Inolvidable
Capítulo 30
Jorge
Hacía dos días que se había incorporado al trabajo y estaba encantado con el ambiente que se respiraba en la escuela. Solo había dos personas de las que no se acordaba: Gema y Edu, que habían empezado a trabajar allí el año anterior. No obstante, la situación no resultó demasiado forzada ni desagradable porque ambos le cayeron bien desde el principio. Los demás compañeros también se esforzaron por adecuarse a su amnesia, explicándole ciertas cosas con paciencia de las que seguro habrían hablado en multitud de ocasiones.
— ¿Cómo vas?
La pregunta se la hizo Till, su jefe, que se dejó caer sobre el sofá que había en un lateral de la oficina.
Jorge estaba sentado frente al ordenador, intentando coordinar el calendario de clases de la semana.
— Bastante bien — respondió y alzó la cara para encontrarse con los ojos de Till— . Todo perfecto. No te preocupes.
Le lanzó una sonrisa tranquilizadora. Pese a que había recibido el alta médica y su neurólogo le había dado vía libre para incorporarse al trabajo, todavía no podía practicar ninguna inmersión de buceo hasta nueva orden; no hasta que sus dolores de cabeza desaparecieran del todo. Al menos le había permitido conducir.
— Si tienes algún problema, dímelo.
— No voy a tener problemas — le aseguró— . El TAC que me hicieron la semana pasada estaba limpio. Estoy sano.
— Vale, no obstante, me lo dices — insistió.
Jorge asintió y volvió a concentrarse en la pantalla del ordenador.
— Sé que me estáis concediendo… privilegios — dijo al cabo de unos instantes.
— No sé a qué te refieres — dijo Till con inocencia, poniéndose de pie y estirándose. La gran envergadura de su cuerpo — medía cerca de metro noventa y era muy musculoso— pareció llenar la pequeña estancia.
— A que casi todo el trabajo está hecho y yo solo tengo que archivar facturas y dar clases teóricas.
— Será casualidad.
— ¿Casualidad? Claro — masculló con ironía.
— Venga, hombre, encima que te mimamos un poquito, no te quejes. Ya te daremos por el culo en unas semanas y luego llorarás.
Jorge soltó una risa cargada de resignación. Si había creído que se iba a librar de los exagerados cuidados familiares incorporándose al trabajo había estado muy equivocado.
— A llorar a la llorería, ¿no? — preguntó con guasa.
— Exacto — le respondió Till con una carcajada— . Y, por cierto, te noto diferente. Nunca te arreglas tanto un día de diario. Te has echado hasta colonia — terminó, olfateando el aire exageradamente.
— No te pases que no es para tanto — rechazó.
Pero sí que había puesto especial atención a su ropa. Llevaba unos vaqueros azules ajustados y un polo gris de manga larga y de cuello alto.
Combinaba el atuendo con su cazadora negra de cuero y sus botas de cordones. También le había dado forma a su pelo con algo de cera para el cabello.
— Venga, confiesa — insistió Till— . ¿Quién es la afortunada?
Jorge suspiró.
— Se llama Juls. Llega hoy desde Madrid y voy a ir ahora a recogerla a la estación de autobuses. ¿La conoces?
Till se acercó a la mesa y apoyó la cadera en el borde. Se había puesto serio.
— La conozco. Me la presentaste hace un tiempo en El Cisne.
Jorge guardó silencio.
— Vaya — dijo al fin con un carraspeo— . ¿Y qué te pareció?
Siempre se había llevado muy bien con Till y entre ellos había la confianza suficiente como para hacerle ese tipo de pregunta.
— Apenas la vi unos minutos, pero me pareció una chica guapa y simpática — respondió con vaguedad y se encogió de hombros— . Lo que sí te puedo asegurar es que estabas colado. Te pasabas el día con una sonrisa tonta en la cara, intercambiando mensajes con ella y no parabas de mencionarla.
— Todo el mundo me dice lo mismo — murmuró pensativo.
— ¿Cómo lo llevas? Me refiero a estar con ella sin que tu memoria haya vuelto. Tiene que ser complicado, ¿no?
— Mucho. Pero casi más para Juls que para mí — admitió— . La que mantiene las distancia es ella. Soy yo el que lo está dando todo para que volvamos a intentarlo.
Till reaccionó sorprendido.
— No me pidas que te lo explique porque yo tampoco lo entiendo demasiado bien — prosiguió con un suspiro— . Bueno, es mentira —
admitió cortante— . De hecho, es muy simple. Ella me interesa.
No pudo seguir hablando porque el móvil de Till comenzó a sonar con estridencia.
— Es mi chica — dijo este después de echarle un vistazo a la pantalla—
. Tengo que cogerlo. Nos vemos. — Hizo un gesto de despedida y salió de la oficina.
Jorge miró la hora en la parte inferior de la pantalla del ordenador. Las tres y cinco. Tenía que irse ya si no quería llegar tarde a recoger a Juls.
Guardó los cambios que había hecho en la hoja de Excel y la cerró.
Después, cogió su cazadora del respaldo de la silla y se la puso. Abandonó la estancia dando largas zancadas y le dijo adiós a Pablo que estaba en la parte delantera del local colgando unos neoprenos en uno de los percheros.
Había dejado a Turbo aparcado en la calle de al lado y, en solo un minuto, estaba dentro del vehículo. Veloz, mientras se abrochaba el cinturón de seguridad sobre la marcha, arrancó y tomó el camino hacia la estación de autobuses.
No iba a negar que estaba un tanto nervioso. Pese a que había hablado con Juls por teléfono, el encontrarse cara a cara con ella era una situación muy diferente.
No había mucho tráfico a esas horas y no tardó en llegar a su destino.
Dejó el coche en el parking descubierto que había delante de la moderna edificación gris y se apresuró a acceder al interior. El panel digital de llegadas y salidas le mostró que eran las tres y veinte. Justo a tiempo.
Su móvil comenzó a sonar dentro del bolsillo de su cazadora.
Era Erika.
— Dime, pero no te enrolles que estoy ocupado. Al grano.
— ¿A qué hora llega Juls?
— A las tres y veinte. Estoy en la estación de autobuses ahora mismo.
— ¿Cuántos días va a quedarse?
— No lo sé.
— Vete preparando algo para que nos veamos. Una cenita. Sé que Diego quiere apuntarse. Y, probablemente, Lukas también.
— No me jodáis. Paso — farfulló.
Quería a Juls para él solo. No quería compartirla con toda su familia.
— Mañana por la noche nos viene genial a todos — continuó ella, ignorando su protesta— . Y no puedes negarte porque si lo haces la llamo directamente y lo organizo.
— Chantajista.
— Exacto, ese es mi segundo nombre — admitió impertérrita.
— Lo hablo con ella, entonces — se rindió con un suspiro.
— Dale un beso de mi parte.
Se despidieron y volvió a guardarse el móvil en el bolsillo. Luego, se encaminó a las escaleras mecánicas que llevaban a la planta baja, pero ni siquiera tuvo la oportunidad de utilizarlas porque la figura de Juls, que arrastraba tras de sí una pequeña maleta rodante, se mostró ante sus ojos a unos veinte metros de distancia. Se detuvo en seco y aprovechó que una columna le cubría parcialmente para estudiarla con sumo interés sin que ella fuera consciente de su presencia.
Juls desvió la cabeza a un lado y al otro, buscándole, con toda seguridad.
Habían hablado la tarde anterior y él se ofreció a ir a recogerla. Pese a que trató de rechazarle, él fue muy persistente hasta que logró salirse con la suya.
Quizá fuera la casualidad o quizá el destino, pero lucía una ropa parecida a la que llevaba él, vaqueros, jersey gris y cazadora negra de cuero.
Una sonrisa perezosa despuntó en sus labios al percatarse de ello.
Qué coincidencia, ¿no?
Se recreó observándola. Su rostro mostraba un rictus serio y tenía el ceño fruncido, pero eso no le restaba puntos a su belleza natural. Era hermosa. Una sensación de bienestar se esparció por su interior. Quizá su mente fuese incapaz de recordarla, pero su cuerpo reaccionaba a ella como si la conociera de siempre, como si supiera que aquella mujer era su chica .
Su chica…
Cabeceó, haciéndose a la idea.
Una idea que sonaba muy bien. Extremadamente bien.
Finalmente, dio un paso a un lado, haciéndose visible. No había mucha gente a aquella hora de la tarde y sus miradas no tardaron en chocar. En los femeninos ojos se mostró sorpresa y un fogonazo eufórico que se apagó con rapidez dejando paso a la cautela.
Jorge suspiró un poco decepcionado, pero se tragó la desilusión y sonrió.
Echaron a andar al unísono hasta que se encontraron uno frente al otro.
La incomodidad era palpable en ella; sus hombros estaban tensos y apretaba la mandíbula.
Jorge tenía ganas de estrecharla entre sus brazos con fuerza, pero se conformó con darle dos besos superficiales al tiempo que posaba las manos sobre sus caderas. No pudo evitar, sin embargo, aprovechar el instante de contacto físico para llenarse de su aroma, inspirando en profundidad.
— Bienvenida, Juls — le dijo, y añadió— : Me encanta como hueles.
Era obvio que ella no había esperado un comentario semejante porque sus mejillas enrojecieron y su boca se entreabrió por la perplejidad.
— Eh… Hola — tartamudeó cuando recuperó su compostura.
— ¿El viaje, bien?
— Sí. No se me ha hecho muy pesado.
— Has llegado muy puntual.
— Sí. Hace pocos minutos.
— Ah, pues genial.
Después de ese torpe intercambio de información, callaron los dos.
Jorge carraspeó, devanándose los sesos para encontrar algo interesante que decir.
¿Cómo era posible estar tan ansioso? Era ridículo.
— Déjame que te lleve la maleta — dijo y extendió la mano.
— No hace falta — rechazó ella con un ademán.
De nuevo, un silencio embarazoso.
— Parece que nos hemos puesto de acuerdo — soltó él.
Ella le miró con la frente arrugada, sin comprender.
— La ropa — aclaró— . El destino es un bromista, ¿no crees?
— ¡Oh! Eso parece — repuso ella, escrutándole de arriba abajo y deteniéndose más tiempo del necesario en su torso.
Él vaciló antes de hacerle la siguiente pregunta, pero su espíritu insolente ganó la partida.
— ¿Te gusta lo que ves?
Ella alzó la barbilla con precipitación y se mordisqueó el labio inferior.
Parecía estar meditando cómo responder.
A Jorge, ese gesto — en apariencia inocente— le despertó un suave aleteo en la boca del estómago. Aguardó con avidez a que llegase su contestación. ¿Recogería el guante que él le había arrojado?
— Me gusta — admitió ella, imprimiendo firmeza a su voz.
«¡Perfecto!».
Sin poder evitar que una nueva sonrisa se dibujara en su boca, hizo una señal indicando el camino hacia la salida y echó a andar, poniéndole una mano en la curva de la espalda.
— ¿Cuántos días te vas a quedar?
— Hasta el lunes que viene.
¿Cinco días? No eran muchos. Tendría que aprovecharlos al máximo.
— Trabajo por las mañanas, pero tengo las tardes libres y el fin de semana también.
Ella se detuvo justo frente a la puerta de cristal.
— Tampoco hace falta que nos veamos todos los días…
— ¿Cómo que no? — la interrumpió— . Todos los huecos de mi agenda llevan tu nombre. Que lo sepas.
Ella resopló con ironía y él correspondió con una risa.
Tenía muchos planes. Planes que incluían llevarla a comer o a cenar por ahí y visitar algunas zonas interesantes de la ciudad que ella, seguramente, no conocería. Les quedaban muchos lugares por descubrir.
Juntos.
— ¿Quieres que te lleve a tu apartamento? — le sugirió mientras empujaba la puerta y le cedía el paso— . ¿O prefieres ir a comer algo primero?
En ese preciso instante, el estómago de ella emitió un rugido bastante audible.
— ¿Contesta eso tu pregunta? — Giró la cabeza con una mueca avergonzada.
Él volvió a reírse.
— Has sido transparente como un cristal. Pues vamos primero a comer algo. Luego quiero llevarte a un sitio precioso.
— ¿Dónde? — Le lanzó una mirada cargada de curiosidad.
— Es una sorpresa.
Ella abrió la boca como si fuera a protestar, pero tras unos segundos volvió a cerrarla y se encogió de hombros.
Alcanzaron el Patrol y dejaron la maleta en la parte trasera antes de acomodarse en los asientos.
— ¿Preparada para la brutal suspensión de mi coche? Es como montar en una montaña rusa.
Ella emitió un gemido cargado de desconcierto y se cubrió los ojos con la mano.
La miró con sorpresa. Sin embargo, su expresión cambió cuando una vaga idea del porqué de su extraña reacción acudió a él repentinamente.
— Es algo que ya te he dicho con anterioridad, ¿verdad?
— Sí — contestó ella en un murmullo con la vista fija en el parabrisas—
. Es lo mismo que me dijiste la primera vez que monté contigo en este coche.
— Vaya, qué poco original soy. Pues no puedo prometerte que no vuelva a suceder. Ya sabes, amnesia y eso…
— No pasa nada — dijo en un hilo de voz.
Su intento por quitarle hierro al asunto no había servido de nada ya que las palabras de ella rezumaban tristeza. Aquello no le gustó demasiado.
Metió la llave en el contacto y arrancó. La radio — sintonizada en Kiss FM como de costumbre— escupió el estribillo de Take on me de A-ha. La tarareó mientras abandonaban el parking. Podía sentir los ojos de ella sobre su persona, pero fingió no darse cuenta y continuó cantando.
Juls
Comieron en un restaurante cercano al parking donde habían dejado el coche. Aitona se llamaba. Era un lugar sencillo, sin grandes pretensiones que servía típicos platos mediterráneos. Según le explicó Jorge, Diego vivía cerca e iba mucho por allí por lo que el dueño los trató con mucha deferencia y se acercó a su mesa un par de veces para comprobar que todo fuera de su gusto.
No tocaron temas demasiado profundos mientras comían. Como si se hubieran puesto de acuerdo, solo hablaron de asuntos neutrales, de sus respectivos trabajos y de sus familias. Jorge le contó también que hacía dos días que había vuelto a su apartamento del Albir y que estaba acostumbrándose a su recién adquirida independencia.
Después de comer, él la guio a través de unas calles peatonales flanqueadas por comercios de todo tipo y llenas de turistas, pero no tardaron en sumergirse en otras callejuelas mucho más estrechas y sin tanta afluencia de gente. Juls le preguntó en varias ocasiones por su destino, pero él reaccionó de manera misteriosa y no quiso desvelarle nada.
Finalmente, llegaron hasta una coqueta iglesia junto a la que había un pasadizo que se abría a una plaza con suelo de baldosas ajedrezadas y rodeada por una balaustrada blanca que daba al mar. En un extremo había un ancla gigantesca de bronce. Juls no tuvo tiempo de detenerse a contemplarla porque él la sujetó por la muñeca y tiró de ella. Parecía tan entusiasmado como un niño el día de los Reyes Magos. Agitada por el contacto de su mano sobre la piel de su brazo, se dejó arrastrar hasta el otro extremo de la plaza. Allí, junto al monumento de cuatro cañones también de bronce, había una escalinata custodiada por dos columnas blancas con
filigranas azules muy típicas de la arquitectura mediterránea. La subieron y, de pronto, se encontraron en un lugar precioso, como sacado de un cuento.
Juls no pudo evitar que se le abriera la boca por la sorpresa.
El suelo continuaba imitando a un ajedrez de dos tonos de gris y los arcos y columnas encalados en blanco y salpicados por azulejos azules se alternaban con árboles y algún banquito de madera. Al frente, había un pozo que presumía de los mismos colores de toda la zona, de cuya alzada superior de hierro forjado colgaban unos cuantos candados. Jorge se apresuró a explicarle que se había puesto de moda entre las parejas depositarlos allí como un símbolo de su amor.
Juls se dejó conducir hasta otras dos columnas similares a las anteriores de las que partía una escalera con balaustrada blanca que semejaba llevar hasta el mismo mar. Si antes se había sentido sorprendida, ahora estaba completamente fascinada por las vistas que se abrían ante sus ojos. Jorge no la había soltado en ningún momento y comenzó a descender los escalones delante de ella, tirando de su brazo. No tardaron en alcanzar una terraza con forma de pentágono que parecía suspendida sobre el océano, en cuyo centro se erguía una farola blanca de cinco luces.
No había apenas gente; solo dos parejas sacándose fotos en un extremo.
— Pues ya estamos aquí — anunció él y abrió los brazos con grandilocuencia.
— Me encanta — susurró ella, maravillada por el ambiente. Un lugar así no terminaba de encajar con el Benidorm que ella conocía.
— Es el Balcón del Mediterráneo, también llamado Mirador del Castillo. Ese nombre le viene porque durante varios siglos aquí hubo una fortaleza desde donde la ciudad se defendía de los continuos ataques de piratas — explicó Jorge— . En el siglo diecinueve, los franceses asaltaron el castillo y se apropiaron de él porque desde aquí podían vigilar los barcos ingleses que llegaban tanto por Levante como por Poniente. Pero la flota inglesa acabó derrumbando las instalaciones a cañonazos desde sus barcos.
Cuando acabó la contienda, el castillo fue abandonado y hoy sólo quedan algunos vestigios de sus murallas sepultados bajo las rocas.
Juls le escuchó llena de interés. Cuando Jorge relataba alguna historia que conocía se le iluminaban el rostro entero. Le miró, analizando todos y
cada uno de sus gestos. Era como el Jorge de entonces cuando le habló del origen de la Isla de Benidorm.
— Soy aburrido, ¿no? — preguntó él al tiempo que se acariciaba la nuca.
— De ningún modo. — Negó con energía— . Siempre me ha gustado escucharte.
— ¿Siempre? ¿Te contaba muchas historias? — indagó con curiosidad.
— Algunas — repuso ella— . Me hablaste de la leyenda del gigante Roldán.
— ¿En serio? ¿Así fue cómo te conquisté? — dijo en tono de broma.
— Puede — admitió.
Después de reconocer aquello, se batió en retirada, apartándose unos pasos. Su cercanía le impedía concentrarse en otra cosa que no fuera él. El paisaje marino que le rodeaba era el encuadre perfecto para su masculina figura. Jorge y el mar, imposible imaginar al uno sin el otro. Ni siquiera era capaz de disfrutar de la belleza que la rodeaba porque su presencia era intoxicante.
Se acodó en la balaustrada y aspiró hondo. Un ligero olor salobre le penetró por las fosas nasales mientras se centraba en la inmensidad del mar azul turquesa que parecía extenderse hasta el infinito y confundirse con el cielo. Las vistas desde allí eran espectaculares. Podía ver ambas bahías, la de Levante y la de Poniente, y el skyline de la ciudad. La singular terraza había sido construida entre las dos playas, sobre una península rocosa contra la que rompían las olas lanzando espuma blanca al aire.
Giró la cabeza para localizar a Jorge. Se había alejado de la barandilla y permanecía con las manos hundidas en los bolsillos justo al lado de la alta farola. El sol le bañaba en tonos dorados. Tenía la mirada extraviada en algún punto del lejano horizonte. Parecía pensativo.
Juls frunció el ceño. No tenía ni idea de cómo comportarse con él. Si se hubiera tratado del Jorge de antes habría bromeado y le habría provocado con algún comentario irónico, pero ese hombre atractivo que se erguía a escasos metros de ella con el pelo revuelto por la brisa era un desconocido.
El intercambio de palabras que tuvieron la noche de fin de año acudió a ella de repente.
¿Qué sientes por mí, Jorge? ¿Estás enamorado de mí?
Podría ser.
Suspiró internamente.
¿Qué probabilidades había de que una persona se enamorase de otra dos veces? Se suponía que muchas. A fin de cuentas, era lógico que se sintiera atraída por los mismos atributos y comportamiento de la otra persona, al igual que antes, ¿no?
No.
No era tan sencillo.
En teoría, sonaba bastante bien, pero en la práctica era muy diferente.
El nuevo Jorge era distinto al antiguo. Carecía de dos años de vivencias que le habían hecho ser quién era. En ese tiempo que se había borrado de su memoria, él había tenido multitud de experiencias y pensamientos que le habían moldeado y convertido en su Jorge . Pero ese Jorge que miraba al mar con ojos soñadores no era el mismo hombre que se había enamorado de ella la primera vez y tampoco era el mismo del que ella se había enamorado. Había una gran diferencia entre los dos, incluso siendo la misma persona.
¿Cuál era la conclusión de todo aquello, entonces? ¿Había dejado de quererle? La atracción que sentía por él seguía estando ahí, omnipresente y poderosa. Pero ¿y lo demás? ¿Dónde estaban el afecto y el cariño? ¿Se habían perdido?
Le observó llena de confusión y se recreó en su atractivo perfil.
Imposible negar que era terriblemente cautivador.
Él giró la cabeza y le regaló una sonrisa.
Una sonrisa que le transformó el rostro lentamente. Era algo digno de ver. Empezó en sus ojos que chispearon con rapidez, iluminándose y desprendiendo destellos de color miel. Después se desplazó hasta la parte inferior de su cara hasta aterrizar sobre sus labios que se abrieron con suavidad dejando al descubierto una constelación blanca como la nieve.
Cada vez que él sonreía de aquel modo era como ver fuegos artificiales contra el cielo oscuro de medianoche.
El corazón de Juls se detuvo un instante para, después, desbocarse como un loco.
Llena de agitación, apartó la mirada y volvió a dirigirla hacia el océano.
— ¿Qué es eso? — preguntó, intentando disimular su zozobra y señalando con el dedo una especie de estructura metálica que emergía de las azules aguas a unos metros de distancia.
— ¿Eso? — Él se aproximó y se acodó en la balaustrada, a su lado— .
Eso era el géiser. Hace tiempo que no funciona, pero cuando lo hacía era digno de ver. La altura del agua llegaba a los cien metros de altura. Era una pasada.
— ¿Por qué ya no funciona?
— El agua que salía disparada erosionaba las rocas del acantilado y dañaba el medio ambiente. Además, el mecanismo se estropeaba con frecuencia. Al final, lo dejaron por imposible.
Juls asintió distraída. Él estaba demasiado cerca, de nuevo. Solo dos o tres centímetros separaban sus codos y podía oler la fragancia que desprendía su piel perfectamente. Era un aroma muy viril y personal, una mezcla de esencias marinas y de Jorge. Por el rabillo del ojo se dio cuenta de que él la observaba con insistencia. Respiró hondo.
— ¿Por qué me miras tanto? ¿Te gusta lo que ves? — le preguntó con fingido aplomo, devolviéndole las mismas palabras que había empleado él en la estación de autobuses.
— Sí. Me encanta. Eres preciosa — respondió con mucha seguridad— .
Me gusta tu nariz respingona y tus labios gruesos. Tus pómulos marcados, tus ojos tan bellos y la curva de tu frente. Y tu cuello estilizado…
El estómago de Juls se contrajo.
— ¿Ahora eres poeta?
Él se echó a reír.
— Soy lo que tú quieras que sea.
Un nuevo espasmo agitó su abdomen.
— ¿Coqueteas conmigo?
— Sí. ¿Qué tal voy? — La provocación era palmaria.
— Demasiado bien — reconoció en un susurro— . Eso que me has comentado antes de una cena con tus hermanos, ¿dónde vamos a ir? —
Cambió de tema a toda velocidad.
— Cobarde — la recriminó él.
Ella no tuvo opción de decir ni una sola palabra porque él dio un paso atrás, situándose a su espalda, y posó ambas manos sobre sus hombros.
Incluso a través de la gruesa tela de su cazadora, Juls pudo sentir su calor y un involuntario escalofrío la recorrió de arriba abajo.
— Todavía no lo sé — siguió hablando él— . Será Erika la que se encargue de todo, como siempre. Es una organizadora nata. — Hizo una breve pausa antes de continuar con voz rasposa— : ¿Dónde nos besamos por primera vez?
Ella se puso tensa. Tenía los nervios a flor de piel. Y no ayudaba nada que él se hubiera inclinado y le hablara casi al oído.
— Hubo dos primeros besos — repuso al fin— . El de mentira y el de verdad.
— ¿También intercambiamos besos falsos? — La sorpresa se reflejó en su tono.
Juls le habló de la noche en la que se conocieron y también del día en la playa en el que fingió ser su chica para librarle del acoso de Bea. Él dejó escapar una risa ronca al escucharla y las sacudidas de su torso encontraron eco en el cuerpo de ella, que tuvo que morderse los labios para no emitir un ahogado suspiro.
— Gracias por librarme de Bea. Es mi torturadora particular.
— Lo sé.
— ¿Y el beso de verdad? — insistió él.
— Ese fue un día después. En la piscina, en casa de tus padres… —
vaciló— . Te comportaste como un crío y me retaste a besarte debajo del agua.
— Y lo hiciste.
— Es que te pusiste muy pesado.
Intentó mantener el tono desenfadado para no delatarse a sí misma y mostrar lo insegura que se sentía hablando de ese tema.
— Ya. Claro — dijo él con ironía.
Juls rememoró aquel beso. Un beso robado lo había llamado él. Aunque comenzó como una torpe caricia debajo del agua, terminó siendo apasionado y ardiente. Un gran beso.
— ¿Y te gustó? — inquirió él.
— Para nada — rechazó con exageración— . Fue bastante regular.
— ¡Ja! Seguro que mientes y beso como un dios.
Lo hacía. Besaba como un dios. Incluso el beso más torpe de Jorge era mejor que el beso más apasionado de cualquier hombre. Todos empalidecían al lado de los suyos. Por su cabeza revoloteó el beso que Sergio le dio la noche de fin de año. Casi lo había olvidado ya que no significó nada para ella, y a Sergio debió de quedarle también bastante claro porque no había mencionado el tema y tampoco había vuelto a llamarla.
En ese preciso momento, la canción I’d d o anything for love de Meat Loaf rasgó el ambiente y se mezcló con el sonido de las olas del mar.
— Tu móvil — murmuró él, apartándose de ella.
¿Había sonado decepcionado?
Se sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y miró la pantalla.
Era Félix.
La culpa la embargó al ser consciente de que no había avisado a su hermano de su llegada a Benidorm, aunque se lo había prometido. Solo les había enviado un mensaje a sus padres.
— Lo siento. — Fue lo primero que dijo nada más aceptar la llamada.
— Vale, te perdono — repuso él.
— Es que me he liado y se me ha olvidado llamarte.
— Me supongo cómo te has liado — soltó con sarcasmo.
— Bueno, eh… Esta noche te llamo y hablamos más, ahora estoy ocupada — dijo mientras le echaba un vistazo a Jorge, que se había alejado al otro extremo de la terraza.
— Vale, peque. Sé cuidadosa.
Cortó la comunicación y echó a andar hacia donde él se encontraba.
— Era mi hermano — le dijo.
Jorge asintió sin mirarla.
De pronto, todo el buen humor que él había mostrado hacía solo unos minutos se había esfumado y Juls arrugó la frente con confusión. ¿Por qué parecía tan distante?
— ¿Estás bien? — le preguntó.
— Sí, claro — respondió él y le sonrió. Pero era una sonrisa tibia que no alcanzó sus ojos— . ¿Quieres que nos vayamos? Se está levantando un poco
de fresco, ¿no crees? — continuó, introduciéndose las manos en los bolsillos de la cazadora.
Tenía razón. El viento había comenzado a soplar con más fuerza. Las otras parejas hacía ya un rato que se habían marchado.
— Vale — aceptó.
Antes de seguirle hacia la escalera, miró una última vez a su alrededor, grabando el escenario en su memoria. Era un lugar muy especial.
Pese a todas sus dudas e inquietudes, estaba feliz de haberlo compartido con él.