Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 13 de 40

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Inolvidable

Capítulo 13

Juls

El concierto era una maravilla, tal y como él le había prometido.

Ara Malikian, el violinista libanés de origen armenio afincado en España, lo daba todo en el escenario. Acompañado por otros dos violinistas, una chelista, una contrabajista, un batería y otro artista que tocaba los bongos, ofrecía un espectáculo impresionante.

Juls estaba fascinada por su vitalidad y su forma de tocar el instrumento y de moverse. Con su singular estilo bohemio, el largo pelo negro rizado y muy alborotado, la tupida barba, los pantalones de cuero, el chaleco que llevaba abierto y que mostraba su torso desnudo y sus brazos tatuados, presentaba una imagen extravagante y peculiar.

Y los acordes que salían de su violín eran una mezcla de músicas de muchos lugares del mundo y estilos: sonidos zíngaros y árabes, flamenco, tango y muchos otros que se combinaban a la perfección y conseguían poner la carne de gallina y arrastrar al público a levantarse para acompañarle con las palmas.

— ¿No es extraordinario? — le preguntó Jorge en un momento dado, acercando la boca a su oído.

Ella solo pudo asentir con fervor, completamente subyugada por la música, por el ambiente y por la noche tan fantástica. Había grabado vídeos y sacado innumerables fotos para inmortalizarlo todo.

La hora y media de espectáculo pasó en un pestañeo y antes de que se diera cuenta, este había terminado y los asistentes se levantaban de sus localidades y jaleaban al estrambótico violinista con entusiasmo. Ella misma se desgañitó y aplaudió eufórica. Apenas si fue consciente de que Jorge le daba la mano para sacarla de allí.

Una marabunta de gente llenaba cada rincón del auditorio y les resultó complicado alcanzar la salida. Los alrededores del recinto también eran una

locura de personas que se agolpaban unas contra otras y de coches que apenas podían circular por la avenida. Jorge tiró de ella para sacarla del gentío y la condujo hasta unos edificios que había enfrente, a unos doscientos metros de distancia. Se detuvieron bajo los soportales. Allí no llegaba la algarabía y apenas unos pocos transeúntes caminaban por la acera.

— Es mejor que esperemos aquí hasta que se despeje un poco el camino y luego vayamos a por el coche — le dijo él.

— Vale — respondió. Respiraba con agitación, todavía embriagada por la atmósfera.

— No te voy a preguntar que si te ha gustado porque tu cara lo dice todo.

— ¿Gustar? ¡Me ha encantado! Me ha parecido una maravilla. Estoy impresionada.

— Te lo dije.

— No me lo imaginaba así. ¡Por favor! ¡Cuánta energía! Sales de ahí con la adrenalina por las nubes. No sé, tengo ganas de bailar, de saltar y de correr… — se echó a reír— . No me hagas caso, es que estoy muy excitada.

— Te entiendo perfectamente. Yo me siento igual — lo dijo al tiempo que se metía las manos en los bolsillos de los vaqueros y echaba la cabeza hacia atrás.

Juls se percató de que su nuez subía y bajaba y aquel movimiento le pareció la cosa más sexi que hubiera visto en mucho tiempo. A duras penas, controló el deseo de alargar la mano y pasar los dedos por su garganta.

— Gracias por traerme.

Él bajó la vista y la miró

— ¿Crees que me merezco un premio por haberte invitado al concierto?

— formuló la pregunta dando un paso hacia ella, que había pegado la espalda a la pared.

— Pensé que eras generoso y altruista — le dijo provocadora.

— Naaa, no te equivoques. Tenía segundas intenciones al traerte.

— ¿Y qué intenciones son esas? — le desafió.

Él avanzó un paso más, hasta que la punta de sus zapatillas se pegó a las de ella.

— No sé — murmuró— , quizá que desayunemos juntos mañana.

— Me parece bien, podemos volver a quedar mañana para desayunar —

dijo de un modo muy inocente y pestañeó con exageración.

— No me refiero a eso, y lo sabes.

Jorge apoyó las manos en la pared, a la altura de su cabeza, encarcelándola en el hueco de su torso y sus brazos. Luego, se inclinó hacia delante y su nariz rozó la de ella. Juls aguantó la respiración para no atontarse con el aroma que se desprendía de su piel, ese aroma a desodorante, a gel, a piel, tan masculino. Su cercanía la apabullaba y llevaba a su corazón a repiquetear con fuerza en su pecho.

— ¿A qué… te refieres, entonces? — le cuestionó con la voz entrecortada.

Él no respondió de inmediato, solo depositó unos breves besos sobre la comisura de sus labios al tiempo que el peso de su cuerpo la aplastaba contra la pared.

— A que quiero que pases la noche conmigo — susurró.

El beso arrebatador que siguió a esas palabras se tragó cualquier respuesta que ella hubiese podido darle.

Sus bocas se fundieron en una sola y los brazos de Juls, como si tuvieran vida propia, se enroscaron en torno al cuello de él, entregándose a la caricia sin reservas. Solo unos segundos después, su erección se le clavaba en el estómago, y eso la llevó a gemir con ahogo. Sin duda alguna, ella se encontraba en el mismo estado de exaltación, solo que en su caso el acaloramiento no era tan visible, pero igual de profundo e intenso.

¿Él quería pasar la noche con ella?

Ella también lo deseaba.

Finalmente, sus labios consiguieron separarse. Él la sujetó con firmeza por las caderas, clavando los dedos en sus redondeces al tiempo que apoyaba la barbilla sobre su coronilla.

Juls le oyó suspirar.

— ¿Pasa algo?

— Pasa que no estoy en condiciones de andar ahora mismo — confesó

— . Dame cinco minutos.

— ¿Es porque estás empalmado? — inquirió, echando la pelvis hacia delante para que la fricción de sus cuerpos fuera mayor.

Él gimió.

— Cabrona — la increpó en voz queda.

Ella se rio bajito mientras hundía la cara en su cuello. De nuevo, la nuez de él se agitó en su garganta cuando tragó saliva y Juls ya no intentó controlarse. Sacó la punta de la lengua y lamió la protuberancia con suavidad. Cuando el sabor salado de su piel se expandió por su boca estuvo a punto de gemir de placer.

— Así no se puede — farfulló él. Y volvió a besarla.

Segundos después, se apartaron jadeantes y se miraron con intensidad.

— Vámonos — dijo él.

— ¿Ya puedes andar? — le preguntó con una sonrisa pendenciera.

— Sabes bien que no, pero te utilizaré de parapeto.

Acto seguido, la giró entre sus brazos y se situó a su espalda, luego le posó las manos sobre los hombros, resguardando su cuerpo a medias en el de ella y se puso en marcha.

— ¿Vamos a ir hasta el parking haciendo el trenecito? — se burló Juls.

— Calla, mala persona.

— Te puedo dejar mi cazadora y te la atas a la cintura como si fuera un delantal — le ofreció sin disimular su hilaridad.

Él gruñó.

Avanzaron a un paso moderado mientras se cruzaban con gente que subía por la avenida. De vez en cuando, Jorge se inclinaba y depositaba un beso sobre el hueco que había entre su mandíbula y su oreja, algo que hacía que sus piernas flojearan. Juls hubo de morderse los labios en varias ocasiones para aguantar un suspiro mientras sentía el musculoso cuerpo de él a su espalda. Tanta masculinidad envolviéndola la descolocaba. Eso, y el saber hacia dónde se dirigían en aquel momento.

Tal y como le había prometido a su amiga, le mandó un wasap para avisarle de que iba a pasar la noche fuera.

Poco antes de llegar a los cajeros donde tenían que abonar el importe de la estancia en el parking, Jorge se apartó y le arrojó una mirada de suficiencia que parecía decir ¿Ves cómo controlo? Pagaron y bajaron hasta

la planta inferior a buscar el coche. Había ya menos vehículos que hacía unas horas y las plazas libres se sucedían.

— ¿Vives muy lejos? — inquirió ella mientras se abrochaba el cinturón de seguridad. No quería mostrarse nerviosa, pero se dio cuenta de que la agitación se había deslizado en su voz.

— En el pueblo de al lado.

— Ah, sí. ¿Cómo se llamaba?

— El Albir — respondió él, maniobrando para sacar el todoterreno del parking.

Después de aquello, la conversación murió, al menos por parte de ella que se quedó en blanco. Echó un vistazo por la ventanilla y ojeó los edificios que dejaban atrás mientras se internaban en el tráfico. Atravesaron un par de calles en silencio hasta que él lo rompió al fin.

— Estás muy callada. Si te parece mala idea lo de ir a mi casa podemos tomar algo en algún sitio — propuso.

Juls le miró. Incluso en la penumbra del interior de la cabina se podía apreciar que tenía un semblante bastante serio.

— En realidad, lo de ir a tu casa me parece bien.

Jorge no dijo nada, se limitó a alargar la mano y encender la radio con el volumen muy bajo. Sonaba I promised myself de Nick Kamen y la tarareó con suavidad. En cualquier otro momento, ella hubiera bromeado con la canción, pero notaba cómo la expectación la enmudecía. Se llevó una mano al pecho y se percató de que los latidos de su corazón estaban disparados.

Se llamó imbécil en silencio. No era la primera vez que iba a pasar la noche con un chico. ¿Por qué estaba tan alterada?

Quizá porque Jorge le resultaba especial.

Quizá porque, aunque solo hacía poco más de una semana que se conocían, él se le estaba metiendo muy adentro y a gran velocidad.

Quizá porque quería que aquella noche fuese perfecta.

— Estas son las discotecas de la carretera — le dijo él, señalando a un lado.

Atravesaban un polígono con naves y locales bajos a ambos lados de la calzada. Grandes letreros de neón y luces de colores mostraban los nombres de los diferentes sitios: KU, KM, y un poco más adelante, Privilege y

Penélope. Había algunos coches aparcados en el exterior y también se podía ver algunos grupos de personas pululando por allí.

— Aquí viene la gente cuando cierran los locales de la playa, a seguir con la fiesta. Están abiertos hasta el amanecer. Ahora todavía es pronto —

continuó.

— ¿Tú también sueles venir?

— Venía — corrigió— . Cuando tenía veinte años. Ahora el único que se deja caer por aquí de vez en cuando es Lukas.

Una vez que dejaron atrás los animados locales, la calzada se convirtió en la típica carretera comarcal de dos direcciones bordeada por arbustos, maleza y alguna que otra palmera. De vez en cuando, la irregularidad de una nave industrial en el arcén rompía la monotonía del camino.

Estaba absorta contemplando la oscuridad de la noche cuando sintió la mano de él posándose sobre su muslo. La caricia no era demasiado sensual, era un simple roce por encima de la rodilla. Decidida a saltar sobre su propia sombra, no vaciló demasiado y alargó su mano para entrelazar sus dedos con los de él. Eran largos y no muy suaves. Su aspereza daba fe de que los utilizaba con frecuencia para algún tipo de trabajo físico. Le agradó su tacto.

— Mi apartamento está muy cerca — dijo Jorge al cabo de un rato.

Juls volvió a mirar al exterior. Había estado tan ensimismada en las manos de ambos que ni siquiera se había dado cuenta de que habían entrado en otra localidad, una de casitas bajas y edificios no muy altos.

— El edificio donde vivo está en primera línea de playa — le explicó él

— , aunque tiene la entrada por detrás, pero las vistas son una pasada. Ya las verás mañana con luz, cuando amanezca.

Había tanto implícito en aquellas palabras que Juls no pudo evitar que volviera a encogérsele el abdomen.

Pronto, se hallaron frente al portón de un garaje y solo medio minuto después, habían estacionado el coche. Jorge se bajó del Nissan y lo rodeó para abrirle la puerta a ella, que, como una tonta damisela en apuros, aguardó hasta que él llegó a su lado.

Quizá estaba más nerviosa de lo que quería reconocer.

— Vamos — murmuró él. La condujo a un ascensor y ella se dejó guiar.

Una vez dentro, él pulsó el botón de la quinta planta. El interior de la cabina era estrecho y apenas había espacio entre ellos. Juls iba a hacer un comentario al respecto, algo informal y sin mucha importancia, cuando sintió cómo el cuerpo de Jorge se dejaba caer contra el suyo y su boca tomaba posesión de la de ella. Ávida y voraz.

Durante los últimos encuentros se había ido acostumbrando a sus besos.

Eran demandantes y pasionales. Le encantaban. Se hundió en ese con el mismo ímpetu y fervor que mostraba él. Y casi no fue consciente de que alcanzaban su destino y de que él sacaba unas llaves de su bolsillo y abría la puerta de la derecha. Seguían pegados el uno al otro, besándose y dejándose acariciar con curioso abandono.

— Este es mi piso — jadeó él, alzando apenas la cabeza.

— Es muy bonito — contestó ella con los ojos cerrados.

Él emitió una risa mordaz. Aquello la llevó a elevar los párpados por fin.

A la tenue luz de unos focos regulables encastrados en el techo, una sucesión de paredes color gris perla, muebles blancos y negros y un gran ventanal que abarcaba todo el frontal del apartamento se incrustó en sus retinas. No pudo fijarse en nada más, ya que él no le dio opción y volvió a tomarla entre sus brazos, besándola de nuevo con esas ganas inusitadas que le hicieron flaquear las rodillas.

Se dejó besar. ¿Cómo no hacerlo?

Él la empujó a través de la estancia, hasta que notó los bordes de un sofá contra sus pantorrillas. Completamente desmadejada, se dejó caer. Sin embargo, en el último instante, él debió de haberse contorsionado porque la que aterrizó encima fue ella y el masculino torso le sirvió de colchón.

— Eres preciosa. — Le escuchó murmurar contra su piel mientras le recorría la curva del cuello con los labios.

Le miró a través de la bruma que cubría su cerebro. Él sí que era un hombre hermoso. Atractivo a rabiar y, en ese momento, mucho más, con esa mirada color avellana velada por la pasión y la sensual boca húmeda por los besos. Sin poder reprimirse, sacó la punta de la lengua y le lamió el labio inferior.

Él respondió con un gemido estrangulado, hundiendo las manos en su talle. De algún modo había conseguido introducir los dedos dentro de su

camiseta y la aspereza de la caricia contra la suavidad de su carne la llevó a gruñir de placer.

— Creo que es mejor que cambiemos de escenario — propuso él.

Ella pestañeó ligeramente y trató de que los jirones de niebla que empañaban su lógica se despejaran. ¿Escenario? ¿Qué escenario? No tuvo que esperar mucho para averiguarlo. Él la empujó para que se irguiese.

Respiraba con dificultad y Juls se dio cuenta de que a ella misma también le costaba coger el aliento. La cogió de la mano y la arrastró hacia una puerta blanca que había al otro lado de la sala, detrás de la cual solo podía hallarse su dormitorio.

Ella se dejó arrastrar.

Jorge

Estaba muy excitado, no iba a negarlo. Llevaba días imaginándose ese encuentro con Juls y ahora que por fin había llegado, quería que ambos lo disfrutaran al límite.

Durante unos instantes, en el coche, pensó que las cosas no iban a salir bien y que ella le iba a pedir que la llevara a casa, pero fue solo un momento extraño que se pasó a toda velocidad.

Ahora ya no había incomodidad alguna y la tenía solo para él, en su casa, en su dormitorio, a solo un paso de su cama…

Le costó soltarla para poder encender una luz y quitarse la camisa. Ella se le quedó mirando con los párpados pesados y la cabeza inclinada a un lado como si estuviera estudiándole y poniéndole nota.

— ¿Qué? — la desafió en voz baja— . ¿Te gusta?

Ella alzó una mano y le recorrió los pectorales con los dedos. El roce era fugaz y muy lento y a Jorge se le puso la carne de gallina.

— Me gusta — respondió al tiempo que bajaba la mano y delineaba los bordes de su tatuaje con la punta de su dedo índice. Siguió descendiendo hasta que ese mismo dedo se introdujo en la cinturilla de sus pantalones.

La escrutó con fijeza. Su rostro enrojecido por el ardor, los labios entreabiertos, los ojos brillantes, y su pecho que subía y bajaba

notoriamente. Debajo de la tela de la camiseta se podía apreciar cómo sus pezones se habían endurecido.

— Creo que no estamos en igualdad de condiciones. — Él señaló la prenda.

Ella no vaciló. Alzando la barbilla con actitud un tanto rebelde, se quitó la camiseta y la arrojó al suelo, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje por el que se podía entrever la piel lechosa de sus pechos y las areolas más oscuras.

Jorge extendió una mano, ansioso por tocarla, pero ella le detuvo con un gesto.

— Igualdad de condiciones, ¿no? — susurró ella. Y con rapidez, se llevó las manos a la espalda y se quitó la prenda, que siguió el mismo camino que la anterior.

La devoró con los ojos. Tenía unos senos no muy grandes con forma de lágrima y de un color pálido muy atractivo, sobre los que destacaban sus pezones rosados que sobresalían de las areolas de un modo muy llamativo.

— Vale, igualdad de condiciones — murmuró e hizo exactamente lo que ella había hecho con él. Alargó los dedos y delineó la curva de su seno izquierdo con infinita delicadeza, dejando que la punta de su dedo índice jugueteara con su pezón. Cuando la escuchó aspirar con nerviosismo, bajó la mano hasta que llegó a la cinturilla de sus pantalones y tiró sin excesiva fuerza, hasta que su pelvis se pegó a la suya.

Ella se humedeció los labios. El rubor que antes estaba solo en su cara se había extendido también hasta su torso.

Él no pudo reprimir una sonrisa cargada de profunda satisfacción.

— ¿Quién es el siguiente? — la provocó con voz gutural.

— Tú — repuso ella sin dudar— . Quiero verte sin pantalones.

La sonrisa de Jorge se hizo enorme.

Se agachó para quitarse las zapatillas y los calcetines y, después, con un movimiento de lo más lujurioso, se desabrochó el pantalón y se despojó de él. Sus bóxers azules quedaron al descubierto. Cuando se erguía, la travesura le apresó y no pudo evitar posar la nariz sobre el abdomen de ella y aspirar hondo. La notó temblar bajo aquella sutil caricia.

— ¿Te gusta lo que ves? — le preguntó con entonación irónica. No esperó a que ella contestara y continuo— : Te toca a ti.

Ella le lanzó una mirada turbulenta antes de imitarle y quitarse las zapatillas y los vaqueros. Al descubierto quedaron sus braguitas también de encaje negro, casi transparentes.

— ¿Te gusta lo que ves? — le imitó.

— Joder que si me gusta — admitió él con un jadeo.

Alargó las manos para abrazarla, pero ella dio un paso atrás.

— No. Te quiero desnudo del todo.

Él soltó una carcajada. Aquella chica le gustaba más cada segundo que pasaba.

No se hizo de rogar y se quitó la ropa interior, quedando completamente desnudo ante ella. Los ojos de Juls fueron hasta su miembro y aquello le excitó sobremanera. Casi sin ser consciente de ello se llevó una mano a su erección, que palpitaba convulsa, y se la rodeó con ella. Estaba completamente erguido y muy sensible.

No tuvo que animarla a que siguiera su ejemplo y se despojarse del último trozo de tejido que todavía mantenía su cuerpo oculto. Solo unos segundos después, las braguitas cayeron al suelo de tarima de su dormitorio.

La contempló con lujuria mal contenida. Estaba delgada, pero no en exceso. Sus caderas, a pesar de no ser muy prominentes, eran ideales para hundir los dedos en ellas. Una sucinta cantidad de vello más oscuro que el de su cabeza cubría su sexo y las ganas de arrodillarse frente a ella y hundir la cara en su vientre se apoderaron de él.

«¿A qué esperas?», le dijo una voz interior cargada de deseo.

Hincó las rodillas en el suelo y enterró la cara en la suavidad de su piel mientras ella gemía y enredaba los dedos en su cabello.

No encontró resistencia alguna cuando la obligó a abrir los muslos y sus dedos recorrieron la parte interna de estos hasta detenerse a la entrada de su sexo, donde encontró caliente humedad.

— Joder, Juls…

— Jorge… — La escuchó gemir.

El frenesí le invadió y se puso de pie. Con un movimiento precipitado la alzó en volandas y se acercó a la cama mientras ella se aferraba a su cuello

y repartía besos mojados sobre su garganta. La depositó sobre el colchón, cubierto por un edredón blanco, y la miró con hambre mal contenida antes de tenderse sobre ella.

— Voy a serte sincero, me he pasado toda la semana fantaseando con esto — le dijo entre beso y beso.

— Yo también voy a serte sincera. Desde que me llevaste al mirador el miércoles no he podido quitarme de la cabeza cómo sería acostarme contigo

— admitió jadeante.

— ¿Y cómo está siendo?

— Vamos bien. Muy bien. — Su voz rota por la pasión le llegó muy adentro y le pareció lo más erótico del mundo.

Se apretó contra ella y la acalló con su boca mientras sus piernas y sus brazos se fundían.

— ¡Ay! — exclamó ella de improviso— . Me estás clavando el codo.

— Lo siento. Mi intención es clavarte otra cosa.

Ella se echó a reír con ganas y le rodeó el talle con las piernas, contoneándose de manera sinuosa y aprisionando su erección.

— Eres una mala chica.

— Me apetece ser mala contigo esta noche.

— ¡Qué suerte tienes de que me gustes así!

Juls era menuda y se agitaba bajo sus manos de un modo delirante. Su piel estaba dorada por el sol menos en aquellos lugares que el bikini había cubierto. Y era preciosa; no había otra palabra para describirla.

Rodaron por la cama, disputándose el honor de estar encima. Él se rindió con facilidad y la dejó ganar. Ella se sentó a horcajadas sobre sus caderas y él cerró los ojos un instante cuando sintió el calor del femenino sexo pulsando contra su miembro. Cuando ella comenzó a deslizar la boca por su cuerpo, bajando desde su cuello hasta su pecho y luego su estómago, él no hizo ni un solo movimiento y aguardó con la respiración contenida hasta que ella llegó a su destino y le acogió en su boca. Gimió al sentir toda aquella calidez y humedad rodeándole. Controló el impulso de bombear con las caderas mientras dejaba que ella adquiriese su propio ritmo. Sus labios le succionaron de veinte mil formas posibles y su lengua jugueteó con él,

arrancándole gruñidos de gozo. Terminó por alzar los brazos por encima de la cabeza y disfrutar del momento.

— Sí, sí… — gimió una y otra vez mientras el calor le inundaba.

Quizá habían pasado veinte segundos o quizá veinte minutos — el tiempo había dejado de tener significado— , cuando comenzó a notar una sensación pulsante en la parte baja de su miembro.

No quería que su primera vez terminara así y se apresuró a apartarla. La contempló a través de las pestañas. Ella tenía las mejillas encendidas y los labios empapados. Aquella imagen le resultó erótica y muy excitante. Tiró de ella hasta que la tuvo firmemente sujeta entre sus brazos y sus bocas distaban la una de la otra solo unos pocos centímetros.

— ¡Joder, Juls! Eres increíble — le dijo. Y la besó.

— Es solo el principio — farfulló ella.

Jorge aguantó la carcajada arrebatada que quería salirle del pecho y la obligó a rodar sobre la cama hasta que se alzó con el premio de estar encima. Era su turno.

— Quid pro quo 15 — le dijo.

— ¿Me hablas en latín? — ronroneó ella— . Eso me pone.

— Te puedo hablar en alemán, si quieres — propuso, besándole el cuello.

— Hazlo — gimió.

— Ich werde Dich überall küssen. Die ganze Nacht lang 16 — comenzó con voz ronca mientras descendía hasta sus senos.

— ¡Sigue! — balbuceó ella.

— Ich werde Dich streicheln bis du es nicht mehr aushalten kannst 17 —

continuó él, lamiendo sus pezones con infinita lentitud.

Ella expelió un gimoteo ahogado.

Él continuó su viaje exploratorio descendente hasta que llegó a su trepidante vientre. Allí se entretuvo apenas unos segundos, rozándolo con la punta de la lengua. Fue una parada técnica y muy corta, ya que su objetivo era otro y se hallaba enterrado en esa cuna de breves rizos rubios.

— Und danach, werde Ich Liebe mit dir machen bis zu Tagesanbruch 18

— le dijo justo antes de hundir la lengua en su interior.

Su ardor le explotó en la boca. Era evidente que ella se hallaba muy excitada, y esa excitación le sirvió a él de acicate. Sabía que no iba a poder aguantar mucho tiempo, al menos no la primera vez. Repetirían, se dijo al tiempo que recorría los pliegues empapados con su lengua y succionaba su abultado clítoris con complacencia, recreándose en su sabor y su textura.

Juls comenzó a agitarse presa de la ansiedad, dejando escapar gemidos ahogados. Sus sacudidas se hicieron más violentas y él le sujetó las caderas con firmeza, pegándola al colchón mientras seguía devorándola con avaricia.

— Jorge — llegó su voz entrecortada— . Voy a… ¡Me voy a correr!

— Córrete — la animó.

Apenas acababa de decir eso, cuando la sintió ponerse rígida debajo de él y los espasmos recorrieron su cuerpo. El pujante orgasmo llegó con energía y la boca se le llenó de su potente sabor almizcleño. Gruñó satisfecho, llenándose de ella y disfrutando de su clímax como si fuera el propio.

Juls le hundió los dedos en la carne de los hombros y él se entretuvo en darle ágiles besos en la parte interna de los muslos mientras ella se iba calmando poco a poco.

— Te necesito dentro de mí… — La escuchó susurrar.

Excitado y ansioso por cumplir con sus deseos, reptó por la cama hasta que estuvo a su altura. La besó, a sabiendas de que su boca estaba llena de su esencia. A ella no pareció molestarle, por el contrario, le echó los brazos al cuello y profundizó el beso mientras dejaba escapar un gemido contento.

— Espera.

Se apartó y se inclinó hacia su mesilla donde guardaba los preservativos.

Sacó uno del cajón y sin apartar la vista de su rostro exaltado y atrayente, rasgó el envoltorio y se lo puso, ajustando el látex a lo largo de su extrema rigidez.

Ella, quizá inconscientemente, le lanzó una ojeada lasciva a través de las pestañas mientras se acaricia los pechos con abandono y él no pudo resistirse a esa imagen. Soltando un estrangulado gemido, se tumbó sobre su cuerpo. Su miembro pareció saber dónde tenía que ir y se acopló a las mil maravillas al hueco que quedaba entre sus muslos, que ella abrió

invitadoramente. Solo unos segundos después, estaba en su interior y el aire se escapaba de sus pulmones en una suerte de pasional detonación cuando sintió el fuego que desprendían las paredes de su sexo que le engullían y le aprisionaban.

— ¡Dios mío! Esto es una pasada. ¡Joder, cómo me pones!

Ella no dijo ni una sola palabra, se limitó a oscilar las caderas, alentándole a moverse. Y Jorge lo hizo. Comenzó a envestirla, en un principio con parsimonia, pero en cuanto se percató de que ella balbucía algo con impaciencia, aumentó el ritmo y proporcionó vigor a sus envites.

Los besos llegaron para acompañarlos. Besos húmedos y pasionales.

Besos que callaban bocas, pero que también se entretenían en las barbillas, en los pómulos, en las mejillas y que se mezclaban con los jadeos febriles que emergían de sus gargantas.

— ¡Sí, Jorge! ¡Sí, sí!

Animado por sus gemidos, condujo la mano hasta su pulsante clítoris, ansiando que ella alcanzara un nuevo orgasmo junto a él; lo pellizcó con suavidad, sonriendo con vehemencia cuando escuchó su respiración arrebatada.

En cuestión de segundos, un calor abrasador y todopoderoso se formó dentro de él y comenzó a notar la presión en su cuerpo y el zumbido mental que precedía al orgasmo. Su vientre se contrajo virulentamente y, entonces, se derramó dentro de ella, con un fiero rugido.

Solo un segundo después, ella le acompañaba, sollozando de placer.

Se mantuvieron unos cuantos segundos inmóviles, respirando trabajosamente. Él aguantó su peso sobre los antebrazos mientras hundía la cara en su sudoroso cuello y aspiraba su aroma. Terminó por alzar la cabeza y contemplarla. Ella le miraba con sus bellos ojos. Cuando se excitaba los entrecerraba de un modo muy erótico; sus extremos se alzaban hacia arriba creando unas curvas perfectas y llenas de sensualidad.

— ¿Sabes una cosa? Eres hermosa. Quizá la mujer más preciosa que he visto en mucho tiempo — le dijo al tiempo que le apartaba un mechón húmedo de la frente con afectuoso cuidado.

Y no exageraba.

— Supongo que es la emoción postcoital la que habla por ti — se burló ella, acariciándole la mejilla.

— No. Estoy siendo sincero. Creo que eres una belleza.

— Entonces tengo suerte de haber aterrizado en tu cama, ¿no? — siguió bromeando ella.

— ¡Por supuesto! Dos orgasmos en menos de veinte minutos — dijo él con arrogancia fingida, dándole un beso en la nariz— . Si eso no es tener suerte.

— Creído.

Él se rio. Luego agachó la cara y le mordisqueó juguetonamente la clavícula.

— ¡Me haces cosquillas! — protestó con una carcajada.

La ignoró y siguió besuqueándola una y otra vez.

Le sucedía algo inusual con Juls, algo que no solía ocurrirle con otras mujeres, y era la enorme complicidad que sentía estando con ella. Quizá era la primera vez que compartían la cama, pero la sensación era curiosa, como si se conocieran a fondo desde hacía mucho tiempo.

Se apartó a regañadientes y abandonó la cama para deshacerse del preservativo. No pudo evitar escrutarla de arriba abajo. Ella no parecía avergonzada por su desnudez en absoluto. Se había tendido de lado con la cabeza apoyada en una de sus manos y le observaba con los ojos cargados de una emoción que a él no le resultó nada difícil de interpretar. A fin de cuentas, era la misma que él estaba experimentando.

Deseo.

— No se te ocurra moverte ni un milímetro — le advirtió, alejándose hacia el baño.

Escuchó su risa sexi a su espalda.