dos estaban gilipollas.
— La tía que he visto dentro es delgada y con el pelo rubio y corto —
continuó Rafa— . Y baila como si fuera a echar a volar. Campanilla total.
¿Campanilla? A Jorge le entró la risa.
— Echa un vistazo por la ventana, estaba ahí al lado — sugirió Rafa— .
Ya verás como lo que digo es cierto.
Jorge volvió a beber. Ni siquiera hizo amago de girarse hacia la ventana que había al lado de la puerta.
— Paso. Y, dime, Rafa — continuó, ahuyentando tanto la conversación como a la chica de su cabeza— . ¿Has hecho alguna venta esta semana?
Rafa era comercial inmobiliario en Visual Home, la agencia más grande y conocida de la ciudad.
— Esta semana no he vendido una mierda y mira que me he esforzado.
He estado todos los puñeteros días con los mismos clientes y les he enseñado un montón de pisos y ninguno los convence. El que no tiene el salón muy pequeño, tiene la cocina muy fea o la urbanización no tiene piscina o la plaza de parking es muy oscura. Nada. Un asco. Y la semana que viene sigo con ellos porque no se van hasta el miércoles. ¡Qué exigentes son estos alemanes! — pronunció con guasa.
Jorge le respondió con un encogimiento de hombros.
— A mí no me mires. Ya sabes que yo he salido a mi padre. Es mi hermano, Diego, el que es cuadriculado como mi madre.
La madre de Jorge era alemana y como muchos de sus compatriotas tenía la característica de ser muy metódica, organizada y poco flexible.
— Lo único positivo — continuó Rafa— , es que sé que no están viendo pisos con otras agencias y que solo están conmigo.
— ¿Por qué lo sabes? — preguntó Dani— . No sería la primera vez que un cliente te da la vuelta y se compra el piso que le has enseñado tú con otra agencia.
— Esta vez, lo sé. Pasan conmigo todas las horas del día. ¡Si hasta los he llevado a comer dos veces! Como no vayan a otra inmobiliaria por la
noche — se rio. Fue a darle un trago a su cerveza y se la encontró vacía— .
¿Queréis otra?
Jorge elevó su botella en el aire; también estaba vacía. Asintió.
— Entro yo — se ofreció Dani— . ¿Dónde dices que estaba Campanilla? — preguntó con malicia.
Los ojos de Jorge se fueron hacia el cielo, exasperados.
— Nada más entrar, a la izquierda, junto a la ventana. Tiene el pelo rubio cortito y lleva unos vaqueros cortos y una blusa blanca. Está con otra chica que tiene una melena superlarga.
Dani se alejó guiñando un ojo y con una risa flotándole en los labios.
— Qué pesados sois — murmuró Jorge.
Pronto, empezaron a hablar del próximo concierto de Ara Malikian que tendría lugar el fin de semana siguiente, al que Jorge y Dani pensaban asistir. A Rafa no le gustaba y había preferido no acompañarlos.
— Si viniera David Guetta sería otra cosa — dijo.
Jorge no tuvo tiempo de responder porque, por el rabillo del ojo, vio a Dani que salía del local con las tres botellas de cerveza en las manos. Iba haciendo aspavientos y movimientos espasmódicos de cabeza, señalando a su espalda.
Tras él, abandonaban La Sal dos chicas que iban riéndose con ganas.
Una de ellas podía presumir de una larga melena castaña y lucía un vestido rojo bastante llamativo. La otra era menudita y tenía el pelo corto y rubio, vestía con vaqueros y una blusa blanca. Y sus ojos castaños chispeaban cargados de travesura.
Campanilla.