Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 9 de 40

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Inolvidable

Capítulo 9

Juls

No sabía muy bien lo que las esperaba al otro lado de aquella puerta metálica y eso la ponía un tanto nerviosa. Hasta sus oídos llegó el sonido de una canción que le resultó familiar, aunque no era capaz de ponerle título.

Se giró y le echó una ojeada a Dani que había abierto la puerta del pasajero de su Volkswagen Golf para que Mariu pudiera bajarse.

— ¿Seguro que no hay ningún problema en que nos presentemos así? —

le preguntó por enésima vez.

— Seguro — respondió él— . Los padres de Jorge son la caña. Ya veréis.

Juls volvió a mirar hacia el alto muro de color beige con escepticismo.

Sus propios padres eran serios y muy conservadores y nunca habían hecho buenas migas con los amigos de sus hijos, y mucho menos habrían deseado estar presentes en una reunión organizada por ellos. Quizá por eso aquella situación le resultaba tan extraña.

En ese momento, un viejo todoterreno blanco con rayas naranjas en los laterales se aproximó a la acera donde acababan de estacionar y aparcó justo delante del coche de Dani. Rafa salió de su interior y cerró la portezuela con fuerza. Llevaba unas bermudas blancas, una camiseta gris y una mochila a la espalda.

Juls se quedó mirando el vehículo con una sonrisa. Viejo, abollado y descolorido. Al menos tenía veinte años. Así que ese era el coche de Jorge.

Indudablemente, iba mucho más con él que el Porsche.

— Hola — los saludó Rafa, elevando una mano.

— Hola — respondieron casi al unísono.

Mariu le había relatado su cita con Rafa de la noche anterior. Después de cierta incomodidad inicial se lo había pasado en grande con él. Le describió como un tipo simpático y extrovertido, aunque sus esperanzas seguían

estando puestas en Dani. Era evidente en su forma de mirarle y de hacer caídas de pestañas de modo exagerado, aunque a él aquello parecía gustarle, si se tenía en cuenta la mueca tontorrona que se dibujaba en su cara en ese instante.

— ¿Habéis llamado? — inquirió Rafa.

Ante su negativa, se acercó a la puerta y pulsó el timbre que había en un lateral. Pronto, se escucharon unas pisadas y la hoja metálica se abrió con brío.

Un joven con el pelo oscuro y los ojos claros se paró frente a ellos con una sonrisa de oreja a oreja.

— ¡Hola! Soy Lukas, el hermano de Jorge — dijo y se dirigió a ella directamente.

Antes de que pudiera prepararse, Juls se encontró entre los brazos del muchacho mientras este le plantaba dos sonoros besos en las mejillas. Algo aturdida por la afectuosa bienvenida, dio un paso atrás y le estudió con interés mientras él abrazaba a Mariu.

No se parecía en absoluto a Jorge.

— Sois los últimos en llegar. Ya estamos todos. Pasad. Rafa, dice mi hermana que quiere hablar contigo.

— Si es para pedirme el Porsche la respuesta es no.

Lukas soltó una carcajada.

Atravesaron un camino empedrado bordeado por pequeñas palmeritas.

En la entrada, a la derecha, había aparcada una moto negra de estilo vintage que dejaron atrás para internarse en la casa. Un recibidor que desembocaba en una cocina integrada a un amplio salón comedor se abrió ante ellos.

Todos los muebles eran blancos y grises y proporcionaban un ambiente fresco y limpio a la vivienda. Un gran ventanal que daba al jardín se encontraba justo enfrente y a través de él se podía ver una piscina cuyas aguas refulgían bajo el sol. Varias personas en bañador deambulaban por allí.

Alguien se separó de uno de los grupos y accedió al salón por el ventanal.

Jorge.

Juls no pudo evitar escanearle de arriba abajo, deteniéndose en su pecho desnudo, que estaba húmedo, como si se hubiera dado un chapuzón, y en el tatuaje que adornaba su costado. Al notar cómo el calor subía a sus mejillas, carraspeó con suavidad y dio un paso a un lado.

Jorge se dirigió a ella con una sonrisa encantadora después de haber saludado a sus amigos con palmadas en la espalda y de haber besado a Mariu.

— Hola, Juls — le dijo, tendiéndole una mano, que ella tomó sin vacilar.

— ¿Qué tal tu hermana ayer? — inquirió ella en voz baja.

— Todo bien. No fue para tanto — dijo. Se inclinó para que nadie más pudiera escucharle y añadió— : Estás muy guapa. ¿Es por mí o de nuevo lo haces por el coche?

— Siempre por el coche, ya sabes. Bueno, o por la moto que he visto aparcada en la puerta — repuso con fingida inocencia.

Él chasqueó la lengua con pretendida desilusión.

— Qué mala eres y qué superficial. La moto es de mi hermano, pero se la puedo pedir prestada, no te preocupes.

No la dejó responder porque tiró de ella hacia el exterior y comenzó a presentársela a todo el mundo. Lo hizo tan deprisa que Juls apenas tuvo tiempo de inspeccionar el entorno.

— A mi hermana ya la conoces — dijo, acercándose a la rubia— . Esta es su amiga Laura.

Juls asintió. Había visto a la pelirroja el día anterior en la playa.

Jorge también presentó a Mariu que los había seguido junto con Dani y Rafa.

— Y este tío tan atractivo es mi hermano mayor, Diego.

Se plantó frente a un hombre con aspecto sereno que estaba sentado en una de las tumbonas de la piscina y que se incorporó en cuanto se acercaron. Era un par de centímetros más alto que Jorge, con el pelo castaño y los ojos profundamente azules, que la saludó con una sonrisa. A Juls le pareció muy atractivo, como el propio Jorge acababa de mencionar.

— Estos son Iván, el amigo de mi hermano Lukas, y Eva, su novia.

Los dos jóvenes que tenían sendos vasos en las manos, se dieron la vuelta y nuevos besos fueron intercambiados.

— Y esos de allí son mi padre y mi madre. — Jorge señaló con el dedo a una pareja que bailaba muy pegada al otro lado del jardín, al ritmo de la canción lenta que salía de los altavoces— . En cuanto se separen, cosa que puede que no suceda en años — añadió con ironía— , os los presento.

Juls los contempló maravillada. ¿Aquellos eran los padres de Jorge?

Curioso. No parecían ser mucho mayores que sus propios hijos. El hombre era como un calco del propio Jorge, con la piel muy morena, y la mujer, rubia, alta y delgada se parecía muchísimo a Erika. Incluso desde la distancia se podía apreciar que era toda una belleza.

— Tu madre es preciosa — le susurró.

— Lo es. La gente dice que se parece mucho a Claudia Schiffer.

Juls volvió a observarla. Era cierto. Sí que se daba un aire a la top model de los noventa.

— ¿Qué queréis beber? ¿Cerveza? ¿Café? ¿Zumo? ¿Un refresco? —

ofreció Jorge y señaló la mesa sobre la que había unas cuantas botellas, una cafetera y unos vasos— . Si queréis algo más fuerte también os lo puedo traer.

Tanto Mariu como Juls se decantaron por un zumo. Rafa y Dani se sirvieron unas cervezas.

La canción terminó y se hizo un silencio en el jardín, solo interrumpido por las animadas conversaciones de los allí presentes. Por fin, los padres de Jorge se separaron y acudieron a presentarse.

El cabeza de familia palmeó a Rafa y a Dani en los hombros e intercambió unas risas con ellos, mientras su mujer se quedaba en un discreto segundo plano. Después, se dirigió a ellas.

— Soy Tony y ella es mi mujer, Anna. Bienvenidas.

— Ellas son Juls y Mariu. — Jorge hizo la introducción.

— Un placer. Si mi hijo se porta mal con vosotras, venid a decírmelo y le pondré en su sitio — dijo con un simpático guiño.

Como Juls ya había podido comprobar hacía un rato en la distancia, Jorge era clavado a él. Tenía una mirada abierta y socarrona y parecía un hombre muy agradable. La madre, por el contrario, se mostraba un poco más distante, aunque su sonrisa era genuina. No aparentaba en absoluto su edad. Podía pasar perfectamente por hermana de sus hijos.

— Eso es, Georg, pórtate bien — le dijo a su hijo con un fuerte acento.

Pronunció el nombre con una G suave, de un modo muy diferente a como se decía en español— . Un placer conoceros — añadió antes de alejarse.

Jorge maniobró a Juls hacia la tumbona más alejada, dejando algo apartados a los demás. Tomó asiento y tiró de la mano de ella para que también lo hiciera.

— ¿Georg? — le interrogó Juls con curiosidad.

— Solo mi madre me llama así — admitió él— . Le resulta complicado pronunciar mi nombre en español.

— ¿Y por qué te pusieron ese nombre? — indagó, dándole un trago a su zumo.

— La culpa es de mi padre. Yo debía de haberme llamado David, pero camino del Registro cambió de idea. Mi madre estuvo a punto de matarle cuando regresó.

Juls se rio mientras sus ojos paseaban por el jardín. Mariu, Dani y Rafa se habían acercado a la mesa. Erika y su amiga se estaban dando un baño y Diego se había unido a ellas. Los demás, incluyendo a los padres de Jorge, se arremolinaban en torno al equipo de música, buscando algún otro CD

que poner, sin ninguna duda.

— Puedes quitarte la ropa y darte un baño, si quieres — le propuso Jorge, echándose hacia atrás y apoyando las manos en el borde de la tumbona.

En esa postura, su tatuaje era todavía más visible y Juls admiró la perfección del dibujo.

— ¿Ya me pides que me desnude? — le dijo con tono burlón— . Un poco pronto, ¿no?

— Llámame descarado. Soy un mal chico, ya ves.

Ella se rio.

— Mal chico o buen chico, tienes razón. Hace mucho calor para estar con la ropa puesta y un chapuzón suena muy tentador.

Se despojó de la camiseta y del pantalón corto y los guardó en la bolsa de playa que había dejado en el suelo. Se quedó en bikini. Fue muy consciente de la mirada que él le lanzó.

— Hombre, aprovecha que no soy una mujer muy tímida y mírame de frente — le sugirió con entonación procaz— . ¿Te gusta el bikini?

— Me encanta. Te cubre… lo justo — dijo él.

Ella volvió a reírse al ver cómo a él se le velaban los ojos. Le gustaba ver el efecto que su semidesnudez tenía sobre él. Técnicamente, el bikini no era en exceso provocativo, era más bien normalito. Blanco con flores negras.

Por fin, el grupito frente al equipo musical parecía haberse puesto de acuerdo y una melodía que Juls reconoció llenó el silencio.

— Es Escuela de calor — dijo, asintiendo apreciativamente con la cabeza— . De Radio Futura.

— ¿Los conoces?

— A mi hermano Félix le encantan.

— Mi padre es un puñetero friki de la música ochentera, así que no esperes oír otra cosa en toda la tarde. Lukas ha intentado poner reguetón antes y casi le deshereda.

— Es que eso es algo muy desheredable — repuso con una mueca.

— Estamos de acuerdo — se rio él y luego le dio un trago a su lata de Aquarius— . En breve va a comenzar el espectáculo — murmuró después.

— ¿Espectáculo?

— Te dije lo de hacer playback y actuar, ¿no? Pues el momento se aproxima.

Señaló al otro lado del jardín, a la plataforma de madera. Su padre se había encaramado a ella y cantaba, utilizando una botella de agua como micrófono.

— Eso no es playback , desde luego — dijo Juls con una risa divertida al escuchar la estentórea voz del padre de Jorge, que lo daba todo en el escenario.

Lukas, su novia y el amigo de este le jaleaban con entusiasmo. Su mujer había tomado asiento junto a la mesa y le aplaudía, pero con más moderación.

Juls miró a Jorge de reojo. Este tenía la mirada fija sobre el escenario y una sonrisa cargada de afecto transformaba su cara. Era palpable el cariño que sentía por su progenitor.

Detrás de ellos, desde el agua, Erika y su amiga Laura también cantaban a voz en grito.

— ¡Hace falta valor! Hace falta valor. ¡Ven a la escuela de calor!

Juls no pudo evitar dejar escapar una risa alegre. El ambiente era alucinante y de lo más pintoresco. Se sentía fabulosa. Sus ojos se posaron sobre Diego que acababa de abandonar la piscina por el otro lado y se mantenía de pie en el borde, frotándose el pelo con una toalla; observaba la escena con aprobación.

— Tu hermano mayor es… — se interrumpió sin saber cómo continuar.

— Mi hermano mayor es… ¿qué? ¿Tengo que ponerme celoso? —

bromeó él.

— ¿Celoso? — Soltó una risa— . Me refiero a que es bastante más calmado que todos los demás. No sé. Parece tan sereno. Impone un poco.

— Es el que más se parece a mi madre. ¿La ves? La calma y la flema en persona, como mi hermano. Alemanes de pura cepa. Aunque dicen que la procesión va por dentro, pero si te digo la verdad nunca he visto a Diego perder los nervios. Cuando se enfada se convierte en un hombre de hielo, ni siquiera alza la voz. Todo lo contrario a mi padre o a mi hermano pequeño.

Míralos. Españoles al cien por cien.

Juls no pudo evitar darle la razón. Tanto su padre como su hermano Lukas, que se había subido al escenario con él, cantaban a voz en grito.

— ¿Y tú? ¿Cómo eres?

— Yo soy una mezcla. Setenta y cinco por ciento español, veinticinco por ciento alemán.

— Ese veinticinco por ciento ¿a qué corresponde? — inquirió con curiosidad.

— A que adoro la cerveza — respondió él con un guiño— . Y que soy del Bayer de Múnich.

Ella se rio con ganas.

— ¿Cuándo te toca a ti? — le preguntó al cabo de un rato, señalando el escenario.

Él giró la cara y la miró. Le brillaban los ojos y su sonrisa era enorme.

— ¿Te apetece verme haciendo el ridículo?

— Me apetece reírme.

— Eres malvada.

— Naaa — rechazó— . Me reiría contigo, nunca de ti.

— A mí me gustaría hacer otra cosa además de reírme contigo.

Nada más decir aquello, se aproximó un poco más, de modo que sus brazos se rozaron. El sol había calentado la piel de ambos por igual, no obstante, Juls sintió como si la de él estuviese ardiendo contra la suya. No era una sensación desagradable y no intentó apartarse, recreándose en ella mientras se humedecía los labios con lentitud.

— No hagas eso. — Le escuchó decir.

— ¿Eso?

— Sí. No te mojes los labios con la lengua si no quieres que me convierta en un salvaje y me abalance sobre ti.

— ¡Cuanta agresividad! — le lanzó, mirándole a hurtadillas.

A él le refulgían los ojos y no era porque el sol se reflejase en ellos.

— Puedo ser rudo o puedo ser muy suave. Depende.

— ¿De qué depende?

— Del momento.

— Y en un momento como este, ¿qué harías? Estamos en casa de tus padres, rodeados de gente.

— Me encantaría llevarte al agua, abrazarte y robarte un beso — dijo con la voz ronca— . Aunque no sería un beso robado, porque tú querrías dármelo.

— ¿Estás seguro?

Él se inclinó y enterró la cara en el hueco de su cuello.

— Sí — le dijo en un susurro, bañando el lóbulo de su oreja con su aliento.

Ella guardó silencio. Su abdomen había comenzado a trepidar. El coqueteo comenzaba a írsele de las manos y a convertirse en puro deseo.

Ladeó la cara y le contempló. Él estaba tan cerca de ella que pudo verse reflejada en sus pupilas. Su mirada decía que le hubiera gustado hacer algo más que solo acariciarla con el brazo.

De pronto, hacía mucho calor y Juls solo deseó meterse en el agua.

Me encantaría llevarte al agua, abrazarte y robarte un beso.

A ella también le gustaría, para qué negarlo.

— ¡Jorge! ¡Ven!

La voz del padre de él, llamándole a gritos, la sacó de su abstracción.

Carraspeó con fuerza y se dio cuenta del lugar en el que se encontraban.

Casi lo había olvidado.

— Creo que vas a tener la oportunidad de verme hacer el ridículo. — Él se apartó y elevó los ojos al cielo.

— ¡Vamos! — gritó su progenitor con un brioso gesto.

Lukas, su amigo y una empapada Erika se habían unido a él en el escenario. Escuchaban la melodía que salía de los altavoces con intensidad, aguardando a que el cantante comenzara a entonar la letra.

— Tengo que ir — exclamó Jorge— . Es como el himno familiar. No me puedo escapar.

Se irguió y le dirigió una disculpa muda antes de ir hacia la plataforma.

Ágilmente, se encaramó a ella y se situó al lado de su padre, cuando la primera estrofa salía al aire.

— ¡Y creo que he bebido más de cuarenta cervezas hoy! ¡Y creo que tendré que expulsarlas fuera de mí!

Juls los escuchó cantar con sorpresa. No conocía el tema, pero según iba siguiendo la letra, una risa burbujeante se iba formando en su pecho.

¿Himno familiar? ¡La canción era una pura gamberrada!

Paseó la mirada por el jardín y vio que todo el mundo parecía estar participando de aquella insensatez de algún modo. La amiga de Erika, la novia de Lukas, Dani, Rafa y hasta la propia Mariu se habían reunido delante del improvisado escenario y bailaban y saltaban sin mucho ritmo.

La madre de Jorge y su hermano Diego permanecían sentados en torno a la mesa, pero incluso ellos tarareaban y movían la cabeza al ritmo de la música.

— ¡Mi agüita amarilla! ¡Mi agüita amarilla! — cantaba el padre de Jorge en voz muy alta, desafinando a propósito. Se contorsionaba como si le estuviera dando un ataque y Juls le contempló fascinada. En las pausas, acercaba la botella que utilizaba como micrófono al entregado público, animándolos a participar, como si fuera el cantante de un grupo famoso.

Jorge cantaba desaforadamente y se movía con abandono, igual que todos los demás. Juls le estudió maravillada. Parecía como si todo le

importase un carajo, como si no le preocupara lo más mínimo hacer el ridículo o lo que los demás pensaran.

Le encantó su actitud.

Sus miradas se cruzaron y él le lanzó una sonrisa canalla. Ella no pudo más que corresponderle con otra semejante.

Él había comenzó a sudar y su piel tostada brillaba. Además, sus movimientos ponían de manifiesto la perfecta musculatura de sus hombros y espalda, convirtiéndole en un regalo para los ojos, al menos, para los de Juls.

De pronto, todos comenzaron a hacer el loco, a saltar y a berrear el estribillo, ahogando la música en los gritos. La plataforma no era demasiado grande y apenas podía contener a las cinco personas que había sobre ella, pero eso no los impidió cruzarse y chocarse mientras las risas se mezclaban con los aullidos.

Era una auténtica locura.

A Juls la situación le pareció surrealista. Sin embargo, no podía negar que estaba disfrutando cada momento de ella.

Jorge estaba grandioso, ahí, entregado y vibrante.

Ella comenzó a sentir un hormigueo en la punta de los dedos y las ganas de unirse al sarao y darlo todo, como hacían los demás, la acuciaron. Pero, antes de que hubiera podido tomar una decisión, la canción había acabado.

Los silbidos y los aplausos se sucedieron y en un par de segundos, un agitado Jorge se encaminaba hacia ella. Traía una expresión satisfecha en la cara y una sonrisa de oreja a oreja.

— Ahora sí que necesito un baño — exclamó, dejándose caer junto a ella— . ¿Qué? ¿Qué te ha parecido? ¿He hecho el ridículo?

— Para nada. Has estado fantástico. ¿Es una canción sobre el pis?

Él se carcajeó con fuerza.

— Sí. Es Mi agüita amarilla de Los Toreros Muertos.

— No la conocía y al grupo tampoco. Es pintoresca. ¿Y cómo es que un tema sobre el pis es vuestro himno familiar? — inquirió con ironía.

Él tenía un aspecto tan atrayente y seductor, que las ganas de inclinarse sobre él y devorarle se le alojaron en el pecho haciendo que el corazón le

palpitara a toda velocidad. Apartó la vista a toda prisa, huyendo de la tentación.

— Mi padre. Ya te he dicho que es un friki — dijo él con una risa.

— ¿Y tu madre qué opina?

— Mi madre es igual de friki, solo que necesita unas copas para lanzarse. Si se bebe unos cuantos chupitos, en breve estará disputándose con mi padre la hegemonía sobre el equipo de música. Ella también es una fanática de la música ochentera. En Alemania también hubo un movimiento musical similar a la movida de aquí. Se llamó Neue Deutsche Welle 13 y tuvo lugar a principios de los ochenta. Cuando mi madre escucha su música se convierte en una fiera.

Juls miró a Anna Schwarz que hablaba con tranquilidad con su hijo Diego. Le resultaba increíble que esa mujer tan elegante y seria pudiera convertirse en aquello que describía Jorge.

— ¿Y tu hermano?

— Diego es Diego — dijo él, alzando los hombros, como si aquello lo explicase todo— . Él sí que tiene que estar muy borracho para participar.

Me voy a dar un baño — añadió, cambiando de tema y poniéndose en pie—

. ¿Te vienes?

Juls no vaciló. Se incorporó y clavó los ojos en la invitadora piscina.

— Sí, claro.

Un pequeño temblor recorrió sus extremidades al recordar lo que él había dicho de robarle un beso en el agua.

Jorge

Sacó la cabeza del agua hasta que esta solo le cubrió la parte baja de la barbilla y escaneó la superficie para encontrarla.

Juls estaba en la zona que menos cubría de la piscina, junto a la escalera que llevaba al exterior. Se sacudía con energía y las gotas que se desprendían de su pelo corto volaban en todas direcciones, atrapando la luz del sol.

La imagen se incrustó en las retinas de Jorge y entornó los ojos al sentir el calor recorriéndole la parte baja de la espalda.

Con mucha parsimonia, nadó hasta donde ella se encontraba y se detuvo a dos pasos de distancia.

— ¿Bien? — le preguntó.

Ella elevó los párpados y una sonrisa apareció en su boca al verle tan cerca.

— Fantástico. El agua está deliciosa.

— ¿Quieres salir ya? — lo preguntó con desgana. Acababan de sumergirse y no había nadie más con ellos en la piscina. Todos se hallaban fuera, disfrutando del sol y de la música.

— No — contestó ella— . Todavía no me apetece salir.

Él se irguió en toda su estatura y avanzó otro paso. Uno más y sus cuerpos entrarían en contacto. El agua le cubría por las caderas.

Ella alzó el rostro y le miró, expectante, mientras se echaba el pelo hacia atrás. Parecía querer que él diera ese paso que los separaba.

Transcurrieron unos segundos silenciosos en los que ambos se estudiaron mutuamente. Había una fuerte conexión entre ellos, era indiscutible. Cada vez que sus mirabas chocaban saltaban chispas. Jorge no era ajeno a nada de eso y sabía que ella tampoco.

— ¿Qué te parece mi familia? — le preguntó.

— Creo que estáis todos locos y me encanta — contestó ella en voz muy baja— . Y también tengo un poco de envidia. Mis padres son muy…

estirados. Nunca harían nada semejante.

— ¿Te llevas bien con ellos?

— Tengo una buena relación, aunque algo distante.

— ¿Y con tus hermanos?

— Me llevo muy bien, sobre todo con Félix, pero la diferencia de edad se nota. Se marcharon pronto de casa y me he criado como si fuera hija única.

— Vaya. Yo no sé qué haría sin mis hermanos — repuso él, dirigiendo los ojos hacia donde ella miraba.

Diego y Lukas hablaban con sus padres. Erika bromeaba con Rafa y Laura. Y los demás habían tomado asiento en las tumbonas y conversaban.

— Me imagino — dijo ella— . Se nota que estáis muy unidos.

— Hace calor — dijo él repentinamente— . ¿Vamos hacia allí?

El sol se había ido desplazando poco a poco y una parte de la piscina, la que estaba en el otro extremo, algo más alejada de la gente, se hallaba a la sombra. Ese era el lugar que él señalaba con el dedo.

— Sí — aceptó ella. Se puso en movimiento, desplazándose por el agua con lentitud, dando brazadas.

La siguió.

La zona en sombra era la más profunda. Él hacía pie, pero ella hubo de sujetarse al borde.

— Puedes agarrarte a mí — ofreció él.

— Lo has hecho a propósito, ¿verdad?

— Sí. Quería tenerte solo para mí, necesitada de ayuda — bisbiseó.

— No estamos en medio del océano — dijo ella con sarcasmo.

Él apoyó las manos en el borde, enjaulándola con sus brazos. Ella no intentó apartarle. Se limitó a mirarle con los ojos semicerrados, provocadores.

— Creo que el momento del beso robado se acerca — murmuró él.

Ella escrutó el jardín por encima de su hombro.

— Eres un exhibicionista — le dijo.

— No nos ve nadie. Te tapo con mi cuerpo.

Ella chasqueó la lengua.

— Como si no supiesen lo que estamos haciendo.

— ¿Te da vergüenza?

Se acercó tanto al hacer esa pregunta que su torso rozó sus senos. Bajó la mirada y vio que, a través de la tela elástica del bikini, se apreciaban sus pezones endurecidos. No sabía si la causa era por el agua fría o por su cercanía, aunque esperaba que fuera por lo segundo.

— No soy tímida, pero la situación no es la ideal.

— ¿Y si nos sumergimos? — propuso con una sonrisa traviesa— .

Debajo del agua no nos verá nadie.

— ¿Es en serio? — exclamó con incredulidad— . Eso me recuerda a cuando tenía trece años y me besé por primera vez con Mario, el chico que me gustaba, en la piscina de una urbanización a la que íbamos en verano.

— Pues no es mala idea. Así recuerdas los viejos tiempos.

Le miró con el ceño fruncido.

Él la sujetó por el talle. Su piel era muy suave. Notó cómo ella se estremecía bajo las palmas de sus manos.

— Estás loco.

— Un poco. ¿No me has visto antes en el escenario? — Le guiñó un ojo

— . Venga, te espero abajo. No tardes.

Cogió aire por la boca y se sumergió. Esperaba que ella se uniera pronto a él, aunque no tenía mucha prisa, era capaz de aguantar más de cuatro minutos en apnea. Abrió los ojos y los apuntaló en el cuerpo que se agitaba frente a él. La luz que provenía del exterior jugaba con su piel, creando curiosos claroscuros sinuosos sobre ella, cuya tonalidad aparentaba ser más clara que en la superficie.

No había pasado mucho tiempo, quizá veinte segundos, cuando Juls también se sumergió. Tenía una expresión de extraña desconfianza en su rostro distorsionado por el agua.

Jorge alzó las manos y le acunó la cara con ellas, luego, acercó la boca a la suya y presionó sus labios sobre los suyos mientras Juls se mantenía inmóvil y le dejaba llevar la voz cantante en aquella absurda situación. Se separó con parsimonia, sin quitarle la vista de encima y sin soltarle la cara.

Ella parecía realmente sorprendida, como si no le hubiese creído capaz de hacer algo semejante.

Él le sonrió burlón.

Ella liberó el aire por la nariz y multitud de burbujas ocultaron su semblante. Después de eso, le empujó del pecho y emergió con rapidez.

La siguió.

— Es tan ridículo e infantil. — Escuchó que decía mientras se echaba el pelo hacia atrás.

La miró de frente y se encontró con sus pestañas oscuras empapadas, goteando.

— Es infantil — admitió— . Pero reconoce que tiene su gracia. Seguro que nunca te han dado un beso así en años. ¿Soy mejor que Mario?

Ella se rio con ganas.

— Mil veces mejor. Sin ninguna duda — dijo con una mueca.

Él no perdió el tiempo y volvió a arrinconarla contra el borde. De nuevo, se pegó a ella hasta que lo único que separaba sus cuerpos era la tela de sus

respectivos trajes de baño. Su respiración se había acelerado y la de ella también.

— ¿Y si ahora nos damos un beso de verdad? — dijo y bajó la cara hasta que su nariz le rozó la mejilla. Aspiró hondo. Debajo del cloro, olía a mandarina.

No la dejó responder, aunque tampoco parecía muy inclinada a hacerlo.

Tenía la mirada nublada y la boca entreabierta, como esperando a que él la apresara con la suya. Y Jorge no se hizo de rogar. Deslizó los labios por su piel, fresca y húmeda, hasta que conectaron con los suyos. Y por fin intercambiaron ese beso del que llevaban hablando un buen rato.

Él disfrutó de su suavidad y tersura, recreándose en cada pequeño detalle, en cada movimiento y sonido. Las puntas de sus lenguas chocaron y ambos dejaron escapar suspiros similares, cargados de anhelo. Sus lenguas terminaron por enredarse del todo y danzaron frenéticas y sin control. Y sus cuerpos imitaron a sus labios, acoplándose; las piernas de ella ascendieron hasta rodearle el talle, mientras él utilizaba las manos para sujetarle los muslos, pegándola todavía más a su cuerpo. No tardó en notar cómo su bañador se tensaba bajo la presión de una pesada erección y gruñó, gruñido que fue a parar al interior de la boca de ella, que inclinó un poco la cabeza con abandono para que él pudiera profundizar todavía más en el beso.

Beso que se prorrogó como si todo lo que había a su alrededor hubiese desaparecido y dejase de importar. No había gente. No había música. No había nada. Solo ellos dos rodeados por el agua, inmersos en el gozo de sus bocas unidas.

Fue él quien recuperó la cordura primero.

A duras penas y con los ojos empañados por la pasión, alzó la cara y la miró. Ella tenía las pupilas dilatadas y respiraba con dificultad.

— Vaya — murmuró Jorge con voz casi inaudible. Se había quedado sin palabras. El beso había sido mucho más de lo que había esperado.

— Sí — repuso ella— . Vaya.

Como si de repente fuera consciente de su situación, bajó las piernas de su cintura y se apartó de él todo lo que pudo, que apenas fueron unos centímetros. Jorge no trató de detenerla. En realidad, lo que necesitaba en ese momento era distancia, si quería que su miembro dejase de palpitar con

brío dentro de su bañador. Quizá no era el lugar más adecuado para tener una erección de ese tamaño, se dijo con ironía.

Juls era puro fuego.

— Ha sido… — comenzó ella, pero se detuvo. Se mostraba mucho más tímida que hacía un minuto.

— ¿Apoteósico? ¿Superior? ¿Indescriptible? — dijo él con tono engreído.

— Tampoco es para tanto — rechazó con un ademán— . No ha estado mal.

La miró con fingido reproche y ella se ruborizó.

— Bueno, ha sido bastante mejor que eso — admitió al fin en voz baja.

— Y con público.

— ¿Crees que alguien nos ha visto? — Su voz sonaba desesperanzada.

Él echó un vistazo por encima de su hombro. Su mirada se cruzó con la de Rafa que le guiñó un ojo y luego con la de Erika que le mostró el pulgar de la mano derecha elevado.

— Seguro que no — mintió.

Ella bufó.

— Mentiroso.

Él soltó una carcajada.

— Y si nos han visto tampoco pasa nada. Así aprenden lo que es un beso de verdad.

Nada más decir aquello, bajó la cara y posó su frente sobre la de ella, pero no intentó acercar su cuerpo. Su erección comenzaba a disminuir y no quería despertarla de nuevo.

— Quiero repetir — susurró.

Ella le apartó, empujándole del pecho.

— Será en otra ocasión, con algo menos de público — le dijo.

— Perfecto. Pero ¿me prometes que va a haber más veces?

Ella se zafó de sus brazos y se alejó, nadando a braza sin darle ninguna respuesta, aunque su sonrisa juguetona lo decía todo.

Jorge la siguió hasta las escaleras. Y no pudo evitar que sus ojos la escanearan de arriba abajo cuando abandonó la piscina y se dirigió hacia donde había dejado su bolsa. Aunque fue algo más que un simple escaneo,

fue un examen concienzudo. Su estrecha espalda que desembocaba en su firme trasero y su sugerente movimiento de caderas. Sexi. Casi lamentó que se envolviera en la toalla y le privase del placer de contemplar su cuerpo.

La vio sacudir la cabeza, salpicando pequeñas gotas de agua a su alrededor.

Él tardó en ir tras ella. Se quedó en el agua haciendo tiempo hasta que su miembro adquirió su tamaño normal en reposo. Un rato después se sentaba en la tumbona, a su lado, prescindiendo de toalla mientras el sol le secaba la humedad y le calentaba la piel.

No hubo ni un solo acercamiento más en toda la tarde, pese a que permanecieron uno al lado del otro. Tampoco estuvieron solos en ningún momento. Dani, Rafa, Mariu y su hermano Diego se acercaron a ellos y pronto comenzaron a hablar de música, de series y de cine. Algo más tarde, sus padres abandonaron sus ganas de bailar y también se unieron al grupo.

Los temas de conversación se sucedieron.

Jorge, en contra de su costumbre, no habló demasiado. Estaba distraído.

No podía quitarse de la cabeza lo que había sucedido en la piscina. El beso había sido más que perfecto. Hacía mucho tiempo que nadie le excitaba así, con un único y simple roce. Le había dejado con ganas de más. De mucho más.

Mientras Juls se mimetizaba con el ambiente y hacía preguntas y respondía a otras que le formulaban, la contempló a hurtadillas, cuestionándose en silencio si a ella le habría gustado tanto como a él ese instante que habían compartido.

En un momento dado, aprovechando su distracción, acercó la mano que tenía apoyada sobre el borde de la tumbona a la de ella, hasta que sus dedos meñiques se rozaron subrepticiamente. Había algo muy íntimo en aquel gesto, teniendo en cuenta la gran cantidad de terminaciones nerviosas que había en las manos y en especial en los dedos y la de millares de sensaciones que se podían experimentar con ellos. Ella no se apartó y él sintió un agradable hormigueo en la mano que le llevó a combar los labios en una sonrisa satisfecha.

Los demás hablaban, bebían y se reían.

A su espalda, Lukas y Erika chapoteaban en el agua con sus amigos.

En el equipo de música sonaba La chica de ayer de Nacha Pop.

Y él y Juls permanecían con los dedos unidos, sin moverse.

Y estuvieron así un buen rato, hasta que ella se retiró para tomar un vaso de zumo que alguien le ofrecía. Jorge echó de menos la caricia de inmediato.

El crepúsculo cayó sobre el jardín mucho antes de lo esperado y lo bañó en sombras. Eso supuso el fin de la reunión y la gente comenzó a despedirse. Primero fueron Iván y Eva y, poco después, Erika y Laura anunciaron que iban a bajar a Benidorm a ver a unos amigos. Diego apareció vestido con sus pantalones de cuero y dijo que había quedado con alguien.

Juls y Mariu también se pusieron la ropa.

Tony Alba y Anna Schwarz se despidieron de ellas efusivamente, conminándolas a volver cuando quisieran.

Dani se ofreció a llevarlas a casa, pero Jorge le hizo una señal y la invitación de Dani tornó del plural al singular con rapidez y se dirigió solo a Mariu. Juls miró a Jorge con sorpresa y él puso cara de inocente.

— Lo único es que no te puedo invitar a ir en moto porque mi hermano se la acaba de llevar — le dijo, después de ponerse una camiseta y unas zapatillas.

— Vaya, entonces no sé si es mejor irme con Dani — se burló ella.

— Eh, te olvidas de que tengo un Porsche en el que solo suena Kiss FM.

Estoy seguro de que eso no lo supera Dani. Además — añadió en voz muy baja— , soy el que mejor besa bajo el agua.

— Me has impresionado, cierto — repuso con soniquete, dándole un ligero golpe en el brazo— . No me queda más remedio que irme contigo.

La condujo al garaje donde tenía el coche de Rafa, aparcado al lado del monovolumen de su padre. Le abrió la puerta del pasajero, con un ademán exagerado, muy caballeroso y educado y ella accedió al interior y tomó asiento.

Solo unos minutos después estaban en la carretera. Jorge sintonizó la radio a un volumen muy moderado y bajó las ventanillas al tiempo que lamentaba que el trayecto fuera tan corto. El edificio donde ellas vivían estaba a menos de diez minutos de allí. Le hubiera gustado tener a Juls un

ratito más para él, después de haberla compartido con todos los demás las últimas horas.

— ¿Te lo has pasado bien? — le preguntó, echándole una ojeada furtiva.

— Sí. El ambiente era estupendo. — La sonrisa de ella era genuina.

— El domingo que viene nos volvemos a juntar — comentó— . Estáis invitadas.

— ¿Lo hacéis todos los domingos? — lo preguntó al tiempo que se giraba en el asiento para encararle de frente.

— Casi todos. A mis padres les encanta tener gente en casa.

— Son geniales. Me han caído muy bien. Toda tu familia me gusta. Tus hermanos también.

— ¿Incluso Diego? Sé que puede ser abrumador. Es muy serio.

— Me ha parecido muy agradable.

— ¿Y yo? ¿Qué te he parecido yo?

Pudo ver como ella se mordía el labio a la tenue luz del salpicadero.

— Has estado a la altura — dijo al cabo de un rato con ironía.

Él se rio. Le agradaba que fuera capaz de seguirle el rollo y no le tomase muy en serio.

El Porsche se deslizaba con suavidad por el asfalto. No tardaron en alcanzar la Rotonda del Fuego, llamada así porque en su centro había un monolito con una pieza de hierro rojo imitando a una llama. No había ni un solo vehículo en la carretera. Pronto, llegaron a otra rotonda con una fuente en el centro y él puso el intermitente para tomar la primera desviación. Las palmeras se alternaban con otros árboles más convencionales en la mediana y en el arcén, y al fondo, a lo lejos, se podían ver los altos edificios de Benidorm.

— ¿Te voy a volver a ver antes del domingo?

Ella, que miraba absorta por la ventana, dio un respingo al escuchar la impaciente pregunta.

— Estamos de vacaciones. Yo tengo todo el tiempo del mundo.

— ¿Eso es un sí?

— Es un sí.

Él se sacó el móvil del bolsillo del pantalón y se lo tendió.

— Llámate.

Ella no vaciló en hacerlo. Una tenue melodía que no duró demasiado salió desde el fondo de su bolsa. Después, le devolvió el teléfono.

— Voy a estar bastante ocupado mañana y pasado, pero a partir del miércoles estaré más tranquilo. ¿Te llamo y quedamos? Podemos ir a tomar algo o lo que surja…

Dejó la última frase en el aire para que ella la completara como quisiera.

Sabía que había empleado un tono provocador, pero a Juls no pareció desagradarle lo más mínimo

— Me parece bien — aceptó con la respiración entrecortada.

A Jorge, la respuesta le repercutió en el bajo vientre. Cogió aire con lentitud y lo expulsó con más lentitud todavía, llamándose al orden.

Después de eso, ambos guardaron silencio.

— Estamos pasando por el mismo sitio que ayer — comentó ella al cabo de unos segundos.

Cierto, estaban atravesando la rotonda del platillo volante.

— Sí. Por aquí se llega a la autopista. ¿Recuerdas que te dije que este vial unía unos pueblos, Finestrat y La Nucía? La casa de mis padres está en una urbanización de Finestrat. Como ves, está muy cerca de Benidorm.

«Demasiado cerca», refunfuñó para sus adentros.

No le apetecía nada separarse de ella todavía. No obstante, al día siguiente iba a madrugar mucho porque tenía una inmersión a las nueve de la mañana con un grupo de ocho personas. Y era lo suficientemente responsable como para no presentarse a trabajar después de haber trasnochado, lleno de cansancio.

Atravesaron la última rotonda y poco después, él detenía el coche frente al edificio donde ella se hospedaba. Aparcó frente al garaje y puso las luces de emergencia, tal y como había hecho el día anterior.

— Bueno — murmuró ella. Si bien lo dijo con voz firme, no parecía tan segura de sí misma como en otras ocasiones.

— Bueno — la imitó él, girándose en el asiento. No pudo evitar que sus ojos traidores se posaran sobre sus labios, que en la penumbra se adivinaban carnosos y sonrosados.

Ella se deshizo del cinturón de seguridad, pero no hizo amago de abandonar el coche.

Él aguardó a que fuera ella la que diese el primer paso mientras una sonrisa despuntaba en su boca.

— No vas a decir ni a hacer nada, ¿verdad? — dijo ella al fin con un suspiro exasperado. Tenía la vista fija sobre el salpicadero.

— ¿Yo? ¿Qué podría yo querer decir o hacer? — dijo con socarronería.

Ella terminó por mirarle de frente. También sonreía.

— Vale — admitió— . Pero acércate tú también que no me quiero clavar la palanca de cambios en la cadera.

— No entiendo a qué te refieres — murmuró él, elevando las manos en el aire.

— Anda, cállate y déjame que te bese.

Él rio sucintamente antes de inclinarse hacia ella y sujetarle la nuca con una de sus manos. Ella se desplazó hacia delante y le echó los brazos al cuello.

Se miraron antes de que sus bocas se encontraran.

No fue un beso largo como el que habían intercambiado en la piscina, fue mucho más breve, pero la intensidad estaba ahí. El choque de labios y lenguas hizo que las chispas saltaran entre ellos.

— Joder, Juls, me dejas sin palabras — le dijo, apartando su boca apenas un milímetro. Se sentía arder por dentro.

— Y tú me dejas sin aliento, Jorge. No sé qué será peor. Sin palabras se puede vivir, sin aliento no — musitó ella con dificultad, alejándose y retornando a su asiento.

Volvieron a fundir sus ojos el uno en el otro.

Finalmente, ella agarró la manija de la puerta, la abrió y se bajó del vehículo, cerrándola tras de sí. Luego se agachó para asomarse por la ventanilla.

Jorge la contempló con un gesto a caballo entre la diversión y la excitación. Ella tenía el pelo corto muy revuelto y le brillaban los labios debido al beso que acababan de intercambiar.

— Ha sido una tarde genial — dijo ella.

— Para mí también. Te llamo esta semana.

— Hazlo.

Parecía reacia a marcharse, aunque al cabo de unos interminables segundos, se incorporó y echó a andar hacia el acceso al edificio.

La siguió con la mirada, recorriendo con avidez su figura menuda.

Cuando ella estaba a punto de desaparecer dentro del portal, la llamó una última vez.

— Eh, Juls.

Se giró, aferrando su bolsa de playa con las dos manos. Se mostraba curiosa y llena de expectativas.

— Nada. Solo quería que me miraras una última vez — le dijo.

Ella agitó la cabeza riéndose. Luego se despidió con la mano y desapareció.

Los labios de Jorge se distendieron en una sonrisa que terminó convirtiéndose en una carcajada que le brotó del pecho.

Mientras quitaba el freno de mano y pisaba el acelerador, paladeó su nombre con placer.

— Juls…