Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 16 de 40

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Inolvidable

Capítulo 16

Jorge

Ladeó la cara y la contempló con fijeza.

El rubio pelo alborotado con los cortos mechones cayendo sobre su frente, la piel dorada, la nariz algo respingona, las sombras que sus largas pestañas castañas proyectaban sobre sus pómulos y los labios rosados que parecían sonreír siempre.

¡Dios! Juls era preciosa cuando dormía. Mucho.

Un suspiro brotó de su boca. Alzó la mano, la acercó a su cara y pudo notar el aire que ella expelía con cada respiración. Era suave, cálido y parecía una caricia ligera. Saber que ese aire había estado dentro de ella le hacía sentir bien. Controló el deseo de tocarla y cerró la mano en un puño antes de apartarse con desgana y extraviar la vista en el techo. Apoyó el antebrazo sobre su frente y se concentró en las sombras del incipiente amanecer que entraba por la ventana.

No deseaba pensar demasiado en que apenas faltaban diez horas para que Juls regresara a Madrid y esa historia de los dos terminase. Menos de un día para poder estar con ella y disfrutar de su compañía. Demasiado poco tiempo.

Era una puñetera locura, pero lo que había comenzado siendo una aventura pasajera se había convertido en algo más, al menos para él, aunque estaba casi seguro de que para ella también. Era indudable en cómo le miraba, en cómo reaccionaba a cada una de sus caricias y sus besos y en cómo se comportaba. Quizá era pronto para hablar de sentimientos profundos, pero quería seguir conociéndola. No deseaba que aquello a lo que todavía no se atrevía a ponerle nombre llegase a su fin.

Pero ¿qué podía hacer?

¿Una relación a distancia?

Eso no sonaba demasiado bien.

Un resoplido frustrado brotó de su garganta.

Juls se agitó en sueños y él la miró de reojo, pero ella no se despertó, solo cambió de postura, enterrando la cara en las sábanas y frunciendo los labios de un modo encantador.

No pudo evitar sonreír.

Le originaba una ternura infinita verla así. Era una faceta desconocida de ella. Solía mostrarse decidida y fuerte, y poder disfrutar de su aparente fragilidad mientras dormía le llenaba de satisfacción. Pese a que admiraba su carácter firme e independiente, tenía que admitir que esa vulnerabilidad no le desagradaba del todo.

Con cuidado para no despertarla, se dio la vuelta y se acomodó boca abajo. Inhaló con fuerza y el femenino aroma que impregnaba la almohada le entró por las fosas nasales. La miró de nuevo, recreándose en sus facciones y las ganas de acercarse y besarla le invadieron, pero no lo hizo.

Se limitó a contemplarla.

La iba a echar de menos.

Una punzada de desazón se manifestó en su pecho.

«¡Joder! ¡Cuánta sensiblería!», se regañó en silencio.

Trató de ahuyentar aquellos pensamientos de su cabeza y se concentró en todo lo sucedido en las últimas horas. El día anterior había sido perfecto.

Juls había estado increíble en el agua. Pese a su inicial reticencia e inseguridad había afrontado la experiencia de su primera inmersión con valentía y, cuando emergieron, después de haber pasado una media hora recorriendo las aguas del Mediterráneo, ella admitió con una sonrisa que quería volver a repetir, algo que a él le encantó. Que Juls compartiese sus aficiones le resultaba realmente grato.

Las horas posteriores a su coqueteo con el buceo las pasaron en la cala, nadando y dejándose tostar por los rayos de sol de ese día espléndido.

Juguetearon en la orilla mientras se hacían dueños de la pequeña y desierta bahía y se comieron a besos con sabor a sal.

Las mariposas se agitaron en su estómago al rememorar cómo el húmedo cuerpo de Juls se había pegado al suyo con abandono al tiempo que se reía por algo que él había dicho.

Terminaron comiendo en un restaurante del puerto de Calpe que era conocido por servir uno de los mejores arroces del senyoret 19 de la zona y pudieron comprobar de primera mano que su fama estaba plenamente justificada. Sin embargo, pese a que las viandas estaban deliciosas, no se entretuvieron demasiado allí; ambos estaban demasiado ansiosos por marcharse y buscar la privacidad de su apartamento, así que dejaron que la sobremesa culminara entre las sábanas.

Habían hecho el amor varias veces, al principio de un modo pasional y frenético, llenos de antojo y con prisas, muy conscientes de que no les quedaba mucho tiempo de estar juntos. Después, más tarde, bajaron el ritmo y su unión fue más serena y pausada, aunque no menos ardiente. Se dejaron llevar por la intensidad de sus sentimientos y viajaron al paraíso un par de veces más mecidos por la brisa que entraba por la ventana y el sonido de las olas rompiendo en la playa, hasta que acabaron agotados y se quedaron dormidos, enmarañados el uno en el otro. Hasta ese amanecer que despuntaba en esos momentos y que había despertado a Jorge generándole todas aquellas sensaciones agridulces. La euforia de los instantes compartidos el día anterior se mezclaba con el desagrado de saber que eran las últimas horas que pasaba con Juls.

Ella se revolvió en sueños y su pierna entró en contacto con su muslo.

Sintió un tirón en la entrepierna y se mordió las ganas de estirar la mano y posarla sobre la redondez de su cadera.

Era muy temprano, se dijo. Si la posición del sol no le engañaba, debían de ser las ocho de la mañana. Mejor dejar que ella durmiera un rato más. A fin de cuentas, habían pasado casi toda la noche en vela.

Reptando milímetro a milímetro, abandonó la cama y estiró los brazos, desperezándose, al tiempo que echaba un vistazo al exterior. El sol era una esfera anaranjada que hería las retinas con su ardiente brillo. Unos cuantos jirones de nubes en tonalidades ocres y azuladas se esforzaban por hacerle la competencia y trataban de ocultar su fulgor, pero fracasaban estrepitosamente.

— Buenos días. — La adormilada voz a su espalda le sobresaltó.

Se dio la vuelta y se encontró con sus ojos entreabiertos y una sonrisa dibujada en su boca. Su contención se desmoronó como un castillo de

naipes. Sin vacilación alguna, regresó a la cama y se tendió sobre ella. Su piel cálida y tersa le dio la bienvenida. Depositó un beso sobre sus labios mullidos y sensuales al que ella correspondió casi con timidez.

— Buenos días — le dijo, enterrando la cara en el hueco de su garganta y aspirando hondo— . No quería despertarte. Es muy pronto.

— Me haces cosquillas — protestó ella, retirándose con una risa sofocada.

Él alzó la cara y la miró, hambriento.

— Anoche no te quejabas tanto.

Ella se sonrojó, algo que le sorprendió. Juls no tenía nada de recatada.

— Me abrumas — confesó al cabo de unos segundos, ladeando la cara, como si no estuviera muy convencida de que expresar aquello en voz alta fuera lo más conveniente— . Tengo los nervios a flor de piel. Mira.

Sus brazos sostenían la sábana contra su pecho y, en efecto, tenía la carne de gallina. Saber que su mera cercanía era capaz de despertar esa reacción en ella le llenó de beneplácito. Una pequeña parte de él se burló de su tonto y desmedido ego que acababa de hincharse como un globo.

«Ay, Jorge, estás perdido».

— Me encanta descolocarte — murmuró y volvió a hundir la cara en su cuello.

Ella se dejó abrazar antes de apartarle.

— Tengo que ir al baño.

— ¡Qué poco romántica eres! — protestó él.

Juls salió de la cama sin preocuparse por su desnudez y le tiró un beso.

Él la siguió con la mirada, entreteniéndose más de la cuenta en su firme trasero y en sus muslos bien definidos, hasta que desapareció detrás de la puerta del aseo.

Ignoró su erección que reclamaba atención y volvió a fijar la vista en el techo mientras comenzaba a hacer planes. Solo tenía unas pocas horas para poder estar con Juls y quería hacer algo especial, algo diferente y memorable.

Una vaga idea comenzó a formarse en su cabeza.

— ¿A qué hora sale tu autobús? — llamó, alzando la voz.

Una pesada nostalgia se instaló en su estómago al preguntarlo. Era la primera vez que se refería a su partida. Hasta ese día había evitado hablar de ese tema, como si no mencionarlo fuera a cambiar algo.

«Eres ridículo».

— A las cuatro y media — respondió ella, abriendo la puerta.

Perfecto. Tenían toda la mañana para estar juntos. Ya sabía dónde iba a llevarla.

— Quiero que vayamos a un sitio diferente.

Juls le dirigió una mirada interesada.

— Mientras esté de regreso en el piso sobre las dos para poder terminar de hacer mi maleta… — Dejó el resto de la frase en el aire.

— Estarás.

— ¿Dónde me vas a llevar? — inquirió con curiosidad, volviendo a desaparecer dentro del baño, pero dejando la puerta entreabierta.

— Es una sorpresa.

— Contigo todo es una sorpresa.

— ¿Y eso no te gusta?

Ella tardó en responder y cuando lo hizo el sonido del grifo del lavabo se tragó sus palabras.

— ¿Cómo dices? — insistió él. Se puso de pie y se acercó al baño, deteniéndose frente a la hoja de madera. Su erección no había disminuido ni un ápice; seguía erguida y desafiante.

— He dicho que creo que me gusta demasiado — contestó ella de regreso en el dormitorio. La expresión de su rostro se cargó de sorpresa al verle ahí delante, tan cerca.

Jorge dio un paso al frente e impidió que pudiera seguir avanzando. Su miembro se clavó en su suave estómago. Ella soltó un gemido lleno de descarnado deseo que reverberó en cada centímetro cuadrado de la piel de él.

— Creo que hay una ducha que nos está esperando. — La sujetó por el talle y la obligó a retroceder.

— Creo que tienes razón — se rindió ella. Y se dejó empujar.

Juls

Un mercadillo de antigüedades era el último lugar al que había esperado que él la llevara.

Dejaron el coche en el parking de tierra que había junto al recinto y rodearon el terreno vallado que los llevaba al acceso principal.

Antigüedades El Cisne , anunciaban varios cartelones a lo largo de toda la valla que conducía a la entrada. Todos ellos adornados con la imagen de esa ave en tonos blancos o azules.

— No es el típico mercadillo — anunció él como si le hubiera leído la mente.

— ¿Es como El Rastro de Madrid?

— Nunca he estado allí, pero espera a ver este y luego me dices si se parecen.

Había mucha gente, pero no tanta como en El Rastro. Sobre todo, abundaban los turistas, era palmario en su forma de vestir y en los retazos de conversaciones que llegaban hasta ellos.

— Está dividido en tres partes — anunció Jorge y la tomó de la mano para que avanzara— . Pero las tres zonas interactúan y ni te vas a dar cuenta si pasamos de una a otra. Está la tienda de antigüedades, ahí en esa construcción. — Señaló la edificación de una planta que tenían delante— .

Luego está el mercadillo que tiene casi un centenar de puestos, rodeándola, y también están las cafeterías y restaurantes. Están intercalados por todo el rastro. Ya lo verás. Hay, desde un bar con karaoke, hasta una terraza genial con música de jazz en vivo.

Juls le escuchaba maravillada. Todo eso que él le contaba sonaba muy bien.

— ¿Entramos?

Asintió con energía. No era que las antigüedades le interesasen demasiado, pero explorar cosas nuevas con Jorge se le antojaba una actividad muy atrayente.

Accedieron al interior de la tienda y comenzaron a andar por el pasillo que se curvaba suavemente como si transcurriese en un amplio círculo.

Apenas había sitio para caminar ya que no solo las paredes y el techo se hallaban abarrotados de cosas diversas y pintorescas, también el suelo estaba lleno de objetos de todo tipo: alacenas del siglo pasado, vajillas

inglesas sobre mesas vintage, jarrones descomunales, escritorios exóticos y sillas de todas las formas y colores, entre otras mil cosas. Entremezclados con los muebles aparecían efectos militares del ejército alemán y uniformes, máscaras de gas de la Gran Guerra e incluso reproducciones de distintas armas. De las paredes colgaban cuadros tanto realistas como abstractos y espejos de diferentes épocas con marcos dorados o montados sobre estructuras de metal. Y del techo, entre las vigas de madera oscura, pendían multitud de lámparas, algunas muy estrambóticas, otra más clásicas, todas ellas encendidas, iluminando el local de un modo casi cegador.

Juls se detuvo frente a un flamenco rosa de madera de aproximadamente dos metros de altura y lo miró con estupor. ¿Habría alguien que comprase algo semejante para ponerlo en su salón?

— ¿Te gusta? — inquirió él a su lado— . ¿Crees que quedaría bien en mi piso?

— Esto no puede quedar bien en ningún sitio. Seguro que es atrezzo .

— Yo no hablaría muy alto — repuso él en voz baja. Acto seguido le giró la cara hacia la izquierda— . Mira — le susurró al oído.

A solo unos metros de distancia, un hombre de mediana edad cargaba con el que parecía ser el gemelo de ese flamenco.

— ¿En serio? — La mandíbula de Juls se aflojó por la sorpresa.

— Ya sabes lo que dicen, siempre hay un roto para un descosido.

Vamos, ayúdame a elegir algo para mi piso.

— ¿Aquí?

— No seas tan negativa.

Tiró de ella y la forzó a seguir andando entre las antigüedades, pasando por debajo de un arco de piedra y entrando en otra zona del establecimiento.

No había demasiada gente allí y pudieron continuar husmeando por la tienda a su antojo, deteniéndose frente a estanterías con condecoraciones militares, baúles llenos de libros antiguos, candelabros y viejos percheros.

Iban comentando todo lo que veían y, de vez en cuando, Jorge hacía alguna sugerencia con mofa sobre dónde colocar las diferentes piezas en su piso. Ella respondía chasqueando la lengua con rechazo y conminándole a buscar otra cosa. En realidad, no creía que él fuera a encontrar algo allí para su moderno apartamento producto de Ikea.

Mientras él inspeccionaba una réplica de un barco de madera, Juls se hizo con una máscara algo tétrica del carnaval de Venecia y se la puso.

Luego se situó a su espalda y aguardó a que él se diese la vuelta. Cuando lo hizo, un jadeo ahogado brotó de su garganta.

— ¡Joder, pareces un espectro!

— Tenías que haber visto tu cara — se rio ella, dejando la máscara sobre una mesa taraceada.

— Me debes una — la regañó, alzando el dedo índice en el aire. Luego se aproximó y le dio un beso en la frente, antes de apartarse y continuar caminando.

Juls se quedó rezagada. El modo de comportarse de Jorge con ella era natural, como si fueran una pareja que llevasen juntos mucho tiempo juntos y no un simple rollo esporádico con fecha de caducidad. Pensativa, le siguió más despacio, tratando de poner en orden sus ideas. En silencio, se preguntó qué pensaría él de eso que estaba ocurriendo entre ellos. Solo quedaban tres horas para la despedida y no habían hablado de lo que iba a ser de ellos después de su regreso a Madrid.

¿Querría él seguir adelante con esa historia?

Ella sí lo deseaba. Solo que no sabía cómo podían hacer que funcionara.

Sin embargo, quería intentarlo. En el corto espacio de tiempo desde que Jorge había llegado a su vida se había convertido en alguien esencial para ella.

Le gustaba mucho.

— ¿Vienes? — la llamó él.

Se apresuró a seguirle.

Finalmente, no compraron nada en la tienda y se internaron en la zona de los puestos de mercadillo. Los había de todo tipo, de ropa de segunda mano, de joyas, de figuras religiosas, de vinilos y de aparatos electrónicos.

Algunos eran meras mesas plegables de camping con cuatro tonterías sobre ellas, otros eran grandes tiendas con techos de lona y probadores. Había también pequeños puestos donde se servían platos de paella y refrescos. Y

el sonido de la música en directo llegaba hasta ellos algo amortiguado. La gente deambulaba de un lado otro y Jorge entrelazó los dedos con los suyos para que no se despistara.

Le gustaba aquello, el sentir la mano de él agarrando la suya mientras paseaban sin un rumbo claro. Quizá él no era consciente de lo que hacía, pero su dedo pulgar le acariciaba con suavidad la muñeca con movimientos circulares.

La sensación premonitoria de que cada vez les quedaba menos tiempo para poder estar juntos se afianzó de nuevo en el interior de Juls y le provocó un desagradable sabor de boca.

Jorge, ajeno a sus pensamientos tan poco placenteros, se detuvo frente a un puesto de sombreros y se probó uno blanco de anchas alas, que en otro hombre podría haber resultado ridículo, pero que no le restaba ni un ápice de atractivo.

— ¿Cómo estoy? ¿Me lo llevo? — bromeó, guiñando un ojo.

Estaba espectacular con sus vaqueros y su camiseta negra ajustada. Las ganas de abalanzarse sobre él y plantarle un beso en la boca se multiplicaron en su cabeza. Algo debió de verse reflejado en su expresión porque él la observó con los ojos vivaces.

— Joder, Juls, parece que te gusto con sombrero. Me estás desnudando con la mirada — dijo en un susurro.

Antes de que ella pudiese decir nada, tiró de su muñeca hasta que sus cuerpos se encontraron y le dio un beso.

Hubiera podido ser un simple beso rápido y sin demasiada sustancia, pero ella profundizó la caricia con pasión, colgándose de su cuello, hasta que ambos se quedaron sin aliento. Cuando se separaron, jadeaban.

— No me hagas esto aquí — murmuró él— . Me cuesta tener las manos alejadas de ti y si haces esto no me lo pones fácil.

— No te lo quiero poner fácil.

— Qué cabrona — musitó contra su boca.

Se apartó unos pasos y se colocó el pantalón con disimulo. El gesto pasó inadvertido para la gente que había alrededor, al fin y al cabo, el bullicio era grande, pero no para Juls, que le miró con lascivia mientras se humedecía el labio inferior.

Él gimió y se dio la vuelta, huyendo de la provocación. Cogió un sombrero de una de las estanterías y se lo puso a ella. Era una gorra rastafari de colores que tenía las rastas incorporadas.

— Joder — masculló al tiempo que la contemplaba— . Ni caracterizada de Bob Marley dejas de gustarme.

Ella se echó a reír y se acercó a uno de los espejos que colgaban de la pared de lona para ver qué aspecto tenía. Estaba ridícula.

— Espera, no te lo quites — dijo él a su espalda. Se había sacado el móvil del bolsillo y trasteaba con él.

Pese a sus tibias protestas, terminaron posando para hacerse unos selfis absurdos. Intercambiaron sombreros unas cuantas veces más hasta que el dueño de la tienda comenzó a mirarlos con cara de pocos amigos.

Terminaron marchándose con una risa tonta bailando en sus bocas. Y sin haber comprado nada.

— ¡Mira! — exclamó él cuando se habían alejado unos cuantos metros, señalando una zona de mesas y sillas— . Ese es el sitio del que te he hablado antes, donde tocan música de jazz en directo. Vamos a buscar una mesa.

Al fondo, tras un muro de piedra caliza, había una plataforma sobre la que conversaban cuatro músicos, que en ese momento parecían estar descansando. Ellos se dirigieron hacia el otro extremo y se apresuraron a instalarse en una de las pocas mesas que todavía quedaban libres, algo alejadas del escenario. El lugar estaba muy concurrido, los clientes reían y conversaban animadamente mientras aguardaban a que el cuarteto empezara a tocar de nuevo. Una camarera se acercó y les tomó nota de sus bebidas. Ambos se decantaron por un refresco.

— ¿Qué te parece el sitio? — le preguntó él, acercando la silla a la suya para poder hablar con más comodidad.

— Es mucho más pequeño que El Rastro de Madrid, claro, pero me parece muy original.

— La verdad es que vengo poco, está más enfocado a los turistas, pero creo que merece la pena echar un vistazo.

— A mí me ha gustado mucho. Es diferente.

Él apoyó el brazo sobre sus hombros casi con abandono y acercó la boca a su oreja.

— No sabes lo que me alegra oírte decir eso. Quería que nuestras últimas horas fueran especiales.

Era la primera vez que se refería tan claramente a su despedida y a ella se le encogió la garganta. ¿Había algo de tristeza en sus palabras? Volteó la cara y trató de leer su expresión, pero él miraba a la camarera que estaba poniendo las bebidas sobre la mesa. Tardó unos cuantos segundos en volver a encararse con ella.

Se sostuvieron la mirada con rotundidad.

A Juls no se le daba muy bien interpretar a las personas, pero era evidente que a él le afectaba la situación, ¿no? Al menos, mostraba un anhelo y un pesar semejantes a los que estaba experimentando ella.

Cuando parecía que ya había pasado una eternidad, él abrió la boca para decir algo, pero no tuvo oportunidad de hacerlo.

— ¡Jorge! — Se escuchó una voz a pocos metros de distancia.

Juls desvió la vista hacia la persona que acababa de llamar su atención y se encontró con tres hombres que se erguían a pocos metros de la mesa. Al ser consciente de su aspecto, el estupor la invadió. Eran los tres muy altos, rubios, con los ojos azules y de un atractivo apabullante. Sin duda alguna no eran españoles. Aunque no se parecían demasiado físicamente, emanaba de ellos un aura de complicidad enorme y, de algún modo, Juls supo de inmediato que eran hermanos.

— ¡Hola! — repuso Jorge, levantándose.

— ¡Qué jodida casualidad! — exclamó uno de ellos, el que tenía el pelo largo y una tupida barba.

Intercambiaron saludos afectuosos de palmaditas en la espalda.

— ¿Qué hacéis aquí sin vuestras mujeres? — preguntó Jorge con una amplia sonrisa, prueba tangible de que aquellos hombres le caían bien.

— Hemos huido — confesó el de pelo corto con una mueca. Tenía ambos brazos tatuados— . Necesitábamos un respiro de mujeres. Un día de hacer cosas de hombres, ya sabes.

El que se había quedado más rezagado, que tenía la musculatura más impresionante de los tres y llevaba gafas con montura de pasta, se echó a reír y le dio un codazo al que acababa de hablar.

— Vamos, Cas, confiesa la verdad. Eli está decorando la casa y ha visto unos candelabros por internet de los que se ha enamorado y tú te estás

volviendo loco para encontrarlos. Y por eso estamos aquí. Till y yo hemos venido a darle apoyo moral.

El tal Cas le arrojó una mirada torva.

— ¿Los habéis encontrado? — inquirió Jorge con curiosidad.

— No. No ha habido suerte — suspiró— . Seguiré buscando.

— Perdonad — dijo de pronto Jorge como si se hubiera dado cuenta de que no la había presentado— . Esta es Juls. Juls, estos son Till, Cas y Jan.

Ella se incorporó para darles los besos de rigor y rápidamente se percató no solo de lo altos que eran, sino del formidable sex appeal que desprendían. Jorge era un tío guapo, guapo, pero aquellos tres parecían de otro planeta.

— Till es el propietario de la escuela de buceo donde trabajo —

continuó él— . Y estos son Cas y Jan — añadió— . Son hermanos, aunque como ves, no se parecen en nada.

— Yo soy el más guapo de los tres — intervino Cas— . Es evidente,

¿no?

El que Jorge había presentado como su jefe resopló.

— Así que para esto te has cogido el día libre — dijo con tono de chanza cambiando de tema— . Para venir aquí.

Jorge no se amilanó ante el comentario.

— Hay cosas por las que merece la pena dejarlo todo, ¿no? — repuso con desenfado, lanzándole una mirada a Juls.

Ella no pudo evitar que las mariposas que vivían en su estómago echaran a volar al escucharle decir aquello. ¿Era él consciente de lo que sus palabras despertaban en ella?

— ¿Te gustó la experiencia ayer buceando? — Till la estudió con interés.

— Oh, sí, me encantó. Aunque al principio estaba muy nerviosa. Estuve a punto de echarme atrás — confesó.

— Es lógico. El agua da mucho respeto. Pero con Jorge estás en buenas manos. No es tan bueno como yo, pero es suficiente — bromeó.

Jorge le dio un codazo.

— Yo no me atrevo ni a meter la cabeza debajo del agua dentro de la bañera — intervino Cas con un guiño.

Ella se rio.

— ¿Cómo está Oksana? — le preguntó Jorge a Jan— . Su mujer está a punto de dar a luz — le explicó a Juls.

— Enhorabuena.

— Gracias. Está bien, pero los nervios siempre están ahí, a pesar de ser la segunda.

— ¿Queréis sentaros con nosotros? — ofreció Jorge.

— Venga, tío, y ¿joderte la cita? — respondió Cas, arqueando las cejas

— . Perdónale, es un poco torpe — le dijo a Juls con fingida conmiseración y una sonrisa deslumbrante.

Ella no pudo evitar devolvérsela. Era obvio que aquel tipo poseía un gran carisma.

— La verdad es que lo he ofrecido con la boca pequeña porque sabía no ibais a aceptar — admitió Jorge, llevándose una mano a la nuca como si estuviese avergonzado, aunque su gesto revoltoso decía lo contrario.

— Joder, qué listillo — se rio Cas— . Te mereces que nos quedemos.

En ese momento, los músicos comenzaron a tocar de nuevo.

— Nos vamos. Estaremos por allí. — Till señaló un lugar indefinido al otro extremo de la terraza— . Si no nos vemos luego, encantado de haberte conocido, Juls.

— Igualmente — repuso ella.

Se despidieron y se alejaron.

Jorge y ella volvieron a sentarse. Durante unos segundos, ambos guardaron silencio y se limitaron a disfrutar de la pieza de jazz.

Los ojos de Juls se desviaron hacia donde se encontraban los tres hermanos. Habían ocupado una mesa al otro lado de la terraza y hablaban con la camarera.

— ¿Así que te gustan rubios? ¿Me tengo que poner celoso?

Había suficiente ironía en el tono de él como para que ella no le tomara en serio.

— Tienes que reconocer que son espectaculares. Parecen modelos, sobre todo tu jefe. Es muy guapo.

— Nunca me han atraído mucho los tíos, la verdad — repuso mientras se acariciaba el mentón— . Le preguntaré a Diego — continuó como

hablando consigo mismo.

— ¿A Diego?

— Mi hermano es gay. Aunque creo que le van más los morenos.

Ella asimiló la información con neutralidad sin decir nada al respecto.

Su propio hermano era bisexual y estaba acostumbrada tanto a sus novios como a sus novias.

— El de los brazos tatuados, Cas, restaura motos — explicó él— . Es quien le consiguió la moto a Diego. Y vive justo al lado de mis padres. Y el otro, Jan, es tatuador. Me hizo el tatuaje que llevo en el costado. Son unos tíos geniales, la verdad.

Juls no lo dudaba; el encontronazo había sido breve, pero era incuestionable que los tres eran simpáticos y agradables.

Inesperadamente, Jorge se acercó hasta que su respiración le bañó la mandíbula.

— Y dime, Juls, ¿te gusta el ambiente?

— No está mal — dijo, echando la cabeza a un lado casi imperceptiblemente para que pudiera besarle el cuello si así lo deseaba.

Él no tardó en cumplir sus deseos y depositó un pequeño beso sobre el lateral de su garganta.

Ella se estremeció.

Pese a que estaban rodeados por gente ruidosa y parlanchina y apenas había distancia entre una mesa y otra, Juls cerró los ojos y se imaginó que no había nadie más a su alrededor. Solo ellos dos, envueltos por la música de jazz. Sintió la mano de Jorge sobre su mejilla, girándole la cara. Estaba claro lo que pretendía: que sus bocas se encontraran. Decidió ponérselo fácil e ir a su encuentro.

El beso fue corto. Apenas unos segundos de pasión contenida.

— ¿Sabes lo mucho que me gusta besarte? — murmuró él.

— He oído rumores.

— No me sorprende, se lo he dicho a todo el mundo que conozco —

dijo burlón.

— Me siento halagada.

— No lo estés. Tampoco conozco a tanta gente.

Juls se rio con ganas.

— Eso no es verdad. Estoy segura de que haces amigos allá por donde pasas.

— Tampoco es para tanto — rechazó, separándose de ella para alcanzar su vaso y darle un par de tragos a su refresco. Después de eso, se quedó absorto contemplando a los músicos.

Ella aprovechó el instante para estudiarle con atención. Su pelo algo ondulado en la parte delantera, su nariz recta, su firme mentón, su sensual boca y la protuberancia de su nuez que subía y bajaba de un modo muy sensual cada vez que tragaba. A duras penas controló un suspiro. A hurtadillas, sacó el móvil del bolso y le echó un vistazo a la pantalla. Ya era la una y cinco. No les quedaba mucho tiempo. Intranquila, desvió la vista y recorrió las mesas mientras su mente bullía con todo tipo de pensamientos.

¿Había llegado el momento de decir algo respecto a su partida? ¿Se estaba montando una película en la cabeza y era la única que quería seguir adelante con esa historia? ¿O Jorge también lo deseaba?

¡Qué frustrante ese tonto silencio!

Estaba a punto de poner todas sus cartas sobre la mesa y abrir la boca cuando un pitido la alertó de la entrada de un wasap. Seguro que era Mariu, se dijo.

Pero no era su amiga.

Jorge: Quiero que sepas que han sido unos días fantásticos a tu lado.

Sorprendida, ladeó la cara y buscó su mirada, pero él parecía ensimismado en su teléfono mientras que una sonrisa pintaba sus labios.

Ella no pudo evitar que los suyos también se curvaran.

Aceptó el guante que él le arrojaba y se concentró en su propio teléfono.

Juls: Para mí también. Creo que eres una persona muy especial.

La contestación no tardó en llegar. Una contestación que la obligó a coger aire con fuerza.

Jorge: Tú también lo eres. Ha sido muy poco tiempo, pero te has convertido en alguien muy importante para mí.

Juls: Pienso exactamente lo mismo. Ojalá tuviéramos más días.

Jorge: Podemos tenerlos. No quiero que esto se acabe. No quiero estar sin ti.

Pestañeó y releyó aquellas palabras unas cuantas veces antes de mirarle de soslayo. Él se mostraba aparentemente impasible; contemplaba la pantalla de su móvil como si la vida le fuera en ello.

Juls: Yo tampoco quiero.

No le resultó demasiado difícil admitirlo.

Jorge: Tengo unos días libres en noviembre. Creo que puedo pasarlos en Madrid.

Ella tragó saliva, emocionada por el desarrollo de la situación.

Juls: Eso sería perfecto.

La música y la algarabía a su alrededor eran muy ruidosas y la falta de privacidad, flagrante, sin embargo, Juls sentía que había una gran intimidad en aquel intercambio silencioso de mensajes. Nada más importaba, solo los textos que iban revelando poco a poco lo que ambos deseaban y sentían.

Jorge: Dicen que las relaciones a distancia son muy complicadas, pero no me asustan los retos.

¿Relación a distancia? Esas eran palabras mayores, ¿no? No obstante, eran las mismas que habían resonado en su cabeza desde hacía unos días.

¿A quién pretendía engañar?

Juls: A mí tampoco.

Jorge: Y c reo que el sexo telefónico tampoco está nada mal. Además, tengo tarifa plana.

¡Cómo le gustaba esa parte desenfadada de él! La volvía loca. Evitó mirarle antes de responder.

Juls: Estoy deseando comprobarlo.

Jorge: Esta noche te llamo y lo probamos ? Así salimos de dudas.

Se mordió los labios para ahogar una nueva carcajada. Notó también cómo sus mejillas comenzaban a arder y su cuerpo se cargaba de electricidad. Las ganas de guardar el teléfono y lanzarse a sus brazos eran abrumadoras.

Juls: Qué te parece si ahora dejo el móvil y te beso de verdad?

Jorge: Aquí? En medio de la gente? Qué vergüenza.

Juls: Prometo ser delicada y no propasarme mucho. Será solo un besito.

Jorge: Vaaaale, pero sin lengua que te conozco y sé que eres muy efusiva.

Juls: Confiesa que te gusta.

— Me encanta — dijo él de pronto en voz alta, sorprendiéndola.

Se volvió a mirarle. La calidez que desprendían sus ojos y su sonrisa radiante la descolocaron. Se quedó paralizada, tratando de no hiperventilar.

— ¿Y mi beso? — reclamó él antes de que hubiera podido reaccionar.

Fue mutuo e instintivo. Ambos acortaron distancias al mismo tiempo hasta que sus bocas se unieron con fogosidad. Y no fue un besito como había aseverado ella, fue mucho más. Y sí, hubo lengua, tanto de uno como de otro.

Olvidadas quedaron la música y la gente. También los vítores y las palmas de los comensales de la mesa de al lado, que los animaron a seguir besándose.

Jorge

Abandonaron la terraza cogidos de la mano y seguidos por las felicitaciones de algunos de los clientes que habían sido testigos del ardiente beso. Hasta los hermanos Landvik hicieron un gesto de victoria desde su mesa.

Jorge se rio al verlo y se despidió de ellos agitando el brazo.

Estaba eufórico.

Quizá era absurdo sentirse así sabiendo que solo tenía media hora más para estar con ella, sin embargo, una delirante sensación de felicidad se había alojado en su estómago.

Podía sentir la mano de Juls pequeña y suave que se aferraba a la suya, y su presencia cautivadora a solo unos centímetros de distancia. No le hacía falta mirarla para saber que sonreía. Algo especial había sucedido entre ellos durante el intercambio de mensajes que habían sellado después con ese beso de película. Algo que ni siquiera su partida inminente podía ensombrecer.

Atravesaron todo el recinto, esquivando a la gente, hasta que se hallaron en el exterior y él se detuvo. No pudo evitar girarse y estrecharla entre sus brazos de improviso. Ella debía de haber estado esperando una señal similar porque en lugar de asombrarse, se dejó abrazar y se acurrucó contra su pecho.

Se mantuvieron así por espacio de unos segundos, pegados el uno al otro, sin decirse nada en absoluto.

No era quizá el lugar más bonito e inspirador del mundo, allí, junto a una carretera comarcal por la que no paraban de pasar coches y rodeados por los turistas que accedían al mercadillo, pero a Jorge aquel momento se le antojó mágico.

«¿Cómo es posible que en un espacio tan corto de tiempo sienta tanto por ella?», se cuestionó mientras aspiraba su aroma, ese aroma al que se había acostumbrado en los últimos días.

La iba a extrañar.

— Será mejor que nos vayamos de aquí — murmuró.

— Sí.

Ella se apartó un paso, pero él la sujetó por los hombros impidiéndoselo.

— ¿Ven a esta mujer? — comenzó con una mueca traviesa— . He pasado algunas de las mejores noches de mi vida con ella estas semanas y no me puedo ni imaginar que me vaya a interesar otra persona como me interesa ella.

Pese a que lo dijo mirando a su alrededor, dirigiéndose a un público imaginario, su tono de voz no era excesivamente alto, era solo para los dos.

— Jorge, creo que no te han entendido, son alemanes — dijo ella y señaló a un grupo de turistas que se encontraban a escasos metros de ellos.

— ¿Alemanes? Espera, entonces. Pondré las cosas claras. Sehen Sie diese Frau?... 20

Ella rompió a reír y le puso ambas manos sobre la boca, silenciándole.

Él se dejó acallar y aprovechó para depositar un beso sobre la palma de su mano. Le brillaban los ojos de diversión y algo más profundo para lo que no tenía nombre… todavía.

Con la risa flotando a su alrededor, echaron a andar hacía el parking de tierra. Había mucho movimiento de coches que entraban y salían, pero no tardaron en alcanzar el Nissan Patrol. Cuando se acomodaron en el interior y Jorge encendió el motor, la radio emitió los acordes de una de las canciones que había sonado la noche en que él fue a recogerla con el Porsche de su amigo, una de Police.

— ¿Tienes sobornados a los de Kiss FM y siempre ponen tus canciones favoritas? — inquirió ella con guasa.

— Si los tuviera sobornados ahora estaría sonando Up where we belong

— repuso— . Sería mucho más adecuada.

— Creo que esa no la conozco.

— ¡No puede ser! La cantan Joe Cocker y Jennifer Warnes. Tienes que haberla escuchado. Es de la banda sonora de Oficial y caballero.

— ¿También te van las pelis románticas de los ochenta? Eres muy sentimental — dijo con un guiño— . ¿Cómo es la canción?

— Love lift us up where we belong, where the eagles cry on a mountain high… 21

Comenzó a cantar el estribillo con entusiasmo. Era una balada que le gustaba mucho. Desafinaba, pero le dio igual. No tenía un sentido del ridículo muy desarrollado. Y ella le miraba fascinada, de todos modos.

— ¡Ah, sí, ya sé cuál es! — le interrumpió, dando una palmada— . Me parece preciosa. No obstante, no te imaginaba tan tierno — añadió con un tibio sarcasmo.

— Ya ves. No te dejes engañar por mi duro aspecto de chico malo. En el fondo soy un romántico empedernido. — Alargó la mano y cogió la de ella, se la llevó a los labios y depositó un ligero beso sobe sus nudillos.

— No sé lo que eres, pero me gusta. Sin lugar a dudas, me gusta —

murmuró con voz queda.

Se incorporaron a la carretera y los siguientes kilómetros los hicieron en silencio, hasta que el cartel que anunciaba el desvío de la playa de Poniente apareció ante sus ojos.

— Ya estamos llegando — dijo él.

— Eh, sí.

— ¿Te está esperando Mariu?

— Sí. Le mandé un wasap antes y estaba en el piso.

— ¿Queréis que os lleve a la estación de autobuses?

Ella tardó en contestar.

— Es mejor que no. Odio las despedidas.

Después de eso no se dijeron nada más y Jorge se concentró en la conducción. Agarraba el volante con excesiva fuerza, prueba inequívoca de

que no se encontraba tan sereno como deseaba aparentar. Finalmente, detuvo el todoterreno frente al alto edificio y puso las luces de emergencia.

Apagó el motor y descendió del vehículo. Por el rabillo del ojo vio que ella también se bajaba y que cerraba la puerta con suavidad. Ambos rodearon el coche y se encontraron justo frente al capó.

— Bueno…

— Bien…

Comenzaron a hablar al unísono.

Se miraron y se sonrieron.

Como siempre le sucedía, la sonrisa de ella le caló muy hondo.

— Pues aquí nos decimos adiós — comenzó Juls.

Él tiró de su muñeca hasta que ella se dejó caer contra su cuerpo. Luego le acunó la cara entre las manos y le dio un beso en los labios.

— Esto no es una despedida.

— Por supuesto que no lo es — jadeó ella contra su boca.

— ¿A qué hora llegas esta noche a Madrid?

— A las diez y cuarto.

— Llámame cuando estés en casa.

— ¿Videollamada? — sugirió con una mueca.

— Sí — respondió justo antes de apoderarse de su boca una última vez.

Tardaron en separarse y lo hicieron con reticencia. Ella dio unos pasos en dirección al portal y él la observó alejarse con nostalgia contenida. El pantalón vaquero y la camiseta que ella llevaba eran muy sencillos, nada del otro mundo, pero para él estaba simplemente preciosa. Una vocecita interna llegó para decirle que estaba tan pillado que no era nada objetivo. Y era cierto. Juls siempre le parecía hermosa.

Ella se dio la vuelta y le lanzó una sonrisa algo más trémula de lo habitual.

— Te veo en un mes.

— Para nada — negó él, sacándose el móvil del bolsillo y señalándolo

— . Nos vemos esta noche.

— Es verdad — admitió risueña. Después de decir aquello se quedó parada frente a la puerta.

— Vete — la conminó, haciendo una seña con la barbilla.

— Ya voy.

Pero no se movió del sitio.

Sus ojos castaños se fundieron con los de él. Había muchas emociones contenidas en ellos y eso hizo que Jorge dejase escapar un gemido derrotado. Solo tardó dos segundos en capitular y ponerse en movimiento.

De dos zancadas, llegó hasta ella y la alzó en el aire por el talle, como si fuera una pluma. Se la quedó mirando con embeleso.

— ¿Qué cojones has hecho conmigo para que me comporte así, Juls?

¡Dímelo! — La voz le salió estrangulada, teñida por el ardor que sentía.

— Lo mismo podría preguntarte yo.

— ¡Joder! — exclamó— . Si apenas nos conocemos y no puedo dejar de pensar en ti. Estás en todas partes.

Ella suspiró bajito y pegó la frente a la suya mientras le acariciaba la nuca con la punta de los dedos.

— Te voy a echar mucho de menos, Jorge.

A él se le encogió el pecho al escuchar todo el sentimiento que había encerrado en esa frase.

— Y yo a ti. Pero un mes pasa rápido.

Juls asintió.

Lentamente, la depositó en el suelo. Le costó hacerlo, no iba a negarlo.

Luego dio un paso atrás y se pasó la mano por el mentón con un ademán nervioso muy poco propio de él.

— Vete — le pidió.

— Sí. Me voy.

Y esa vez sí se fue de verdad. Se dio la vuelta y abrió la puerta. Sin volver a mirarle, accedió al interior del portal con mucha prisa y desapareció.

Jorge se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y contempló el acceso al edificio con la vista extraviada durante unos segundos. Se sentía algo vacío, pero su optimismo innato ganó la partida y se convenció a sí mismo de que aquello no era un adiós, era un simple hasta luego y que esa misma noche iba a volver a verla en la pantalla de su móvil.

Sonrió.

Aquello no era un final. Era un principio.