Inolvidable
Epílogo
Nochevieja – Un año más tarde
Jorge
Los colores del crepúsculo se reflejaban en las pupilas de Juls, que se había puesto de pie y se había acercado a la gran cristalera para disfrutar del espectáculo. Al otro lado de la bahía, el sol descendía lentamente tiñendo el horizonte de naranja, dorado y rosa.
La belleza del momento era indescriptible.
Pero Jorge permanecía ajeno al entorno. La observaba a ella, fascinado, sin querer perderse ni una sola de sus expresiones.
Un año después de habérselo prometido, estaban celebrando el fin de año en el Bar Planta20, en el último piso del Hotel Madeira Centro, la joya escondida de Benidorm.
— Estoy alucinando — susurró ella casi sin voz— . Las vistas son increíbles.
— Te lo dije — murmuró él, situándose tras ella y apoyando las manos sobre sus caderas— . Para que luego digas que no cumplo mis promesas.
Incluso las que no recuerdo haber hecho — bromeó.
Ella se recostó contra su pecho, su cuerpo sacudido por la risa, pero no dijo nada y se limitó a recrearse en la puesta de sol.
Habían pasado algo más de once meses desde aquel amanecer en la playa del Albir que se convirtió en su nuevo comienzo. Once meses de viajes en autobús, de trayectos en coche y de escapadas imprevistas para poder verse, exprimiendo hasta el límite todo el tiempo que podían estar juntos.
Once meses de relación a distancia.
Sin distancias.
Se veían cada fin de semana, cada puente y en vacaciones. O bien era Juls la que cogía el bus y se presentaba en Benidorm, o era él quien se
montaba en Turbo y en cuestión de unas horas se plantaba en su portal en Madrid. Y cuando no podían desplazarse, se hacían videollamadas, intercambiaban mensajes y correos electrónicos.
Había parejas que vivían en la misma ciudad y tenían menos contacto que ellos.
Sus migrañas habían ido disminuyendo hasta desaparecer del todo y su último TAC había salido limpio. Todavía acudía a sus citas con la doctora Carmena, pero solo lo hacía cada dos meses, para sesiones de mantenimiento. No había recuperado la memoria y, según transcurría el tiempo, era bastante improbable que lo hiciera algún día, al menos eso le había dicho su neurólogo.
Pero si era sincero consigo mismo, no le importaba demasiado. Tenía todo lo que quería y había ido llenando sus lagunas mentales con nuevos recuerdos. La gran mayoría con Juls como protagonista. En el móvil llevaba las pruebas de ello en forma de textos y de imágenes. Paseos, excursiones, comidas y cenas, tardes en la playa, mañanas en la cama y noches sin dormir… Una sucesión de experiencias maravillosas compartidas.
Y lo mejor de todo estaba por llegar.
Justo después de Navidad, Juls había hecho las maletas definitivamente y se había mudado a su apartamento.
Una sonrisa tontorrona le rizó los labios al pasar revista a los últimos cinco días.
Juls y él viviendo juntos.
Un puto paraíso.
Se acabaron las despedidas, los besos melancólicos en las estaciones, el contenerse a duras penas para que el otro no se diera cuenta de la tristeza del adiós, las últimas miradas en el espejo retrovisor del coche y el echarse de menos.
Fin a todo aquello.
Ahora comenzaban los amaneceres pegados el uno al otro, el compartir armario y cajones, el pelearse por el lavabo en la mañana y en la noche y el llegar a casa para encontrarse con las luces encendidas y el sofá ocupado.
Bienvenida, nueva vida.
Estaba delirante de felicidad y sabía que a Juls le sucedía lo mismo.
Ella seguía conservando su trabajo en la revista digital y solo tenía que viajar a Madrid una vez al mes para las reuniones editoriales. Todavía no había empezado a buscar un trabajo mejor en la costa, pero era su intención hacerlo. Él continuaba en la escuela de buceo, aunque había vuelto a interesarse por el Oceanográfico. Quizá el futuro los llevase a Valencia o a otro lugar. No lo sabían y no les importaba demasiado. Estaban abiertos a todo. Solo había una cosa que tenían clara: querían seguir juntos en aquella aventura.
La melodía que ambos compartían en el móvil comenzó a sonar e interrumpió el hilo de sus pensamientos.
— ¡Joder! — masculló— . ¡Qué oportunos! ¿Es el tuyo o es el mío?
— El tuyo — repuso ella— . El mío lo tengo en mi bolso. — Señaló la mesa en la que estaban sus cosas a unos metros de distancia.
— Paso de responder — dijo él después de echar un vistazo a la pantalla.
— ¿Es tu hermana?
— ¡Bingo!
— Qué cruel eres — se rio— . Anda, cógelo.
Refunfuñando con exageración, lo hizo.
— Tiene que ser algo muy grave para que nos molestes en esta cita increíblemente romántica de la que te informé hace días y te pedí por favor que nos dejases en paz.
— Es urgente — respondió Erika. Su tono de voz delataba que mentía cono una bellaca.
— ¿Cuál es la urgencia?
— Que sin vosotros las uvas no van a ser lo mismo.
— Pfff… Entiendo lo de la urgencia. Voy a colgar.
— ¡No! ¡Espera! ¿Por qué no venís a casa después de ver la puesta de sol esa que realmente podíais haber visto cualquier otro día?
Jorge le pasó un brazo por encima de los hombros a Juls que seguía absorta en los cambiantes colores del cielo.
— Es más romántico hoy. Además, que paso, que tenemos una suite maravillosa para pasar la noche los dos solos.
— ¡Pero es que os echamos de menos! Incluso Diego lo está diciendo,
¿verdad?
— Déjalos en paz y que hagan lo que quieran. Cuelga. — Se escuchó la voz profunda de su hermano por detrás.
Jorge se carcajeó.
— No cuela, Erika.
— Pero mañana coméis con nosotros.
— Ya veremos.
En realidad, ya lo había acordado con sus padres y habían quedado en encontrarse para celebrar el Año Nuevo.
— Jo, Jorge — protestó ella como si fuera una niña pequeña.
— ¡Nos atacan los extraterrestres! ¡Tengo que dejarte! ¡Adiós!
Cortó la comunicación.
— ¿Extraterrestres? — se rio Juls.
— ¿No ha sonado creíble? — preguntó con ironía. Volvió a abrazarla y le dio un beso en la punta de la nariz.
— No. Se ha notado que mentías.
— Vaya. Pondré más empeño la próxima vez.
— Si hubieras dicho que había un tiburón blanco en la playa habría sido más convincente.
— Recuérdame que no te pida ayuda cuando necesite inventarme una excusa para lo que sea.
— ¡La mía es mejor que la tuya! Por lo menos estamos junto al mar y siempre cabe la posibilidad de que aparezca algún escualo.
— Naturalmente. Un tiburón blanco en el Mediterráneo… Se nota que eres una periodista concienzuda.
Apenas había terminado de hablar cuando la melodía comenzó a sonar de nuevo. Esa vez llegaba desde la mesa.
— Te toca — murmuró él.
Juls se desasió de su abrazo y se acercó a su bolso.
— Creo que nuestras familias se han puesto de acuerdo — le dijo, mostrándole la pantalla. Era una videollamada de Félix.
— Son igual de pesados tanto mi hermana como tu hermano.
Deberíamos juntarlos.
— Eso es lo que quiere Erika. Ya me ha pedido el número de Félix en veinte mil ocasiones. Es demasiado peligroso. Mi hermano se la zamparía de dos bocados.
— Yo apuesto por ella. Está muy loca.
Juls aceptó la llamada y situó el móvil frente a ellos. La cara de su hermano mostraba una mueca festiva.
— ¡Hola a los dos! Os llamamos ahora que luego las líneas están ocupadas. ¡Feliz Año!
— Feliz Año — respondió Jorge con una sonrisa de oreja a oreja.
— ¿Estáis todos ahí? — preguntó Juls.
— Sí. Espera.
Félix fue desplazando el móvil por la estancia y los padres de Juls, su hermano Rodrigo, su mujer y sus hijos aparecieron en la pantalla. Todos iban saludando con entusiasmo y agitando los brazos.
— ¡Feliz Año! — exclamó Juls con deleite, lanzando besos.
— El año que viene os toca aquí — dijo su madre.
Ambos asintieron con energía.
A Jorge le gustaba la familia de Juls. Había estado en varias ocasiones en su casa y, pese a que eran bastante más formales y serios que sus padres, le habían hecho sentir muy a gusto.
— Que sepáis que os echamos de menos — intervino Félix, volviendo la cámara hacia su cara de nuevo— . Pero que entendemos perfectamente lo del romanticismo y la puesta de sol — se guaseó.
Jorge se rio. Sin duda, Juls le había puesto al corriente de todo.
— ¿Hoy no trabajas? — le preguntó esta.
— Sí. Vamos a cenar temprano y me voy — repuso y luego añadió, dirigiéndose a Jorge— : Cuídala mucho que, aunque parezca poquita cosa, la queremos. Es nuestra niña pequeña.
— Lo intentaré — respondió él con una risa.
— ¡Cabrón! — le dijo ella.
— ¡Esas palabrotas! — Se escuchó a su madre por detrás.
— Pasadlo bien esta noche y mañana hablamos — dijo Félix.
Giró el teléfono hacia los demás de nuevo, que se despidieron con exclamaciones, besos al aire y brazos agitados, a los que Juls y Jorge
correspondieron de igual manera.
Una sonrisa flotaba en los labios de ella cuando cortó la llamada.
— ¿Los echas de menos?
— No demasiado. Estuve con ellos hace solo unos días. Además, estoy exactamente donde quiero estar.
Se acercó a él y le abrazó por el talle, alzando la cara para poder mirarle a los ojos.
Jorge la contempló con codicia.
Quizá su rostro fuese demasiado aniñado. Quizá su nariz muy pequeña o su boca un poco grande para sus facciones delicadas. Quizá sus pómulos fueran demasiado altos.
Quizá, pero para él era preciosa.
Quizá fuera demasiado indecisa y algo cabezota. O poco madura y nada práctica. A veces era muy bromista e irónica y otras veces se tomaba la vida demasiado en serio. Quizá fuese frágil en exceso y demasiado soñadora. O
dura como el acero cuando decidía algo. Contradictoria.
Indudablemente, era la mujer perfecta para él.
Y no se cansaba de repetírselo.
No había muchas personas en la terraza del Planta20. Era demasiado pronto para que la gente se hubiera puesto en marcha esa Nochevieja, apenas las seis de la tarde. Y Jorge se aprovechó de la ausencia de público para sellar los labios de ella con los suyos en un beso pasional que los dejó a ambos sin aliento.
— Creo que ya te lo he dicho como cuatrocientas mil veces, pero te lo vuelvo a repetir: eres la mujer de mi vida. Así tal y como eres, pequeña y poquita cosa…
Ella resopló con burla, pero se puso seria con rapidez.
— Y creo que yo también te lo he dicho unas cuantas veces, Jorge. Mil gracias por no olvidarte de nuestro imperfecto amor.
— Eso es imposible. Creo que, aunque volviese a perder la memoria de nuevo, seguiría recordándote aquí. — Cogió una de las manos de ella y la llevó a su corazón, que latía firme y fuerte.
— ¿Sabes que te quiero? — Fue la respuesta de Juls.
Asintió y la besó de nuevo, esa vez con dulzura.
Ella se separó de él con algo de reticencia.
— Voy a ir al aseo.
La vio alejarse con embeleso. Lucía un vestido rojo cuya corta falda de vuelo se agitaba con cada paso que daba y le acariciaba las caderas. Subió su hambrienta mirada hasta su nuca y las ganas de lamerle y mordisquearle ese trozo de piel sexi le acometieron.
¡Mierda!
Se había empalmado.
Se giró con disimulo y se colocó el pantalón. Acto seguido le dio un largo trago a su cerveza, paladeándola.
Sus ojos se anclaron en el cielo que se iba oscureciendo por momentos mientras sonreía. Dichoso.
Juls
Cerró la puerta del aseo a su espalda y acudió a uno de los reservados.
Minutos después lo abandonaba y se acercaba a los lavabos. El enorme espejo que había sobre ellos le regaló la imagen de una mujer sofocada.
Todavía tenía las mejillas enrojecidas.
Los besos de Jorge tenían ese efecto en ella. Incluso después de tantos meses.
Sacó el carmín de su bolso y se retocó los labios, aunque sabía que era absurdo. Él no iba a dejar de besarla. Algo que ella tampoco quería que sucediera.
Sonrió con satisfacción.
Estaba pletórica.
No solo estaban celebrando la Nochevieja tal y como habían planeado hacía un año, sino que su vida en común había comenzado. Desde hacía cinco días se despertaba a su lado y sabía que aquello iba a ser su constante.
Una fantasía.
— ¡Sí, sí, sí! — dejó escapar con euforia después de comprobar que no había nadie más en la estancia.
¿Se podía morir de felicidad?
Un pitido la alertó de un wasap entrante. Sacó el móvil del bolso y le echó un vistazo.
Jorge: Hace una eternidad que te fuiste. Como no regreses tendré que irme con la camarera.
No pudo evitar reírse. La camarera era un señor de unos cincuenta años con un frondoso bigote.
Juls: Te refieres al del mostacho? Con eso no puedo competir. Paga antes de marcharte por favor.
Jorge: Tan poco te intereso que dejas que me vaya con cualquiera?
Juls: Con cualquiera no. Es que lo del bigote tiene morbo. Me alegro de que te guste probar cosas nuevas.
Jorge: Hablando de cosas nuevas, qué te parece si nos vamos ya a la suite?
Juls: Sin cenar?
Jorge: Que nos lleven la cena a la habitación…
Juls: Creo que tienes segundas intenciones.
Jorge: Y terceras y cuartas… Ya sabes cómo soy.
Juls: La paciencia es una virtud.
Jorge: Una virtud es ser tan comedido como yo durante toda la tarde con ese vestid ito que te has puesto.
Juls: Y eso que todavía no sabes que no llevo ropa interior.
La respuesta llegó poco después. Era un gato con los ojos desorbitados y la leyenda: Ay Dios mío. No puedo creerlo!
Juls: Jajajaja. Tú y tus memes.
Jorge: No te reirías tanto si supieras lo que está pasando dentro de mis pantalones ahora mismo.
Alzó la cara y vio sus ojos reflejados en la bruñida superficie.
Resplandecían de diversión.
Juls: Tienda de campaña?
Jorge: Para doce personas. Como no salgas, no respondo.
Juls: Jajaja, qué exagerado. Has pagado ya?
Jorge: He pagado y estoy en la puerta del aseo, esperándote ansioso y desesperado.
Ella volvió a reírse.
Jorge era tan genial.
Se echó una última ojeada en el espejo y se alisó el vestido. Luego, se dirigió a la puerta. La abrió y allí estaba él con una mueca pícara y una sonrisa gigante.
— ¿Creías que era mentira? — Se señaló la entrepierna con un gesto exagerado.
Ella reprimió el deseo de devorarle allí mismo cuando se percató de que, en efecto, no había mentido.
— ¿Y el señor del bigote no nos acompaña? — repuso, mostrando sorpresa.
— Podemos venir a buscarle después.
Le tendió una mano que ella tomó. Sus dedos se entrelazaron.
— ¿Nos vamos?
Su voz ronca le reverberó hasta lo más profundo del abdomen.
— Claro.
Él echó a andar y ella le siguió.
Le seguiría hasta el fin del mundo.
Fin