Inolvidable
Capítulo 25
Juls
A pesar de que regresar a Madrid habría sido lo más sencillo, se quedó en Benidorm. Tomó la decisión después de asegurarse de que su padre estaba bien y ni él ni su madre la necesitaban. Trató de convencerse a sí misma de que era lo más acertado, al menos hasta que tuviese una nueva oportunidad de volver a ver a Jorge. Sus esperanzas eran ínfimas, mas no podía rendirse con tanta facilidad. Tenía que intentarlo otra vez.
Desde el domingo no había vuelto a dormir en condiciones. Se acostaba temprano, pero solo podía agitarse en la cama de un lado a otro, rompiéndose la cabeza sobre cuál debía de ser su proceder en todo ese asunto. El amanecer solía encontrarla despierta y agotada, sin haber llegado a ninguna conclusión definitiva.
Y ya era jueves.
La hora de ver a Jorge estaba a solo diez minutos de distancia.
Fue idea de Erika el propiciar un encuentro entre ella y su hermano en esa cafetería, a la que Juls hacía rato que había llegado. Incapaz de esperar en el apartamento, se presentó allí con una hora de antelación, con todos los nervios del mundo alojados en su interior.
Una hora que se le había hecho eterna.
Frente a ella, sobre la mesa blanca, se podía ver una taza vacía — la del tercer café— y los restos de una servilleta de papel, que había destrozado y convertido en cachitos. Tomar tanta cafeína fue una idea pésima que resultó ser poco conveniente para su ya maltrecho estado de ánimo. Notaba la respiración acelerada y su pierna derecha se movía convulsivamente.
Hizo una señal a la camarera y le pidió una botella de agua.
Sus ojos se posaron sobre el reloj que había colgado sobre la barra.
¿Solo había pasado un minuto desde la última vez que había mirado?
Nueve minutos para las siete y media.
Durante esos cuatro de días de crispada espera, no había hecho gran cosa, limitándose a permanecer en el piso y a indagar online sobre la pérdida de memoria. Había leído cientos de entradas sobre la amnesia retrógrada y muchos casos de pacientes reales. Algunos habían recuperado sus recuerdos a los pocos días o a las pocas semanas de haber sufrido un traumatismo craneoencefálico. Aunque también se había topado con algunos artículos que hablaban de personas que nunca habían recobrado la memoria.
Se negaba a creer que Jorge pudiera encontrarse entre esos últimos.
Habló también con Mariu, buscando información más profesional, pero su amiga resultó ser de poca ayuda. No se había especializado en psicología clínica y no dominaba el tema. No obstante, le proporcionó varias direcciones donde poder recabar más información. Sin embargo, después de haberse pasado horas investigando, seguía igual de perdida que al principio.
Cada caso era diferente y tanto la evolución de una amnesia como su resolución eran algo imprevisible.
En apariencia, era una cuestión de fe.
Ella nunca había sido una mujer de fe.
La chica que atendía las mesas le trajo la botella de agua y un vaso. Juls se lo agradeció con un gesto antes de volver a mirar la hora.
Faltaban seis minutos.
Su móvil comenzó a sonar, sobresaltándola. Echó un rápido vistazo y vio que se trataba de Sergio. No había vuelto a saber nada de él desde aquel día en que fue a buscarla a su piso, y de eso hacía más de un mes. Frunció el ceño, irritada, antes de desviar la llamada al buzón de voz. No tenía ganas de hablar con su ex por mucho que hubieran hecho las paces.
Con agitación, se retocó el pelo, pasándose los dedos por el flequillo. Se había mirado al espejo veinte veces antes de salir del piso y sabía que tenía buen aspecto. Llevaba unos vaqueros negros muy ajustados y un jersey marrón con el cuello de pico que hacía juego con sus botas de ante. No se había molestado en peinarse y había dejado que los cortos mechones le cayeran descuidados sobre la frente. También se había maquillado con mucho cuidado, poniendo especial atención a la sombra de ojos, de un sutil
tono tostado que hacía que su mirada pareciese misteriosa. Al menos eso pensaba ella.
Quería estar perfecta.
El local estaba decorado acorde a las fechas en las que se encontraban: un alto árbol de Navidad cargado de bolas doradas adornaba el fondo y tiras de lucecitas blancas parpadeantes colgaban del techo por todas partes. Casi todas las mesas estaban ocupadas y reinaba un agradable bullicio. Se notaba que el establecimiento era popular, aunque no era sorprendente; sus amplios ventanales daban directamente a la playa y se podían ver las olas rompiendo sobre la costa a unos cien metros de distancia.
Pese a que hacía ya tiempo que había anochecido y la temperatura había descendido varios grados, todavía había bastante gente paseando por la acera, junto al arenal. Desde donde estaba sentada, en uno de los cómodos sofás que había en un lateral, podía atisbar toda la calle, por lo que cuando Erika y Jorge se acercaran al local, los vería inmediatamente.
Hacía dos días que Erika le había hablado de su plan y ella estaba lo suficientemente desesperada como para no poner ni una sola pega y aceptar participar en él. El jueves era el día en que Jorge tenía que acudir a terapia a Alicante y su hermana, la encargada de llevarle. A la vuelta, se pasarían por la cafetería donde los estaría esperando Juls. No tenía ni idea de qué excusa habría puesto Erika, eso lo dejaba en sus manos.
Ella bastante tenía con respirar.
Cuatro minutos.
Erika había tratado de convencerla de que le revelase su verdadera identidad a Jorge, pero ella se había negado con rotundidad. Lo último que deseaba era ponerle en un compromiso o desestabilizarle. Quizá más adelante.
Desprecintó la botella de agua y vertió algo de su contenido en el vaso.
Por el rabillo del ojo distinguió un movimiento en el exterior. Era el inconfundible todoterreno de Jorge — Turbo— que se había detenido frente a la cafetería y que daba marcha atrás para aparcar en uno de los huecos que había al otro lado de la calzada.
Dejó la botella sobre la mesa, temiendo que el agua se le derramara, y tragó saliva con fuerza.
El momento había llegado.
Se echó hacia atrás en el sofá y terminó medio tumbada. La postura le resultó ridícula así que volvió a erguirse al tiempo que se retorcía las manos en el regazo.
Erika era una excelente conductora y consiguió estacionar a la primera, sin hacer muchas maniobras. La vio emerger del vehículo con sus cabellos dorados libres sobre los hombros, pero Juls solo tenía ojos para la puerta del copiloto, que quedaba justo al otro lado. La cabeza de Jorge no tardó en asomar por encima del techo del Patrol. Tenía el pelo algo alborotado como si se hubiera pasado los dedos por él. Pronto, todo su cuerpo se mostró en su campo de visión.
Juls se bebió su imagen y se detuvo en su amplia sonrisa. Su hermana debía de haberle dicho algo divertido porque la sonrisa se convirtió en una fugaz carcajada.
El calor se le concentró en el abdomen.
La risa de Jorge era simplemente maravillosa.
Vestía informalmente con vaqueros azules muy desgastados, deportivas y una cazadora marrón de cuero con la cremallera a medio bajar por la que asomaba lo que parecía ser un polo blanco.
¿Se podía estar más guapo?
No. No se podía.
Jorge Alba era un regalo para la vista.
Los vio cruzar la calle y acercarse a la cafetería. Por primera vez, se fijó también en Erika, su aliada, que se estaba recogiendo el pelo en una coleta mientras le daba un codazo a su hermano, que este devolvió de modo juguetón.
Juls se preguntó qué le habría dicho para convencerle de que la acompañara hasta allí.
Cogió aire por la nariz y lo soltó por la boca.
Lo iba a averiguar en solo unos segundos.
Jorge
— ¿Te molesta si me acerco a un sitio antes de ir a casa?
La pregunta de Erika llegó de improviso y le sacó de su ensimismamiento. Apenas habían hablado en la última media hora; se habían limitado a escuchar la radio.
— ¿A un sitio?
— Eh, sí. Es que he quedado con mi amiga Juls para darle una cosa que me prestó.
¿Juls? Era la chica del domingo pasado, la del pelo corto que se parecía a Campanilla.
— Por mí, perfecto. — Se encogió de hombros— . No tengo ni prisa ni planes.
— Me está esperando en una cafetería. ¿Te molesta si nos tomamos algo con ella? Algo rapidito.
— Vale — asintió algo ausente.
Fijó la vista en la carretera. Hacía tiempo que estaba envuelta en sombras que los potentes faros de su coche se empeñaban en romper. El cartel que anunciaba que quedaban tres kilómetros para la salida que debían tomar pasó ante sus ojos. El trayecto desde Alicante apenas había durado media hora; a Erika le gustaba pisar el acelerador y se le daba bien manejar a Turbo.
Jorge volvió a embeberse en sus pensamientos. Continuaba dándole vueltas a la sesión que acababa de tener con la doctora Carmena.
Le había hablado de J.
Le había contado todo lo que había descubierto.
Ella le escuchó en silencio y le dejó hablar sin interrumpirle. Cuando terminó, se limitó a preguntarle que qué deseaba hacer. Y no había podido responderle. Estaba hecho un lío. No sabía por qué tenía miedo de enfrentarse a su supuesta novia si él era una persona decidida y valiente.
Jamás se había sentido atemorizado por nada y aquella desacostumbrada sensación le avergonzaba un poco. También le habló del comportamiento que había tenido frente a Diego y su decisión de ocultarle lo que había averiguado. No se explicaba el porqué de su infantil actitud.
La psicóloga le aconsejó que no fuera demasiado duro consigo mismo, ya que estaba atravesando una situación totalmente desconocida y cualquier
reacción era normal. El cerebro del ser humano era impredecible. No había una manera correcta o incorrecta de proceder.
No puedo decirte lo que debes o no debes hacer. La respuesta a eso la tienes tú. Yo solo puedo ayudarte a lidiar con las consecuencias. Pero creo que enfrentarte a esa chica podría ser beneficioso para ti.
— Estás ido hoy — comentó Erika, rompiendo el silencio— . No has dicho nada en todo el camino. ¿Qué tal con la psicóloga?
— Bien. Me gusta.
— ¿Te ayuda?
— Pues no sé. Supongo que sí.
— ¿Has recordado algo?
Dejó escapar un suspiro. Era la pregunta del millón.
— No. Nada.
De nuevo hubo un silencio entre ellos.
Las ganas de preguntarle algo sobre la misteriosa J le sobrepasaron.
Estaba seguro de que, si Diego sabía sobre esa chica, su hermana también estaría al tanto de todo. No obstante, no dijo ni una palabra. Al día siguiente tenía que recoger su móvil — le habían avisado de que ya estaba reparado
— y estaba convencido de que hallaría imágenes de ella allí, quizá incluso algún vídeo. La ansiedad podía con él y no quería que su primera impresión de J quedara contaminada por la información que pudiesen proporcionarle sus hermanos. Estaba ansioso por descubrirla a solas.
Todo lo que sabía sobre ella a través de los mensajes le gustaba. Mucho.
¿Qué estaría haciendo en ese momento? ¿Esperando a que recuperase sus recuerdos y contactara con ella? ¿Sería consciente de que él la había olvidado?
— ¿Te ha jodido lo del trabajo en el Oceanográfico? — le preguntó Erika.
Al parecer, hacía unos meses había hecho una entrevista para trabajar en el Oceanográfico de Valencia y hacía dos días le habían contactado para contratarle, algo que, en su situación actual, no era factible. No podía decir que lamentara haber perdido esa oportunidad porque ni siquiera sabía qué le había movido a solicitar aquel puesto. Él era feliz en la escuela de buceo.
— Pues no mucho. ¿Estaba descontento en la escuela?
— En realidad, no. Quizá un poco cansado de los horarios y de trabajar los fines de semana. — Hizo una pausa antes de añadir— : ¿Echas de menos trabajar? ¿Te aburres en casa?
— Me he visto el catálogo completo de pelis de Netflix — se rio— . ¿Tú qué crees?
— Siempre puedes limpiar mi habitación.
— Ahora recuerdo por qué me independicé — resopló.
— ¿Piensas volver a irte?
— Puede.
Todavía no había ido ni una sola vez al apartamento que tenía alquilado y no se había planteado dejar la casa de sus padres, pero no descartaba volver a mudarse en las próximas semanas.
Habían llegado al peaje y Erika detuvo el coche frente a la máquina para pagar. Al fondo a la derecha, los altos edificios iluminados de Benidorm destacaban contra el oscuro cielo crepuscular.
— ¿Dónde has quedado con tu amiga? — le preguntó.
— En el Nevada.
Hacía un siglo que no iba a esa cafetería. Estaba en la playa de Poniente, en primera línea, y tenía unas vistas increíbles.
— ¿Qué es lo que tienes que darle?
— ¿Cómo?
— Antes me has dicho que habías quedado con ella para darle una cosa.
— Sí, claro. Eh… Bueno…
La miró de reojo. Su hermana no solía reaccionar así, pero era evidente que se había puesto nerviosa.
— Vale, ¿qué pasa?
— No pasa nada. No sé a qué te refieres.
— Ya — soltó con ironía— . Bueno, ¿qué es lo que tienes que darle?
— Una cazadora — respondió, concentrada en la carretera, como si el tráfico fuera denso cuando el suyo era el único vehículo que circulaba por el vial a esa hora.
La contempló con escepticismo, pero no pudo comentar nada más porque su móvil comenzó a sonar. Miró la pantalla y vio que era Diego.
— ¿Qué pasa, Dieguito? — respondió.
— ¿Estás ya en casa? Yo voy para allá. ¿Nos tomamos algo por ahí?
— Llegas tarde — rechazó— . Estamos volviendo de Alicante y vamos camino del Nevada. Erika ha quedado allí con una amiga suya.
— ¿Con qué amiga?
— Con la rubita del domingo. Con esa tal Juls.
— Ah…
Jorge frunció el ceño cuando su hermano no añadió nada más. Su monosílabo había sonado extraño.
— ¿Quieres pasarte?
— Puede. Me lo pienso. Luego te llamo.
Y la comunicación se cortó.
Jorge se quedó mirando el teléfono con el ceño fruncido. Últimamente todo el mundo reaccionaba de un modo muy raro, ¿o era él el que había cambiado y estaba hipersensible?
— ¿Qué dice? — le preguntó Erika.
— Que a lo mejor viene. No lo sabe todavía.
Habían llegado a su destino. Las luces de las potentes farolas iluminaban el arenal. En verano, incluso a aquella hora, solía haber gente en la playa jugando a la pelota, paseando o disfrutando del ambiente, pero ahora estaba desierta.
Avanzaron hasta el final de la calle, donde se encontraba la cafetería.
Había bastantes huecos libres para aparcar y su hermana lo hizo como una campeona, en uno bastante pequeño. Erika era un puñetero crack con cualquier tipo de vehículo.
— Lo has dejado demasiado lejos de la acera — la provocó cuando ambos descendieron del Patrol.
— Claro, supongo que para los tíos diez centímetros son algo gigantesco
— se burló ella.
— Se acerca más a los treinta — se jactó, acariciándose el labio inferior con el pulgar.
— Pfff… Demasiada información — repuso mientras le daba un codazo.
Jorge se rio y se lo devolvió mientras atravesaban la calzada. Sus ojos se desviaron hacia los amplios ventanales del Nevada. El interior del local estaba lleno de gente, como siempre. Su hermana se adelantó y abrió la
puerta. Se detuvo justo a la entrada y repasó las mesas hasta que encontró la que buscaba. Luego echó a andar hacia allí. Él la siguió.
La amiga de Erika estaba en la zona de sillones bajos. Se había puesto de pie al verlos entrar. Por un instante, sus miradas se cruzaron, pero fue solo eso, un instante, porque ella desvió la suya con rapidez. La iluminación no era muy intensa, no obstante, Jorge creyó percibir que se había sonrojado.
La sensación que ya tuvo la tarde del domingo anterior acudió a él. Era innegable que no le caía bien a esa chica.
— Hola Juls — la saludó Erika, plantándole un beso afectuoso— . ¿Te acuerdas de mi hermano?
— Claro — repuso, dirigiéndose a él.
Intercambiaron dos besos algo torpes y rígidos antes de que ella se apartase con prontitud y tomara asiento en el sofá que recorría la pared.
Erika se sentó enfrente, en un coqueto puf, por lo que a Jorge no le quedó más remedio que acomodarse junto a Juls.
— Te he traído la chaqueta, pero me la he dejado en el coche. Ahora cuando nos vayamos te la doy — dijo su hermana.
— Eh… Vale.
La camarera se acercó a ellos. Erika se pidió un capuchino y él, un café solo.
Después de eso, hubo un silencio solo interrumpido por la música y las conversaciones de fondo. Pese a que los separaban unos cuantos palmos, la tensión que desprendía la chica que Jorge tenía al lado era obvia. Le echó un vistazo sesgado. Ella estaba pendiente de Erika, que a su vez la miraba con intensidad. Jorge arrugó la frente. Las dos parecían estar comunicándose sin palabras.
— Si queréis hablar de vuestras cosas me voy al baño — dijo, izando una ceja.
— ¡Qué gilipollez! — repuso su hermana con una sonrisa rápida. Luego se dirigió a su amiga— . ¿Qué has hecho estos días, Juls?
— Pues no mucho, la verdad. Descansar, sobre todo. Pasear por la playa y poco más.
Tenía una voz muy agradable de escuchar, ni demasiado aguda ni demasiado grave.
— ¿Estás de vacaciones? — se inmiscuyó él en la conversación.
Ella le miró de frente. Sus ojos eran castaños, grandes y muy expresivos.
Y sus pestañas, oscuras, muy diferentes al color de su cabello.
— He venido a Benidorm a pasar unos días de relax — dijo tras una brevísima pausa.
Aquella respuesta le sorprendió.
— ¿No eres de aquí? Perdona si mis preguntas te resultan sorprendentes y absurdas — añadió con tono defensivo— . Sé que es probable que todo esto ya lo supiera con anterioridad, pero…
— No te disculpes — le interrumpió— . No pasa nada. Soy de Madrid.
— Ah, ¿y cómo has conocido a Erika?
— Fue el verano pasado, en La Sal — intervino esta veloz— . Juls estaba aquí de vacaciones con una amiga. Congeniamos con facilidad porque somos muy parecidas, ¿verdad?
Juls asintió y le lanzó una sonrisa.
De nuevo, Jorge tuvo la sensación de que algo se le escapaba, pero no podía precisar qué era. Las observó a las dos con curiosidad, pero la llegada de la camarera con los cafés le distrajo momentáneamente.
— ¿Cómo está tu padre? — preguntó Erika.
— Está mejor. Mi madre le está mimando en casa, así que genial.
— Es que su padre sufrió un infarto y tuvieron que operarle. Justo cuando tú estabas ingresado también — aclaró su hermana.
— Vaya, lo siento mucho — dijo él al tiempo que tocaba el brazo de Juls con empatía. Era una persona muy física y fue un movimiento inconsciente del que se arrepintió cuando ella se retiró con rudeza. Se maldijo en silencio por haber olvidado la presunta animadversión que sentía hacia él.
— Gracias — murmuró ella. Cogió la botella y se sirvió más agua en el vaso.
— ¿Cuándo tienes que volver a Madrid? — preguntó Erika.
— No tengo una fecha fija… — repuso después de lanzarle una mirada apresurada a Jorge, de la que él fue consciente, pero que no entendió.
Estaba descolocado.
— ¿A qué te dedicas? — inquirió en cambio con educación.
— Escribo artículos para una revista digital. Soy periodista.
— Nuestro hermano Lukas está estudiando periodismo… — se interrumpió de pronto— . Aunque supongo que ya lo sabes, ¿no?
— Sí.
Torció el gesto. Tener amnesia era un puñetero fastidio.
— ¡Ostras! Había olvidado que tengo que hacer una llamada superurgente a un compañero — exclamó Erika, poniéndose de pie— .
Ahora mismo vuelvo.
Antes de que ninguno de los dos pudiera protestar, ya se alejaba camino de la puerta con el móvil en la mano.
Jorge cerró los ojos. ¡Qué capulla! ¿Cómo le dejaba solo con su amiga que parecía querer estar en cualquier sitio menos allí sentada a su lado?
Paseó la vista por el local, tratando de encontrar algún tema de conversación insustancial para romper el momento incómodo que se había creado entre ellos.
— Bueno… — carraspeó al fin, ladeando la cara para enfrentarse a ella.
La iluminación no era muy potente, no obstante, pudo apreciar que su rostro mostraba agitación— . La verdad es que casi no me atrevo a hablar contigo de nada porque es probable que cualquier cosa que te cuente ya la sepas.
— Prometo fingir que no es así — respondió ella con una sonrisa.
A Jorge le invadió la sorpresa. Era la primera vez que se mostraba relajada y que le sonreía. Tenía una sonrisa encantadora.
— ¿Me mentirías?
— No sería mentir, sería ocultar. Y solo por caridad.
Él se echó a reír. Juls parecía tener más chispa de lo que él había pensado.
La sonrisa de ella se hizo más amplia.
Sí. Su sonrisa era hermosa.
— ¿Sabes una cosa? — comenzó con seriedad— . Desde el domingo pasado, cuando coincidimos en casa de mis padres, he tenido la impresión de que no te caigo muy bien. Aunque quizá son imaginaciones mías.
Ella dejó de sonreír y abrió la boca como si fuera a protestar, pero no dijo nada. Sus ojos llegaron incluso a ensombrecerse. Terminó por apartar
la vista y llevarla hasta la mesa.
— No es así — rechazó.
No continuó y él se quedó con las ganas de saber más.
Observó su perfil durante unos segundos. Tenía los pómulos altos y marcados y la curva de su mentón era suave, aniñada casi. Y ese corte de pelo a lo pixie le sentaba realmente bien. Era una chica guapa. Y quizá en otro momento y otro lugar podría haberle resultado lo suficientemente atractiva como para coquetear con ella, pero sus pensamientos estaban llenos de las conversaciones que había leído en el móvil entre J y él. De algún modo y, aunque sonara peculiar, sentía que mostrar interés por otra mujer sería como traicionar a su novia . Sí, esa novia de la que no se acordaba.
¡Qué ridículo!
— ¿Te gusta Benidorm? — Decidió que ese tema tan neutral era lo más adecuado.
— Sí. Tenía un concepto equivocado de la ciudad, pero ha cambiado. Es un sitio muy interesante.
— Las playas son de lo mejor que hay en el litoral mediterráneo y hay muchos lugares para visitar. ¿Has estado en el Mirador del Castillo?
— No.
— ¿No? Pues es imprescindible. Tienes que ir. Y también deberías subir al Mirador de la Cruz; las vistas desde allí son una pasada.
— Ese mirador sí lo conozco — repuso ella con los párpados bajos— .
Vi atardecer desde allí. Y sí, las vistas son fabulosas.
Jorge trató de leer su expresión porque su voz se había teñido de melancolía, pero había girado la cabeza hacia el ventanal y no pudo hacerlo.
— ¿Has estado por el centro? — prosiguió después de darle un sorbo a su café— . ¿Has visto el Ayuntamiento nuevo y el parque de l’Aigüera?
— Estuve en un concierto de Ara Malikian allí — musitó.
— ¡Vaya! ¿Te gusta Malikian? A mí me encanta. Fui a verle a Zaragoza hace unos meses… — se interrumpió de pronto— . Bueno, a decir verdad, fue hace un par de años — continuó al tiempo que componía una mueca.
Después de eso hubo un largo silencio. Juls había comenzado a juguetear con su botella, haciéndola girar entre sus manos. Parecía
incómoda de nuevo y Jorge se preguntó cuál sería el motivo. No era nada fácil hablar con ella. Ojeó el exterior. Erika estaba parada en la acera, cerca de la puerta, hablando por teléfono muy concentrada.
— ¿Te puedo preguntar algo un poco personal?
Aquello le pilló por sorpresa. Giró la cara y se encontró con que ella le contemplaba con fijeza.
— ¿Cuál era nuestro nivel de confianza antes de que yo perdiera la memoria? ¿Me habrías hecho preguntas personales? — inquirió.
— Sí — respondió ella sin vacilar.
«Vaya, pues sí que éramos amigos».
— Dispara, entonces.
— ¿Cómo es no poder recordar?
Jorge se acarició el mentón.
— Raro. ¿Sabes esa sensación que se tiene cuando uno no puede dar con una palabra que tiene en la punta de la lengua? — Ella asintió— . Pues multiplícalo por mil. Cuando intento forzarme a recordar, eso es lo que siento. Y es incómodo.
— ¿Y cómo lidias con ello? — Se inclinó hacia él y mostró preocupación.
— Yendo a terapia, tomando ansiolíticos… — Hizo una breve pausa cargada de efecto— . Y viendo pelis de Netflix. Sobre todo, comedias navideñas, esas me ayudan un montón para desconectar — terminó con un guiño travieso.
— No has cambiado en absoluto — dijo ella.
— ¿No? ¿Cómo era yo contigo? — Le picaba la curiosidad.
Juls le dio un largo trago a su agua antes de empezar a hablar.
— Eras simpático y muy divertido. Siempre estabas de broma.
— ¿Cómo nos conocimos?
— Eh… Nos presentó tu hermana una noche.
— ¿Qué sabes de mí?
Ella se tomó su tiempo. Arrancó la etiqueta de la botella de agua y comenzó a partirla en trocitos.
— Sé que te encanta la música ochentera — replicó al fin— . Siempre llevas Kiss FM en la radio de tu coche.
— ¿Has montado conmigo en Turbo?
— Eh… Sí.
— ¿Qué te parece mi coche? Una pasada, ¿verdad? — se rio. Antes de que ella pudiera responder, prosiguió— : A ti también te gusta la música ochentera, ¿no? Por eso llevas a Starship en el móvil.
Ella volvió a apartar la vista como si no quisiera hablar de ese tema.
Jorge frunció el ceño, confundido. ¿Por qué esa reacción?
— Sí, me… gusta — admitió con un titubeo— . Esa canción es preciosa.
Él se permitió el lujo de tararear el estribillo y golpear la taza ya vacía de su café con la cucharilla, siguiendo el compás y obviando la singular mirada que ella le dirigía.
— Canto fatal, ¿no?
— Qué va — rechazó con un movimiento apenas perceptible de cabeza.
Había comenzado a hacer bolitas con los trozos de la etiqueta.
— ¿Qué más sabes de mí? — volvió él a la carga.
Ella volteó la cara y le miró fijamente mientras se pensaba su respuesta.
— Sé que en esa chapa que llevas colgada al cuello está grabada la constelación de Piscis.
Automáticamente, la mano de Jorge se dirigió hacia su pecho. Bajo la tela del polo pudo palpar la chapa que ella mencionaba, regalo de Lukas.
— Sé que el tatuaje que llevas en el costado lo diseñó tu hermano Diego
— agregó ella.
— Entonces, ¿eso quiere decir que me has visto desnudo? — Le guiñó un ojo.
— Te he visto en la playa, haciéndote el chulito con tu vela de windsurf
— dijo con ironía.
Él no pudo evitar soltar una carcajada.
— ¿También hemos ido juntos a la playa? Parece que nos llevábamos muy bien.
Ella no respondió, pero la expresión de su rostro se ensombreció. Se puso de pie y le miró de soslayo.
— Tengo que ir al aseo — murmuró.
Jorge la vio alejarse hacia el otro extremo del local. Tenía una figura esbelta y caminaba con un ligero contoneo de caderas. Sus ojos se clavaron
momentáneamente sobre su nuca. Ese corte de pelo le quedaba bien. Pese a que parecía más relajada en su presencia y él no había notado ningún signo de animadversión, seguía reaccionando de un modo que no alcanzaba a comprender.
Barrió el exterior con la mirada. Erika todavía estaba enganchado al móvil. Llevaba un montón de tiempo ahí fuera. ¡Qué pesada!
Mientras hacía tiempo para que Juls regresara del baño, jugueteó con su teléfono, bloqueándolo y desbloqueándolo, hasta que terminó por acceder
— por enésima vez— a los mensajes de J. Le tenían fascinado.
Jorge: Qué llevas puesto ahora mismo?
J: Esto es una conversación erótica?
Jorge: Pues claro.
J: Vale, entonces llevo puestas unas braguitas de encaje negras muy pequeñitas. Y nada más.
Jorge: En serio???? Mándame una foto.
J: Jajaja, qué ansioso.
Jorge: Sí, pero mándala.
J: Creo que es mejor que te lo imagines. Es más erótico.
Jorge: No, no, que yo soy muy visual. Necesito verlo.
J: Tú lo has querido. Ahí va.
(Archivo adjunto).
Jorge: Joder, qué mentirosa! Si es un pijama de invierno!
J: Te dije que era mejor imaginárselo.
Jorge: Me has engañado miserablemente.
J: Era una mentirijilla piadosa.
Jorge: Y ahora qué hago yo con mi erección?
J: Erección? Qué facilón eres! Videollamada lujuriosa?
Jorge: Perfecto. Te llamo.
Una amplia sonrisa se pintó en su boca al terminar de releer la conversación. Era evidente que estaba loco por ella. Y ella por él.
En ese momento, Erika hizo acto de presencia. Llegaba con Diego.
— Mira a quién me he encontrado en la puerta. Oye, ¿y Juls?
— Ha ido al baño.
Diego, después de palmearle el hombro, tomó asiento frente a él.
— ¿Qué tal con ella? — le preguntó Erika con una sonrisa de medio lado.
Jorge la miró con el ceño fruncido y algo de suspicacia. ¿Qué pretendía su hermana? Sí, Juls era una chica preciosa y parecía divertida, pero él ya tenía a otra persona en la cabeza.
— No trates de liarme con nadie, Erika. Tu amiga parece muy maja, pero yo ya tengo a alguien que me interesa.
Los ojos abiertos como platos de Erika le alertaron de una presencia justo a su lado. Era Juls que acababa de regresar.
— ¿Todo bien? — le preguntó al ver que ella no tomaba asiento.
— Eh… Sí, claro. Yo me tengo que ir — dijo con un tono de voz áspero después de darle dos besos a Diego.
— ¡Pero si es muy pronto! ¡Si todavía…! — exclamó Erika, pero se interrumpió veloz— . Bueno, vale, pues mañana hablamos.
— Te llamo — murmuró Juls. Y cogió su bolso y su chaqueta del sofá.
Jorge se puso de pie y se aproximó para despedirse de ella. Posó las manos sobre su talle y se inclinó para darle dos besos con suma naturalidad, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes. Aspiró con fuerza y el olor de su cabello le entró por las fosas nasales. Una oleada de calor le recorrió por dentro cuando su memoria olfativa le recordó que él ya había olido ese aroma con anterioridad. Estaba seguro. Volvió a aspirar y se recreó en su fragancia. ¡Joder, qué bien olía!
Ella se apartó con un carraspeo incómodo y se dio media vuelta, haciendo un gesto de despedida con la mano. Luego se alejó con prisa.
Él se quedó allí de pie algo absorto. El olor que ella desprendía sobrevolaba el ambiente. Mandarina. Algo se agitó muy dentro de él, originándole un curioso desasosiego.
— ¿Te pasa algo? — Llegó la voz de su hermana.
— Eh, no. No me pasa nada.
Volvió a tomar asiento y sonrió distraídamente a Diego que le devolvió la sonrisa.
La camarera se aproximó para tomarles nota y llevarse los vasos vacíos que había sobre la mesa. Limpió la superficie con una bayeta y las bolitas
de papel en las que se había convertido la etiqueta de la botella de Juls desaparecieron.
Juls…
Era una chica peculiar. Debajo de su aparente timidez, asomaban vestigios de descaro y diversión. Seguro que habían tenido conversaciones muy interesantes en el pasado. Se preguntó si ella le habría escuchado cuando le dijo a su hermana que no estaba interesado.
— Te has olvidado de la cazadora — dijo de pronto.
— ¿Qué cazadora? — La expresión de la cara de Erika era de puro desconcierto.
— La que ibas a darle a Juls. Por eso hemos venido.
Un tono rojizo cubrió sus mejillas y Jorge arrugó la frente, perplejo.
— Ostras, pues es verdad. Bueno, mañana la llamaré — respondió, apartándose un mechón de pelo de la frente con un ademán enérgico.
Diego comenzó a hablarles de algo relacionado con la empresa familiar y él aprovechó para desconectar unos segundos. Tenía ganas de llegar a casa y plasmar en el diario que llevaba — una idea que le había sugerido la psicóloga— aquella extraña sensación de déjà vu que acababa de experimentar. Era la primera vez que le sucedía algo así.
¿Estarían volviendo sus recuerdos?