Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 24 de 40

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Inolvidable

Capítulo 24

Juls

Creía que la tarde no se iba a acabar nunca. Aquellas cuatro horas que había pasado en el chalet se le habían hecho interminables. Le dolía todo el cuerpo de la tensión a la que había estado sometida. Estaba exhausta.

Hacía solo diez minutos que Erika la había dejado frente a la puerta de su edificio. Habían hecho el trayecto desde la casa de sus padres hasta su piso en absoluto silencio, un silencio espeso y cargado de desánimo que la hermana de Jorge trató de romper en un par de ocasiones para trasladarle su apoyo, pero Juls no podía ni quería hablar de lo sucedido. Se despidieron con un fuerte abrazo, unos besos y la promesa de Erika de llamarla al día siguiente para hablar.

Juls se miró al espejo que había sobre el lavabo en el baño y apenas si se reconoció. Estaba pálida y sus ojos se mostraban opacos y sin vida.

Cuando la primera lágrima rodó por su mejilla no le pilló por sorpresa.

Había estado conteniendo el llanto desde que Jorge se plantó frente a ella y la miró como si fuera una desconocida.

Se le rompió el corazón.

Hasta el último segundo había tenido la fútil esperanza de que él la viera y la reconociese. Se había aferrado a ese pequeño resquicio de ilusión con todas sus fuerzas.

Para nada.

Otra lágrima siguió a la primera. Y detrás de esa, otra y otra más hasta que un fuerte sollozo sacudió su cuerpo. Sus piernas flojearon y tuvo que tomar asiento en el borde de la bañera para no caerse al suelo desmadejada por la pena.

Todo lo que habían vivido juntos había desaparecido. Cada beso, cada caricia, cada conversación, cada sonrisa y cada sentimiento, eclipsados.

Quizá para siempre.

Se abrazó a sí misma mientras gemía.

Fue tan extraño mirarle y ver a un desconocido.

Era Jorge y al mismo tiempo no lo era.

Su tez morena, su atractivo rostro con esos ojos color avellana, las cejas bien delineadas, la nariz recta, su boca generosa y el mentón cubierto por una leve sombra oscura…

Todo tal cual lo recordaba.

Pero no era su Jorge.

Ni el brillo de sus iris ni el calor de su sonrisa eran los mismos.

Lo cierto es que mi vida no ha cambiado mucho en estos últimos dos años, así que no tengo la sensación de haberme perdido muchas cosas.

Cuando sus palabras le acudieron a la memoria, se tapó la cara con las manos y los sollozos se hicieron más fuertes.

¡Sí que había perdido algo muy importante! ¡La había perdido a ella!

El dolor en el pecho se hizo insoportable.

Se dejó llevar por la tristeza. Encorvada sobre sí misma, apoyó las manos sobre sus rodillas y fijó la vista en el suelo de baldosas marrones.

Las lágrimas cayeron sobre la tela vaquera de sus pantalones, convirtiéndose en manchurrones oscuros que según tocaban el tejido se agrandaban y adquirían el doble de su tamaño.

El móvil comenzó a sonar de fondo. Y hasta ella llegó sofocada la primera estrofa de su tono de llamada.

Lookin’ in your eyes I see a paradise. This world that I found is too good to be true . Standin’ here beside you want so much to give you this love in my heart that I’m feelin’ for you. 26

¡Esa canción era de los dos! ¡Era su canción!

Pasó de cogerlo.

Alzó la cara y se golpeó el muslo con un puño, a caballo entre la desesperación y la impotencia. Gracias a Dios, el estúpido teléfono guardó silencio por fin. Un silencio que, de pronto, le resultó terriblemente incómodo.

Con mucha lentitud, como si arrastrase el peso del mundo sobre sus hombros, se puso de pie y se enjugó las mejillas con la manga de su cazadora, que todavía conservaba puesta. Se dirigió al salón y, de camino,

cogió la mochila que había dejado en el suelo en el pasillo. Sacó el móvil y lo ojeó con desidia.

Dos llamadas perdidas de su hermano.

¿Dos? ¿Tan ensimismada estaba que no se había dado cuenta de su insistencia? Suspiró. No podía ignorarle. Tenía que devolverle la llamada.

Sabía que, si no lo hacía, él se preocuparía mucho. Respiró hondo al tiempo que se quitaba la chaqueta y tomaba asiento en el sofá. No se molestó en encender ninguna lámpara. La luz del baño, que llegaba hasta allí difuminada por la distancia, era la única fuente de iluminación. Suficiente.

Carraspeó, aclarándose la garganta, y llamó a Félix.

— ¿Estás bien?

Pese a que su tono era sereno y firme, pudo detectar una inflexión de preocupación en su voz.

— Estoy bien.

— Vale, y ahora la verdad.

¿La verdad? Se hundió en el sofá y se hizo pequeñita.

— No me ha reconocido… — gimoteó.

Se escuchó un exabrupto ahogado al otro lado de la línea.

— Cuéntamelo todo — dijo al cabo de unos segundos.

— Ha sido muy extraño — suspiró— . Su hermana ha venido a buscarme y hemos ido a la casa de sus padres. Estaba toda la familia y se han portado todos muy bien conmigo… — se detuvo y cogió aire antes de continuar— . Te juro que me temblaba todo el cuerpo cuando nos hemos acercado a saludarle. Casi no podía respirar… — se le quebró la voz— .

Creo que no voy a olvidar ese momento jamás. Se ha girado y me ha mirado y… me ha sonreído… y me ha dicho: encantado . Y se notaba que no sabía quién era yo. Y yo… me estaba muriendo por dentro, Félix. —

Emitió un sollozo, pero trató de apagarlo, llevándose el puño a boca— . Te prometo que nunca me había sentido más sola en mi vida…

— Joder, peque…

— Me he pasado toda la tarde rehuyéndole porque no sabía cómo enfrentarme a él. Estaba segura de que, si me acercaba, rompería a llorar.

Ha sido al final, cuando hemos intercambiado unas palabras — continuó— .

Me ha dicho que si no recupera sus recuerdos no pasa nada, que no se va a

comer la cabeza y que va a seguir viviendo. La verdad es que cada frase que salía de su boca me partía el corazón. — Hizo una pausa— . Y ha habido un episodio horrible en que me ha sonado el móvil porque me ha llamado Mariu y… y él se me ha acercado y me ha dicho que le parecía insólito que yo tuviera esa melodía como tono de llamada, que era un tema que le encantaba… — balbuceó entre lágrimas— . Joder, Félix, es que es nuestra canción… ¿sabes? Es la canción que él eligió para los dos…

— Juls…

— Y está… tan guapo como siempre — le interrumpió— . Y parece feliz… Y no se acuerda de mí. He… he desaparecido de su memoria… y de su vida… — Se rompió del todo y un llanto silencioso la sacudió.

— Joder, Juls, no me gusta nada escucharte así. ¿Estás sola ahora? —

preguntó él.

— Sí.

— Dame la dirección y voy para allá — habló con determinación.

— ¡No! — protestó, irguiéndose.

No era la primera vez que él insistía en estar a su lado. Cuando le contó que iba a ir a Benidorm, él se ofreció a ir con ella, pero lo rechazó categóricamente. Félix ya tenía bastante con ocuparse de su negocio.

— Puedo con esto — prosiguió, tragándose las lágrimas— . De verdad.

Solo necesitaba contárselo a alguien. Desahogarme. Pero… puedo con ello.

— No quiero que estés sola, Juls.

— Confía en mí — dijo e hizo de tripas corazón, imprimiendo serenidad a su voz— . Además, sé lo atareado que estás. Me sentiría horrible si ahora lo dejases todo y vinieras. En realidad, creo que mañana volveré a Madrid.

Aquí no pinto nada.

Le dolía admitirlo, pero era la verdad.

— Es una putada lo que te está pasando, peque. No tengo palabras. ¿Qué dicen los médicos? ¿Sabes algo?

— No sé más que lo que ya te conté. Lo que me dijo Erika.

— Me parece tan descabellado. Cosas así solo pasan en las películas.

Eso mismo había pensado ella. Algo así era inimaginable en la vida real.

Sin embargo, estaba sucediendo. Le estaba pasando a ella.

Cerró los ojos, cercenada por la tristeza, pero tragó saliva y se forzó a guardar la compostura. No quería que su hermano se preocupara todavía más por ella.

— Mañana te llamo y te cuento lo que decida. Ahora estoy agotada y solo me apetece irme a la cama.

— Está bien — repuso él con reticencia— . Sabes que puedes llamarme siempre, peque. Da igual la hora. Hazlo.

Prometiendo hacerlo, se despidió y cortó la comunicación. Luego, dejó el móvil en la mesita que había frente al sofá. Le había prometido a Mariu que la llamaría, pero no tenía ganas.

Su hermano era maravilloso. Se sentía muy afortunada de poder contar con él. Siempre estaba ahí cuando lo necesitaba. Sabía que solo tenía que haber dicho sí y él se habría presentado en Benidorm en unas horas. Félix era así. No obstante, pese a que hablar con él le había resultado reconfortante, deseaba estar sola. Lo necesitaba para poder ordenar sus pensamientos y tomar una decisión.

Se tumbó, apoyando la cabeza sobre uno de los cojines de flores, y fijó la vista en el oscuro techo, barajando sus posibilidades.

Podía quedarse unos días más e intentar ver a Jorge otra vez. Quizá un nuevo encuentro se desarrollase de otra manera. Algún recuerdo podía acudir a él cuando se viesen. Todo era posible, ¿no?

«Vuelves a hacerte ilusiones estúpidas», le dijo una vocecita muy lógica.

Suspiró.

También podía regresar a Madrid y aguardar los acontecimientos. Quizá él recuperase sus recuerdos en unos días o en unas semanas. Y cuando lo hiciera, contactaría con ella, sin dudarlo.

«¿Y si no lo hace? ¿Y si no recobra la memoria?», volvió a manifestarse la misma voz.

¡No podía pensar eso!

Tenía que creer que él sí volvería a recordarla. Quizá llevara algo más de tiempo, pero la recordaría, se dijo. Jorge se acordaría de su historia. ¡Una historia tan especial no podía desaparecer sin dejar rastro!

— Ah, Jorge…

El nombre abandonó su boca con un gemido ahogado.

Se acurrucó en el sofá, sintiéndose la persona más diminuta del planeta, y se cubrió la cara con las manos. Le ardían los ojos y sabía que iba a comenzar a llorar de nuevo. Hacía un siglo que no lloraba tanto. No solía hacerlo.

Pero se sentía tan miserable…

Pronto, las lágrimas corrieron sin control por sus mejillas.

Jorge

Hacía tiempo que todos se habían marchado y solo Diego y él seguían sentados en una de las tumbonas del jardín. Su hermano se acababa de abrir una cerveza y él continuaba con otro de los aburridos refrescos.

La noche había caído y el cielo se mostraba oscuro y libre de nubes.

Multitud de estrellas titilaban en él. Pese a que el mes de diciembre se hallaba en su ecuador no hacía demasiado frío para esa época del año y ambos se encontraban en mangas de camisa.

Hacía al menos diez minutos que ninguno de los dos pronunciaba palabra. El silencio solo se veía interrumpido por el apagado sonido de la televisión que llegaba desde dentro de la casa.

Jorge observó a su hermano de reojo. Diego tenía una expresión meditabunda en el semblante y semejaba estar muy lejos de allí en ese momento. Se preguntó qué estaría barruntando. Solía ser bastante hermético, si bien con él tenía mucha confianza. Al menos así había sido antes. ¿Habrían cambiado las cosas entre ellos?

Era una mierda no poder recordar.

— Oye, Diego — comenzó— . Nosotros siempre hemos tenido una buena relación… — se detuvo porque no tenía ni idea de cómo continuar.

Su hermano le miró con el ceño fruncido.

— Claro — asintió. Su perplejidad era notoria.

Jorge resopló. A veces le resultaba muy complicado trasladar a palabras lo que tenía en la mente. Era quizá porque no terminaba de comprender ese vacío que había en su cerebro. De algún modo, todos habían avanzado menos él. Y era muy consciente de ello, sobre todo en días como ese en el que la familia y los amigos se reunían y hablaban de sucesos que le eran

ajenos, aunque había estado presente. Aquello le causaba una inseguridad que no le gustaba ni un ápice.

— ¿Estás bien? — La voz de Diego llegó hasta él.

— Joder, no empieces tú también — protestó, alzando una mano con exasperación— . Estoy bien. Es solo que todo esto es un poco confuso.

— ¿Cuándo tienes otra cita con la psicóloga?

— El jueves.

— Coméntaselo.

Asintió y volvió a llevarse la lata de refresco a la boca. Dio un buen sorbo.

— Lo haré — terminó por decir.

Pasaron un par de minutos en los que ninguno dijo nada. La conocida música de un anuncio de perfume que provenía de la tele llegó hasta ellos.

— ¿Por qué has dicho eso de que si teníamos una buena relación? —

preguntó Diego al cabo de un lapso de tiempo.

— Es una tontería. — Se encogió de hombros— . Pero el tener este puñetero agujero en la memoria me hace sentir extraño. Te estaba mirando y te he visto muy serio y pensativo y me he preguntado si todavía seguiríamos teniendo la misma confianza el uno en el otro. — Hizo una breve pausa— . No me hagas mucho caso. Sé que si las cosas hubieran cambiado mucho entre nosotros me lo habrías dicho.

Aunque intentó pronunciar la última frase con firmeza, esta abandonó su boca con una entonación dubitativa que no le gustó mucho. Demasiada vulnerabilidad.

— Nada ha cambiado entre nosotros, Jorge — le tranquilizó Diego— .

Seguimos igual de unidos y seguimos contándonos nuestras cosas. Bueno, tú hablas bastante más que yo. Ya sabes que a mí siempre me ha costado más abrirme, aunque si lo hago, es contigo. Eres mi persona de confianza.

Lo sigues siendo.

Jorge le lanzó una fugaz sonrisa aliviada.

— ¿Por qué estabas tan callado? Parecías preocupado por algo.

Diego bajó la barbilla y se concentró en el césped. Suspiró fatigado.

— Poco antes de tu accidente me preguntaste lo mismo y yo te esquivé,

¿sabes? — reconoció sin alzar la vista— . Te dije que tenía un problema

sentimental, pero no profundicé.

— ¿Y vas a profundizar ahora?

— Creo que no — dijo con una sonrisa displicente.

— Capullo — comentó Jorge y le pegó un suave puñetazo en el hombro.

— La verdad es que me he enamorado de la persona equivocada y no sé muy bien qué va a salir de todo esto — admitió, justo antes de llevarse la cerveza a la boca.

Jorge le miró con insistencia, tratando de extraer más información de su rostro, sin éxito.

— ¿Puede ser que te hayas enamorado de un hetero? — tanteó.

— Puede ser.

— Joder…

— Exacto. Joder.

— ¿Quieres contarme algo más?

— No.

Jorge no insistió. Sabía que era inútil. Si Diego quería desahogarse con él, lo haría a su debido tiempo.

Desvió la vista hacia el interior del chalet. Desde donde estaban sentados no podían ver gran cosa del salón, que estaba en penumbra, solo el reflejo azulado de la televisión. Sus padres se habían ido a la cama hacía un rato. Solo Erika y Lukas permanecían levantados, viendo una serie de Netflix.

— Jorge.

La voz de Diego le llevó a girar la cabeza.

— ¿Sí?

— Espero que recuperes tus recuerdos.

— A mí también me gustaría, pero si no es así, no voy a agobiarme. Ya lo he hablado con la psicóloga y me ha dicho que cabe la posibilidad de que no vuelvan nunca — dijo al tiempo que chasqueaba la lengua— . Tengo que aprender a vivir con lo que me ha tocado. Si vuelven, bienvenidos sean. Si no…, pues no… ¿De verdad me he perdido tantas cosas interesantes? —

preguntó con sorna.

Diego no reaccionó como él había esperado. En lugar de devolverle el gesto, bajó la mirada hacia su botella. De repente, se mostraba tenso.

Jorge estudió el perfil de su hermano con suspicacia.

— ¿Hay algo que no me hayáis contado? — inquirió.

Diego volvió a darle un trago a su cerveza. Evitaba mirarle.

— Vale — masculló Jorge— . Está claro que sí. ¿Qué es? ¿Algo muy duro?

— No. No vayas por ahí — negó— . Es… que estabas saliendo con una chica…

Jorge arrugó la frente y se pasó la mano por el mentón. Aquello sí que le acababa de descolocar.

— ¿Estaba saliendo con una chica? — repitió en voz baja. Todavía no terminaba de asimilar esa información.

— Sí.

— Bueno… Me sorprende que no me hayáis dicho nada antes.

— La doctora Carmena pensó que era mejor no presionarte con demasiada información de primeras. Nos dijo que a lo mejor lo recordabas por ti mismo. Que te diéramos tiempo.

— Tiempo. Solo escucho eso últimamente — suspiró— . Es un poco raro todo esto.

— Lo es — le dio la razón Diego.

Jorge carraspeó y vació la lata de un último trago antes de arrugarla y dejarla sobre la tumbona, a su lado. Se frotó las sienes con los dedos mientras trataba de ordenar sus pensamientos, pero no pudo. Tenía la mente en blanco.

— Ni siquiera puedo decir que sea una putada haberla olvidado. A fin de cuentas, no recuerdo nada de nada. ¿Íbamos en serio?

— Creo que sí. No hacía mucho tiempo que os conocíais, pero estabas muy entusiasmado. Hablabas de ella todo el rato.

— ¿Tú la conocías?

— Sí.

— ¿Y? ¿Qué te parecía?

— Me caía bien — admitió. Se miraron durante unos segundos— . Te hacía feliz.

¡Joder!

El último recuerdo romántico que pululaba por su cabeza estaba protagonizado por Claudia el día que fue a recogerle al aeropuerto. Se habían besado en el parking. Todavía podía recordar el beso con nitidez, pese a que hacía casi dos años de aquello.

Para él solo hacía unos días.

¡Qué grotesco era todo!

Apartó la vista y la paseó por el jardín sin detenerla en ningún lugar en particular. Cerró los ojos con fuerza y se agarró con las manos al borde de la tumbona mientras trataba de hacer memoria y de concentrarse. Quizá, en algún lugar de su cerebro hubiese una mirada o una caricia especial, una risa, alguna conversación o algo importante que le devolviera la imagen de esa chica de la que hablaba su hermano…

Nada. No había absolutamente nada.

Podía notar cómo una fina película de transpiración cubría su frente. Su respiración se aceleró y un nudo de grandes proporciones se formó en su estómago y fue subiendo hacia su pecho.

— ¿Jorge? — Su hermano posó la mano sobre su antebrazo, provocándole un respingo.

— Estoy bien — farfulló— . Es que me he agobiado. Es la jodida ansiedad.

Se puso de pie con precipitación y se pasó las manos por el pelo, echándoselo hacia atrás. Inhaló y exhaló, tratando de no hiperventilar.

— Joder, no quería desestabilizarte. No tenía que haberte dicho nada —

musitó Diego a su lado, incorporándose también.

— No. Has hecho lo correcto — jadeó— . Soy yo el que necesita tiempo para procesarlo. Creo que me voy a ir a la cama, pero antes voy al baño.

— ¿Te acompaño?

No quería preocupar a su hermano por lo que fingió una sonrisa que le acartonó la cara.

— Claro, y me la sujetas, también — se burló.

Diego bufó, pero no dijo nada.

Echaron a andar y abandonaron el jardín para internarse en el interior del chalet. La mortecina luz del televisor les mostró que tanto Erika como Lukas se habían quedado dormidos en el sofá.

Jorge pudo notar los inquisitivos ojos de Diego sobre su espalda mientras se encaminaba al aseo que había junto a la cocina. Se encerró en la pequeña estancia y apoyó la espalda contra la puerta, cogiendo una ruda bocanada de aire y expulsándola a trompicones. No se molestó en encender la luz; permaneció allí en penumbra e intentó hacerse dueño de su caos mental.

Recordando algunas técnicas de relajación, frunció los labios como si fuera a apagar una vela y trató de regular su respiración, al tiempo que visualizaba una escena relajante: una playa tropical con arena blanca y un límpido cielo azul. La brisa agitaba las copas de las palmeras y unas gaviotas surcaban el cielo… El sol se reflejaba sobre el mar, arrancándole destellos dorados…

Inspiró y espiró profundamente unas cuantas veces.

Con mucha lentitud, empezó a notar cómo los latidos de su corazón se ralentizaban y cómo sus pulmones tenían menos dificultad para retener el aire.

El momento crítico había pasado.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí dentro cuando escuchó unos golpes en la puerta seguidos por la alterada voz de su hermano.

— ¿Jorge?

— Ya salgo. No te preocupes. Vete a la cama, si quieres — respondió y le sorprendió que sus palabras se escucharan tan firmes.

Solo unos instantes después, escuchó los pasos que se alejaban. Desde que le dieran el alta, Diego había tomado por costumbre pasar casi todas las noches en el chalet familiar y no regresar a su piso.

Abrió el grifo, introdujo las manos debajo del chorro de agua y se humedeció la cara con ellas, agradeciendo el frescor del transparente líquido sobre su acalorada piel.

Estabas saliendo con una chica. Te hacía feliz.

¿De verdad había estado enamorado? ¿Quién era ella? ¿Cómo se habían conocido? ¿Cuánto tiempo habían estado juntos? Y lo más importante,

¿dónde estaba ahora? ¿Por qué no había contactado con él?

Nada tenía sentido.

Dejando escapar un suspiro frustrado, abandonó el aseo y se dirigió a su habitación. Lukas y Erika seguían en el sofá y Diego no estaba por ninguna parte. Supuso que le habría hecho caso y se habría ido a dormir. A fin de cuentas, al día siguiente era lunes y tenía que madrugar.

Se encerró en su cuarto, tomó asiento en el borde de la cama y trató de digerir la información que le había caído encima de improviso. Intentó hacerse a la idea de que, supuestamente, quería a una mujer. Una mujer de la que no se acordaba.

Aquello era una puta locura.

Se incorporó y comenzó a dar paseos por el dormitorio. No había mucho espacio, ya que sus padres, cuando él se independizó, lo habían convertido en una especie de despacho/habitación multiusos. Ahora, además del sofá cama, había un escritorio y diversas estanterías llenas de archivadores y carpetas.

La curiosidad por saber algo más de esa chica hizo presa en él y estuvo tentado de ir en busca de su hermano para interrogarle, pero se reprimió.

Podía extraer información de otro sitio.

Su vista se posó sobre la mesilla. Allí, conectado al cargador, estaba su móvil.

Bueno, en realidad no era el suyo. Ese había quedado dañado en el accidente. Mientras lo reparaban — lo habían enviado a la fábrica porque todavía estaba en garantía— estaba utilizando uno antiguo de Lukas. Ni siquiera se había molestado en sincronizar los contactos ni en bajarse ninguna aplicación porque era algo provisional.

Se acercó al dispositivo y lo desconectó del cable. Echó un vistazo a la galería de imágenes que, por supuesto, estaba vacía. Después de eso, se descargó la aplicación de mensajes y espero hasta que estuvo instalada. El teléfono le preguntó si deseaba sincronizar la cuenta y pulsó Aceptar .

Quizá tenía que haberlo hecho antes, pero demasiadas cosas ocupaban su cabeza.

El móvil comenzó a emitir pitidos según las notificaciones iban entrando. Se fueron acumulando una tras otra hasta alcanzar la cifra de doscientas diez. Aquello le hizo suspirar. Sin embargo, no se amilanó y empezó a cribar los textos con rapidez, ignorando los de sus amigos y compañeros de trabajo, con los que ya había hablado. Pronto, llegó a un contacto que tenía como foto de perfil una puesta de sol. Estaba guardado como J .

Estaba claro que era ella, solo podía ser ella.

¿J? ¿Cómo se llamaría? ¿Jimena, Julia, Jennifer, Judith…? Recordaba que en el instituto tuvo una compañera cuyo nombre era Jessica…

Se le secó la boca y pestañeó con agitación antes de acceder a sus wasaps. Los dos últimos tenían la fecha del día de su atropello.

Has perdido el bus?

Estoy un poco preocupada. Llámame cuando puedas.

¿El bus? ¿Qué bus?

Con la frente arrugada por la incomprensión, deslizó el dedo por la pantalla y fue leyendo los textos. Aparentemente, ella vivía en Madrid y él había planeado ir a verla. Un viaje que quedó truncado por su accidente.

Había muchas conversaciones entre ellos. Algunas eran cortas, apenas un par de frases que no desvelaban demasiado de ninguno de los dos, pero otras eran extensas y llenas de comentarios divertidos e irónicos.

Jorge se tumbó bocabajo sobre la cama y continuó indagando mientras se empapaba de la lectura, fascinado. Era raro. Era como adentrarse en una relación de dos desconocidos. Si bien podía reconocerse en el estilo de algunas frases que esa persona — que era él— le había dedicado a esa chica, otras le resultaban completamente ajenas.

Buenos días, preciosa. Anoche soñé contigo y esta mañana me he despertado pensado en ti.

¿Desde cuándo era tan sentimental?

Ninguno de los dos, en ningún momento, pronunciaba la palabra amor.

No se decían que se querían. Sin embargo, muchos de los mensajes rebosaban cariño y una gran dosis de sentimiento y pasión. Era evidente que aquellas dos personas estaban enamoradas.

Te has convertido en alguien muy importante para mí. No quiero que esto se acabe. No quiero estar sin ti.

¡Eso lo había escrito él!

Una sensación de ahogo se le formó en el pecho y tuvo que dejar el aparato a un lado mientras cogía aire y volvía a expulsarlo con lentitud. Por más que intentaba ponerle cara a esa mujer, a esa J a la que, indudablemente, había amado, era del todo imposible.

¡Mierda!

Irritado, se levantó y se llevó las manos a las sienes mientras sus ojos seguían clavados sobre el teléfono.

Unos golpes en la puerta le hicieron girarse con brusquedad. Vaciló unos instantes. No quería hablar con nadie. Necesitaba estar solo para asimilar su descubrimiento.

Los golpes se repitieron.

De dos zancadas, se acercó a la hoja de madera y la abrió.

La cara preocupada de Diego se mostró en el umbral.

— ¿Todo bien?

No. No estaba bien. Estaba confundido y alterado.

— Sí — mintió— . Solo estoy algo cansado.

El escepticismo se dibujó en las facciones de su hermano.

— ¿Seguro? Si quieres que hablemos de eso que hemos comentado en el jardín…

— ¡No! Solo quiero acostarme, de verdad.

— Si necesitas algo…

— Lo sé — rechazó con un gesto y una sonrisa distraída— . No te preocupes y vete a la cama que mañana tienes que madrugar.

— Vale, pero…

— Que sí. Que si te necesito, te llamaré. Hasta mañana.

Cerró la puerta y apoyó la espalda en ella. Se sentía raro. Como si su piel hubiera encogido y fuese demasiado pequeña para contenerle. Todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo estaban activas y electrificadas.

Jamás había experimentado algo así.

No sabía por qué le había ocultado a Diego su descubrimiento sobre J.

Con toda seguridad, su hermano sabría mucho más sobre ella y podría

haberle preguntado. Pero cuando le tuvo delante, una sensación de rechazo le embargó y le llevó a guardar silencio sobre lo que acababa de encontrar.

No quería hablar de ella con nadie, al menos por el momento. J era solo suya y no deseaba compartirla.

Quería descubrirla él solo.

Se frotó los ojos, tratando de comprender por qué estaba reaccionando de esa manera tan poco propia de él, pero no halló respuesta. Tendría que consultárselo a la psicóloga en su próxima cita.

Ansioso, se acercó a la cama y cogió el teléfono de nuevo, centrándose en los textos con avidez y analizando cada palabra. J era divertida, sin duda.

Tenía ingenio y muy buen humor. Se burlaba de él constantemente y le provocaba. Y él se comportaba del mismo modo. Al llegar a un intercambio de wasaps que se habían escrito en forma de rima, soltó una risa excitada.

Los dos eran encantadoramente absurdos y parecían estar muy compenetrados.

Le gustaba aquella desconocida.

Descubrió que la relación, si bien intensa, fue muy breve. Habían estado juntos unas seis semanas, de las cuales solo se vieron quince días. Resultaba curioso que hubieran profundizado tanto y estuviesen tan locos el uno por el otro en un espacio tan corto de tiempo.

Lamentablemente no había ninguna imagen de ella. Encontró un par de archivos, pero cuando intentó abrirlos, no pudo. Debían de estar almacenados en su otro móvil, pero hasta dentro de unos días no podría recuperarlo.

Se tiró sobre el colchón y trató de imaginársela. ¿Qué aspecto tendría?

¿Sería rubia o morena? ¿Delgada o rellenita? ¿Alta o baja? ¿De qué color tendría los ojos?

La opresiva muralla de oscuridad que se alzaba ante él cada vez que intentaba arañar su memoria en busca de algún recuerdo perdido le impidió ver nada.

Era insoportable y muy exasperante.

Mientras aferraba el teléfono con fuerza contra su pecho, elevó los párpados y extravió la mirada en algún lugar de la pared.

Había una cosa de la que sí estaba convencido.

J tenía que sonreír con frecuencia.

Estaba seguro.

«Ahora tienes su número. Puedes comprobarlo contactando con ella.

Llámala».

El corazón comenzó a latirle con fuerza cuando aquel pensamiento acudió a su mente. ¿Contactar con ella? Pero ¿qué podía decirle?

Hola, soy Jorge, el hombre con el que tienes una relación. Sí, ya sé que nos amábamos, pero me he olvidado de ti.

Resopló. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

¿Y si la veía y no sentía nada? O… peor todavía, ¿y si se encontraba con ella y descubría que no le gustaba en absoluto?

¡Joder! ¡Qué complicado era todo!

Se irguió en la cama y se echó hacia atrás para apoyar la espalda contra el cabecero. Luego volvió a abrir la aplicación y releyó una de las conversaciones de nuevo, una que habían mantenido cuando ella estaba ya en Madrid.

Jorge: Tengo ganas de besarte. Lo echo de menos.

J: Y yo. Tus besos son… ufff, no tengo palabras.

Jorge: Tan bueno soy?

J: Eres el mejor.

Jorge: Lo sabía.

J: Jajaja, qué creído.

Jorge: Creído no, realista , nena.

J: En este caso tengo que darte la razón. Besas de muerte.

Jorge: Qué es lo que más te gusta?

J: Que me mordisquees los labios.

Jorge: Es que es inevitable. Tus labios son impresionantes, los labios más apetecibles del universo. Mándame una foto.

J: De mis labios?

Jorge: Sí. Bueno, no, espera y te hago una videollamada.

J: Genial.

Dejó caer el móvil sobre el colchón y terminó por llevarse el dedo índice a la boca. Se acarició los labios con abandono.

Los labios más apetecibles del universo.

¿Cómo serían sus besos?