Inolvidable
Capítulo 33
Jorge
Abrió los ojos y pestañeó, tratando de despejarse. Los posó sobre el rayo de luz que se colaba a través de la rendija de la persiana y que impactaba contra el edredón color canela. Tenía el cerebro algo entumecido, pero ni rastro del dolor de cabeza que le había atormentado hacía horas. ¿Solo horas? Volvió a parpadear para situarse y se dio cuenta de que era probable que hubieran pasado más que unas cuantas horas. Era evidente que esa luz que entraba por la ventana era la luz de un nuevo día.
Alargó el brazo para coger el móvil de la mesilla y vio que ya eran las nueve de la mañana. ¡Había dormido más de dieciocho horas! Eso no le pasaba desde que era adolescente y llegaba borracho a casa. Aunque tampoco era de extrañar, cuando tenía una de sus migrañas se quedaba hecho polvo.
Se estiró para desentumecer los músculos de la espalda y un bostezo escapó de su boca. Hacía tiempo que no dormía tan bien. Además, había soñado con Juls. No recordaba demasiado, solo que ambos estaban en la playa y se tostaban al sol. Y ella le sonreía. Un sueño muy agradable.
Giró la cabeza y se encontró con la cara de ella a solo unos centímetros de la suya. Dormía plácidamente con las manos juntas y encogidas bajo la barbilla.
Juls estaba en su cama.
La imagen penetró en sus retinas con total naturalidad, como si encontrarla allí fuese lo más normal del mundo. Como una continuación de su sueño.
Se revolvió hasta quedar de lado y se dedicó a contemplarla a su antojo.
Así, dormida y serena, sí que parecía Campanilla, con el pelo encrespado, la nariz pequeña y la punta de sus blancos dientes asomando por su boca entreabierta.
Era preciosa y hacía que se le acelerase el corazón.
Un recuerdo de la tarde anterior acudió a él, llenándole de calor. Ella le había perfilado los labios. A pesar de que ni siquiera le había rozado y lo había hecho en el aire, él había sido muy consciente de la cercanía de sus dedos. Fingió dormir, ansiando que se atreviera a acariciarle de verdad.
Mas no lo hizo.
La ternura de ese gesto la delató y le dijo mucho de ella y de lo que sentía por él, por más que se empeñase en mantener las distancias.
Sabía que se había quedado en su cuarto durante bastante tiempo. Pese a que el dolor le obligó a tener los ojos cerrados, pudo sentir su presencia irradiando calidez a su lado y aquello le resultó muy reconfortante.
Poquito a poquito — o quizá no tan lentamente— aquella chica se le había ido metiendo bajo la piel, llegando a hacerse la dueña de casi todos sus pensamientos. Se pasaba la mayor parte del día rondando por su cabeza y también deambulaba por sus sueños. Estaba en todas partes.
Y no podía decir que no le agradase. Estaba encantado.
No sabía cuánto tiempo había tardado en enamorarse de Juls la primera vez, pero estaba seguro de que iba a batir su propio récord.
Dicen que solo hacen falta unos segundos para enamorarse de alguien.
Segundos…
Volvió a girarse para encarar el techo, pensativo.
¿Qué probabilidad había de que una persona se enamorase de otra dos veces?
¿Ninguna, pocas, muchas?
O quizá nunca se hubiera desenamorado de ella y esos sentimientos que florecían en él con tanta fuerza fueran la continuación de los de antes. A lo mejor, su subconsciente no la había olvidado y por eso volvía a sentir tanto por ella.
Quizá su amor por Juls fuese inolvidable.
El viernes se lo había contado a la doctora Carmena. Le dijo que sentía una conexión especial con ella y que nunca antes se había sentido así. Que cada vez que estaban cerca reaccionaba como si la conociera de siempre, como si estar juntos fuera lo correcto. Como si hubiera encontrado la pieza de puzle que faltaba en su cabeza y todo encajara de repente. Desde que
tuvo el accidente, la sensación de estar incompleto se había ido solidificando dentro de él y se notaba un poco perdido. Pero cuando estaba con Juls, aquella sensación desaparecía del todo y su equilibrio regresaba.
El mundo volvía a estar del derecho.
¿Tenía sentido?
La psicóloga le habló de las complejidades del cerebro humano — lo llamó la estructura más enigmática del universo— y de lo poco que todavía sabían de él. Y le animó encarecidamente a explorar sus sentimientos y a ser sincero consigo mismo y con Juls.
Estaba dispuesto a serlo.
Volvió a mirarla y se preguntó en silencio cómo reaccionaría si le dijera que estaba enamorado de ella, y que lo estaba incluso desde mucho antes de saber que J y Juls eran la misma persona. En realidad, desde el día en que descubrió los mensajes en su móvil.
¿Le creería?
Suspiró bajito. Ni él mismo era capaz de encontrarle la lógica a esa declaración.
Quizá debía de pasar a la acción y dejarse de explicaciones. Ella parecía mucho más receptiva a los hechos — tal y como había demostrado el día anterior en el faro— , que a las palabras. Debería mostrarle lo que sentía más que decírselo. Ser más directo. Abrazarla o besarla, incluso. ¿Por qué no?
En ese instante, los párpados de ella trepidaron. No tardó en elevarlos.
Sus ojos todavía nublados por el sueño se posaron sobre los de él.
— Buenos días.
— Buenos días — respondió ella en voz apenas audible.
— No esperaba encontrarte aquí.
— Tienes que disculparme — murmuró un poco avergonzada— , pero tu sofá es incómodo.
— ¿Me has escuchado quejarme? — le preguntó con un guiño.
— ¿Estás mejor? ¿Ya no tienes dolor de cabeza?
— Estoy muy bien. Muchas gracias, de verdad. Vaya mierda de anfitrión que soy. Te invito a mi casa y te dejo tirada.
— Bah, por eso no te preocupes. Lo importante es que tú estés bien.
— Lo estoy. No suelo tener episodios como ese con frecuencia, pero cuando vienen son jodidos. ¿Qué hiciste tú todo el día?
— Ver series en Netflix.
— Vaya un planazo, ¿no?
Ella se rio.
Jorge la contempló en silencio a través de las pestañas. Había algo muy íntimo en esa escena. Los dos en la cama, apenas separados por unos centímetros, manteniendo una conversación. Y todavía no había ocurrido nada entre ellos.
«Hechos y no palabras», se recordó a sí mismo.
Era el último día de Juls en Benidorm y el tiempo se les acababa.
¿Y si se acercaba y la besaba?
En cuanto aquella idea se materializó en su mente, no titubeó ni un solo segundo.
Se incorporó y apoyó el peso de su cuerpo sobre el antebrazo izquierdo, después, se deslizó hacia ella, hasta que sus torsos casi se rozaron. Todos sus movimientos eran pausados, como a cámara lenta, dándole a ella todo el tiempo del mundo para apartarse, si así lo deseaba. Pero no lo hizo. Se limitó a mirarle con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
Jorge se inclinó con lentitud, aspirando para llenarse de su sempiterno olor cítrico, hasta que sus labios quedaron a escasos milímetros de los de ella.
— ¿Puedo besarte? — susurró.
Ni siquiera dejó que reaccionara. Había tenido tiempo para alejarse y no lo había hecho. Ya era tarde.
Acortó la distancia que los separaba y la besó. Cerró los ojos mientras lo hacía y se perdió en la calidez y blandura de su receptiva boca durante los dos segundos que duró la caricia. Apenas fue un roce, demasiado corto para llamarlo beso , pero mágico al mismo tiempo. Electrizante como un relámpago y tan dulce como una cucharada de mermelada.
Cuando se apartó, la estudió con intensidad y ella le dirigió una sonrisa que fue como un disparo directo al centro de su pecho. No pudo evitar soltar una carcajada.
— Bien — dijo y volvió a repetirlo dos veces más— : Bien, bien…
— ¿Bien?
— Muy bien, en realidad.
De nuevo, otra carcajada algo más potente le sacudió el cuerpo. De repente, se sentía eufórico. Agitando las piernas en el aire, se desembarazó del edredón y se puso de pie mientras la miraba. Ella también se reía, sorprendida por su entusiasmo.
— Quiero hacer muchas cosas contigo hoy, Juls. Demasiadas cosas y tan pocas horas — dijo como para sí mismo.
Acto seguido, levantó la persiana y abrió la ventana. Un sol espléndido se alzaba en el luminoso cielo azul y el aire que entró del exterior olía a humedad y a limpio. Solo la ligera brisa algo fresca recordaba que se encontraban en enero.
Lleno de energía, como si ese breve beso le hubiera recargado, cogió su móvil de la mesilla. Navegó por sus listas de Spotify hasta que encontró la que buscaba y le dio al play . El teclado electrónico con el que comenzaba Sweet dreams de Eurythmics resonó en el dormitorio y, solo unos segundos después, la voz de Annie Lennox se unía a la música.
Él empezó a cantar y a mover las caderas. Estaba de muy buen humor.
De un humor fantástico.
— Date prisa y levántate — la instó en medio del estribillo. Ella no se había movido; se limitaba a contemplarle con una sonrisa— . Me ducho en dos minutos, luego preparo un cafecito rápido y nos ponemos en marcha.
¿Te hace?
Ella afirmó con presteza justo antes de humedecerse los labios con la punta de la lengua.
Sin dejar de bailar y de canturrear, observó el gesto con los ojos hambrientos. Terminó por bajar los párpados para contener las ganas que tenía de reunirse con ella en la cama de nuevo y comérsela a besos. Se dio la vuelta veloz para que no viera cómo sus pantalones se deformaban en la zona de su entrepierna y huyó al baño, pero dejó la puerta entreabierta para poder seguir escuchando la canción. Apenas tardó unos segundos en despojarse de la ropa y en regular la temperatura del agua. Tenía previsto darse la ducha más rápida de su vida, pero su miembro endurecido tenía otros planes para él.
Con la mente llena de imágenes de Juls, dejó que el sonido del agua sobre la mampara ahogara sus gemidos mientras empuñaba su erección y empezaba a bombear con energía para buscar alivio. Tenía algo de morboso saber que ella estaba en la habitación contigua, esperándole, y eso le excitó tanto que solo unos segundos después notaba el caliente hormigueo que precedía al orgasmo. Apoyó la espalda contra la pared alicatada y dejó que el clímax le sacudiera. Con el cuello y la mandíbula tensos, ahogó un estertor estrangulado mientras su eyaculación se mezclaba con el agua caliente.
Necesitó unos cuantos segundos para recuperar el aliento. Cuando lo hubo hecho, procedió a enjabonarse con perezosa satisfacción. La cara de Juls seguía bailoteando por su cabeza. No tenía ni idea de qué era lo que había sucedido con ella, pero su actitud hacia él había cambiado. Estaba mucho más receptiva.
Se llevó una mano a los labios, donde todavía palpitaba el beso que habían intercambiado, y sonrió gozoso.
Cuando por fin abandonó el baño, vestido con unos vaqueros y un polo rojo, ella estaba en el salón, con la camiseta que él le prestó el día anterior, dando pequeños sorbos a una taza de café.
— ¿Has hecho café? — Se dirigió a la encimera de la cocina, donde reposaba otra humeante taza y se hizo con ella— . Eres perfecta, lo sabías,
¿no? — le dijo.
— Me lo dicen siempre — sonrió— . Voy a la ducha. Y espero no tardar tanto como tú — añadió, echándole una mirada de lo más esclarecedora.
La estudió, arqueando una ceja. Se preguntó si ella sabría lo que había estado haciendo en el baño. La vio asentir con la boca torcida. Él contuvo una sonrisa sin mucho éxito que terminó por convertirse en una risa ronca.
No se sentía demasiado avergonzado, la verdad.
— Es que tenías la puerta abierta — le informó— . Y las paredes de azulejo suelen producir eco.
— No afirmo ni desmiento — murmuró y le echó una ojeada por encima del borde del recipiente.
Ella chasqueó la lengua y se puso en movimiento, camino del baño.
Cuando pasó por su lado, Jorge alargó el brazo lo suficiente para que sus
nudillos acariciaran la piel de su muñeca. Fue solo un roce, pero cargado de intimidad.
Tal y como le había prometido, Juls tardó apenas diez minutos en ducharse, secarse y vestirse. Él apenas había tenido tiempo de acabarse el café cuando ella regresó al salón. La recorrió de arriba abajo con la mirada.
Pese a que llevaba la misma ropa del día anterior y no se había peinado ni maquillado, estaba preciosa. El color verde de su suéter le sentaba realmente bien.
— Me gustas — le dijo con sencillez. No se refería a ese momento en particular y ella también pareció entenderlo así por su forma de asentir con parsimonia.
— Tú a mí también — repuso en el mismo tono mientras acariciaba con ligereza el borde de la mesa del comedor. Sin mirarle.
Quizá para otras personas aquello no fuera muy trascendental, pero sí lo era para ellos. Acababan de confesarse algo importante. Era su comienzo.
Un amigable silencio reinó entre los dos después de eso. Mientras lavaban las tazas y recogían sus cosas, sus ojos se cruzaron un par de veces, pero ninguno vio la necesidad de decir nada más.
Poco después, abandonaron el apartamento.
Hacía un día espléndido, ideal para pasear y disfrutar de la brisa marina y del sol sobre sus cabezas. Y, de pronto, todas esas cosas que Jorge había querido hacer con ella se difuminaron y lo único en lo que podía pensar era en estar a su lado y deleitarse con su cercanía.
Terminaron sentados en una terraza cercana a su edificio, desayunando y holgazaneando mientras conversaban de todo y de nada al mismo tiempo.
Ella le habló mucho de su familia, sobre todo de su hermano Félix con el que parecía tener una relación muy estrecha. Era muy probable que ya le hubiese contado todas aquellas cosas con anterioridad, pero no parecía molesta por tener que hacerlo de nuevo. Él la escuchaba con atención, asintiendo y dejando caer comentarios ingeniosos que ella aceptaba con agrado.
Su segundo café se convirtió en un tercero y ellos se negaron a marcharse, mientras de vez en cuando, sus manos se encontraban por encima de la mesa o sus piernas por debajo. No eran caricias demasiado
sugerentes, solo roces sutiles, pero suficientes para alimentar sus ganas, al menos las de él, que apenas si podía mantener las manos quietas. De por sí, el deseo de tocarla era inmenso, pero desde hacía unas horas, se había multiplicado por mil.
Cuando abandonaron la cafetería y echaron a andar por la pasarela peatonal que iba en paralelo a la playa, entrelazó sus dedos con los de ella.
Su mano, pequeña y frágil, pareció perderse en la suya y la sensación le resultó maravillosa. La miró de soslayo y la vio sonriendo. El entusiasmo se le concentró en el pecho. Y, de nuevo, le envolvió esa sensación de plenitud, de estar completo y entero.
Durante las siguientes horas no hicieron absolutamente nada — al menos eso podría parecerle a cualquier espectador fortuito— , sin embargo, lo que estaban experimentando era sumamente significativo. Pasearon, vieron volar una cometa y miraron el mar. Se hablaron con miradas y gestos mientras sus manos se buscaban constantemente y jugueteaban la una con la otra. Si se soltaban, aunque solo fuera por un breve lapso de tiempo, sus dedos parecían vacíos y tenían la necesidad de encontrarse con rapidez. Si por una casualidad ella se detenía porque el viento le agitaba el cabello y necesitaba apartárselo de la cara, él la esperaba con la mano extendida hasta que ella volvía a tomarla. Hubo incluso un momento en que Jorge tuvo la audacia de darle un beso en los nudillos, al que ella le respondió de igual modo.
Más de treinta veces intentó decirle lo que sentía por ella y más de treinta veces se echó atrás en el último instante.
«Hechos y no palabras», se recordó.
Se descubrió echando ojeadas nerviosas a su reloj y queriendo parar el tiempo, pero las horas se sucedían insolentes a demasiada velocidad. Se encontraba tan a gusto a su lado que no deseaba que aquel día terminara jamás.
Comieron en la terraza de un restaurante especializado en arroces, rodeados por turistas extranjeros, la mayoría ingleses y rusos. Una alta estufa de gas proporcionaba calor a las mesas, pero casi resultaba innecesaria en un día tan caluroso. El ambiente era realmente pintoresco, la comida estaba deliciosa y la compañía no podía ser más perfecta.
Volvieron a hablar solo de nimiedades y cosas banales, como si mencionar el futuro o su relación o algo más profundo les produjera desazón. Sí, habían progresado y todo parecía indicar que ambos deseaban lo mismo, así lo probaban sus miradas o su forma de sonreírse, no obstante, ninguno de los dos se atrevió a sacar el tema más importante.
A partir del día siguiente, ¿qué?
Jorge ahuyentó el pensamiento de su mente, dispuesto a exprimir las horas que les quedaban juntos hasta el límite.
Después de comer, fueron al apartamento de Juls para que pudiera cambiarse de ropa. Él la esperó en el coche mientras hacía planes para que aquel día siguiera siendo especial. Las siguientes horas iban a pasarlas en compañía de su familia, pero tampoco era necesario que se quedaran toda la tarde allí, ¿no? Podían marcharse pronto y bajar a la playa a tomar una copa, ¿no? O ir al casco antiguo y pasar por la zona de los vascos 27 a picar algo…
«¿A quién pretendía engañar?», se dijo con desdén. Lo que más deseaba era que el día terminara igual que había empezado: con Juls en su cama.
La vio abandonar el edificio por el espejo retrovisor y se irguió en el asiento. Ese era el efecto que tenía sobre él. Le hacía ser consciente de todos los músculos de su cuerpo, de cada nervio y cada centímetro cuadrado de su piel.
Había sido realmente rápida. Llevaba unos vaqueros distintos, más claros, y una blusa roja debajo de su cazadora de cuero, pero seguía despeinada y sin maquillar, como si se encontrase a gusto siendo natural con él.
— ¿He tardado? — preguntó nada más abrir la puerta y subir al coche.
— Solo tres canciones. Eso no es nada.
Su móvil pitó con insistencia. Él ni siquiera se molestó en mirarlo. Sabía que era su hermana. Ya le había escrito dos veces para saber cuándo iban a llegar.
— Es Erika — suspiró— . Es pesadísima.
— ¿Pasa algo? ¿Llegamos tarde? — preguntó ella y echó un vistazo al reloj del salpicadero.
— No llegamos tarde. Habíamos quedado a las cuatro y son y diez. Por cierto, el rojo te queda bien — añadió mientras arrancaba.
— Era para estar en igualdad de condiciones, a ti también te queda bien el rojo — le respondió ella con un guiño— . Es tu color.
— No es así. Mi color…
— Es el azul, lo sé — le interrumpió— . Apuesto a que tus bóxers son azules.
— Eh, sí — se rio.
Era evidente que ya le había visto desnudo y que conocía su tonta manía con la ropa interior. Las ganas de girar el volante y regresar a su apartamento para poder estar a solas con ella le poseyeron, pero las reprimió.
«Tampoco estás tan desesperado, ¿no? Bueno, un poco sí», admitió para sus adentros con sarcasmo.
Subió la radio. Sonaba la famosa canción de Cyndi Lauper, Girls just wanna have fun , y Juls se puso a tararearla. Tenía una voz hermosa, mucho más cantarina que la suya. Le gustó escucharla. Se preguntó cómo era posible que hubiese encontrado a una chica con un gusto musical tan similar al suyo. Había tenido suerte. O quizá el destino haciendo de las suyas.
A las cuatro y veintidós aparcaba a Turbo delante del chalet de sus padres. La música que salía de la propiedad llegaba amortiguada hasta la calle. Una de dos, o Cas y su familia no estaban en casa o se habían unido a la fiesta. A veces lo hacían.
— ¿Preparada para el caos?
Ella asintió sonriente.
Erika abrió el portón y salió a recibirlos, abalanzándose sobre Juls.
— Llegáis tarde. Llevo esperándoos mucho rato. Ah, para que no os pille por sorpresa, Lukas ha vuelto con Eva. Y ha venido Bea — dijo mientras le dirigía una mirada de disculpa a Jorge.
Este resopló con exasperación.
— Está claro que tienes que estar pegada a mí todo el tiempo — se dirigió a Juls, que se rio con ganas y le miró con los ojos brillantes.
Erika los estudió a los dos alternativamente con la frente arrugada.
Terminó por situarse entre ellos y enhebrar el brazo derecho en el de su hermano y el izquierdo en el de ella.
— ¿Ha pasado algo guay? — murmuró, haciendo aspavientos exagerados con las cejas.
— ¿Me lo preguntas a mí o a él? — inquirió Juls.
— Al que primero me conteste.
— Nos hemos besado — repuso Jorge con una expresión triunfal.
Su hermana soltó un gritito emocionado.
— Sin lengua — añadió Juls.
Erika maldijo disgustada.
Ellos dos se miraron por encima del cogote de la rubia. La sonrisa de Juls era tan provocadora que Jorge no pudo hacer otra cosa más que lanzarle una mirada desafiante que llevaba implícito un Espera y verás . La reacción de ella fue increíblemente adulta: le sacó la lengua.
El jardín de los Alba, como de costumbre, parecía una pequeña pista de baile y la temperatura no demasiado fría favorecía el encuentro. Su padre lo daba todo en la plataforma acompañado por Lukas e Iván, que le hacían los coros. Su madre estaba sentada en una de las tumbonas en animada conversación con Eva. Bea y Laura, las dos amigas de Erika, bailaban con Rafa y Dani y otro amigo de Lukas cuyo nombre no quería acudirle a la cabeza.
Ambos fueron recibidos con entusiasmo; besos y abrazos fueron intercambiados y, pronto, pese a que él le había pedido a Juls que se mantuviera a su lado para poder estar a salvo de Bea, Erika se la llevó hacia la mesa de las bebidas. Rafa y Dani no tardaron en alejarle de ella y envolverle en una conversación. Intentó mantenerse interesado, pero sus ojos la seguían allá donde iba por el jardín, acompañada por su hermana.
Dani dijo algo sobre ir a una fiesta que estaban organizando sus compañeros de trabajo y Jorge giró la cabeza para escucharle con más atención. En ese momento, por el rabillo del ojo se percató de que Bea se dirigía hacia él.
¡Joder! Murmurando una disculpa, se escabulló deprisa y buscó a su padre, que acababa de bajarse del escenario.
Se dieron un caluroso abrazo.
— Está claro que ya te tiene en el bote otra vez — se burló Tony Alba—
. No dejas de mirarla. Para ser hijo mío eres más flojo…
— Mira quién fue a hablar. El que no tiene ojos para otra mujer que no sea mamá — se rio Jorge.
— Yo tenía puestas todas mis esperanzas en ti. — Chasqueó la lengua—
. Tendré que fijarme en algún otro hijo. Lukas está ocupado otra vez, ¿te has enterado? — Señaló a Eva con la barbilla— . Y Diego, últimamente, está más taciturno que de costumbre. Seguro que está enamorado. Así que me centraré en Erika. Necesito que alguno de mis hijos se quede soltero para que pueda cuidarnos en la vejez.
— No sé yo si apostaría por Erika. Está loca. Quizá se quede soltera, pero ¿seguro que quieres que os cuide ella?
— Tienes razón. Tendré que ir buscando plaza en una residencia.
Ambos se rieron, pero su padre se puso serio de repente.
— ¿Estás bien? Sé que ayer tuviste una migraña de las fuertes.
— ¿Cómo lo sabes? — inquirió con sorpresa.
— Tu novia llamó a Erika, preocupada.
Jorge giró la cara hacia Juls, que hablaba con Diego a cierta distancia.
— Estoy bien. De verdad.
— ¿Y con ella?
— Progresando — dijo con una sonrisa ladeada.
Tony Alba se volteó y también observó a Juls.
— Me gusta para ti — dijo al cabo de un rato.
— A mí también me gusta para mí — admitió.
— ¿Quieres hacer algo romántico? ¿Dedicarle un tema? Te pongo el que quieras.
— Venga, papá — protestó con una risa.
— No me extraña que los jóvenes de ahora no tengáis éxito con las mujeres. No sabéis conquistarlas — rezongó. Y dio unos pasos, alejándose de él— . Voy a ponerle una canción. Haz el favor de mover el culo y hacer algo. No sé, súbete al escenario y cántasela o ve a su lado y abrázala en plan meloso…
El patriarca de los Alba se detuvo junto a su mujer y le habló al oído, después, le dio un beso largo y apasionado. Cuando levantó la cara le hizo
un gesto de suficiencia a su hijo y Jorge no pudo evitar emitir un exabrupto divertido.
En cuanto los primeros acordes llenaron el ambiente, reconoció el tema que había elegido su padre al instante: Got my mind set on you 28 de George Harrison.
Meneó la cabeza con una risa incrédula. No obstante, miró a Juls y la vio canturreando con ganas. Quizá no era tan descabellado acercarse y susurrarle la letra al oído, a fin de cuentas, el título de la canción encajaba perfectamente con sus pensamientos.
Apenas había dado dos pasos en su dirección, muy decidido, cuando vio cómo Erika la cogía de la mano y la arrastraba hasta la plataforma. Juls se dejó llevar, riendo.
Jorge se carcajeó cuando las vio hacer el tonto mientras cantaban, mirándose la una a la otra. Era obvio que Juls solo conocía el estribillo porque cuando llegaron las estrofas se limitó a bailar.
Bailaba bien. Muy bien.
— Se te está cayendo la baba — le dijo Diego, que se había situado a su lado— . ¿Te traigo un pañuelo?
Jorge se rio y se encogió de hombros, sin apartar la mirada de su cimbreante cuerpo.
— No me digas que no es preciosa.
— Vale, no te lo digo.
Esa vez, cuando el estribillo resonó potente en el jardín, ella se dio la vuelta y le buscó con los ojos. Al encontrarle, le señaló con el dedo índice de la mano derecha mientras utilizaba la botella de cerveza que llevaba en la otra mano como micrófono y cantó para él.
Solo para él.
Una explosión de emociones estalló en el estómago de Jorge.
Juls estaba espectacular y deslumbrante.
Estaba seguro de que todo lo que sentía por ella se reflejaba en su cara.
Su hermano le dijo algo, pero ni siquiera le escuchó. Solo tenía ojos para ella.
Su padre se acercó y le dio un codazo.
— Tiene más huevos que tú, chaval.
Se limitó a asentir. No se dio cuenta de que tanto Diego como su progenitor se alejaban. Solo quería que terminara la canción para poder ir a buscarla. Las ganas de besarla le sobrepasaron y sus pies le llevaron hasta la plataforma. Estaba tan cerca que casi podía tocarla. Ella tenía las mejillas enrojecidas por el esfuerzo, por la vergüenza o por la emoción. Difícil precisarlo. Le miró fijamente mientras el volumen de la música descendía y el último Set On You salía de su boca.
Jorge ignoró que estaban rodeados de gente y alargó la mano para cogerla por la muñeca, pero Erika fue más rápida que él y tiró de ella hacia el equipo de música.
Maldijo a su hermana entre dientes.
La risa de Lukas le hizo girarse.
— Tenías que verte la cara. Es como si le hubiesen quitado su juguete favorito a un niño.
No le hizo caso. Su intención era ir tras las dos chicas, pero vio que su madre le llamaba alzando la mano. Echó un último vistazo a Juls antes de suspirar lastimeramente y dirigirse hacia las tumbonas seguido por la risotada de su hermano pequeño.
El tiempo pasó a una velocidad de tortuga mientras Juls y él se miraban desde la distancia. La mala suerte no quería que estuvieran juntos. Cuando iba a acercarse a ella, Dani, Rafa o su padre le detenían porque querían preguntarle algo. Y cuando era Juls la que trataba de zafarse de alguna conversación para ir a buscarle, Erika o Lukas la cogían de la mano para bailar o cantar con ella. Ya había empezado a pensar que lo hacían a propósito.
Era desesperante.
Cuando el cielo se teñía de los colores violetas y anaranjados del crepúsculo, Diego pareció darse cuenta de su dilema y los ayudó a encontrarse. Tomó a Juls de la mano, sin importarle que Erika protestara y la llevó hasta donde estaba Jorge, que dejó a su amigo Rafa con la palabra en la boca.
Su hermano, una vez cumplida su misión, se esfumó y los dejó solos.
Se encontraron en medio del jardín. Una canción de Héroes del Silencio sonaba de fondo y las conversaciones y las risas eran bastante estridentes.
Nada de eso era importante.
Sus miradas se anclaron y fue Jorge el primero en extender las manos, que ella tomó sin dilación. Parecía como si una fuerza invisible los uniese y los atrajese irremediablemente, como si fueran un solo ser, algo sólido y casi palpable. Solo quedaba entre ellos un espacio de unos centímetros, pero no era un simple hueco vacío, sino que estaba lleno de calidez, deseo, cariño, necesidad y, sí, ¿por qué no?, también de amor. Todo junto al mismo tiempo.
— Hola — dijo él con ternura.
— Hola — respondió ella en el mismo tono.
— Así que Got my mind set o n you …
— Ya ves.
— Esa canción pensaba dedicártela yo.
— Vaya, qué casualidad. Pensé que la había elegido tu padre.
— Ya sabes cómo es. Hace siempre lo que le digo — expuso con grandilocuencia.
Ella se rio con suavidad.
— Claro, claro. Pues me he adelantado.
No se dijeron nada más, pero era obvio que estaban hablando sin palabras.
Jorge solo quería largarse de allí, y era lo mismo que le transmitía ella con la mirada, así que no tardó nada en proponerlo.
— ¿Nos vamos?
Ella asintió con solemnidad.
— ¿A mi piso?
Volvió a asentir al tiempo que sus ojos despedían un atisbo de emoción.
No se despidieron de nadie. Solo Diego los vio marchar y les hizo un gesto con la mano.
Jorge estaba nervioso, tenía que admitirlo. Quizá por primera vez en su vida, cuando se subió al coche y arrancó, apagó la radio. Necesitaba calma para encarar la situación. Condujo silencioso, hilvanando ideas sobre lo que iba a suceder a continuación. La tensión sexual entre ambos era palpable.
Pero no era solo eso. Había muchos otros sentimientos que pugnaban por salir a la superficie.
La miró de reojo. También estaba muy callada.
— ¿Estás bien?
— Tengo un poco de miedo… — admitió ella con reticencia.
— Puedo llevarte a tu piso — le ofreció.
— ¡No! — protestó con fiereza.
Él dejó escapar el aire que había contenido en los pulmones con alivio.
Si la respuesta hubiera sido afirmativa se habría sentido muy decepcionado, pero habría cumplido sus deseos, por supuesto.
— Si te sirve de consuelo, yo también tengo miedo — confesó.
Se jugaba demasiado.
A lo mejor era tonto pensar así, pero tenía la sensación de estar compitiendo consigo mismo, como si tuviera que superar al Jorge del pasado, a ese que la había conquistado y del que ella estaba enamorada.
Necesitaba desesperadamente que los sentimientos de Juls fueran para él.
No para el otro.
Una puta locura.
Ella alargó la mano y la posó sobre su muslo, apretando ligeramente. Él no tardó en apoyar la suya encima y entrelazar sus dedos con los suyos.
Transcurrieron unos cuantos segundos hasta que los dos eligieron el mismo momento para hablar.
— Todo va a ir bien… — dijo él.
— Sé que va a salir bien… — dijo ella.
Las risas de ambos se entremezclaron.