Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 17 de 40

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Inolvidable

Capítulo 17

Juls

Las relaciones a distancia no eran sencillas, por el contrario, había ganas de muchas cosas que había que reprimir e infinitos momentos de echar de menos. Pero Jorge y ella estaban consiguiendo que la suya funcionara.

El mes de octubre no pasó deprisa como él había vaticinado. Lo hizo con lentitud, a una velocidad desesperante. Los minutos parecían convertirse en horas, y las horas en días.

Pese a que no estaba ociosa — escribía artículo tras artículo, todo ellos absurdos y vacíos de contenido— , se pasaba la mayor parte del día y de la noche ocupando su cabeza con Jorge. Extrañándole.

Intercambiaban vídeos y mensajes constantemente, a veces breves, un simple emoji o un meme divertido, otras, dialogaban e imaginaban lo que iban a hacer cuando estuviesen juntos, o se decían mil tonterías sin sentido.

Y por las noches, se hacían videollamadas. Videollamadas que se habían convertido en algo imprescindible y sin las cuales ella ya no podía ni quería estar. El verle, aunque solo fuera a través de la pantalla del móvil o del ordenador era como una bocanada de aire fresco, una recarga de energía.

Y sí, también habían disfrutado un par de veces de sexo telefónico.

Y resultó ser interesante. Mucho.

Bueno, interesante no era la palabra más adecuada. Alucinante, extraordinario, sublime… perfecto. Sí, eso encajaba más en la descripción de cómo fue.

Todo era perfecto con Jorge.

Todo menos la distancia.

Juls tenía el calendario abierto en la pantalla de su portátil y, por enésima vez esa mañana, volvió a mirarlo y a contar los días que faltaban para su reencuentro.

Cinco días.

Solo cinco días, pero que se le antojaban como una eternidad.

Suspiró y trató de concentrarse en la hoja que tenía frente a ella y en la que apenas había logrado juntar tres párrafos.

Sonsoles se había marchado a pasar el fin de semana con su familia, dejándole el piso para ella sola. Sonsoles era encantadora, pero demasiado ruidosa y no se cortaba un pelo a la hora de invitar a gente a casa, así que su ausencia era como un regalo para Juls que, aprovechando la quietud del piso, había pasado todo el sábado trabajando, intentando adelantar los artículos que tenía que entregar durante las próximas semanas para poder estar libre y tener tiempo con Jorge cuando él llegase. Y lo mismo estaba haciendo esa mañana de domingo: escribir y escribir.

El sonido de un wasap entrante la llevó a sonreír con amplitud.

Seguro que era él para darle los buenos días.

Alargó la mano, cogió el móvil y lo desbloqueó con ansiedad.

Félix: Buenos día, tonta. Te he despertado?

Bueno, no era Jorge, pero la sonrisa no se borró de su boca. El remitente de aquel texto era una de las personas a las que más quería en el mundo.

Juls: Hola, imbécil. Has tenido suerte. Llevo un rato ya levantada.

Estoy currando.

Félix: Currando en domingo y tan temprano? Estás enferma?

Juls: No todos somos tan afortunados como tú. Yo no tengo empleados que me solucionen la vida.

Su hermano y sus dos socios habían montado hacía años un bar de copas en el centro de Madrid. El éxito del local los había llevado a abrir dos más en otras zonas de la ciudad y les iba muy bien. Ahora, Félix podía permitirse el lujo de hacer meras labores de supervisor y ya no necesitaba trabajar de sol a sol como había hecho con anterioridad.

Félix: Tu teoría hace aguas por todas partes. Si fuera rico no estaría levantado a estas horas y tendría un mayordomo sirviéndome un café en la cama. Sin embargo, estoy en la calle. Te invito a desayunar.

Echó un rápido vistazo a su ordenador y a su maldito artículo a medio escribir, deliberando consigo misma si podía permitirse el lujo de desayunar con él.

Claudicó con rapidez.

Juls: Acepto.

Félix: En quince minutos estoy ahí.

Dejó el móvil en la mesa y se incorporó con celeridad para irse a la ducha. Abandonado quedó el café que se había preparado hacía un rato. No veía a su hermano desde hacía dos meses y tenía ganas de pasar un rato con él. A pesar de la diferencia de edad, había mucha complicidad entre ellos.

Iba camino del baño cuando le entró un nuevo wasap.

Ese sí que debía de ser Jorge.

Pero no.

Sergio: Estoy en la puerta de tu casa. Necesito hablar contigo.

¡Mierda! Su mano se cerró como una garra sobre el aparato mientras sus ojos se estrechaban enojados.

Hacía dos semanas, después de que él la hubiera llamado con insistencia durante toda una tarde, le envió un largo mensaje en el que le decía que no quería saber nada más de él. Dado que no volvió a contactar con ella, pensó que había dejado las cosas claras entre ellos, pero, aparentemente, no era así. ¿Ahora se presentaba en su casa?

Tenía que ponerle fin a eso.

Juls: Dame cinco minutos y bajo.

Se dio una de las duchas más rápidas de su vida mientras mascullaba improperios.

— ¿Por qué no te vas de mi vida? ¿Acaso no nos hemos hecho ya mucho daño? ¿Qué narices quieres de mí?

Con movimientos agitados, se vistió con unos tejanos y un polo de manga larga de color negro. Se calzo unos botines y cogió una cazadora del armario. Ni siquiera se molestó en secarse el pelo. Luego abandonó el piso y bajó las escaleras a toda velocidad.

Cuando alcanzó el portal, pudo ver a Sergio en la acera, a escasos dos metros de la puerta. Le daba la espalda. Se detuvo en el último escalón para observarle de arriba abajo. Llevaba unos vaqueros azules, una cazadora de cuero marrón y una bolsa negra en bandolera, y se había cortado el pelo desde la última vez que le vio. Se giró y las partes más agraciadas de su perfil quedaron al descubierto: su nariz recta y la perfecta curvatura de sus labios. Estaba muy atractivo.

Mentira. El verbo correcto no era ese. Era muy atractivo.

Juls hurgó en su interior, buscando algún resquicio de todo aquello que había sentido por él en el pasado y no halló absolutamente nada.

Su cuerpo tampoco reaccionó.

Ni una punzada en el pecho, ni un vuelco en el estómago Nada.

Decidida a enfrentarse a él cuanto antes, abrió la puerta con brío.

Él se dio la vuelta y la miró de frente.

— Hola — la saludó con una sonrisa cauta.

Ella no se la devolvió. Pese a que ya no sentía una animadversión especial hacia él, todavía recordaba cómo había sido su abrupta ruptura y las cosas horribles que se habían dicho.

— ¿Qué quieres, Sergio? — le increpó con dureza.

Él tardó en contestar. Parecía estar calibrando cuál era su estado de ánimo.

— ¿Podemos tomarnos un café? — Señaló la cafetería que había al otro lado de la calle— . No quiero hablar aquí en medio.

— No tengo mucho tiempo, la verdad — suspiró con fatiga— . He quedado con mi hermano.

— Seré breve.

Aceptó resignada y echó a andar hacia la calzada sin esperar a ver si él la seguía.

Era temprano y en la cafetería no había mucha gente, casi todas las mesas estaban libres. Juls se dirigió hacia una de las del fondo, tomó asiento y lo primero que hizo fue mandarle un mensaje a Félix para informarle de dónde estaba.

Sergio se sentó frente a ella y colgó su bolsa en el respaldo de la silla.

Tenía una expresión difícil de interpretar en la cara.

La camarera llegó para tomarles nota y ambos pidieron lo mismo: café solo.

— ¿De qué quieres hablar conmigo? — le preguntó sin rodeos en cuanto la chica se alejó.

— De nosotros.

— ¿De nosotros? No hay un nosotros — rechazó con displicencia. Su enfado había amainado y se había convertido en una simple irritación.

— Podría haberlo.

Ella meneó la cabeza con incredulidad. Pese a que aquello no la pillaba completamente por sorpresa — la insistencia de él durante las últimas semanas había dejado claro que algo quería— , no terminaba de creerse que Sergio, el tío independiente y despegado que siempre le echaba en cara que era demasiado absorbente, estuviera frente a ella para proponerle una reconciliación.

— ¿Te olvidas de cómo terminamos? Porque yo no.

Él vaciló antes de responder. Frunció el ceño y apoyó las manos sobre la mesa como si no supiera qué hacer con ellas. Juls no pudo evitar que su mirada se dirigiese hacia sus dedos; eran largos y delgados. En su momento, creyó que no encontraría jamás a un hombre que la acariciase como él lo hacía.

Y, sin embargo, lo había hecho. Lo había encontrado.

Las caricias de Jorge habían borrado las de Sergio, escribiendo sobre ellas hasta hacerlas desaparecer.

— Sé que nos dijimos cosas muy feas — admitió él con un suspiro— .

Me he pasado estos meses pensando en ello y créeme que me arrepiento de mucho de lo que te dije. Quiero pedirte perdón…

La última palabra quedó en el aire, interrumpida por la llegada de la camarera, que depositó los dos cafés frente a ellos.

Juls aprovechó el instante para meditar sobre lo que él acababa de decir.

Apenas podía creerse que Sergio estuviera pidiéndole perdón. No era muy propio de él.

— Dijiste que a mi lado no encontrabas emociones y que nunca te di lo que andabas buscando — expresó sin acritud, constatando un hecho.

— Me equivoqué.

Le vio echarse el sobrecito de azúcar en el café y removerlo con la cucharilla. Después, sus bellos ojos verdes se hundieron en los de ella.

«Hubo un tiempo en el que me habría perdido en esa mirada».

Ya no.

— También dijiste que te agobiaba y que no era la mujer adecuada para ti. Me hiciste sentir como una mierda.

Él bajó los párpados. Parecía avergonzado.

— Dije muchas gilipolleces — reconoció.

— No — le rebatió tajante— . Dijiste exactamente lo que pensabas. Era tu verdad.

Después de esa frase solo hubo silencio.

Juls le dio un sorbo a su café y se arrepintió en el acto; estaba demasiado caliente. Dejó la taza sobre el platito y se quedó unos segundos absorta, recolocando sus pensamientos.

¡Cómo habían cambiado las cosas! Si alguien le hubiese dicho solo hacía tres meses que iba a sentir tanta indiferencia frente a Sergio no lo habría creído jamás.

— La relación duró dos años — continuó en vista de que él no decía nada— , pero apenas pasábamos tiempo juntos. Siempre tenías otras cosas que hacer que eran mucho más importantes que yo. Pese a que fuiste tú el que decidió que todo se acabase, yo ya estaba cansada de esperarte.

— No me porté bien. Eso lo tengo claro.

— Tampoco te portaste mal. — Se encogió de hombros— . Tú eras así.

Y yo no quise verlo y esperé demasiado de ti. Esperé cosas que no podías darme.

— Juls, no es así. Tú esperaste lo que espera cualquier persona de una relación. Fui yo el que metió la pata.

Le miró un largo rato, perpleja por lo que él estaba admitiendo. Había una ligera sombra de pesar en sus facciones que le resultó nueva y desconocida. Sergio no era así.

— Bueno, ya es demasiado tarde…

— No tiene por qué serlo. Podemos intentarlo de nuevo.

Ella comenzó a negar, pero no tuvo tiempo de decir nada porque su móvil emitió un pitido. No necesitaba mirar la pantalla para saber de quién se trataba en esa ocasión. Lo presentía.

Se sacó el aparato del bolsillo y lo desbloqueó.

Jorge: Buenos días, preciosa. Anoche soñé contigo y esta mañana me he despertado pensado en ti. Qué puñetera casualidad, no crees? ;)

Sonrió tontamente. Cómo no hacerlo. Ese era el efecto que Jorge tenía en ella.

Le lanzó un vistazo oblicuo a Sergio que no ocultaba que estaba molesto porque le estaba dando prioridad al mensaje y él se había convertido en algo secundario.

— Si es algo urgente, atiéndelo — murmuró con desgana, llevándose la taza de café a la boca.

Quizá no era urgente, pero para Juls era mucho más importante que aquella incómoda reunión. Sin vacilar, envió su respuesta.

Juls: Seguro que se lo dices a todas.

Jorge: Ups… perdona, me he equivocado, el wasap no era para ti.

Juls: Demasiado tarde. He hecho un pantallazo y me lo he guardado.

Jorge: Las mujeres sois tan astutas. He caído en tus redes, de nuevo.

Juls: Me río de tu inocencia, jajaja.

Jorge: Mira lo que hago los domingos por la mañana. A que soy dulce?

Había una imagen que acompañaba a ese último texto y Juls pinchó sobre ella para ampliarla. Era una foto de un plato blanco. Sobre él, escrito con mermelada de fresa — si se guiaba por el color— aparecía el texto J y J

.

La sonrisa que se dibujó en su cara fue inmensa.

Jorge no podía evitarlo, era un romántico empedernido. No era la primera vez que le regalaba detalles semejantes que hacían que su corazón se acelerase.

— Has conocido a alguien.

La repentina frase, pronunciada con sequedad, la llevó a elevar la cara.

Se encontró con el semblante sombrío de Sergio. También su entrecejo mostraba una arruga de preocupación.

— Sí. He conocido a alguien — confesó.

— ¿Es algo serio?

«No es asunto tuyo». Fue lo primero que le acudió a la cabeza, pero se contuvo en el último segundo. Él estaba siendo muy cortés y ella tampoco iba a perder los papeles, aunque estaba en su derecho de no contestar a esa pregunta.

¿Era algo serio lo que tenía con Jorge? Solo se conocían desde hacía mes y medio y apenas se habían visto unas cuantas veces. Y, sin embargo, ella estaba muy comprometida con esa relación.

— Quiero pensar que sí.

— Vaya, y solo hace tres meses que rompimos — dijo él malhumorado.

— A veces no hace falta mucho tiempo para darse cuenta de lo que uno quiere.

— ¿A él también le dices que es el hombre de tu vida? — El sarcasmo rebosó en todas y cada una de las sílabas.

Juls cerró los ojos mortificada. Era verdad que le había dicho eso a Sergio en incontables ocasiones, sobre todo durante el primer año de relación, cuando estaba loca por él. Luego las cosas cambiaron y se enfriaron.

— No creo que tenga que responderte.

Él la estudió con los labios apretados y ella le sostuvo la mirada.

— No voy a ir de bueno y a decirte que me alegro, cuando no es cierto.

Hubiese preferido mil veces que no estuvieras con nadie.

— ¿Y eso nos habría acercado? Aunque no estuviera con él, tampoco querría volver contigo, Sergio. Lo nuestro fue un desastre.

La puerta del establecimiento se abrió y ella desvió la vista hacia allí, ansiando que el recién llegado fuera su hermano para que la rescatara de aquella fastidiosa situación. Pero no. Eran dos chicas de su edad que se dirigieron a la barra.

— Te echo de menos, ¿sabes?

No había ya ni rastro de ironía en su tono, solo una especie de entumecida melancolía que, inexplicablemente, la removió. Tragó saliva cuando sintió en el pecho una suave punzada cargada de reminiscencias del pasado. No supo cómo reaccionar. Se limitó a contemplarle. Él tenía una expresión desencantada en el rostro. Sus ojos, que mantenía extraviados en algún lugar por encima del hombro de ella, se mostraban velados

— Me he dado cuenta de lo importante que eras para mí — continuó— .

Sí, ya sé que he tardado en reaccionar, pero al final lo he hecho — suspiró

— . Aunque ahora es demasiado tarde.

— Creo que…

— No digas nada — la interrumpió— . Prefiero que no me digas eso de que podemos ser amigos o de que todo va a ir bien o chorradas por el estilo.

No es eso lo que necesito escuchar.

Le miró con perplejidad. Jamás le había visto tan afectado por algo.

De pronto, él se incorporó y se sacó la cartera del bolsillo, extrajo un billete y lo depositó sobre la mesa.

— Te invito yo al café. Es mejor que me vaya. Saluda a tu hermano de mi parte.

— Sergio…

Él hizo un gesto con la mano, deteniéndola de nuevo.

— Espero que te vaya bien, Juls. No prometo no volver a llamarte. Es posible que lo haga.

No esperó a que ella se despidiese o dijera algo más. Cogió su bolsa, se dio media vuelta y se alejó camino de la puerta. Solo unos segundos después ya no estaba allí.

Juls se llevó ambas manos a la cara, llena de confusión. No podía decir que la situación la hubiese sorprendido, pero sí la actitud de él. Jamás, en sus dos años de relación, había visto a ese Sergio tan vulnerable. Pensativa, fijó la vista en su café.

— ¿Con quién estabas?

La voz grave de su hermano la sobresaltó. No le había visto entrar.

Elevó la cara y se encontró con los iris oscuros de Félix.

Era un hombre apabullante y llamativo, una fuerza de la naturaleza.

Metro ochenta y cinco de puro músculo, pelo castaño muy corto, casi rapado, y una barba bien recortada que cubría su mentón. A aquello se le sumaba el pantalón de vestir y el chaleco gris marengo que lucía sobre una inmaculada camisa blanca que llevaba arremangada, dejando al descubierto sus poderosos brazos llenos de tatuajes.

Las cabezas solían volverse a su paso.

El corazón de Juls se llenó de orgullo y afecto.

Se puso de pie y le abrazó con ganas; siempre se había sentido reconfortada entre los fornidos brazos de su hermano. Él la besó y le alborotó el cabello cariñosamente como si fuera una cría.

— Estaba con Sergio.

— ¿Con Sergio? — inquirió él sorprendido. Dejó su chaqueta en el respaldo de la silla y tomó asiento frente a ella— . Pensaba que ya no estabais juntos.

— Y no lo estamos. Ha venido a buscarme para pedirme que le dé otra oportunidad.

— ¿Pero no fue él quien quiso terminar?

— Dice que se ha dado cuenta de lo mucho que me echa de menos.

— Si es que mi hermanita es irresistible — soltó él con una sonrisa ladeada— . Por tu cara, deduzco que le has rechazado.

— Sí. Lo nuestro está muerto y enterrado — declaró con seguridad— .

Además, he conocido a otra persona.

— Eso me lo tienes que contar con todo detalle — le dijo él en voz baja antes de darse la vuelta para saludar a la camarera que acababa de acercarse a su mesa y le miraba con mucho interés y algo de rubor en las mejillas.

Sí, ese era el efecto que su hermano tenía en las personas.

Ella se decantó por otro café solo y un muffin , mientras que Félix pidió un desayuno completo: café con leche, tostada doble con aceite y un zumo de naranja.

— ¿Qué haces tú por esta zona un domingo?

— Había quedado por aquí cerca para ver un local, pero cuando ya estaba llegando el propietario me ha escrito para retrasar la cita una hora debido a un problema que ha tenido.

— ¿Otro local? ¿Vais a abrir otro bar?

— Siempre estamos buscando sitios, por si acaso merece la pena, pero no tenemos nada claro — repuso él con cierta indiferencia.

— Me alegro mucho de que os vaya tan bien.

— No podemos quejarnos. Hemos tenido suerte. — Se encogió de hombros.

Juls sabía que la suerte no tenía nada que ver en el éxito de su hermano.

Eran el trabajo duro y la constancia.

Félix había sido un adolescente de lo más problemático que les había dado muchos quebraderos de cabeza a sus padres — al menos así lo contaban ellos— , ella era demasiado pequeña para acordarse. No acabó el instituto y se juntó con gente que no le convenía; terminó metido en

multitud de embrollos y situaciones difíciles, llegando incluso a ser detenido en dos ocasiones. Gracias al cielo, poco después de cumplir los veinticinco, despertó de su letargo y comenzó a tomarse la vida en serio. Le había costado resurgir de sus cenizas, pero lo había conseguido a fuerza de tesón y voluntad.

— ¿Has estado en casa de papá y mamá? — le preguntó él— . Yo hace un siglo que no voy.

— Sí, el fin de semana pasado fui a comer.

Comenzaron a hablar de sus padres y de lo felices que eran desde que se habían jubilado y podían hacer viajes. Después de eso, terminaron hablando de Rodrigo y sus sobrinos a los que hacía casi un año que no veían. Estaba previsto que este y su familia subieran a Madrid en Navidad.

— Venga, cuéntame eso de que has conocido a alguien, peque — dijo él, una vez que hubo dado cuenta de su copioso desayuno.

Pese a que no le gustaba demasiado que su hermano la llamara peque —

aquello solía hacer que se sintiera como una niña desdentada y con coletas

— , Juls sintió cómo su cara se iluminaba. Estaba ardiendo en deseos de contarle cómo había conocido a Jorge y, durante la siguiente media hora, se explayó hablando de los días que había pasado en Benidorm y de su recién nacida relación a distancia.

— No profundices en lo del sexo telefónico — le dijo él, alzando una mano con tono de guasa— . Me cuesta aceptar que mi hermana pequeña no sea virgen, no necesito saber los detalles.

— No pensaba contártelos, idiota.

Él le tiró una miga de pan que ella esquivó con rapidez.

— ¿Él está igual de colado que tú?

— ¿Crees que estoy muy colada? — le preguntó, apoyando los codos sobre la mesa y echándose hacia delante.

— ¿El cielo es azul?

Ella arrugó la nariz.

Sí, lo admitía. Estaba completamente loca por él.

Pero Jorge también estaba igual de loco por ella, ¿no?

— ¿Va a venir a verte, entonces?

— La semana que viene.

«¡Cinco días!», gritó una voz eufórica en su cabeza. En cinco días podría verle de nuevo.

— Tendrá que pasar mi filtro.

Juls arqueó ambas cejas con exageración.

— ¿Tu filtro? ¿Acaso tú me consultas cuando conoces a alguien?

— Es diferente. Yo soy el mayor. Y el más sabio.

Juls resopló con fingida indignación. Cogió su servilleta, hizo una bola y se la arrojó. Él la atrapó al vuelo.

— Sinceramente — dijo ella— . No me fío de tu buen juicio. Si tuvieras criterio tendrías pareja y sé, de buena tinta, que estás muy soltero.

— Y pretendo seguir así. Todavía no ha nacido ni el hombre ni la mujer que consigan que yo desee comprometerme y tener algo serio.

— ¡Qué arrogante eres! Ya verás cuando te enamores, vas a caer en picado.

Él dejó escapar una risa cargada de cinismo.

— Nunca — sentenció con firmeza, aunque sus ojos refulgían con humor— . Y dime, ¿no tienes ninguna foto de esa maravilla de hombre que te hace suspirar? — Cambió de tema.

Juls se apresuró a desbloquear el móvil y buscar las fotos que se había hecho junto a Jorge. Había muchas. Se detuvo en una en la que estaba él solo, mirando a la cámara y sonriendo de ese modo que a ella tanto le gustaba. Le tendió el móvil a su hermano y aguardó con la respiración contenida.

Félix puso cara de póker y en un primer momento no dijo ni una palabra.

— ¿Qué? — exclamó ella— . ¡Di algo!

— Bueno, pues, no sé…

— ¿Cómo? ¿Eso es todo?

Él se rio estentóreamente.

— ¡Qué tontita eres! Reconozco que no está mal.

— ¡¿Que no está mal?! — Le arrebató el teléfono— . ¡Está muy bueno!

Mírale. Es guapísimo.

— No es mi tipo. Me van más los rubios, ya sabes — dijo con un guiño.

Ella elevó los ojos al techo y no le hizo caso. Se concentró en la foto y suspiró. Jorge estaba muy atractivo en ella. Mucho. La amplió y se centró en sus labios tan eróticos.

«Ayyy…».

De pronto, se dio cuenta de que no había respondido a su mensaje de antes. ¡Mierda! Accedió a la aplicación y leyó el texto de nuevo: Mira lo que hago los domingos por la mañana. A que soy dulce ? Y la foto con el corazón de mermelada de fresa.

— Me tengo que ir.

La voz de su hermano la sorprendió. Le miró distraída.

— Oh, vale.

— Pago yo, que sé que eres pobre — dijo con un matiz burlón.

No replicó. Félix siempre era muy generoso con ella. Le vio dejar un billete sobre la mesa y ponerse de pie.

— ¿Te quedas?

— No, no — murmuró, y se levantó también— . Pero espera un momento.

Cogió una servilleta del servilletero e introdujo la cucharilla en los restos de su taza de café y, con la humedad que se desprendía de ella, dibujó sobre la superficie de papel dos jotas unidas por un corazón. Acto seguido, sacó él móvil y le hizo una foto. Se apresuró a redactar un texto al que adjuntó la imagen.

Juls: Sí, eres muy dulce. Perdona por la demora.

— ¿Qué haces? — le preguntó él con tono extrañado.

— Pagando una deuda — le respondió.

— ¡Por favor! — exclamó él, cogiendo la servilleta y girándola para ver lo que había escrito— . Esto es lo más cursi que he visto en mi vida.

Quizá sí era cursi. O una tontería. O un gesto sin sentido.

Pero cuando solo unos segundos después llegó la respuesta le dio igual lo que fuera o lo que pareciese.

Se le escapó una risa feliz.

Jorge: Yo te espero siempre, preciosa.