Inolvidable
Capítulo 23
Juls
Se paseó por el piso muy inquieta, mirando el reloj de vez en cuando y soltando suspiros impacientes. Había deshecho el equipaje y se había cambiado de ropa veinte veces, insegura con su aspecto. ¿Pantalones o falda? ¿Camisa de flores o lisa? ¿Chaqueta de paño o cazadora vaquera? Al final se decidió por unos tejanos negros, sus Converse blancas, una camiseta de cuello alto de color rojo y una cazadora vaquera con adornos plateados.
Erika había quedado en ir a recogerla a las cuatro y ya eran menos cinco.
El viernes por la noche, después de pasarse toda la semana angustiada, recibió la ansiada llamada. La psicóloga había dado el visto bueno a un encuentro entre ella y Jorge. Solo les pidió que no forzasen la situación y que dejaran fluir los acontecimientos, pero les aseguró que era bueno que Jorge se viera confrontado con sus vivencias del pasado; eso podía ayudar a que sus recuerdos volviesen a él.
Apenas veinticuatro horas después de haber recibido la noticia, Juls ya había preparado su viaje relámpago a Benidorm. Envió a su editora unos artículos que tenía pendientes, habló con Mariu y le pidió las llaves del piso de sus padres, que esta le dio encantada, y se lo contó también a su hermano, que le ofreció su coche para que no tuviera que ir en autobús.
Había llegado a la costa hacía unas horas y la espera se le estaba haciendo eterna.
Iba a ver a Jorge.
Casi no podía creerlo.
Era domingo y, como todos los domingos, los Alba se reunían en la casa familiar. Erika había pensado que era una buena idea que Juls también estuviera presente. Si Jorge no era capaz de recordarla, la presentaría como una amiga suya.
Juls estaba histérica.
No se había atrevido a decírselo a nadie para no crearse falsas expectativas, pero, en secreto, tenía la esperanza de que él la viera y la recordase de inmediato. Una historia de amor tan bonita como la suya no podía haber desaparecido del todo. Aunque él no se acordase de la persona, tenía que sentir algo en su interior al encontrarse con ella. Los sentimientos tenían que seguir ahí, ¿no?
Ese era su gran anhelo.
Pero una vocecita interior se empeñaba en machacarla constantemente.
¿Y si no la recordaba? ¿Y si la miraba con indiferencia?
Probablemente, si eso sucedía, se echaría a llorar.
El sonido del timbre del portero automático la sobresaltó.
Con las piernas gelatinosas, se acercó al aparato.
— ¿Sí?
— Soy Erika. ¿Bajas?
— Sí.
Cogió la mochila de la mesita que había en la entrada y respiró hondo.
La suerte estaba echada.
Bajó los escalones con rapidez, casi sin darse cuenta de que iba conteniendo la respiración. Cuando llegó al portal, se detuvo y trató de insuflarse ánimos. A través del cristal de la puerta pudo vislumbrar la silueta de Erika. Estaba de espaldas y llevaba unos vaqueros y una cazadora de cuero negro. Su melena dorada reposaba suelta sobre sus hombros.
— Hola — la saludó con inseguridad nada más abrir la hoja metálica.
Erika se dio la vuelta y la miró con sus preciosos ojos azules tan diferentes a los de su hermano.
— Juls — repuso con una mezcla de simpatía y ternura. Acto seguido, la abrazó con fuerza.
Juls no lo esperaba y quizá por eso se le formó un nudo en la garganta al sentir los brazos de la otra estrechándola. Eran ambas de la misma estatura y complexión, pero ella se sintió pequeñita e indefensa en ese abrazo.
— Joder, cuánto lo siento…
No pudo pronunciar palabra. Sabía que si lo hacía rompería a llorar. Se apartó a duras penas. Los ojos de Erika también se habían llenado de
lágrimas, como los suyos.
— ¿Qué tal el viaje? — le preguntó al tiempo que daba un paso atrás.
— Bien. El coche de mi hermano es maravilloso.
Era un BMW X5. A ella no le gustaba demasiado conducir y no solía hacerlo, pero con un coche así incluso el viaje más largo resultaba cómodo.
— ¿Estás nerviosa?
— Sí.
Erika le cogió la mano y se la apretó ligeramente, gesto que Juls agradeció.
— ¿Có… cómo está? — le preguntó con un hilo de voz.
— Está muy bien. Quitando algún dolor de cabeza que otro, está bien.
Empezó la terapia el viernes y parece muy animado.
— ¿Sigue sin recordar nada…?
— Sí — contestó Erika.
Juls tragó saliva y asintió. Lo había esperado.
— Como ya te dije por teléfono, la psicóloga dice que debemos tener paciencia y seguir su ritmo.
— ¿Jorge sabe que habéis hablado de mí con su psicóloga?
— No. Él no estaba presente cuando reunió a la familia para explicarnos cómo debíamos comportarnos.
— A lo mejor no es una buena idea que yo haya venido — susurró.
— O sí. Vamos a verlo — la animó Erika, agarrándola del brazo— . He aparcado en la calle de al lado. Ven, vamos.
Se pusieron en movimiento una al lado de la otra, acompasando sus andares.
Cuando giraron la esquina y Juls vio el vehículo que había junto a la acera, se le aceleró el corazón. Era inconfundible.
El Nissan Patrol de Jorge.
Una maldición ahogada brotó de su boca cuando cientos de imágenes de momentos compartidos en aquel coche ocuparon su cabeza.
— ¡Mierda! — balbuceó al darse cuenta de que sus ojos volvían a humedecerse.
— ¿Estás bien?
Clavó la mirada en la de la rubia y simuló neutralidad. No podía desplomarse cada cinco minutos, se dijo. Tenía que ser fuerte.
— Sí. Estoy bien — articuló.
— Como Jorge no puede conducir, me he adueñado de Turbo. He pensado que sería mejor que venir a buscarte en mi moto.
Escuchó la explicación con la cara acartonada por una fingida sonrisa, sin decir nada.
— ¿Tus padres saben que voy? — inquirió una vez que se acomodaron en el interior.
— Sí. Y mis hermanos también.
— ¿Quién más está?
— Solo la familia e Iván, el amigo de Lukas. Creo que Dani y Rafa iban a pasarse más tarde. Nadie más.
Juls se sintió aliviada. Lo último que deseaba era que la amiga de Erika, la tal Bea, también estuviese presente. Cuantas menos personas fueran testigos de aquel encuentro, mucho mejor.
— ¿Qué es lo que sabe Jorge?
— Le he dicho que iba a buscar a una amiga. Y nada más.
Erika conducía de un modo similar al de su hermano. Lo hacía deprisa y con fluidez, cambiando de marchas con mucha seguridad. Se notaba que disfrutaba de la conducción y no tardaron demasiado en llegar a la urbanización en la que se encontraba el chalet de los Alba. El trayecto le resultó muy corto a Juls que tenía la mente en otro sitio. No paraba de imaginarse cómo sería el reencuentro. Cuanto menos tiempo faltaba para que Jorge y ella se vieran las caras, más agitada se sentía.
Una vez que el coche se detuvo frente al portón metálico y Juls descendió de él, se percató del calor que hacía. El tiempo era espléndido para encontrarse casi a mediados de diciembre. Se despojó de la cazadora y se la ató a la cintura con movimientos bruscos.
Erika le dio un rápido abrazo que pretendía ser tranquilizador, al que Juls no se vio capaz de corresponder porque estaba paralizada.
«Cálmate», le dijo una voz interior llena de sabiduría.
Imposible.
Se obligó a poner un pie delante del otro y a seguir a Erika al interior de la casa. Mientras cruzaban el caminito de grava, pudo escuchar la música y las conversaciones que provenían del jardín.
La sangre comenzó a fluir a toda velocidad por sus venas.
Estaba a punto de verle.
Atravesaron el salón y salieron al exterior.
Una conocida canción de Bon Jovi sonaba en el equipo de música.
Había dos grupos de personas. En uno de ellos, cerca de la plataforma de madera, se encontraba la madre de Jorge con Lukas y su amigo. En el otro, más cerca de la piscina, estaban Tony Alba, Diego y el propio Jorge. Este último tenía la espalda girada hacia la casa y no se percató de su llegada.
Anna Schwarz fue la primera en darse cuenta de que habían llegado y les hizo un gesto. Juls apenas si fue consciente de la sonrisa alentadora que le dirigió. Solo tenía ojos para Jorge.
Su amplia espalda estaba cubierta por un polo de color gris oscuro y sus piernas, enfundadas en unos vaqueros azules. Se mantenía erguido y se reía de algo que su hermano acababa de contarle.
Su risa…
Juls sintió una dolorosa punzada en el centro del pecho.
La mano de Erika se enroscó en torno a su muñeca y tiró de ella. Con el abdomen acalambrado, se dejó conducir hasta él.
Podía sentir los ojos de todos los allí presentes sobre su persona. Las conversaciones murieron y el silencio se impuso, solo interrumpido por los últimos acordes del tema que terminaba.
Todo parecía transcurrir a cámara lenta. Hasta la brisa semejaba haberse detenido. Solo el corazón de Juls bombeaba sangre a más velocidad de lo habitual. Bum bum bum resonaba como un eco ensordecedor en sus oídos.
Jorge, como si se hubiera dado cuenta del cambio en el ambiente, se dio la vuelta. Una sonrisa agradable rizaba sus labios.
Un hormigueo recorrió el cuerpo de Juls y la respiración se le atascó en la garganta.
— Jorge, esta es Juls — la presentó Erika con un suave carraspeo.
Él la miró. Su expresión no se alteró ni un milímetro.
— Encantado.
Era su voz cálida y ronca…
Era su voz… indiferente.
Las piernas de Juls se convirtieron en gelatina y su rostro empalideció.
El mundo se derrumbó sobre sus hombros.
No la había reconocido .
Jorge
Tenía un incipiente dolor de cabeza y solo quería largarse a su habitación, tumbarse en la cama y cerrar los ojos, pero no deseaba hacerle un feo a su familia que tanto se esforzaba por que se sintiese a gusto, así que se armó de paciencia, se tomó un potente analgésico y le pidió a su padre que bajara la música a un volumen apto para humanos. Esperaba que aquello fuera suficiente y que el dolor no derivase en una de las fuertes migrañas que padecía últimamente.
Aprovechó un momento en el que todo el mundo parecía distraído para buscar solaz en una de las tumbonas más alejadas. Tomó asiento y le dio un largo trago a la botella de agua que llevaba en la mano mientras su mirada paseaba por el jardín.
Sonrió condescendiente al contemplar a su familia.
Hacía casi una semana desde que le habían dado el alta y todavía seguían tratándole como si fuera de cristal y pudiera romperse. No dejaban que se esforzara de ninguna manera. Sabía que lo hacían con buena intención y lo aceptaba, pese a que le resultaba irritante. Todos estaban pendientes de su bienestar; le preparaban el desayuno, la comida y la cena y ni siquiera le dejaban acercarse a la cocina a ayudar. Si tenía ganas de pasear, alguno de ellos siempre estaba a su lado. Si quería hacer deporte o salir a correr, siempre llevaba a Lukas detrás. El día anterior, quiso bajar a Benidorm a comprar algo de ropa y, rápidamente, Diego — que odiaba ir de compras— se apuntó a acompañarle. Era como si se turnaran para que no estuviera solo jamás.
Y todavía le quedaba un mes más de aguantar esa sobreprotección.
Anhelaba que pasara el tiempo deprisa y que los médicos le levantasen la prohibición de conducir o ir a trabajar. Necesitaba su independencia.
Sobre todo, porque — exceptuando cierta confusión— se sentía bien.
Deseaba recuperar sus rutinas.
Hacía dos días había acudido a la consulta de la psicóloga por primera vez. La doctora Carmena resultó ser una mujer joven y de carácter enérgico.
Lo primero que hizo, después de presentarse, revisar sus informes médicos y plantearle unas cuantas preguntas de carácter personal, fue ponerle sobre
aviso de que ella no podía devolverle la memoria, pero sí podía ayudarle a gestionar sus cambios de humor y a aceptar y entender su nueva situación, ya recuperase los recuerdos o no.
Le recomendó que hablase con su familia y amigos sobre las experiencias vividas junto a ellos en el periodo de tiempo que había olvidado, o que viera fotos. Algo que quizá podría servirle como terapia de choque. No le prometía que nada de eso fuera a devolverle los recuerdos, pero podría actuar como detonante para despertar su adormecida memoria.
No obstante, también le aconsejó que no se centrase solo en el pasado, ya que podría suponerle un estancamiento, y que se enfocase en el presente y en el futuro. Que hiciera planes, de cualquier índole. Que viviera.
Jorge salió de la sesión con una actitud muy positiva, decidido a que su pérdida de memoria no le condicionara y a llevar una vida normal, si bien era cierto que ya se había visto obligado a hacer algunas concesiones. A veces, cuando se forzaba a recordar, una sensación de vacío se instalaba en su interior y le provocaba ansiedad. Por recomendación del médico, había comenzado a tomar ansiolíticos, aunque lo hacía a regañadientes. No quería depender demasiado de las pastillas.
Desde el otro lado del jardín, su hermana le saludó con la mano. Él respondió alzando la botella de agua. Después, sus ojos se posaron sobre su amiga. Juls, había dicho Erika que se llamaba. Suponía que aquel sería un diminutivo de otro nombre, quizá Julia. Era una chica no muy alta y de complexión esbelta. Con el cabello rubio cortito y cara algo traviesa en la que predominaban unos bonitos ojos castaños y unos labios gruesos curvados hacia arriba. Muy sugerentes.
Era guapa.
Le recordó a Campanilla, el hada de Peter Pan.
La contempló durante unos segundos más con el ceño fruncido, aprovechando que le daba la espalda mientras conversaba con su hermano Diego.
Había algo raro en ella.
Mejor dicho, él se sentía extraño en su presencia.
Era quizá por la forma en que le miró cuando los presentaron, con enorme intensidad, como si estuviese esperando algo de él. O el modo en
que parecía rehuirle cada vez que sus ojos se cruzaban. Llevaba toda la tarde esquivándole. Hablaba con todos los miembros de su familia con afecto y estos parecían corresponderle de igual manera. A él, por el contrario, le ignoraba flagrantemente.
¿Desde cuándo era amiga de Erika? Tenía que serlo desde hacía tiempo para que toda su familia estuviera tan volcada con ella. Hasta el frío e inalterable Diego la trataba con suma simpatía.
Al menos, su presencia no era tan molesta como la de Bea. Se alegraba de que Erika no la hubiera invitado aquella tarde. De haberlo hecho, él no habría podido estar tan tranquilo; Bea era demasiado irritante y pesada.
Volvió a beber un trago de agua y compuso un gesto. Lo que daría por una buena cerveza alemana. Pero le habían prohibido probar el alcohol hasta nueva orden.
Lukas se acercó a él y se dejó caer a su lado en la tumbona. Luego le pasó un brazo por encima de los hombros de modo paternalista.
— ¿Estás bien?
Jorge puso los ojos en blanco. Incluso el benjamín de la familia le trataba como si fuera un enfermo.
— Estoy genial. Por favor, como sigáis así me voy a largar de aquí.
— No sé por qué dices eso.
Le miró con una ceja arqueada y Lukas tuvo la decencia de sonrojarse avergonzado.
— Tío, entiende que estemos preocupados — masculló, apartando el brazo.
— Lo entiendo, pero no soy un anciano con alzhéimer ni un bebé que no pueda expresarse si se encuentra mal.
— Ya…
Hubo un silencio entre ambos antes de que Jorge decidiese cambiar de tema.
— Esa chica, ¿desde cuándo son amigas Erika y ella? — preguntó al tiempo que su mirada volvía hacia la joven de pelo corto.
Lukas se puso de pie con precipitación, sorprendiéndole.
— Eh, desde hace un tiempo… — respondió con vaguedad.
— Pero ya ha estado más veces aquí, ¿no? Lo digo porque parece que se lleva bien con papá y mamá. Bueno, con todos, en realidad.
— Sí. Ha estado más veces aquí… ¿Quieres más agua? ¿Te traigo otra botella?
Jorge le ojeó curioso. De repente parecía muy nervioso.
— No quiero más agua, gracias.
En ese instante sonó el timbre de la puerta y Lukas se alejó a toda velocidad. Desapareció en el interior de la vivienda, pero solo tardó unos segundos en regresar, acompañado por Dani y Rafa.
Jorge se incorporó sonriendo. Ya había visto a sus amigos hacía unos días, no obstante, su presencia era más que bienvenida. Ellos no le trataban como si estuviera convaleciente. Los vio saludar a su familia y se sorprendió cuando ambos se acercaron a Juls y le dieron un caluroso abrazo.
— ¿Qué pasa, Jordi Alba? Tienes buen aspecto. — Rafa se aproximó y le palmeó en la espalda con entusiasmo.
— Mejor que el tuyo seguro — repuso.
— No me hables, que anoche salí con compañeros del trabajo y terminamos a las tantas — bufó.
— Estás mayor, Nadal — se burló.
— Eso le he dicho yo — intervino Dani— . Ya no vale para trasnochar.
— Calla, capullo — le cortó Rafa ofendido— . Es que mezclé bebidas.
— Excusitas de señor mayor. Mi abuelo siempre se queja de lo mismo.
Rafa cogió a Dani por el cuello y le pellizcó la nariz. Dani se vengó dándole una colleja. Jorge soltó una breve risa al contemplarlos haciendo el imbécil. Algunas cosas no cambiaban en absoluto.
— Oye, ¿vosotros también conocéis a la amiga de mi hermana?
Rafa se le quedó mirando con mucha seriedad, pero no dijo nada. Solo le lanzó una mirada oblicua a Dani.
— Claro. Hemos salido unas cuantas veces… con ellas — repuso este último con la voz entrecortada.
— Es una tía muy maja — intervino Rafa con una sonrisa a todas luces falsa.
Jorge entornó los ojos. ¿Por qué reaccionaban ambos de esa manera tan singular?
No tuvo tiempo de preguntar nada más, porque pronto se enfrascaron en una conversación sobre un problema que había tenido Rafa con unos clientes. Luego, Dani puso también su granito de arena y les habló de su trabajo y de lo cansado que estaba de hacer noches. Jorge solo los escuchaba a medias, su vista se había desviado hacia el otro extremo del jardín. Sus padres habían comenzado a bailar agarrados. Lukas y su amigo Iván los jaleaban y silbaban entusiasmados.
La escena le generó una sonrisa.
De pronto, un móvil comenzó a sonar a su espalda y una conocida melodía llegó hasta él. Aguzó el oído con curiosidad.
¡Era Nothing’s gonna stop us now de Starship! Una balada ochentera que le encantaba.
Se dio la vuelta, buscando al poseedor del teléfono y la estupefacción le invadió al percatarse de que se trataba de Juls, que aceptó la llamada y se alejó unos pasos mientras se llevaba el aparato a la oreja.
¿Qué probabilidades había de que una persona a la que acababa de conocer llevara una de sus canciones favoritas como tono de llamada en el móvil? Una canción que poca gente de su edad conocía. No era muy común encontrarla en esos tiempos.
Era insólito.
— Eh, te estoy hablando. — La insistente voz de Dani le hizo retornar a la realidad.
— Perdona, ¿qué has dicho? — Trató de concentrarse en su amigo.
— Que el fin de semana que viene vamos a organizar una comida de Navidad. Que si te apuntas.
— Claro — repuso distraído.
— Se lo podemos decir también a Óscar y a Iker.
— Como veáis.
Dani empezó a hablar de posibles restaurantes a los que ir y Jorge desconectó de nuevo. Seguía pendiente de los movimientos de Juls, que había vuelto a guardarse el móvil y se acercaba a Erika y a Diego para continuar hablando con ellos.
Esa chica le intrigaba.
El tiempo transcurrió muy deprisa y el crepúsculo no tardó en convertir el cielo en naranja y violeta. El ambiente de la reunión se fue ralentizando y, poco a poco, todos buscaron asiento en las tumbonas o en el banco que había junto a la puerta del salón mientras conversaban con tranquilidad.
Quizá fue la casualidad o quizá fue él mismo el que provocó que, poco antes de que la oscuridad se cerniese del todo sobre el jardín, Juls y él se encontrasen a solas. Ella se acercó a la mesa para coger una botellita de agua y él se situó a su lado, percatándose en el acto de lo menuda que era.
— Siento no acordarme de ti — le dijo en voz baja.
Ella se giró con brusquedad y, al encontrarle tan cerca, la botella estuvo a punto de deslizarse de entre sus dedos. La rescató en el último segundo.
— Oh… no pasa… nada — logro articular.
De cerca era mucho más guapa que de lejos, constató él.
Las ganas de involucrarla en una conversación le sobrepasaron.
— ¿Mi hermana y tú sois amigas desde hace mucho tiempo?
— Unos meses — murmuró.
La observó a hurtadillas. Era obvio que lo último que deseaba era quedarse allí, hablando con él. Su incomodidad era palpable. No entendía por qué parecía tan amigable con todo el mundo y a él le trataba con esa hostilidad.
— ¿Hemos tenido algún problema tú y yo? — le preguntó de repente con el ceño fruncido.
— ¡No! — exclamó ella con rapidez. Con demasiada rapidez. Y dio un paso atrás.
— ¿Seguro? — continuó con escepticismo.
— Seguro.
Hubo una pausa después de eso, que él aprovechó para coger una lata de refresco y abrirla.
— Es un poco frustrante no acordarse de las cosas, ¿sabes? — admitió antes de beber un trago.
La música que sonaba de fondo se mezclaba con las conversaciones y Jorge tuvo la sensación de que todo el mundo estaba pendiente de ellos.
Ella tardó en reaccionar. Seguía mirando en otra dirección. Desde que él se había acercado, había evitado que sus ojos se cruzasen.
— ¿Lo… llevas mal? — le preguntó al fin.
— No lo llevo muy mal, aunque a veces se me hace un poco cuesta arriba, como hoy, cuando me presentan a gente que se supone que yo debería conocer. No sé muy bien cómo reaccionar. — Se encogió de hombros con indiferencia— . Lo cierto es que mi vida no ha cambiado mucho en estos últimos dos años, así que no tengo la sensación de haberme perdido muchas cosas — concluyó.
Ella bajó los párpados y acarició la botella distraídamente con la punta del dedo índice.
— ¿Te… gustaría recuperar tus recuerdos?
— Por supuesto que me gustaría. Es como tener un puzle en la cabeza al que le falta una pieza. ¿Quién no querría completar el puzle? — se rio— .
Pero si no sucede y la pieza nunca aparece, tendré que seguir viviendo sin ella. Me acostumbraré.
Quizá, si no hubiese estado tan atento a sus reacciones, habría pasado por alto su repentina palidez, pero como la observaba con fijeza se percató al instante. Perplejo, se preguntó de nuevo si habría dicho algo ofensivo. No entendía a esa mujer. Era demasiado enigmática. Quizá fuera solo timidez, aunque con los demás no parecía demostrarla.
— Por cierto — dijo, cambiando de tema— . Tu tono de llamada es una de mis canciones favoritas. Soy muy fan de la música ochentera.
— Eh, sí… — balbuceó.
— Qué casualidad que nos guste la misma canción, ¿no? Es poco común.
Una mueca cargada de tristeza se reflejó entonces en las facciones de ella.
¿Por qué reaccionaba de ese modo tan peculiar?
— Sí, qué casualidad — murmuró.
Después de eso solo hubo silencio. Y Jorge se devanó la cabeza sin saber qué decir para romper el momento embarazoso. Tenía la sensación de que, dijera lo que dijera, ella seguiría mostrándose a disgusto.
A lo mejor nunca le había caído bien, se dijo. No solía sucederle, desde luego. Se tenía por un tipo afable que hacía amistades con facilidad. Pero siempre había una primera vez para todo, ¿no?
— Es tarde. Me tengo que ir — dijo ella de pronto.
— Espero que volvamos a coincidir.
— Claro.
Aquellas dos últimas sílabas llegaron acompañadas de la sonrisa más falsa que hubiera visto en su vida. Luego, ella dejó la botella sobre la mesa
— que ni siquiera había abierto— y se apresuró a alejarse.
Eso solo podía calificarse como una huida en toda regla.
«Vale. No le caes bien y punto. Acéptalo».
Era una lástima porque esa chica tenía algo que le resultaba de lo más interesante.
Le dio un trago a su refresco y se alejó hacia la tumbona donde estaban Rafa y Dani.