Inolvidable
Capítulo 31
Jorge
Sabía que su actitud el día anterior había sido bastante infantil, pero ya no había marcha atrás. Y todo porque ella no llevaba la canción de Starship en el móvil como tono de llamada. Al escuchar la famosa melodía de Meat Loaf se sintió herido y decepcionado.
¿Se podía ser más cretino?
Después de abandonar el mirador, fueron a una cafetería cercana a tomar algo, pero él no estaba de humor y ella pareció retraerse también. Al final, la reunión resultó un pequeño fracaso. Demasiados silencios y demasiados momentos incómodos. Así que, cuando Juls le preguntó si podía llevarla a su apartamento, él se apresuró a hacerlo.
Regresó a su piso en el Albir, al que todavía no se había acostumbrado del todo, y escribió en su diario durante unas horas, volcando sobre las hojas en blanco todos sus sentimientos, algunos muy claros, otros un poco más difusos. Los párrafos que fueron llenando las cuartillas se alternaban en una mezcla de fluidez y tachones. Y las líneas eran caóticas y desordenadas, reflejando a la perfección cuál era el estado de sus pensamientos.
Cuando le mostrara sus escritos a la doctora Carmena en su próxima sesión, con toda seguridad, ella no podría descifrar aquel galimatías.
Terminó por irse a la cama con los cascos colocados en sus orejas y se puso a escuchar una lista de sus temas favoritos en Spotify, preguntándose si habría compartido con Juls alguna de esas canciones, al mismo tiempo que abría la aplicación de mensajes en su móvil y releía los que habían intercambiado en el pasado.
La Juls de aquella tarde poco se parecía a la mujer cuyas palabras estaban plasmadas en aquellos textos. Y el anhelo de que ella se mostrara tal y como era antes le acometió con fuerza.
Quería a esa Juls de regreso.
«Tú tampoco eres el mismo Jorge de antes. Que no se te olvide. Quizá ella desea lo mismo que tú», le recordó una voz cargada de lógica.
La situación era frustrante.
Terminó por quedarse dormido, pero no fue un sueño pacífico ni reparador. Se despertó en incontables ocasiones durante la noche, por lo que, al día siguiente, se pasó toda la mañana bostezando y tratando de concentrarse en sus tediosas tareas de ordenador en la escuela. Cosa harto difícil cuando sus pensamientos recaían una y otra vez sobre esa chica de pelo corto y cara traviesa que se empeñaba en robarle el noventa por ciento de su tiempo.
Ahora, cuando solo faltaba un cuarto de hora para volver a verla, se recriminaba el haber sido tan pueril la tarde anterior y haber actuado de ese modo tan absurdo. Se prometió a sí mismo que aquello no volvería a suceder y que mantendría la compostura, pasara lo que pasara.
La calle donde estaba su edificio era una calle estrecha en la que no se podía aparcar, así que estacionó el Patrol en el acceso al garaje y puso las luces de emergencia. Apagó el motor, pero dejó la radio puesta. Disfrutó un rato de la música mientras se sacaba el móvil del bolsillo y jugueteaba con él. Vaciló antes de enviarle un wasap, pero la impaciencia pudo con él y terminó haciéndolo.
Ya estoy aquí abajo, pero no tengas prisa, puedo esperar.
No recibió respuesta, pese a que la doble marca azul le reveló que ella lo había leído.
De pronto, en el espejo retrovisor, la vio aparecer saliendo del portal.
Pese a que el sol se había ocultado hacía rato, todavía quedaban unos vestigios de luz en el cielo y pudo estudiar su figura con suficiente claridad.
Llevaba los mismos vaqueros del día anterior, pero se había puesto una camisa de rayas naranjas y amarillas debajo de la cazadora y esos colores parecían iluminarle el rostro. También se había peinado hacia atrás, dejando su frente y sus cejas al descubierto.
¿Estaba más guapa que de costumbre o era que él había dejado de ser objetivo?
«Lo segundo, sin duda».
Se le aceleró el pulso.
— Hola — le saludó ella al abrir la puerta del pasajero— . No te he contestado porque ya estaba saliendo por la puerta.
Según parecía, estaba igual de impaciente que él porque todavía faltaban quince minutos para la hora en la que convinieron encontrarse. Habían quedado con Erika, Diego y Lukas a las ocho y media en el Portus. Iba a ser una cena temprana ya que todos — menos Juls— tenían que madrugar al día siguiente.
— ¿Qué tal has pasado el día? — le preguntó, circunspecto, aguantándose las ganas de darle un abrazo.
— Bien. He escrito algunos artículos para la revista — respondió mientras se abrochaba el cinturón.
Él bajó el volumen de la radio.
— ¿Sobre qué?
— Uno sobre los mejores hoteles de España para ir a celebrar San Valentín. Y otro sobre la dieta que sigue Jennifer Aniston.
— Suena muy interesante.
Ella se rio con jocosidad.
— Mentiroso. Suena terriblemente aburrido. ¿Y tú qué has hecho?
— Nada tan glamuroso como tú — bromeó— . Organizar un par de bautismos de buceo para mis compañeros y dar un curso teórico de un Open Water de Iniciación. El bautismo es para los que…
— No hace falta que me lo expliques — le cortó— . Ya lo hiciste. He buceado contigo.
Ladeó la cara para mirarla y se encontró con su perfil. ¡Joder, la curva de su mandíbula era perfecta!
— ¿Te gustó? — le preguntó después de aclararse la garganta.
— Sí — admitió con una sonrisa veloz— . Aunque al principio estaba muy nerviosa, la experiencia fue una maravilla. Fuiste un gran profesor.
Un cosquilleo de vano orgullo se instaló en él al recibir el cumplido.
— ¿Qué más cosas hemos hecho? — indagó mientras arrancaba el coche y abandonaba el estacionamiento— . Sé que estuvimos en el Mirador de la Cruz y en el rastro El Cisne. Y en el concierto de Malikian. He visto las fotos y los vídeos.
— En realidad, no hicimos mucho más. No estuvimos juntos mucho tiempo, Jorge. Apenas dos semanas — murmuró ella con un leve encogimiento de hombros.
Dicho así sonaba a poco, pero él sabía que su relación había sido mucho más que solo unos pocos días compartidos. El grado de intimidad que habían alcanzado era gigante. Estuvo tentado de decírselo, pero guardó silencio y se centró en la conducción.
— ¿Dónde vamos? — preguntó ella al cabo de un rato— . Este camino me resulta conocido.
— Vamos al Portus. Está en primera línea de playa. Quizá hayas estado antes. La planta baja se llama Massai — le explicó.
— Ah, sí. Sí que he estado. Nos tomamos un mojito allí el día que coincidimos en la playa, cuando te salvé de Bea.
Él se rio bajito. Le habría encantado recordar ese momento y, sobre todo, recordar la cara de Bea.
— ¿Vienen todos tus hermanos? — continuó ella.
— Sí, los tres. Incluso Lukas, que normalmente pasa la semana en Elche.
— Vaya, pues sí que soy interesante.
— Lo eres.
Ignoró el resoplido incrédulo que emitió ella porque acababan de llegar al cruce de la playa. En verano no hubiera encontrado ni un solo hueco para aparcar en aquella zona, pero era enero y los turistas brillaban por su ausencia por lo que pudo estacionar a solo unos metros del restaurante. Las altas farolas que bordeaban el paseo iluminaban el arenal, las palmeras y, algo más lejos, también las crestas blancas de las olas que rompían contra la orilla.
Apagó el motor y se quitó el cinturón de seguridad, pero en lugar de bajarse del vehículo, se giró en su asiento para contemplarla. Antes no se había dado cuenta, pero ahora que la miraba fijamente se percató de que se había maquillado con esmero. Llevaba los ojos perfilados con un eyeliner negro, sus párpados estaban sutilmente teñidos de sombra color tierra y el tono coral de su carmín realzaba el grosor de sus labios. No pudo evitar que
su mirada se posara sobre su generosa boca. La loca idea de inclinarse y besarla explotó en él como un relámpago.
— Sí que lo eres — le dijo en voz baja.
— ¿Que soy el qué? — indagó ella.
— Interesante.
— Oh…
— A mí me interesas — le confesó.
Era la pura verdad.
Ella desvió la vista y se mordisqueó el labio inferior con agitación. Él estuvo a punto de soltar un gemido y pedirle que no siguiera haciéndolo porque su cuerpo había comenzado a reaccionar en consecuencia. Se le había acelerado el pulso y una ola cálida se empeñaba en bañarle el abdomen.
La atracción que sentía por ella era incuestionable.
El comienzo de batería de Nothing’s gonna stop us now rompió la quietud que se respiraba dentro del Patrol.
Con exasperación, se llevó la mano al bolsillo para sacar su móvil, pero la pantalla estaba oscura. Perplejo, alzó la cara al darse cuenta de que el que sonaba era el teléfono de Juls.
— Eh… Perdona — murmuró ella con la voz entrecortada y un tinte sonrojado en las mejillas— . Tengo que atender esta llamada. — Y se bajó del coche, cerrando la puerta con cuidado.
Jorge apoyó las manos en el volante y la siguió con la mirada.
Una sonrisa satisfecha combó sus labios mientras una bandada de pájaros echaba a volar dentro de su estómago.
«Sí».
Juls
La cena estaba resultando genial y no porque ella estuviera participando demasiado en las conversaciones. A decir verdad, el peso de todas ellas recaía en Erika y en Lukas. Ambos charlaban por los codos, mientras que Diego se mantenía callado y sonriente y Jorge se limitaba a intervenir solo de vez en cuando.
El Portus era muy pintoresco. Se habían decidido por cenar en el exterior por lo que no habían podido prescindir de las chaquetas, pero había merecido la pena ya que el ambiente era ideal. Plantas tropicales de colores lilas y moradas en forma de enredadera adornaban las paredes, y unas cuantas palmeras enanas se alternaban entre las mesas. Un techado de paja los resguardaba de la suave brisa. Y las vistas a la playa eran espectaculares.
Habían pedido dos ensaladas de frutos secos y tres pizzas para compartir.
Juls había tomado asiento en el banco de madera que había pegado a la pared, junto a Erika. Los chicos se sentaban en sillas de mimbre, frente a ellas.
— Cuando Jorge era pequeño tenía un oso de peluche con el que dormía y ni siquiera dejaba que nuestra madre lo metiera en la lavadora. Estaba pringoso y sucio — soltó Lukas con la boca llena de pizza— . Ese es el tipo de hombre que es mi hermano.
— Traga primero, ¿no? — le reprendió Diego.
— No era un oso, era un perro — rectificó Jorge con paciencia— . Y tú ni siquiera habías nacido.
No era la primera historieta de la infancia de Jorge que salía a relucir. Él aguantaba estoicamente y solo ponía los ojos en blanco cada vez que uno de sus hermanos contaba alguno de sus más íntimos y vergonzosos secretos.
Juls aguantó una risa. Erika y Lukas eran unos capullos encantadores.
Era indiscutible el buen rollo que había entre todos ellos. Le recordó un poco a la relación que ella misma mantenía con Félix.
— ¿Te ha contado que una vez se hizo pis en los pantalones? —
intervino Erika.
— ¿Es necesario? — inquirió Jorge, llevándose una mano a la frente.
— Esa historia me la sé — repuso Juls— . Fue en un botellón en el parque de l’Aigüera, ¿no?
Sintió los ojos de él sobre su persona, pero los ignoró mientras cogía un trozo de pizza. Lo cierto era que había sentido su mirada recorriéndola de arriba abajo gran parte de la noche y no terminaba de acostumbrarse.
— Doy fe — dijo Diego— . Yo también estaba allí.
— Yo no estaba, pero recuerdo cuando llegaron a casa. Era de madrugada — dijo Erika con una sonrisa— . Hicieron un montón de ruido y me despertaron, y no solo a mí, también a mis padres. Pensaba que mi padre los iba a regañar por llegar borrachos, pero para nada. Cuando vio los pantalones empapados de Jorge le entró un ataque de risa y se cayó sobre el sofá y tiró la mesita del salón — continuó, riéndose abiertamente— . Nunca le había visto reírse tanto. Y la cara de Jorge era una pasada. Estaba rojo como un tomate.
Lukas y Diego la acompañaron en su risa. Jorge emitió un fingido suspiro lastimero.
— ¿No podéis contarle algo bueno de mí?
— ¡No! — exclamaron al unísono Erika y Lukas.
Juls se rio con ganas. Pese a que había estado un poco nerviosa pensando en esa reunión, debía de reconocer que se estaba divirtiendo mucho. Los Alba eran muy agradables.
Su mirada se cruzó con la de Jorge y él le sonrió. Automáticamente, le devolvió la sonrisa. Era imposible no hacerlo. El ambiente lo propiciaba y el buen humor era contagioso.
Le estudió a hurtadillas. Era muy distinto del Jorge de la tarde anterior.
Cuando abandonaron el mirador y fueron a tomar café, él se mostró taciturno y monosilábico. La ligera sospecha que ella tenía del porqué de su actitud se había confirmado solo hacía una hora, cuando recibió la llamada de Mariu en el coche. No hacía falta ser muy avispada para saber que su tono de llamada tenía algo que ver con su comportamiento.
Esa misma mañana, lo había cambiado en un impulso tonto.
¿Tan importante era para él que ella usara la canción de Starship?
Aparentemente, sí.
— Voy al baño — dijo Erika, sacándola de su ensimismamiento— .
Vente conmigo.
La rubia tiró de su mano, haciendo del todo imposible que pudiera negarse. En cuanto accedieron a la pequeña estancia, decorada de modo tropical con mucho mimbre y plantas artificiales, Erika cerró la puerta y apoyó la espalda en ella.
Era evidente que no necesitaba acudir al aseo.
— ¿Cómo vas? — le preguntó.
— Muy bien. El sitio está genial — repuso con vaguedad.
— Pfff… No. Me refiero con Jorge.
— Pues tú misma puedes verlo. Vamos… bien. — Hizo un gesto con la mano en el aire al tiempo que arrugaba la frente.
— ¿Puedes especificar más?
Juls la miró con la cabeza inclinada, tratando de leer en su rostro hasta dónde podía llegar con sus confidencias. Se había convertido en una persona muy querida para ella, pero no podía olvidar que se trataba de la hermana de Jorge.
— ¿Cuánto de lo que te cuente se va a quedar entre nosotras? —
preguntó al fin.
Erika pareció pensar detenidamente en su respuesta.
— Si lo que me digas puede ayudar a que mi hermano y tú volváis a estar juntos…, creo que solo el cincuenta por ciento.
Juls no pudo evitar reírse.
— Vale. Me queda claro.
— Tengo la impresión de que él se está esforzando por volver a…
conocerte.
— Es un hombre estupendo…
— ¿Pero?
— Pero es diferente al Jorge del que me enamoré — suspiró.
Erika abrió la boca sorprendida, como si fuera a decir algo más, pero terminó por cerrarla y entornó los ojos.
— No es fácil de explicar — continuó Juls— . Ni yo misma lo entiendo muy bien. Cuando estoy con él es como si estuviera con otra persona. No es el mismo Jorge del pasado…
— Ya. ¿Y te gusta este nuevo Jorge? — inquirió la otra con tono preocupado.
Juls bajó los párpados un instante, pero los elevó con prontitud.
— Sí. Me gusta. Es imposible que no me guste; es solo que echo de menos al otro… — balbuceó— . Suena loco, ¿verdad?
— En realidad, no. Tiene su lógica.
— Supongo que solo necesitamos tiempo para saber qué es lo que queremos y aclarar nuestros sentimientos. Ya se verá si seguimos juntos o si nos separamos.
Erika alargó una mano para posarla sobre su antebrazo.
— No quiero que os separéis.
Juls sonrió con melancolía, pero no dijo nada más.
Regresaron a la mesa para encontrarse con que los tres chicos se habían enzarzado en una discusión sobre The Walking Dead y cuál era el mejor personaje de toda la serie. Lukas apostaba por Glenn, Diego por Rick y Jorge lo daba todo exponiendo las cualidades de Michonne. Erika y Juls se sumaron a la contienda verbal defendiendo a Carol y a Daryl respectivamente.
Después pasaron a hablar de música. El gusto musical de los hermanos Alba se había quedado varado en la década de los noventa y no iba más allá
— exceptuando a Lukas que parecía más abierto en su repertorio— , culpa de sus padres. Juls dio las gracias en silencio a su hermano Félix por haberla educado musicalmente, por lo que no se sintió como un bicho raro y los grupos que los otros mencionaban no le sonaron del todo desconocidos.
— En junio viene Aerosmith a Madrid y queremos ir a verlos — dijo Erika, dirigiéndose a ella— . Vamos a ir todos, mis padres también. Y mi amiga Laura e Iván, el amigo de Lukas. Podrías venirte con nosotros.
Juls le echó un vistazo rápido a Jorge, pero él estaba distraído, intentando atraer la atención de la camarera.
— No sé…
— Anda, vente. Tenemos que sacar las entradas en tres semanas. Jorge, convéncela.
Él la miró de frente. En un primer momento no dijo nada, solo la escrutó y Juls notó cómo su corazón se aceleraba sin remedio.
— Déjala, Erika. Que haga lo que quiera — murmuró con firmeza— .
Me encantaría que te apuntases — añadió en voz baja— , pero como tú quieras.
Juls tragó saliva. No era que no quisiese ir a un concierto con los Alba, era que no sabía en qué punto estaría su relación con Jorge en junio. Podían pasar muchas cosas en esos meses.
La camarera se acercó para llevarse los platos y no tardó en regresar con los brownies que habían pedido. Los puso en el centro de la mesa para compartir.
Juls cogió un pedazo con su cuchara y el delicioso sabor a chocolate le explotó en el paladar. ¡Estaba de muerte!
— Creo que voy a salir de aquí rodando — se quejó Lukas después de haber engullido él solo uno entero.
— Es probable que cuando me levante a alguno le dispare en el ojo con el botón de mis vaqueros — añadió Jorge, palmeándose el abdomen.
Siguieron bromeando sobre la ingesta de calorías, pero al cabo de cinco minutos no quedaba ni un resto del postre en el plato.
— Es hora de que nos vayamos, chicos — dijo Diego, echando una ojeada a su reloj— . Mañana madrugamos. Sobre todo, tú, Lukas, que te tienes que ir a Elche temprano.
— Sí — dijo este con un cabeceo— . Pide la cuenta.
Diego subió el brazo y llamó a la camarera.
— ¿La dividimos entre cinco? — propuso Erika.
— Yo pago la parte de Juls — dijo Jorge.
— ¡No! — protestó ella con energía— . La dividimos, como ha dicho Erika.
Jorge no insistió.
Después de pagar, bajaron la escalera de piedra y se detuvieron frente a la puerta del restaurante. Diego había llegado en su moto y Erika y Lukas lo habían hecho en el coche de este último, un Seat Ibiza blanco que estaba aparcado en dirección contraria al lugar donde habían dejado a Turbo.
— Te vemos el domingo, ¿no? — le preguntó Erika a Juls mientras la abrazaba.
— ¿El domingo?
— En casa de mis padres. La reunión semanal. Pásate, aunque sea solo un rato.
— Ya sabes que eres bienvenida — intervino Diego.
Juls miró de reojo a Jorge. No le había comentado nada.
— Sois unos pesados — farfulló él— . Es tu decisión — dijo, dirigiéndose a ella— . Haremos lo que te apetezca. No quiero agobiarte.
— No, no. Por mí está bien.
Terminaron de despedirse y ellos dos se dirigieron hacia el Patrol. Juls se percató de que le costaba un poco mantener la línea recta. Las tres copas de vino que había tomado se le habían subido un poco a la cabeza.
Hicieron el trayecto hasta su apartamento en un agradable silencio. En la radio sonaba Moonlight shadow de Mike Oldfield y ella miró a Jorge un par de veces. Era raro verle tan callado.
— ¿Estás esperando a que me ponga a cantar? — preguntó él de pronto como si le hubiera leído los pensamientos.
— Es que siempre lo haces — confesó con un suspiro relajado.
Él no dijo ni una palabra, pero poco después comenzaba a canturrear la canción con voz aflautada.
Ella bajó los párpados y no pudo evitar que una risa efervescente emergiera de su garganta. Sí, el vino estaba haciendo de las suyas.
De pronto, el coche se detuvo. Abrió los ojos y se dio cuenta de que ya habían llegado a su destino; estaban en la puerta de su edificio.
— Mañana por la tarde tengo una cita con mi psicóloga en Alicante, pero podemos vernos después — dijo él. Se había girado en el asiento y la miraba.
— No te preocupes, yo tengo que trabajar. Nos vemos el sábado.
A él se le oscurecieron los ojos con desilusión, pero no replicó pese a que se notaba que quería hacerlo.
— Bueno — comenzó ella y se quitó el cinturón de seguridad— . Pues me voy…
— Claro.
Los nervios encontraron vivienda en su interior y vaciló un buen rato sin bajarse del coche. Finalmente, con una torpeza que rayaba en la más absoluta ineptitud, se acercó a él para darle dos besos, pero calculó mal la distancia y estuvo a punto de pegarle un cabezazo épico. Menos mal que Jorge parecía conservar todo su aplomo y la detuvo en el último momento poniéndole una mano en el hombro.
— Mañana te llamo — murmuró y le regaló una sonrisa torcida antes de darle dos besos.
— Eh, sí — musitó mientras su aroma se le colaba por la nariz y le erizaba el vello de la nuca— . Eh… Hasta mañana.
Descendió del vehículo y cerró la puerta a su espalda. No quiso mirar atrás mientras abría la puerta del edificio. Bastante complicado era poner un pie detrás de otro sin perder el equilibrio. Y ese vértigo que notaba no se debía al alcohol, sino a su cercanía.
Que se sentía atraída por él era muy obvio.
Entonces, ¿por qué no había querido verle al día siguiente?
Necesitaba tiempo para poner en su sitio todas esas ideas confusas que anidaban en ella. Dos días seguidos con Jorge habían sido como una sobredosis. Un día lejos de él sería una cura de desintoxicación que le urgía tener para pensar con claridad.
Había una lámpara encendida en el salón que había olvidado apagar antes de marcharse. Ahora lo agradeció porque así el piso no parecía tan solitario. Qué suerte tener una amiga como Mariu que le dejaba el apartamento en cualquier ocasión. Si hubiera tenido que pagarse un hotel con sus exiguos ahorros no habría podido permitirse ir a Benidorm con tanta frecuencia.
Apenas había tenido tiempo de desmaquillarse, lavarse los dientes y ponerse el pijama cuando llegó el wasap. Incluso antes de mirarlo ya sabía que era de él. Podía intuirlo.
Jorge: Qué tal la cena? Todo bien? Te ha gustado?
Se tumbó en la cama, poniéndose cómoda, y aferró el teléfono con ambas manos.
Juls: Todo perfecto, gracias. Tus hermanos son encantadores.
Jorge: Espero estar incluido en esa descripción.
Compuso una sonrisa.
Juls: Claro.
Jorge: S olo hay una cosa que me ha descuadrado.
Frunció el ceño, perpleja. ¿A qué se refería?
Juls: Qué?
Jorge: Tu preferencia por Daryl.
Juls: En serio? A mí me sorprende que defiendas a Michonne.
Jorge: Por qué? Es una mujer poderosa y es increíble con su katana.
Juls: Daryl sí que es increíble con su ballesta.
Jorge: Daryl no ha visto un peine en su vida.
Juls: Y Michonne sí? Te olvidas de sus rastas.
Jorge: No sé si seguir hablando contigo sabiendo que él es tu favorito.
Juls: Lo cierto es que el mejor personaje de todos es Negan.
Jorge: Pues ahí te doy la razón. Es brutal.
Juls: Somos amigos otra vez?
Jorge: Jajaja, sí.
Después de aquel no llegaron más textos y ella tampoco supo cómo continuar la conversación. Releyó los mensajes con una mueca divertida hasta que se dio cuenta de que en la parte superior de la pantalla aparecía la palabra Escribiendo …
Aguardó con la respiración contenida.
Jorge: Me encanta compartir momentos contigo. Mañana va a ser un día muy largo. Ya tengo ganas de que sea sábado.
Se mordió los labios al tiempo que su corazón se saltaba un par de latidos. Sus dedos trémulos comenzaron a escribir una respuesta, pero se detuvieron. Volvió a empezar de nuevo, mas otra vez se detuvo.
Arrugó la frente, pensativa.
Sin verle era más fácil imaginarse que la persona al otro lado de la línea era el antiguo Jorge. ¿Cómo le habría respondido la antigua Juls?
Juls: Eres supercursi, pero reconozco que me gusta tu cursilería. Sigue así. Vas por buen camino.
Y añadió un emoji guiñando un ojo.
Jorge: Tengo muchas frases cursis en la reserva. No me tientes o prometo usarlas todas.
Juls: Venga, va, regálame alguna. Me apetece reírme.
Tuvo que esperar al menos un minuto hasta que llegó la contestación.
Era un gatito llorando debajo del cual se podía leer: Yo cuando no me respondes a los dos segundos.
No pudo evitar que le entrara la risa.
Acto seguido, llegó una nueva foto. Esa vez era un perrito con carita soñadora y la leyenda decía: No es piña ni es mora, es tu carita la que me enamora .
Su carcajada fue estridente y rebotó en las paredes del dormitorio. ¡Qué ridículo!
Juls: Por favor, para y no me tortures más!
Jorge: Te lo advertí. Mañana te mando alguna más. Buenas noches.
Juls: Buenas noches.
Después de aquello, se deslizó hasta que su cabeza se apoyó en la almohada y cerró los ojos. Estaba algo mareada por el alcohol, pero lo suficientemente despejada para ser consciente de que Jorge y ella se acercaban poco a poco.
Ella también ansiaba que llegara el sábado.