Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 4 de 40

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Inolvidable

Capítulo 4

Juls

Se giró en cuanto escuchó su voz. Una voz cargada de matices, ronca y muy sexi. Quizá era así siempre o quizá la noche y el alcohol la habían transformado. No lo sabía, pero le resultó tremendamente atractiva.

Y el físico acompañaba.

Era bastante más alto que ella, por lo menos unos quince o veinte centímetros. Ancho de espaldas. Y guapo. Mentira; decir guapo era quedarse corta. Era un tío bueno, eso no lo podía negar. Tenía la piel muy bronceada y su pelo corto era castaño claro. Sus ojos, debajo de unas cejas bien delineadas sin ser demasiado estilizadas, presentaban una tonalidad similar a su cabello, una mezcla de miel y almendra. Tenía la nariz recta y una boca generosa. Y la sombra de una barba de tres días oscurecía su mentón.

Sin detenerse a pensar si estaba siendo demasiado descarada, sus ojos escrutadores descendieron por su torso.

Llevaba unos amplios pantalones blancos de lino y una camisa gris con los últimos botones desabrochados por los que asomaba su pecho musculoso carente de vello, sobre el que reposaba un colgante plateado.

Sí, era todo un espécimen del sexo masculino.

Muy apetitoso.

Y no se parecía en nada a Sergio.

Mejor.

Ahora solo faltaba que abriera la boca y dijera algo inteligente y no balbucease como solía ocurrir con muchos de los guaperas con los que se encontraba.

«Por favor, no balbucees», suplicó en silencio.

— ¿Has acabado ya con el examen? ¿Me subo la camisa? — dijo él con tono desafiante.

Vale, no era un balbuceo.

— ¿Te la subirías? — le retó.

— Depende de lo que pudiera ganar con ello. — Fingió mostrarse pensativo.

— ¿Una palmadita en la espalda?

— Si la palmadita fuera en otro sitio…

— ¿En qué sitio? Podemos discutirlo…

— ¿Aquí?

Pronunció aquellas dos sílabas con un ronroneo. Un ronroneo que le entró a Juls por los oídos y le bajó hasta la parte baja del estómago, provocándole un vuelco en él. ¡Joder!

— De momento, aquí. Quizá más adelante podamos discutirlo en otro sitio — le desafió. Ella también sabía jugar a ese juego.

— Estoy deseando que llegue ese más adelante…

— Perdonad, pero yo también estoy aquí — se inmiscuyó Mariu.

Juls giró la cara y la miró con sorpresa. Casi se había olvidado de ella.

El sex appeal de aquel chico era tremendo.

— Perdona — murmuró él, y aunque se dirigía a su amiga, seguía mirándola a ella— . Me llamo Jorge.

— Yo soy Juls y ella es Mariu.

— ¿Juls?

— Bueno, me llamo Julia, pero todo el mundo me llama Juls.

Intercambiaron besos. Fueron rápidos y sin atisbo de coqueteo.

— Estos son Rafa y Dani — presentó a sus dos amigos que se habían acercado sin que ella se diese cuenta.

Hubo más besos y saludos.

— ¿De dónde sois? — inquirió el tal Dani, situándose al lado de Mariu.

Era delgado y alto. Tenía el pelo rubio y los ojos pardos y no estaba nada mal.

— De Madrid — repuso esta.

— Yo voy mucho por Madrid — continuó— . Tengo familia allí. ¿De qué parte?

— Yo vivo en Aluche y Juls vive cerca de Atocha.

— Yo estuve por Atocha hace unos meses en un curso — intervino Rafa

— . Me hospedé en un hotel que hay allí. Hotel Rafael.

— Sí, lo conozco. Está cerca de mi casa — contestó Juls.

— ¿Estáis de vacaciones? — preguntó Dani.

— Sí, hemos llegado esta mañana — respondió Mariu.

— ¿Estáis en algún hotel?

— No. Mis padres tienen un apartamento en Poniente.

— La mejor playa. Mucho mejor que la de Levante — dijo el tal Rafa con una sonrisa.

Era más bajito que los otros dos y un poco más fornido, además de padecer una prematura alopecia. Y no era muy agraciado. Tenía la nariz excesivamente larga y los ojos demasiado juntos.

— Sí. Yo llevo viniendo aquí desde que era pequeña. Es la primera vez para Juls.

— ¿Es tu primera vez?

La pregunta la efectuó Jorge, que había permanecido silencioso. Su tono de voz sonaba muy normal, pero Juls, que estaba muy pendiente de él, creyó reconocer un ápice de picardía.

Se dio la vuelta para encararle y se encontró con sus taladrantes ojos almendrados rodeados de pestañas oscuras.

Que estaba interesado en ella era evidente.

— Sí. Es mi primera vez… — dejó caer con un tono similar al de él— , en Benidorm — añadió con una sonrisa irónica.

Vale, puede que ella también sintiera algo de interés.

Él se llevó la cerveza a la boca y la estudió sin pudor alguno de arriba abajo.

Ella le examinó con el mismo desparpajo. Llevaba una pulsera de cuero y acero y un grueso anillo de plata en el dedo corazón. Se fijó también en el colgante que asomaba por los bordes de su camisa. Era una plaquita redonda que parecía tener algo grabado en ella. Normalmente, no le agradaban mucho las joyas en los hombres, pero Juls tenía que reconocer que todos esos complementos que lucía acentuaban su masculinidad.

Vale, era guapo, interesante y sexi. Y no balbuceaba.

— ¿Y qué te parece? — le preguntó él.

— ¿Qué me parece?

De pronto, la mente se le había quedado en blanco y no tenía ni idea de qué estaba hablando.

— Benidorm.

— Ah, claro, eh, Benidorm. — Se sintió como una tonta al notar que se sonrojaba. Aquello no solía pasarle— . Pues lo que he visto hasta ahora me gusta, aunque solo hemos estado en la playa y aquí.

— Necesitas un guía que te enseñe la zona.

— ¿Vosotros sois de aquí?

— Sí. Bueno, Dani ha nacido en Alicante, pero ha vivido aquí toda la vida.

Después de eso no se dijeron nada, se limitaron a lanzarse un par de miradas de reojo. Los demás parecían muy entretenidos hablando de todo un poco.

— ¿Dónde tienen tus padres el apartamento? — preguntaba el alopécico

— . Quizá lo conozca.

— En el edificio Rocamarina. Está frente al centro de salud.

— Ah, sí. Ya sé dónde es. Trabajo muy cerca de allí.

— ¿A qué te dedicas?

— Soy agente inmobiliario. ¿Y tú?

— Soy psicóloga.

— Yo soy recepcionista en un hotel de Levante — intervino el tal Dani con avidez. Se notaba a las claras que quería tirarle la caña a Mariu.

— ¿En Levante? Recuerdo que cuando era pequeña mis padres me llevaban a un parque de atracciones pequeño que había por allí — dijo ella.

— ¡Festilandia! — exclamó él— . Nosotros también íbamos cuando éramos unos críos. Es un clásico. Seguro que hemos coincidido — añadió con zalamería— . Aunque no creo, a una chica tan guapa la recordaría.

Juls resopló para sus adentros. ¿Se podía ser más torpe? Sin embargo, Mariu parecía encantada. Aleteaba con las pestañas y solo le faltaba elevar un pie en el aire y mecerse a un lado y al otro.

— Creo que tu amiga y mi amigo están hechos el uno para el otro — le dijo Jorge, inclinándose para que nadie más pudiera escucharle.

— ¿Tú crees? — preguntó. Se llevó la cerveza a la boca y la vació de un último trago.

— Es indudable. ¿Quieres otra?

— No. He alcanzado mi límite. Mañana tengo que madrugar para trabajar.

— ¿Trabajar? — cuestionó él sorprendido— . Pensé que estabais de vacaciones.

— Bueno, algo así. Soy periodista y tengo que entregar unos artículos.

En la práctica, puedo trabajar desde cualquier lado.

— Mi hermano pequeño está estudiando periodismo. Este año empieza segundo.

— Pues dile que se prepare porque las oportunidades laborales son bastante escasas.

No quería ser desagradable, pero las cosas no pintaban demasiado bien para los nuevos graduados.

— ¿Tú no trabajas como periodista?

— Lo hago, pero no exactamente donde habría deseado.

Él no dijo nada. Se limitó a darle un trago a su tercio. Luego, dejó la botella en el alféizar de la ventana, junto a la de ella.

Pese a que solo eran cinco, se habían creado dos grupos. De algún modo, Jorge y ella mantenían su conversación en voz baja, algo apartados de los otros tres, que seguían hablando de lugares comunes que habían visitado. El tal Rafa se limitaba a observar cómo su amigo le tiraba los tejos a Mariu.

— ¿Tu amiga está soltera? — le preguntó Jorge ahora.

— Sí.

— ¿Y tú?

— ¿Necesitas saberlo por algún motivo especial? — le lanzó con tono provocador.

— Es obvio, ¿no?

— ¿Y tú? ¿Tienes pareja?

— No la tengo. Pero no me has contestado.

Juls le sonrió. Sí, estaba soltera, pero hacía tan poco tiempo que todavía no se había acostumbrado a admitirlo en voz alta.

Iba a hacerlo, cuando se escuchó una voz chillona.

— ¡Jorge!

Jorge

¡Por Dios! ¡Ahora, no!

Un gemido lastimero estuvo a punto de escapar de su boca al escuchar su nombre pronunciado en ese tono demandante justo a unos metros a su espalda. Pestañeó antes de reaccionar a toda velocidad. Le pasó un brazo por encima de los hombros a Juls y bajó la cara para murmurarle al oído:

— Finge que eres mi novia. Será solo un momento. Por favor.

Ella no trató de apartarle, pero la sintió envararse bajo su contacto.

— ¡Estás aquí! ¡No lo sabía!

La aguda voz de Bea llena de complacencia se le introdujo hasta el tuétano. Soltando un juramento silencioso, se dio la vuelta y se encaró con ella, arrastrando a Juls tras de sí, que no opuso resistencia.

Bea se hallaba a solo un metro de distancia. Como era su costumbre, lucía un vestido de lo más sugerente, azul, ajustado y sin tirantes que ponía de manifiesto su generosa delantera. Sus ojos verdosos le recorrieron de arriba abajo con glotonería, como si fuera un helado y ella una niña ávida de dulce.

— ¡Qué genial que estés aquí! — continuó, ignorando por completo a Juls— . ¿Te tomas algo conmigo?

— No — respondió él con sequedad— . Estoy con mi novia. — Y para corroborar su aseveración, estrechó a la joven con firmeza contra su cuerpo de un modo posesivo.

Aquella última palabra pareció penetrar por fin en el cerebro de Bea, que entreabrió la boca con asombro. Terminó por dirigirle a Juls una ojeada llena de desdén.

— ¿Tu novia? ¿Desde cuándo? — inquirió de malos modos.

— Desde hace un tiempo.

— Y yo, ¿por qué no lo sabía?

Jorge endureció la mandíbula. Si le consentía tanto a Bea era solo porque era la amiga de su hermana.

— ¡Eh, Bea! — la llamó Erika que llegaba corriendo— . Creía que nos íbamos.

— ¡Pero no me has dicho que tu hermano estaba aquí!

— Porque no lo sabía — mintió su hermana y le lanzó una mirada de disculpa.

Jorge la tranquilizó con un gesto.

— ¿Tú sabías que tu hermano tenía novia?

Erika vaciló unos segundos antes de asentir con energía.

— Claro. Llevan saliendo un tiempo. — La mentira salió con facilidad de su boca. Y Jorge la felicitó en silencio.

— ¿Y tú la conoces?

— En persona, no.

— Perdonad que me inmiscuya — intervino Juls con suavidad— . Pero estoy presente. Si queréis saber algo de mí, estoy aquí mismo.

Jorge se rio y volvió a estrecharla con fuerza. Le gustaba aquella chica.

— Esta es Juls — la presentó.

— Hola, yo soy Erika, su hermana. Y esta es mi amiga Bea.

Hubo un intercambio de besos raro. No por parte de Erika, sino porque Bea no dejaba de mirar a Juls con un mohín desagradable.

— A decir verdad, nosotras ya nos íbamos — dijo Erika.

— ¡Espera! — llamó Bea y, luego, miró a Juls con todo el descaro del mundo y le preguntó— : ¿De dónde eres?

— De Madrid. ¿Y tú?

— Yo soy de aquí. Y conozco a los Alba de toda la vida. Soy como de la familia.

— Pues muy bien. Me alegro muchísimo — repuso Juls con sarcasmo.

Jorge ignoró la expresión de suficiencia que había en el rostro de Bea.

Aun a riesgo de meter la pata, bajó la cara y le dio un beso en la sien a Juls, que giró la cara y se dejó besar.

La expresión de Bea se tornó tormentosa.

— ¿Cuánto tiempo lleváis juntos? — escupió.

— Unos meses. Aunque es una relación a distancia las cosas funcionan muy bien — respondió él— . ¿Verdad, amor?

— Sí — repuso ella. Y acto seguido, deslizó el brazo por su espalda e introdujo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón.

A pesar de que era puro teatro, a Jorge le agradó la caricia.

Bea parecía a punto de estallar. Sus mejillas estaban rojas de indignación.

— Nos están esperando — insistió Erika, tirando de su brazo.

A regañadientes, se dejó arrastrar, pero sin quitarles la vista de encima.

— El domingo nos vemos, ¿no? — dijo cuando ya se habían alejado unos metros.

Jorge la ignoró. Se giró hacia Juls y fingió enterrar la cara en su cuello para besarla. Y se quedó en esa posición unos cuantos segundos, notando su cuerpo pegado al de él. No pudo evitar aspirar con fruición. Olía muy bien.

— Ya se ha ido — dijo Dani al cabo de unos instantes.

Jorge alzó la cara y se apartó un paso, lamentando tener que hacerlo. El abrazo había resultado ser muy placentero. Juls le miraba con las cejas arqueadas.

— ¿Qué ha sido eso? — preguntó Mariu con el ceño fruncido.

Tanto ella como Dani y Rafa habían permanecido en silencio, siendo testigos mudos de la escenita.

— Eso ha sido mi acosadora particular. No me la puedo quitar de encima — respondió Jorge con un suspiro— . Y muchas gracias. Si no llegas a estar tú — se dirigió a Juls— , se habría quedado y me habría jodido la noche.

— ¿Esto te pasa con frecuencia? ¿Te acosan las mujeres? — inquirió ella con sorna.

— En plural, no. Me acosa esa mujer. La he rechazado en cientos de ocasiones, pero es muy insistente. Y tampoco quiero ser muy brusco, es la mejor amiga de mi hermana, pero joder…

— Es una pesada — intervino Rafa— . La última vez que nos la encontramos se colgó de su brazo y se quedó hasta la madrugada.

— ¿Eso significa que me debes una? — preguntó Juls.

— Puede ser — repuso él con tono provocador— . ¿Cómo quieres que te pague?

Ella fingió mostrarse pensativa y a él le pareció encantadora con la nariz arrugada y los ojos chispeantes. Sí, le gustaba aquella chica.

— Me lo voy a pensar.

— Hazlo. ¿De verdad que no quieres otra? — insistió, señalando su botella vacía.

— No. Tenemos que irnos, ¿verdad, Mariu?

Su amiga la miró con un puchero, pero la expresión en el rostro de Juls era inflexible y esta terminó por asentir.

Jorge estaba a punto de preguntarle si podían verse al día siguiente, cuando Dani se le adelantó.

— ¿Vais a bajar mañana a la playa?

La tal Mariu debía de haberle dado fuerte porque no solía ser tan directo.

Su timidez era de sobra conocida.

— Sí, iremos por la tarde — respondió ella— . Solemos ponernos por donde el Massai.

— Pues genial porque nosotros también vamos a ir.

Jorge se quedó mirando a Juls que estaba muy silenciosa mientras escuchaba a su amiga hacer planes. Le hubiera gustado saber qué se le estaría pasando por la cabeza en ese momento, pero su expresión era bastante neutral.

— Entonces, ¿nos vemos mañana? — le preguntó, deseando ver algún signo en su cara que denotara interés.

Ella se giró y le miró con pretendida indiferencia.

— Si el destino quiere.

— El destino y yo somos muy buenos amigos — respondió él, encogiéndose de hombros— . Creo que el destino va a querer.

Juls le regaló una enigmática sonrisa.

Jorge se permitió el lujo de apoyar una de sus manos sobre su talle y apretarla contra su cuerpo. Ella se dejó hacer. Los dos besos que intercambiaron fueron muy diferentes a los que se habían dado en su presentación. Esa vez hubo un sensual roce de labios sobre las mejillas —

de ambos— y una mirada cómplice.

Después de eso, las dos chicas se alejaron, bajando los escalones que llevaban al final de la calle.

— ¡Qué majas son! — exclamó Dani.

Jorge solo tenía ojos para el vaivén de las caderas de Juls. No era excesivo, era suave y cadencioso.

Y su nuca.

Sexi.

Antes de que ambas desaparecieran al girar la esquina, confirmó por enésima vez algo que ya sabía.

Sí, esa chica le gustaba.