Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 19 de 40

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Inolvidable

Capítulo 19

Juls

Cuando el autobús proveniente de Benidorm entró en la dársena, Juls, incapaz de mantenerse quieta, se acercó al cristal que separaba la sala de espera del área de llegadas y trató de encontrar a Jorge entre las personas que descendían del vehículo. El corazón se le disparó cuando vio a un hombre alto y musculoso de espaldas. Llevaba una cazadora de cuero negro y tenía el cabello castaño claro. Pero cuando el individuo se dio la vuelta se dio cuenta de que no era él.

Fue paseando la vista por todos los pasajeros que accedían al interior de la estación cargados con maletas; muchos de ellos eran recibidos con abrazos y besos afectuosos y alguna que otra exclamación sorprendida.

Sonrió. Saber que ella misma estaba a punto de poder abrazarle y besarle la llenaba de entusiasmo.

Pronto, el flujo de viajeros que se reunían con su familiares o amigos se hizo escaso y, solo unos minutos después, nadie más atravesó las puertas de acceso. Juls, algo inquieta, se abrió paso entre la gente y volvió al cristal para escudriñar el exterior. No había más personas junto al autobús, solo el conductor que hablaba con un guardia de seguridad.

¿Se habría equivocado de hora?

Imposible.

Se sacó el teléfono del bolsillo y revisó sus wasaps. En uno de ellos, Jorge le confirmaba la hora de llegada. Las cuatro y media de ese viernes.

A lo mejor había algún otro autobús.

Vio que el conductor se encaminaba al interior de la sala y se acercó a él deprisa.

— Disculpe, ¿hay más autobuses que lleguen desde Benidorm hoy?

— Sí, seis más. El siguiente, a las nueve menos diez.

— No, me refiero a las cuatro y media.

— No. Este es el único.

— Ah, pues muchas gracias.

Con perplejidad, se alejó y tomó asiento en una de las sillas. Frunció el ceño. Quizá Jorge se había demorado y había perdido el autobús, se dijo.

Pero, entonces, ¿por qué no la había avisado? No entendía nada.

Desbloqueó el móvil y le llamó.

El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

Quizá se había quedado sin batería.

Accedió a la aplicación de mensajes y comprobó que su última conexión era de esa misma mañana, cuando intercambiaron un par de textos dándose los buenos días.

Tecleó con rapidez.

Has perdido el bus?

El bullicio de la gente a su alrededor le resultaba molesto, así que se puso de pie y se alejó camino de las escaleras mecánicas que conducían a la planta superior.

Volvió a llamarle con el mismo resultado que antes.

No sabía qué hacer.

¿Quedarse en la estación y seguir esperando hasta el siguiente autobús que llegaba a las nueve menos diez?

Aquello no tenía mucho sentido.

Salió a la calle y unas cuantas gotas de lluvia golpearon su cara. Maldijo en silencio. Había olvidado que estaba lloviendo. Sacó el paraguas plegable de su bolso y lo abrió, resguardándose debajo. Con la mirada extraviada en el fluido tráfico que circulaba por la avenida, le llamó de nuevo.

Nada.

Y el wasap que acababa de enviarle tampoco mostraba la doble notificación en azul. Él ni siquiera lo había visto.

No obstante, le envió otro más.

Estoy un poco preocupada. Llámame cuando puedas.

Comenzó a pasear arriba y abajo por la empapada acera. Estúpidamente, no se atrevía a alejarse demasiado de la estación de autobuses por si acaso él…

¿Qué?

¿Aparecía por arte de magia delante de ella?

Era obvio que no había cogido el autobús de las cuatro y media. Y no había otro hasta dentro de cuatro horas. Y tampoco tenía garantías de que Jorge fuera en él.

Marcó su número de nuevo.

La tonta locución volvió a penetrarle en los oídos.

— ¡Mierda!

Estaba desconcertada.

Quizá le había pasado algo…

«No seas tan dramática. Quizá ha perdido el bus y se ha quedado sin batería en el móvil y no ha podido avisarte. Es probable que llegue en el siguiente».

Sí, debía de ser eso.

No iba a ponerse histérica ni a hacer cábalas.

Lo mejor sería alejarse de la lluvia y esperarle dentro. No ganaba nada quedándose allí en medio de la calle, expuesta a los elementos. Retornó al interior y se encaminó a la zona de restauración. Uno de los locales era una cafetería con autoservicio en la que había varias mesas libres. Se hizo con un capuchino y tomó asiento en una de ellas, una que estaba frente al ventanal que daba a la calle. No había mucha gente en el exterior, pese a que era pronto. Quizá debido a la lluvia.

Trató de distraerse contestando unos cuantos correos electrónicos y navegando por sus redes sociales. En un fútil intento de averiguar algo más sobre Jorge, accedió también a las de él, pero no halló nada. La última publicación de su cuenta de Instagram era de hacía días, una foto de un grupo de alumnos antes de una inmersión en el mar.

Volvió a llamarle unas cuantas veces más.

De nuevo la locución.

Jamás una tarde había pasado tan despacio. Las manillas del reloj que había colgado de la pared detrás de la barra parecían suspendidas en el tiempo, como si estuvieran hechizadas y avanzasen a una velocidad infinitamente inferior a la habitual. Las personas llegaban, ocupaban las mesas durante un rato y luego se marchaban, cediendo su espacio a otras. El

ocaso convirtió el cielo en un lienzo azul marino carente de estrellas y cubierto de nubes informes que no dejaban de arrojar litros y litros de agua.

Su capuchino se convirtió en dos más y la batería de su móvil comenzó a peligrar ya que lo desbloqueaba frecuentemente para ver si él había leído sus wasaps.

No lo había hecho.

Su ansiedad fue creciendo exponencialmente.

No era fácil mantener la calma cuando toda la incertidumbre del mundo se manifestaba dentro de ella.

De repente, recordó que quizá Mariu tuviera el número de teléfono de Dani, pero cuando consiguió contactar con ella, esta le dijo que no lo tenía, que lo había eliminado cuando llegó a Madrid. No quiso darle demasiadas explicaciones y cortó la comunicación, prometiendo llamarla al día siguiente.

Su imaginación no tardó en comenzar a jugarle malas pasadas y a poner todo tipo de ideas en su cabeza. Quizá Jorge había decidido hacerle ghosting porque estaba harto de ella. Aunque aquello no tenía mucho sentido, ¿no? Desde el mismo instante en que abandonó Benidorm y regresó a Madrid, cada vez que hablaban o se enviaban mensajes, el entusiasmo de él era flagrante. Juls hubiera podido jurar que estaba tan comprometido con esa relación como ella.

Tenía que haber pasado algo grande para que él se comportase así.

No podía ser de otra manera, se dijo con convicción.

Sus ojos volvieron a centrarse en el reloj de la pared. Eran las ocho y media.

Lentamente, recogió sus cosas y abandonó la cafetería. Esquivó a un grupo de viajeros que parecían un poco perdidos y se encaminó a las escaleras mecánicas. En la planta baja, se aproximó a uno de los paneles que mostraban los horarios de llegadas y salidas y comprobó el número de dársena por la que iba a llegar el siguiente autobús con origen Benidorm.

Inquieta, paseó de un extremo al otro de la larga construcción sin fijarse apenas en las personas con las que se cruzaba. Miraba la hora en la pantalla de su móvil cada cinco minutos.

A las nueve menos cuarto se apostó frente a las puertas de cristal y aguardó con los nervios a flor de piel.

El autobús no tardó en llegar y aparcar en el mismo lugar en el que lo había hecho el de las cuatro y media. Y al igual que hacía unas horas, los pasajeros descendieron y se aproximaron a la trampilla lateral para recoger su equipaje. La mirada de Juls voló de uno a otro, tratando de encontrar su figura alta entre todos ellos.

Jorge tenía que estar en ese autobús.

Tenía que estar.

Apenas se dio cuenta de que se estaba clavando las uñas en las palmas de las manos debido a la ansiedad.

Pronto, todos los viajeros, cargados con bolsas y maletas, habían atravesado las puertas, accediendo al interior.

Jorge no estaba entre ellos.

Juls bajó los párpados y comenzó a menear la cabeza.

No entendía nada.

Volvió a llamarle.

El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

¡Mierda!

Pero ¿qué narices estaba pasando?

Quizá en el siguiente autobús…

«¡No! Deja de decirte gilipolleces a ti misma. No va a llegar en el próximo autobús. O ha pasado de ti o le ha sucedido algo. Sé realista».

Echó a andar casi por inercia y subió al piso superior. Sus pasos la llevaron hasta la salida. Seguía cayendo agua del cielo, aunque la lluvia había rebajado su intensidad. Abrió el paraguas y se alejó unos pasos de la edificación.

¿Cómo podía averiguar qué estaba ocurriendo? No tenía el teléfono de ninguno de sus hermanos o amigos, aunque a lo mejor podía localizarlos a través de las redes sociales, ¿no?

En ese instante, su móvil comenzó a sonar.

«¡Es él!»

Presa de la agitación y con dedos temblorosos, se sacó el aparato del bolsillo.

El nombre de su hermano destacaba en la pantalla.

Ahogó el gemido frustrado que estuvo a punto de abandonar su boca y aceptó la llamada.

— Hola, Félix — respondió.

— Juls, ¿dónde estás?

El tono serio de su voz la llevó a detenerse en medio de la acera.

— ¿Pasa algo?

Félix tardó unos segundos en responder.

— Es papá… Ha sufrido un infarto.

El estómago le dio un potente vuelco.

— ¿Có… cómo?

— Me acaba de llamar mamá. Le han llevado a La Paz. ¿Estás en casa?

Voy a buscarte.

— Pero…, pero… ¿está bien? — tartamudeó.

— No sé mucho, Juls. Mamá apenas podía hablar. Voy de camino hacia tu casa. Llegaré en quince minutos.

— Vale, vale. Te… te espero en la puerta.

La comunicación se cortó.

Juls cerró los ojos. Se le había instalado un sonoro zumbido en los oídos y sentía una enorme opresión en el pecho.

¿Su padre había tenido un infarto?

¡¿Cómo era posible?! ¡Pero si había estado con él solo hacía cinco días y estaba estupendo! ¡No podía ser cierto! Su padre tenía mucha vitalidad y se cuidaba muchísimo. No fumaba, no bebía y hacía deporte. Era el epítome de la vida sana…

¿Y su madre? ¿Cómo estaría su madre?

Muy nerviosa, echó a andar deprisa, esquivando charcos y a otros transeúntes que se cruzaron con ella. Su piso quedaba cerca de la estación de autobuses.

Por el momento, se olvidó de Jorge.