Inolvidable
Capítulo 18
Jorge
— En serio, cuando le enseñé tu foto a mi hermano me dijo que no estabas mal, aunque prefiere los rubios. Félix es muy exigente, así que supongo que has pasado su filtro.
Jorge se rio entre dientes.
— Es bueno saberlo. No querría enfrentarme a él jamás.
Ella le había enviado una foto de su hermano que él tenía abierta en otra pestaña y debía de reconocer que su aspecto fiero imponía.
— Es un trozo de pan — continuó Juls al otro lado de la pantalla— . No te dejes guiar por las apariencias. Bueno, es cierto que si me haces daño te arrancará el corazón y lo arrojará a un vertedero. Pero de buen rollo.
Volvió a reírse. No por lo que ella decía sino por cómo lo hacía, con la nariz arrugada y la boca combada en una amplia sonrisa.
— Qué suerte tienes de tener un hermano así. Si tú te portases mal conmigo, los míos probablemente se pondrían de tu parte.
— No lo creo. Diego tiene pinta de ser el típico hermano mayor muy protector.
No tuvo tiempo de contestar. Una presencia a su espalda se lo impidió.
— ¡Hola, Juls!
Era Erika, que se abalanzó sobre el respaldo del sofá en el que estaba sentado y apoyó la barbilla sobre su hombro.
— Hola Erika — la saludó Juls.
— ¿Te has enterado ya de que ahora eres mi única cuñada?
Jorge puso los ojos en blanco.
— Tenemos cosas más importantes de qué hablar, ¿sabes?
— Lukas y Eva han cortado — siguió hablando Erika sin hacerle caso—
. Tenemos drama familiar.
— Oh, lo siento — dijo Juls— . Llevaban mucho tiempo juntos, ¿no?
— Dos años. Lukas está hecho polvo.
— No me extraña.
— Aunque ha sido de mutuo acuerdo.
— Oye, si queréis os dejo solas — intervino Jorge.
— Por mí, vale. ¡Un momento! — exclamó Erika repentinamente.
Rodeó el sofá y se dejó caer al lado de Jorge. Señalaba con apremio la parte derecha de la pantalla— . ¿Quién es ese?
— El hermano de Juls.
— Muero — murmuró— . ¿Puedes ampliarla?
Jorge lo hizo con un gesto exasperado mientras la miraba de reojo.
Contemplaba la foto con la mandíbula desencajada.
— Creo que Erika acaba de sufrir un ataque o algo al ver a tu hermano
— le dijo a Juls, cuya imagen se mostraba en una ventanita pequeña en la parte inferior de la pantalla.
— Necesito que me lo presentes. Es absolutamente necesario e imprescindible — pidió la rubia— . ¿Está soltero?
Juls se rio con ganas.
— Está soltero y creo que pretende estarlo hasta el fin de los días.
— Yo puedo hacer que cambie de opinión — aseveró Erika con mucha seguridad— . Este hombre es para mí. Lo presiento.
— Creía que estabas saliendo con alguien.
— Ya no. Rompí con él hace semanas Estoy soltera. Pásale mi número de teléfono a tu hermano. ¿Cómo se llama?
— Félix.
— Oh, Félix y Erika. Suena genial.
— Es un poco mayor para ti.
Ella alzó una ceja en actitud interrogadora.
— Tiene treinta y cinco — continuó Juls.
— Ideal. Me ponen los hombres mayores.
— Eso no necesito saberlo, de verdad — se inmiscuyó Jorge con un suspiro. Luego le dio un codazo— . Márchate ya, anda, y déjame tener una conversación con Juls.
— Estás en el salón. Es zona común. Yo puedo estar aquí — protestó.
Jorge se incorporó con rapidez. Cargando con el portátil, se encaminó a la que durante unos años fue su habitación y que ahora se usaba como despacho.
— ¡Pídele el teléfono de su hermano a Juls! — La escuchó gritar antes de encerrarse en el cuarto.
Echó el cerrojo, por si acaso.
— No sabía lo de Lukas. Qué putada — comentó Juls.
Él tomó asiento en el sofá cama que había bajo la ventana y se colocó el ordenador sobre las rodillas. Luego hizo desaparecer la foto de Félix para que fuera el rostro de Juls el que llenase la pantalla.
— Está jodido, pero se le pasará — suspiró— . Todos hemos pasado por algo así alguna vez y hemos sobrevivido. Y nos tiene a nosotros. Por eso estoy en casa de mis padres. Hemos venido a cenar para subirle el ánimo un poco y de paso celebramos el cumple de Diego.
— Y luego dices que si yo me portase mal contigo tus hermanos se pondrían de mi parte. Mentiroso — resopló.
— A ver, es que tú eres encantadora. Mucho más que yo. Yo no tengo esa nariz respingona y esa carita de ángel — dijo con voz de falsete.
— Pfff… Eres un adulador.
— Quizá es que te mereces que te adulen.
— ¿Tú crees?
— Pienso que sí — lo dijo con los ojos entrecerrados.
— Si pones esa cara no sé si eres un adulador o un pervertido.
— Si fuera un pervertido, te diría que te quitases la camiseta ahora mismo.
— ¡Pero si ya lo has hecho en otras ocasiones! — Una risa cantarina brotó de su garganta.
— ¿En serio soy así de vicioso?
— Sí.
— Vaya.
— Que conste que me gusta cómo eres.
— ¿Aunque te pida que te quites la camiseta?
Ella asintió.
— Aunque me pidas que me quite la camiseta…
Jorge se humedeció el labio inferior con deliberada parsimonia, regodeándose en la expresión excitada del rostro de Juls.
— Anda, Jorge — ronroneó ella y se acercó más a la cámara— , quítate tú la camiseta…
— Hablando de pervertidos…
No pudo continuar porque unos fuertes golpes en la puerta se lo impidieron.
— ¡Joder! ¿Quién eres y qué narices quieres? — gritó.
— ¡Te estamos esperando en el salón para echar una de Trivial! — Se escuchó la voz amortiguada de su hermano pequeño a través de la hoja de madera.
Jorge se llevó las manos a la cara y se la cubrió con ellas al tiempo que emitía un gemido cargado de frustración. De fondo, pudo oír la risa de Juls.
— Creo que esta noche no es nuestra noche — dijo ella.
— Creo que no — suspiró.
— Anda, desconecta y cumple tu labor como hermano mayor. Y felicita a Diego de mi parte.
— Lo haré, pero quiero que sepas que mientras me esté jugando un quesito solo voy a poder pensar en ti sin camiseta.
Ella se rio.
— Espera que te doy un adelanto.
Nada más decir aquello, se subió la camisa a toda velocidad y le mostró los pechos, pero antes de que él hubiera podido reaccionar se la había vuelto a bajar, cubriéndose.
— ¿En serio… no llevas sujetador? — gruñó él
— Claro que no. Pensaba que esta noche tocaba sexo telefónico.
— ¡Mierda! ¡Puta vida!
Juls volvió a reírse.
Él hizo un gesto exagerado, colocándose el pantalón.
— ¿Tenías una erección? — se burló ella.
— Completa no, pero iba por buen camino.
— Pásalo bien jugando al Trivial.
— ¡Qué cabrona eres!
Después de eso ambos guardaron silencio y la risa que habían compartido fue suavizándose hasta que se convirtió en sonrisa.
— No me apetece nada despedirme de ti — admitió él, apoyando la espalda en el sofá y estirando las piernas.
— Solo quedan dos días.
— Quiero que sea viernes ya.
Su autobús llegaba a Madrid el viernes a las cuatro y media de la tarde.
Después de hablarlo, habían convenido que él dejara su coche en Benidorm porque los problemas de aparcamiento en la capital eran un engorro. Y
pensaba quedarse hasta el miércoles.
Cinco días con ella.
Se le encogía el estómago de anticipación cada vez que pensaba en ello.
— Yo también.
— Creo que lo primero que voy a hacer cuando te vea es enterrar la cara en tu cuello y aspirarte hasta que desaparezcas dentro de mí. Echo de menos tu olor. Te echo de menos a ti.
A veces, cuando imaginaba que la tenía entre sus brazos, ese sutil aroma a mandarina que ya había olido otras veces en ella le explotaba en el cerebro. Hacía unos días había pasado por una perfumería y había buscado el gel que sabía que usaba — ella le había mencionado la marca cuando él le dijo que le gustaba su olor— y lo había olisqueado. Pese a que el aroma era similar, faltaba algo en la ecuación.
Faltaba su piel.
— Yo también te echo de menos, Jorge — musitó ella con la voz quebrada— . Mucho.
El calor le invadió al escucharla.
Aquello era una completa locura. En toda su vida se habría podido imaginar estar tan colgado por una mujer.
Había algo muy especial entre ellos. Y el hecho de que pudiera utilizar la palabra especial cuando se refería a ambos era muy significativo.
Respecto a la otra palabra, esa que empezaba por A y que nunca había usado con ninguna de sus parejas anteriores porque jamás había sentido una conexión semejante, ahí estaba también, tremenda y poderosa, aunque todavía no se atrevía a completar las cuatro letras que la componían en voz
alta. ¿No era demasiado pronto? Solo se conocían desde hacía mes y medio y, en realidad, apenas se habían visto durante un par de semanas.
Amor.
Ahí estaba.
Cada vez que miraba a Juls y cada vez que ella le miraba a él a través de esa pantalla que se había convertido en todo su mundo, Jorge podía sentirlo.
Amor.
Intenso y avasallador.
Carraspeó y se centró de nuevo en Juls que parecía igual de ensimismada que él mismo.
— Tengo una canción — le dijo para romper el extraño estado de ánimo en el que habían caído los dos.
Ella aclaró la vista y le miró con curiosidad.
— ¿Cuál?
— Espera. Te va a encantar.
Era algo que solían hacer: intercambiar canciones. Hacía días que esa le rondaba por la cabeza y quería compartirla con ella. Buscó el enlace en YouTube y se lo envió.
Era Nothing’s gonna stop us now de Starship. Una balada ochentera, cuya letra era de lo más romántico.
Una sonrisa tonta se dibujó en sus labios mientras observaba cómo ella la reproducía y bajaba los párpados, moviéndose al ritmo de la melodía. Él mismo la fue tarareando en susurros. Juls alzó la cara y le dirigió una sonrisa inmensa al escucharle cantar.
— No puedes evitarlo. Te encantan todas estas pasteladas, eh…
Él soltó una risita entre dientes.
— Es muy nosotros, ¿no?
— Sí, sobre todo cuando dice eso de Want so much to give you this love in my heart that I’m feeling for you… 22
Se encogió de hombros y fingió desenfado. Quizá no se atrevía a decir en voz alta lo que sentía por ella, pero sus intenciones quedaban claras con esa canción, ¿no?
— Confiesa que a ti también te gustan estas chorradas.
— Lo confieso — admitió ella. Un suave rubor había cubierto sus mejillas— . Voy a contar las horas hasta el viernes a las cuatro y media —
añadió.
— ¿Quién es la ñoña ahora? — inquirió él con tono afectuoso.
— Y voy a ponerme esta canción como tono de llamada en el móvil.
— Me parece muy buena idea.
Alguien llamó a la puerta con insistencia, interrumpiéndolos.
— ¡Jorge! ¿Sales ya? — Era Lukas, de nuevo.
— ¡Joder! — exclamó— . ¡Ya voy! — gritó— . Me tengo que ir, Juls, pero mañana hablamos.
— Sin problema. Dale un beso a tu hermano de mi parte. Bueno, a todos.
— Lo haré. Sueña conmigo, preciosa.
— Lo intentaré — dijo con una risa sugerente.
— Capulla — murmuró antes de desconectarse.
Cerró la tapa del portátil y lo dejó a su lado sobre el sofá. Luego se puso de pie y se acercó a la ventana. A lo lejos, en la oscuridad de la noche, destacaban los pequeños y numerosos puntos luminosos contra el cielo.
Las luces de la ciudad.
Las ignoró y se centró en su imagen, que se reflejaba en el negro cristal.
Sus ojos parecían ansiosos y una expresión febril se mostraba en su semblante. ¡Dios! Tenía muchísimas ganas de volver a verla; la espera le estaba resultando agónica.
Se sacó el móvil del bolsillo y buscó el tema de Starship. No tardó en encontrarlo. Lo descargó, lo estableció como tono de llamada y volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo.
— Ya está — dijo con tono risueño— . Ya eres el tío más cursi del universo.
Una sonrisa de oreja a oreja iluminó su cara.