Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 26 de 40

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Inolvidable

Capítulo 26

Juls

Cerró la puerta del piso a su espalda y dejó que la bolsa de viaje resbalara de su hombro y cayera al suelo. Por un instante, se quedó quieta y aguzó el oído. No se oía nada. Ni un solo sonido salía del cuarto de Sonsoles — algo insólito ya que su compañera siempre tenía la tele encendida— , por lo que supuso que tendría turno de mañana en el trabajo.

Mejor. No quería hablar con nadie.

Arrastrando los pies, atravesó el pasillo hasta llegar al salón. Se quitó las zapatillas de un puntapié y se tiró en el sofá con pesadez. El viaje de cinco horas en coche desde Benidorm la había dejado exhausta. Odiaba conducir.

Y mucho más hacerlo de noche. Se contorsionó para poder sacarse el teléfono del bolsillo trasero del pantalón y redactó un wasap para su hermano.

Ya he llegado. Puedes recoger tu coche cuando quieras. Voy a estar en casa.

La respuesta apenas tardó unos segundos en llegar.

Me paso luego y c omo contigo.

Envió un emoji con el pulgar levantado.

Sus ojos se posaron sobre el reloj de la parte superior de la pantalla.

Eran las nueve y cuarto de la mañana. Solo hacía catorce horas que se había enfrentado a Jorge en la cafetería y, sin embargo, parecía que hubiera transcurrido una eternidad. ¡Dios! Era agotador tener que fingir todo el rato y mantenerse neutral cuando lo que deseaba era lanzarse a sus brazos y besarle sin mesura; tenerle tan cerca y no poder hacerlo había sido frustrante. Ni siquiera recordaba demasiado bien qué le había dicho, ya que estaba demasiado concentrada en leer sus expresiones y en tratar de interpretar el brillo de sus ojos. Había respondido a sus preguntas como una autómata.

Se había hecho cachitos por dentro como si fuera de cristal cuando él habló del Mirador de la Cruz y le recomendó que fuera a visitarlo. Las imágenes de ambos besándose justo debajo de la Cruz acudieron raudas a ella y tuvo que tragar saliva con fuerza para no echarse a llorar. Cada frase que salía de la boca de Jorge era una tortura: cuando hablaba de música, cuando se burlaba preguntándole si le había visto desnudo, cuando decía que tenía la sensación de que ellos dos se llevaban bien.

Pero nada tan aterrador como escucharle decir que tenía a otra persona en la cabeza. ¿Quién sería? Sabía que no podía ser alguien nuevo porque Erika le dijo que apenas salía de casa. ¿Sería una mujer de su pasado? ¿Esa ex de la que guardaba su último recuerdo? ¿Claudia?

Insoportable.

Devastada, solo le quedó huir.

Sabía que su hermana había propiciado aquel encuentro para que ellos dos pudieran hablar y se lo agradecía de corazón, pero no pudo aguantarlo.

Era demasiado triste estar junto a la persona que uno amaba y tener que pretender que no había absolutamente nada entre ellos.

Tenía un par de wasaps de Erika en el móvil, de la noche anterior, pero se había negado a leerlos porque su mente estaba demasiado confundida y tenía que tomar una decisión sin que los textos pudieran influenciarla. La sensatez y su instinto de supervivencia la habían llevado a regresar a Madrid. No había nada más que pudiera hacer en Benidorm. Nada. Forzar otra situación con Jorge era absurdo. Él no tenía ni la menor idea de quién era y ella no podía estar a su lado simulando ser solo una amiga porque eso la rompía en pedazos.

Se sentía impotente y muy desdichada.

Los días que habían pasado juntos se habían perdido. Habían desaparecido.

Quizá para siempre.

Ahora se arrepentía de no haberlos vivido con más intensidad.

Aovillada en el sofá, dejó que la melancolía la invadiera.

Tenía que haber reído más y con más fuerza. Haberle abrazado con más ímpetu y acariciado durante horas, llenándose de su piel. Y, por supuesto, haberle besado con más pasión, poniendo todo su empeño en cada roce de

lenguas. Tenía que haber gritado que le amaba y que la vida sin él no tenía sentido y haber dejado que le hiciera el amor con frenesí. Tenía que haberse hundido dentro de él y haber dejado que él se hundiera dentro de ella…

Tenía que haberse entregado más, dado más, saboreado más. Tenía que haberle aspirado con ansia como si él fuera su oxígeno y lo necesitara para sobrevivir.

Sí. Tenía que haber hecho más, mucho más.

Pero ya era tarde para todo eso.

Demasiado tarde.

Sollozó sin mesura con la cara enterrada en uno de los cojines. Lo hizo durante mucho tiempo, amparada por la soledad del piso, hasta que tuvo la sensación de que no le quedaban más lágrimas que derramar.

Se sentía vacía.

Los primeros acordes de Nothing’s gonna stop us now resonaron con fuerza en el silencioso salón. Alzó la cara y contempló el móvil con destemplanza. Mientras alargaba la mano para coger el aparato, se prometió en silencio que cambaría el tono de llamada.

Era Sergio.

Estuvo tentada de desviar la llamada al buzón de voz, pero en un impulso acabó por aceptarla.

— Dime, Sergio — respondió con fatiga.

— Hola, Juls.

— ¿Qué quieres?

Hubo una larga pausa al otro lado de la línea.

— Puedo escuchar que no estás bien. ¿Necesitas algo?

Le entró la risa, una risa cínica y amarga.

— ¿Por qué me llamas?

— Necesitaba oír tu voz. La última vez que nos vimos ya te dije que era probable que volviese a llamarte.

— Pues ya me has llamado y me has escuchado — repuso con sequedad.

— Creo que necesitas un amigo. ¿Quieres que nos tomemos algo y me cuentas lo que te pasa?

— Tú y yo no somos amigos — rechazó.

— Tampoco somos enemigos.

— No creo que sea una buena idea quedar contigo.

— ¿Por qué no? Es solo para hablar. Puedes desahogarte conmigo.

— ¿Desahogarme contigo? Jamás has sido el paño de lágrimas de nadie.

Creo que tienes segundas intenciones — murmuró y se incorporó en el sofá.

— Las tengo. No lo voy a ocultar.

— No quiero nada contigo — dijo con agotamiento.

— Lo sé. Me lo dejaste muy claro. No obstante, quizá cambies de opinión en un futuro — hablaba en tono persuasivo.

— No lo haré.

— Bueno, no pasa nada. — Hubo una breve pausa— . Estoy cerca de tu piso. Podemos vernos en la cafetería de la última vez. Creo que te vendría bien para despejarte.

Juls se pasó una mano por la frente, titubeante. Estaba segura de que era una pésima idea encontrarse con Sergio, pero admitía que estar sola en su piso llorando tampoco era lo mejor. Al menos, tomarse un café con su ex le serviría de distracción.

— Vale — terminó por responder al cabo de unos segundos— . En diez minutos estoy abajo.

Cortó la comunicación y dejó el móvil sobre la mesa, pero volvió a cogerlo con celeridad y buscó los wasaps de Erika.

Cómo ha ido todo con Jorge? Habéis podido hablar?

Llámame cuando puedas y me lo cuentas.

Decidida a ignorar el primero, se limitó a responder solo al segundo.

He regresado a Madrid. Te llamo esta tarde y hablamos.

Después de eso, accedió a las melodías y buscó en ellas hasta que encontró la que llevaba antes de cambiarla por la de Starship. Era una antigua canción de Meat Loaf. La seleccionó y la estableció como tono de llamada con decisión.

De ese modo, cada vez que sonara su teléfono no se hundiría en la nostalgia.

Jorge

Había madrugado y había convencido a su madre para que le acercara al centro de Benidorm. Mientras ella se iba a hacer unas compras, él se plantó frente a la puerta del establecimiento donde Diego llevó su móvil a reparar y aguardaba con impaciencia a que este abriese sus puertas.

Paseó la vista por la zona. Había algo de incongruente en la decoración navideña que adornaba la mayoría de las tiendas y el caluroso tiempo que obligaba a la gente a ir de manga corta. Él mismo solo lucía un polo; había dejado la cazadora vaquera en el coche de su madre.

Se miró el reloj por enésima vez. Eran las diez en punto.

Una joven bajita y delgada con el pelo recogido en una coleta se detuvo a su lado. Le saludó con un gesto al tiempo que introducía la llave en la cerradura y procedía a abrir la puerta.

— Un momento mientras enciendo las luces y el ordenador — le dijo, invitándole a pasar.

Él asintió. Se dirigió hacia el escaparate y contempló los móviles allí expuestos. Le hizo gracia ver los modernos modelos. Su mente seguía anclada en el pasado y le sorprendió la nomenclatura de muchos de los teléfonos. La tecnología avanzaba a pasos agigantados.

— ¿En qué puedo ayudarte? — le preguntó la chica.

Se acercó al mostrador.

— Me llamasteis para decirme que ya había llegado mi móvil del servicio técnico y que podía pasar a recogerlo.

— ¿Tienes el resguardo?

Se sacó del bolsillo el papel doblado en cuatro que le había dado su hermano y se lo tendió. Ella lo ojeó antes de darse la vuelta y desaparecer en la trastienda. No tardó en regresar con una bolsa de plástico de la que extrajo un móvil que le resultó desconocido.

— Tengo que cambiar la tarjeta, ¿no? — preguntó, mostrando el teléfono que Lukas le había prestado.

— Lo puedo hacer por ti, si quieres.

— Sí, por favor.

Mientras la chica trasteaba con los dos aparatos, él dirigió la vista hacia la calle y hundió las manos en los bolsillos del pantalón. Estaba nervioso.

— Ya está.

— Muchas gracias. ¿Tengo que abonar algo?

— No. El seguro que tenías cubre la reparación.

Se despidió de ella y abandonó el establecimiento con los dos teléfonos en la mano. Su vista se posó sobre un banco de madera que había a unos metros de distancia, frente al Mercado Municipal. Estaba libre.

Se dirigió hacia allí.

Había bastante gente por los alrededores, una mezcla de turistas extranjeros y vecinos de la ciudad que habían acudido a hacer la compra. La calle era peatonal y estaba bordeada por comercios y cafeterías.

Ignorando el ruido ambiental, Jorge tomó asiento, se guardó en el bolsillo el viejo móvil de Lukas y aferró el otro con fuerza. Estaba ansioso por ponerle cara a J. Esa noche apenas había podido dormir sabiendo que iba a descubrir más cosas de ella.

Cogió aire y encendió el aparato. Lo primero que vio fue su fondo de pantalla. Era una foto de una servilleta de papel sobre la que había escritas

— aparentemente con restos de café— dos jotas unidas por un corazón.

— Vale — susurró— . Está claro que estaba loco por ella.

Ahora solo tenía que acceder a la galería de imágenes y buscar fotos o vídeos o lo que fuera. Se percató de que la mano había comenzado a temblarle y la cerró en un puño antes de abrirla y pulsar el icono correcto.

Había muchas fotos.

Una de las últimas era de Juls.

¿Juls?

Con el ceño fruncido por la perplejidad, la abrió y la amplió. Ella miraba a la cámara con una expresión de felicidad indescriptible, con los ojos fulgurantes y una amplia sonrisa. Estaba realmente guapa.

Los dedos comenzaron a hormiguearle cuando una sensación premonitoria encontró abrigo en su interior.

¿Juls era J?

¡No podía ser porque sus hermanos se lo habrían dicho…!

Repasó las siguientes fotos con afán mientras los latidos de su corazón se disparaban.

Juls por todas partes.

En algunas estaba sola, en otras, acompañada por él.

Había imágenes tomadas en El Cisne — conocía bien el entorno porque había estado allí varias veces— en las que ambos llevaban ridículos sombreros y se reían. En uno de los selfis, él lucía uno de cowboy blanco y ella una gorra rastafari de colores y se estaban besando.

Se estaban besando.

Se llevó la mano al cuello, donde había comenzado a latirle una vena con fuerza, y trató de asimilar toda esa información mientras seguía pasando imágenes hasta que se topó con otras de ambos en un concierto.

Era de noche y al aire libre. Pellizcó la pantalla para ver quién era el cantante… ¡Ara Malikian!

¡Joder! ¡Ese era el concierto del que ella había hablado la tarde anterior!

Habían ido juntos.

Cerró los ojos y respiró hondo. Estaba hecho un lío.

Juls y él.

Juls era su chica . La chica de los mensajes que le tenían encandilado.

No entendía nada. ¿Por qué se lo habían ocultado? Estaba claro que toda su familia la conocía, por eso las muestras de afecto hacia ella. ¿Y Juls?

¿Por qué ella no le había dicho nada? ¿Por qué había fingido ser casi una desconocida para él?

Continuó pasando fotos, deteniéndose en las que aparecía ella sola y ampliándolas. Su sonrisa era preciosa y sus ojos castaños, sumamente elocuentes.

También había unos cuantos selfis de ambos con una puesta de sol a sus espaldas. No tardó ni un segundo en reconocer el lugar en el que se encontraban. El Mirador de la Cruz. La mortificación le invadió al recordar cómo, la tarde anterior, le había recomendado que subiera a visitarlo y cómo ella le dijo que ya había estado allí. Dejó escapar un gemido cargado de frustración y se echó hacia atrás en el banco, elevando la vista al cielo azul preñado de nubes blancas.

Ahora entendía el porqué de su actitud cada vez que estaba con él.

Solo hacía unas horas había estado sentado a su lado…

¡Joder! Aquello era una locura.

No permaneció demasiado tiempo alejado de las fotos. Retornó a ellas al cabo de unos segundos y siguió inspeccionándolas con ansia. El Jorge que

aparecía junto a Juls era un Jorge diferente al que él veía en el espejo cada mañana. El de las fotos se mostraba lleno de entusiasmo, como si fuera la persona más feliz del mundo.

Probablemente lo era.

En realidad, ambos parecían dichosos.

Juls no se parecía en nada a la esquiva mujer con la que había coincidido el domingo y la tarde anterior. La chica de las fotos, esa que le besaba con ímpetu y le contemplaba con admiración, estaba colada por el chico de expresión soñadora de las imágenes.

Extravió la vista en algún punto al otro lado de la calzada. Sus pensamientos formaban una particular mezcolanza de ideas enmarañadas.

El móvil comenzó a emitir una conocida melodía y sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras los posaba sobre la pantalla. Era su madre.

Pero eso no era lo sorprendente, sino la canción. ¡Era Nothing’s gonna stop us now !

— ¡Joder! — masculló.

Desvió la llamada al buzón de voz y le envió un wasap a su madre para decirle que todavía no había terminado y que la llamaría cuando acabase.

No tardó en recibir un Ok por respuesta.

Así que ambos compartían el mismo tono de llamada.

Debía de ser una canción especial para ellos.

Tenía que haberlo sospechado antes. Todas las pistas estaban ahí. La melodía, la inicial de su nombre, el que Erika se comportase de esa manera inusual cada vez que hablaba de su amiga, las extrañas reacciones de ella, y ese olor a mandarina de su cabello que le había traído el vago vestigio de un recuerdo…

— Juls… — pronunció el nombre en voz alta para ver si el sonido despertaba algún sentimiento en él, pero no. Todo seguía en la oscuridad.

Completamente confundido, jugueteó con el móvil, girándolo entre sus manos. Terminó por desbloquearlo y entrar de nuevo a la galería. No solo había fotos, constató, también había unos cuantos vídeos. No tenía auriculares, así que bajó el volumen y pulsó sobre uno de ellos. Era un vídeo breve en el que Juls hablaba a la cámara solo unos segundos. Lo contempló con atención, siguiendo el movimiento de sus labios, ansioso por

saber qué estaría diciendo. Finalmente, se llevó el aparato a la oreja y volvió a reproducirlo.

Puede que seas el hombre de mi vida. No tengo pruebas, pero tampoco dudas…

Y después de esas palabras había una risa juguetona.

Jorge se incorporó con rapidez y se guardó el móvil en el bolsillo. Tenía las emociones a flor de piel y necesitaba estar solo y no rodeado de gente que iba a la compra y hablaba en voz alta.

Echó a andar hacia el Parque de Elche, que quedaba solo a doscientos metros de donde se encontraba, justo al lado del puerto. No tardó en alcanzar su destino. A esa hora de la mañana solo había jubilados que daban de comer a las palomas sentados a la sombra de las numerosas palmeras.

Tomó asiento en una de las jardineras que estaban orientadas hacia la playa, pero las vistas no le interesaban demasiado. Apoyó los codos en las rodillas y echó el peso del cuerpo hacia delante, enterrando la cara en las manos.

Sus pensamientos volaron hacia Juls. Apenas se podía imaginar cómo tenía que haberle afectado toda esa historia. Seguro que estaba destrozada.

Las ganas de llamar a su hermana y preguntarle por ella le desbordaron, mas se reprimió. Era mejor hablarlo en persona. Esa tarde, cuando Erika volviera a casa, la confrontaría con lo que había averiguado. Y lo mismo haría con Diego. Necesitaba saber más.

Pese a que su mente era un puro caos, había algo que sí tenía claro.

Necesitaba desesperadamente volver a verla.

Tenían que hablar.