Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 7 de 40

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Inolvidable

Capítulo 7

Juls

Cerró el ojo derecho y se aplicó una pequeña cantidad de sombra plateada sobre el párpado. Luego repitió la misma operación con el izquierdo y se la difuminó hasta que apenas quedó un trazo de ella. No le agradaba el maquillaje demasiado exagerado.

Después, dio un paso atrás y se observó en el espejo con ojo crítico.

El vestido verde de tirantes no era demasiado corto y tampoco muy largo. La falda le llegaba justo un par de dedos por encima de las rodillas y el corpiño ajustado se amoldaba a la curva de sus senos a la perfección.

Completaban el modelito unos pendientes largos y una gargantilla de plata.

Y no llevaba nada de colorete. Solo la sombra de ojos y brillo transparente en los labios.

Ah, y sus mechones rubios alborotados.

Lista.

A su espalda, escuchó que Mariu tarareaba la canción que salía del móvil que llevaba en la mano.

— Ayyy, ponla desde el principio — gritó al reconocerla— . ¡Me encanta!

Mariu la obedeció. Se acercó a ella y ambas comenzaron a ondular las caderas al ritmo de la música.

— Querría sujetarte las mañanas. Hacer malabarismos con tu voz y con mi voz… — cantaron al unísono.

Juls disfrutó con El Kanka y su Querría mientras se balanceaba con los brazos elevados. Mariu seguía la letra con la misma pasión que ella.

Era una puñetera maravilla.

— Si yo pudiera… — murmuró.

— Si me dejaras… — la secundó Mariu.

Se miraron brevemente a los ojos y se sonrieron.

De pronto, Juls se dio cuenta del atuendo de su amiga y se interrumpió, echándose hacia atrás.

— ¿Y esto?

— ¿Esto? ¿Qué?

— ¡Vas vestida para matar!

— Y tú también.

— ¡Pero yo he quedado con Jorge!

— Yo también he quedado — repuso Mariu muy digna, ahuecándose la larga melena.

Llevaba un vestido negro ajustado y un largo collar negro y plateado.

— ¡¿Con quién?!

— Con Rafa.

— ¿Rafa? — exclamó Juls con sorpresa— . Pensé que te gustaba Dani.

— Y me gusta, pero esta noche trabaja y yo paso de quedarme aquí en casa mientras tú te vas por ahí de cachondeo, así que le dije a Rafa que saliéramos y aceptó.

— Ahora me siento mal por haber quedado con Jorge — suspiró.

— ¡No, mujer! Antes de salir de Madrid acordamos que si alguna pillaba cacho la otra se retiraría educadamente.

— Ya, pero…

— Pero nada. Con sinceridad, si Dani hubiese estado libre te habría dejado tirada yo a ti — dijo con un encogimiento de hombros.

Juls soltó una risita. Adoraba a Mariu y su refrescante sinceridad.

— Lo tendré en cuenta. Por cierto, ¿qué tal estoy? — Hizo un giro de trescientos sesenta grados.

— Espectacular. ¿Y yo?

— Cañón.

Se sonrieron de un modo tontorrón.

— Pon la canción otra vez — dijo Juls— , que nos la estamos perdiendo.

— Vale.

Pero no pudo hacerlo porque el móvil de Juls comenzó a sonar dentro de su bolso, que estaba sobre la repisa del lavabo. Lo sacó con rapidez y su

cara se ensombreció al ver el nombre que aparecía en pantalla.

— ¿Qué pasa? — inquirió Mariu con el ceño fruncido.

— Es Sergio.

No le gustó nada de nada cómo se escuchó su voz, sin aliento y algo herida.

Rechazó la llamada.

— ¿Es la primera vez que te llama desde que cortasteis?

Tragó saliva mientras se quedaba absorta mirando el móvil.

— Sí, es la primera vez.

— Quizá sea algo importante…

A Juls se le escapó una risa amarga mientras guardaba el teléfono.

— Importante para él en todo caso. — Se detuvo y agitó la cabeza, tratando de sacar a su ex de su mente— . Jamás se preocupó mucho por mí, la verdad. En el mundo de Sergio solo existe una persona: Sergio. No creo que eso haya cambiado en las últimas cuatro semanas. Es mejor que no tengamos ningún tipo de contacto. — Hizo una pausa y suspiró con fatiga—

. No sabes las cosas tan desagradables que nos dijimos cuando rompimos.

No quiero saber nada de él.

Mariu guardó silencio. Finalmente, apoyó una mano sobre el hombro desnudo de Juls y se lo presionó.

— ¿Estás segura de que no quieres saber nada de él? Aunque nunca lo hablamos, pareces muy dolida y tengo la impresión de que no le has olvidado.

Si era franca consigo misma, Mariu tenía razón. Tan solo hacía un mes que Sergio y ella habían roto y todavía no le había borrado de su memoria.

Eso era cierto. Pero también era verdad que no pensaba desperdiciar sus primeras vacaciones en mucho tiempo hostigada por su recuerdo. De ninguna manera.

— Sergio es agua pasada — dijo al fin con determinación, sin saber si quería convencer a su amiga o a sí misma. Terminó por clavar sus ojos en los de Mariu que la miraba con atención— . Estamos de vacaciones y he quedado con un tío impresionante que va a venir a buscarme en un coche deportivo. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

Los labios de Mariu se curvaron hacia arriba hasta que su bonito rostro se iluminó con una enorme sonrisa.

— ¿Una amiga que te preste sus oídos cuando quieras poner verde a tu ex? — propuso.

Juls le devolvió la sonrisa.

— No sé cómo hemos podido estar tanto tiempo distanciadas. Te echaba de menos.

— Y yo a ti.

En ese instante, el estridente sonido del timbre del portero automático las sobresaltó.

— ¿Ya? — Mariu miró la hora en la pantalla de su móvil— . Tiene que ser el tuyo, porque yo he quedado en media hora.

Juls atravesó el pasillo y se dirigió al telefonillo con paso firme.

— ¿Sí?

— Soy Jorge. — La voz llegó hasta ella algo distorsionada.

— Ya bajo.

Colgó el aparato en su soporte y se dio la vuelta para mirarse al espejo que había en la entrada. Una expresión aprobadora apareció en su semblante. Después, regresó al baño a buscar su bolso.

— No hagas nada que yo no haría — le dijo su amiga con picardía.

Juls le guiñó un ojo.

— ¿Llevas condones?

La pregunta llegó de un modo inesperado, aunque no la pilló del todo de sorpresa. Mariu era así. Juls agitó su bolso en el aire. Sí, llevaba preservativos. Siempre lo hacía. Era bastante previsora y no dejaba nada al azar ni en manos de otra persona. No tenía pensado acostarse con Jorge esa noche; solo tenía ganas de una cena interesante, una buena conversación y algo de coqueteo, nada más, pero quién sabía dónde podía desembocar todo aquello. A pesar de que el sexo no entraba en sus planes, Jorge era muy atractivo y quizá le hiciera cambiar de idea.

«Y así te olvidas de Sergio por completo», se dijo.

— Pasadlo bien — exclamó Mariu cuando estaba a punto de abandonar la vivienda.

— Vosotros también — repuso.

Bajó los escalones de las dos plantas que la separaban del portal con agilidad. Llevaba unas sandalias planas, y aunque eso le robaba la ventaja de la altura — ya se había percatado de que Jorge alcanzaba el metro ochenta y cinco con facilidad— , se sentía más cómoda con ese calzado.

Él la estaba esperando junto a la puerta. Había estacionado el fabuloso coche frente a la entrada del garaje de la urbanización y puesto las luces de emergencia. Llevaba un desgastado pantalón vaquero, una camisa de lino tostada y zapatillas deportivas blancas. Y no se había molestado en afeitarse esa sombra que le oscurecía el mentón.

A Juls le gustó lo que vio.

A él también debió de agradarle su aspecto porque frunció los labios y silbó con admiración cuando ella se plantó a su lado.

— Estás guapa. ¿Lo has hecho por mí? — inquirió con tono provocador.

— En realidad lo he hecho por el coche. Se lo merece.

— Mujeres… — protestó guasón— . Qué volubles sois. Yo sí me he arreglado por ti.

— No estás mal.

— ¡Qué poco entusiasmo! — La contempló con una ceja arqueada mientras le abría la puerta del pasajero— . Me voy a ofender.

Ella se rio. Se sentía a gusto con su desenfado.

Aunque el Porsche era bastante bajo, como todos los deportivos, y le costó entrar debido a la estrechez de su falda, una vez que se hubo acomodado en el asiento de cuero negro, se dio cuenta de lo confortable que resultaba.

Observó a través del parabrisas cómo Jorge daba la vuelta al vehículo para dirigirse a la puerta del conductor y no pudo evitar examinarle con interés. Aquella ropa informal le sentaba bien, y con el pelo alborotado y esa barbita de tres días que le cubría la parte inferior de la cara resultaba un maravilloso espectáculo. Si seguía siendo tan encantador como hasta ese momento quizá sí necesitara hacer uso de los preservativos, se dijo cuando una ola ardiente la recorrió de arriba abajo.

— He reservado mesa en un restaurante que hay aquí cerca, pero todavía tenemos media hora así que voy a aprovechar y a llevarte a dar esa vuelta que querías — dijo él, ajustándose el cinturón.

Casi había anochecido del todo y la luz del ocaso teñía el ambiente de rojizas sombras tenues. Los faros se encendieron en cuanto Jorge arrancó.

Juls sintió cómo la adrenalina viajaba por sus venas cuando escuchó el sonido del potente motor y sintió las vibraciones por todo su cuerpo.

— ¿Preparada? — preguntó él, pisando el acelerador con una sonrisa desvergonzada.

— ¿Vas a ir en plan Fernando Alonso por la ciudad? — soltó con alarma.

— No vamos a ir por la ciudad. Vamos a la carretera. Y yo estoy más morenito. Me parezco más a Lewis Hamilton, nena — le lanzó con un guiño exagerado.

El coche se alejó de la acera y, pronto, abandonaron la calle en la que se encontraba el edificio y se internaron en otra no tan estrecha. No había mucha gente. Solo se cruzaron con unos cuantos chicos jóvenes que caminaban por la acera, sin duda camino de la playa.

A pesar de que él conducía con velocidad moderada, Juls estaba excitada. Lo notaba en el encogimiento de su estómago y la humedad de las palmas de sus manos. No sabía muy bien si era porque estaba a solas con un extraño camino de lo desconocido en un coche espectacular o porque ese extraño le interesaba. Lo averiguaría a lo largo de la noche, se dijo.

Solo unos minutos después, alcanzaron una rotonda y el coche se detuvo delante de una señal de ceda el paso.

— Aquí estamos — Señaló él la amplia carretera que se abría al otro lado de la circunvalación— . Este es un vial que hicieron hace unos años que une algunos pueblos que hay por aquí: Finestrat y La Nucía. También lleva a Terra Mítica. ¿Has oído hablar de Terra Mítica?

— ¿El parque de atracciones?

— Sí. Está a un par de kilómetros.

— ¿Y qué tiene de especial esta carretera?

— Que apenas hay tráfico, que los carriles son anchos y que lleva a la autopista. Allí podemos probar el Porsche — dijo al tiempo que la contemplaba con los ojos brillantes y una sonrisa ladeada.

El corazón de Juls dio un vuelco en su pecho. Jorge era realmente atractivo. Mucho. Ahora solo esperaba que no fuera un loco del volante.

El coche arrancó con un suave tirón y, después de rodear la rotonda, se internó en la bien iluminada carretera que ascendía en pendiente y que, como él había dicho, estaba desierta. Altas palmeras se erguían en la mediana que separaba los carriles.

— ¿Música? — preguntó él de pronto mientras abría las ventanillas y dejaba que la brisa vespertina entrara en el coche.

— Claro.

Él encendió la radio. El visor señalizó que tenía sintonizada Kiss FM.

Sonaba un antiguo tema de Madonna del cual ella no recordaba el título.

— ¿La dejo? — inquirió él.

— Por mí, perfecto. Me gusta.

— Genial. Yo también soy muy ochenter .

Juls no tuvo tiempo de replicar porque él aceleró y el viento le arremolinó el cabello, sorprendiéndola e impidiéndole hablar.

Casi por instinto, se agarró con las dos manos al borde del asiento. El cuero le resultó cálido bajo la palma de las manos. Le observó de reojo. Su perfil mostraba a las claras que se estaba divirtiendo y disfrutaba de la conducción.

No tardaron en alcanzar otra rotonda y él frenó para atravesarla, pero volvió a acelerar en cuanto la dejaron atrás. La operación volvió a repetirse unos kilómetros más adelante. Aparentemente, esa carretera estaba llena de amplias glorietas. De vez en cuando, se cruzaban con algún que otro vehículo que circulaba en dirección contraria, pero apenas había tráfico. La oscuridad se cernía sobre el paisaje cubriéndolo de negro, negrura que los potentes faros del Porsche se empeñaban en hacer desaparecer.

Llegaron a una nueva rotonda — la cuarta si Juls no había contado mal

— , adornada con un círculo blanco semejante a un platillo volante sostenido por unas altas barras de hierro. Jorge, en lugar de atravesarla, la rodeó y puso el intermitente, dirigiéndose hacia la rampa que conducía a la autopista. Solo unos segundos más tarde se encontraban frente al peaje.

Detuvo el coche junto a una de las máquinas y cogió un ticket.

— Pensaba que teníamos una reserva para dentro de media hora —

murmuró ella.

— Y llegaremos a tiempo, no te preocupes. Vamos a dejar que el coche vuele.

Ella le lanzó una rápida mirada agitada, pero no dijo nada.

La canción cambió y los altavoces escupieron Message in a bottle de Police. Juls comenzó a tararearla, quizá para rebajar algo los nervios que se apoderaron de ella después de la última frase que él había pronunciado.

— ¿Te gusta Police? — le preguntó él.

— Sí — asintió.

Félix, su hermano mayor, era el que había educado su gusto musical.

Dado que le sacaba diez años, Juls se había criado escuchando canciones de lo más variopinto.

Jorge subió el volumen y la voz de Sting llenó el interior de la cabina, envolviéndolos. Después, tomó la desviación hacia Valencia. Y entonces, una vez que hubieron alcanzado la autopista, el coche sí que pareció volar sobre el asfalto. Jorge se situó en el carril izquierdo y adelantó a todos los demás vehículos que circulaban por la carretera.

— ¿Vas bien? — le preguntó, alzando la voz para hacerse oír por encima de la música. Su entusiasmo resonó potente en aquellos dos monosílabos.

— Sí — repuso ella casi sin aliento.

Él emitió una risa ronca mientras cambiaba de marcha con un gesto vibrante y seguro.

Juls miró el cuentakilómetros con nerviosismo y se percató de que acababan de alcanzar los ciento cuarenta kilómetros por hora, no obstante, la velocidad parecía ser muy superior debido al viento que entraba a través de las ventanillas.

— No estoy loco — exclamó él de repente.

— ¿Cómo?

— Es cierto que estoy sobrepasando el límite de velocidad, pero no demasiado. No te preocupes, que no voy a pisarle más.

— Estoy bien — le aseguró.

Echó un vistazo a su derecha. Los arbustos que había plantados en el arcén pasaban raudos frente a sus ojos. Las sombras de la noche impedían ver el mar, pero las luces de los altos rascacielos de Benidorm eran plenamente visibles a lo lejos.

No había mentido al decir que estaba bien. Lo estaba. La emoción de la conducción le recorría las venas y hacía que una delirante exaltación se le concentrase en el pecho. Nunca se había tenido por una fanática de la velocidad, pero debía de serlo.

Bruce Springsteen llegó para sustituir a Sting y Jorge dejó escapar una exclamación mientras golpeaba el volante con entusiasmo con la mano izquierda antes de comenzar a cantar.

Juls volvió a estudiarle, fascinada por su mímica y su forma de comportarse. Todo en él parecía gritar libertad y espontaneidad. Irradiaba una especie de caos contenido que le resultaba muy atrayente.

Él ladeó la cara, como si se hubiese percatado de que ella le estudiaba, y le dirigió una sonrisa inmensa.

Una sonrisa preciosa.

— Voy a coger la siguiente salida. Ha sido corto pero intenso, ¿no?

Ella asintió, devolviéndole la sonrisa casi sin ser consciente de que lo hacía.

No tardaron en abandonar la autopista, tal y como él había dicho. Unos segundos después, el Porsche se detuvo junto a las máquinas del peaje y Jorge pagó con su tarjeta de crédito.

A una velocidad mucho más moderada, se incorporaron al tráfico que rodaba por la carretera — que era bastante fluido— , hasta que alcanzaron una rotonda en la que destacaban las oscuras letras de BENIDORM justo delante de una fuente iluminada. Al fondo, los altos edificios de la ciudad se recortaban contra el cielo oscuro.

A Juls se le quedó grabada esa curiosa imagen en las retinas. Había viajado con frecuencia por España y estado en muchos sitios, pero Benidorm tenía algo diferente, era cosmopolita y muy moderno. Parecía irreal, como un oasis en medio del desierto con sus edificios excesivamente altos a la orilla del mar.

El vehículo se adentró en las calles de la ciudad, muy concurridas a esa hora. La zona que atravesaban tenía un aspecto muy diferente a la zona donde se encontraba el apartamento de los padres de Mariu. Había más locales, más comercios abiertos — incluso a esa hora de la noche— y muchos restaurantes. Bullía de actividad.

— Vamos a llegar justo a tiempo — murmuró él.

Ella miró el reloj en el salpicadero y vio que eran las diez menos diez.

Apenas llevaban veinte minutos montados en el coche, sin embargo, la experiencia había resultado tan vívida que parecía que llevasen juntos unas cuantas horas. Se giró en el asiento y se encontró con la mirada directa de él que, en lugar de estar pendiente de la carretera, la miraba a ella con diversión.

— ¿Y bien? ¿Ha merecido la pena ponerse tan guapa para este coche estupendo? — continuó.

— Sí — respondió jocosa— . El chaval se ha portado. Y tú tampoco lo has hecho del todo mal.

— Tienes razón, todo el mérito es del coche — resopló— . Yo solo he sujetado el volante, cambiado de marchas, controlado el embrague, el freno y el acelerador y he puesto los intermitentes en el momento adecuado…

Nimiedades.

— Tú lo has dicho. Nimiedades. Me has leído el pensamiento.

Él se rio.

Ella volvió la vista de nuevo hacia el exterior, fijándola sobre las luces de los locales que iban dejando atrás.

— ¿Te gusta Benidorm? — le preguntó él.

— Me parece fascinante. Creo que nunca había visto una ciudad como esta. No parece real.

— La llaman la Manhattan del Mediterráneo. Es evidente por qué.

Ella alzó la vista hacia los edificios que bordeaban la carretera por la que circulaban. Apenas podía distinguir sus contornos contra el negro cielo, pero sus ventanas iluminadas daban fe de sus impactantes alturas.

— Sí. No me extraña.

Hubo un silencio solo interrumpido por una nueva canción que a ella no le sonaba. Sorprendentemente, Jorge también la tarareó. Parecía conocerlas todas.

— Hemos llegado al restaurante — dijo él al cabo de un minuto— . Es ese de ahí. — Señaló una construcción de una planta iluminada en tonalidades azules, parcialmente oculta por unos setos, a unos cincuenta metros de distancia.

Juls recorrió el lugar con la vista. Le sorprendió que el ambiente pareciese tan romántico.

La suerte los sonreía porque había un hueco en la acera justo frente a la entrada y Jorge estacionó el coche sin tener que hacer demasiadas maniobras.

— Espero que te guste — continuo él— . No está en primera línea y las vistas no son gran cosa, pero el sitio es muy agradable y se come muy bien.

Si quieres, después de cenar, podemos dar un paseo por la playa. Como veas.

Juls asintió. A pesar de que su tono de voz era práctico y no mostraba ni un ápice de flirteo, a ella le sorprendió el ofrecimiento.

¿Un restaurante coqueto y un paseo nocturno por la playa?

Aquella velada estaba resultando ser más íntima de lo que había esperado.

Jorge

La cena estaba siendo un éxito. Era algo con lo que había contado. Había estado varias veces en La Falúa y sabía que el ambiente era excelente y que la comida estaría a la altura. Con lo que no había contado, aunque sí esperado, era con que la conversación y la compañía fuesen tan perfectas.

Juls era encantadora y divertida. Y, a pesar de su menudo aspecto, comía con apetito y entusiasmo, disfrutando de los platos que habían decidido compartir. Ya habían dado buena cuenta de un tartar de atún rojo y un carpaccio de solomillo y ahora estaban saboreando unas gambas rojas y una ensalada de perdiz en escabeche, platos que acompañaban con sendas copas de vino tinto.

Estaban sentados en la terraza exterior, aislados de la calle gracias al jardín que rodeaba el restaurante y a los setos que lo separaban de la acera.

Corría una agradable brisa que traía hasta ellos el perfume de las flores que decoraban el pequeño vergel.

Hasta el momento, la conversación había versado sobre temas muy generales. Hablaron de películas que habían visto y de lugares comunes que habían visitado. Él le contó cómo había conocido a Rafa y a Dani, mientras

que ella le habló de su amistad con Mariu. Ambos se rieron cuando salió el tema de que aquella noche Mariu y Rafa habían salido juntos.

— Si te soy sincero, pensaba que a tu amiga le iba más mi amigo Dani.

— Y es así, pero tu amigo hoy tenía el turno de noche, por lo que he podido entender, y Mariu quería salir.

— Ahhh, con que eso es lo que ha pasado — dijo con soniquete— .

Rafa no me ha contado esa versión. Más o menos me ha dado a entender que tenía una cita.

— Pues espero que no se ilusione demasiado porque el interés de Mariu está en otro sitio.

— Ya son mayorcitos, que lo resuelvan ellos.

Ella asintió mientras pinchaba unos cuantos canónigos. Se quedó callada con el tenedor suspendido en el aire mientras le estudiaba con atención.

— Dilo — instó él— ¿Qué se te está pasando por la cabeza?

Ella se llevó el tenedor a la boca, masticó y tragó antes de contestar.

— Te conoces todo el repertorio de Kiss FM — dijo al fin con las cejas arqueadas— . No aparentas más de veintiséis o veintisiete años, pero debo de estar equivocada.

Él se rio.

— Has acertado. Tengo veintiséis. La verdad es que la culpa de que me guste la música de los ochenta es de mis padres — repuso con una sonrisa de oreja a oreja— . Desde pequeño he tenido que escuchar esas canciones.

Cuando éramos unos críos, mi padre construyó una especie de escenario de madera en el jardín para que hiciésemos actuaciones. Se suponía que era solo para mí y mis hermanos, pero al final era él el que más lo usaba, con absoluto entusiasmo — le contó, poniendo los ojos en blanco— . Y sigue igual. Los domingos solemos hacer unas fiestecitas bastante intensas en su casa.

— ¿En serio?

— Sí. Es un friki. Mi padre es de Madrid y vivió toda la movida madrileña de los ochenta. Sigue anclado en ella, al menos musicalmente hablando.

— ¿Y cómo es que terminó en Benidorm? — inquirió ella con curiosidad.

— Se vino un verano a trabajar de camarero y conoció a mi madre que estaba de vacaciones. Y surgió algo entre ellos. Una cosa llevó a la otra y ninguno volvió a su casa. Se quedaron aquí y se fueron a vivir juntos. El amor es lo que tiene — resumió burlón.

— Qué romántico — murmuró ella con una sonrisa.

— Sí, eso y que mi madre se quedó embarazada de mi hermano mayor

— se rio con sorna— . Eso los unió todavía más.

— ¿Tienes muchos hermanos?

— Somos cuatro. Mi hermano Diego es el mayor. Me saca un año.

Luego estoy yo, después viene Erika, que tiene dos años menos que yo, y por último está Lukas, el pequeño, que tiene veinte.

— Yo tengo dos hermanos más mayores. Rodrigo, que me saca quince años. Y Félix, que me saca diez.

— ¿Qué fuiste? ¿Un accidente?

— Mis padres dicen que fueron a buscarme porque querían una niña a toda costa, pero en alguna ocasión se le ha escapado a mi padre que fui un simple error de cálculo — dijo con un encogimiento de hombros— . Lo tengo asumido.

— Igual que mi hermano Lukas — repuso él— . Nosotros nos burlamos de él siempre y le llamamos el indeseado .

— ¡Qué crueles!

— Lo soporta con filosofía. Ya nos conoce. Él nos llama cosas peores, no sientas lástima.

Siguieron hablando un rato sobre sus respectivas familias, haciéndose reír mutuamente con anécdotas de lo más estrafalarias. Jorge le habló del día en que, con tres años, tiró todos los relojes de la familia al retrete. La historia provocó que los ojos de Juls se abriesen como platos y soltara una exclamación divertida. También le habló del día en que decidió que su hermana estaría mucho más guapa con el pelo corto, como el de él, y se lo cortó.

— ¿Cuántos años tenías? — inquirió ella con una risa.

— Siete. No me lo tengas en cuenta — respondió— . Me gustaban las chicas con el pelo corto, ya ves. Bueno, por aquel entonces, y ahora —

añadió con tono provocador clavando la mirada en su corte estilo pixie .

Ella resopló con ironía. Sin embargo, su actitud desapasionada quedó desmentida por el rubor que cubrió sus mejillas.

A Jorge le gustó saber que podía despertar aquella reacción en ella.

— ¿Y qué hicieron tus padres cuando lo descubrieron? — continuó ella tras unos segundos.

— Mi madre me rapó la cabeza — confesó— . Por aquel entonces yo estaba muy orgulloso de mi pelo ondulado y sufrí mucho — exageró.

— ¡Que fuerte! ¡Joder con tu madre!

— Es alemana — dijo como si aquello lo explicase todo.

Y lo hacía, de hecho. Anna Schwarz, a pesar de su aspecto dulce y su silenciosa personalidad, era una mujer de armas tomar con un carácter teutónico y cuadriculado. Su padre decía muchas veces que tenía dos veces más cojones que él.

Juls no tardó en compensarle relatándole cómo su hermano Rodrigo descubrió que no se podía echar detergente de fregar los platos al lavavajillas. La espuma estuvo a punto de inundar la casa entera. También le habló del día en que su hermano Félix estrelló el coche nuevo de su padre contra un árbol después de haberlo cogido sin permiso. A pesar de la diferencia de edad con sus hermanos, hablaba de ellos con un gran afecto, como si estuviesen muy unidos.

— Tú eras una niña buena, entonces. ¿Solo tus hermanos hacían travesuras?

— La verdad es que sí. Era muy buena y no hacía nada malo. Ni una sola trastada — dijo con fingida inocencia.

— ¿Por qué será que no te creo? Tienes pinta de diablillo.

En realidad, era más bien pinta de duendecillo. Campanilla. Se mordió los labios para no decirlo en voz alta.

En ese instante, el camarero se acercó para retirarles los platos y preguntarles si iban a querer algo de postre.

Juls frunció el ceño, indecisa.

— ¿Compartimos algo? — le preguntó él— . El tiramisú está de vicio.

— Vale — aceptó ella tras apenas unos segundos de vacilación.

Jorge alzó su copa de vino en el aire. Seguía siendo la primera de la noche y ahí se terminaba su aventura con el alcohol. Tenía que conducir y

cuando manejaba un vehículo no bebía demasiado.

— No hemos brindado ni una sola vez — dijo.

— ¿Por qué quieres brindar?

— Por nosotros. Por el comienzo de una… hermosa amistad. — La pausa que hizo fue notoria.

— Muy bien. Por nuestra… amistad — repuso ella, alzando su copa también.

— O por lo que surja — añadió él, vaciando la copa de un trago.

Ella le miró con los ojos entornados, pero terminó por darle un trago a su vino. Después apartó la mirada y la llevó hasta el jardín.

Jorge dejó la copa sobre la mesa y se entretuvo en contemplar su perfil.

Ella, ajena a su escrutinio, sonreía mientras sus ojos se posaban sobre una mariposa que revoloteaba entre las flores. La iluminación provenía de los focos que había encastrados en el suelo y de los faroles que adornaban el parterre. Esa tenue luz dibujaba curiosas sombras sobre el rostro de ella que a él le pareció todavía más atractivo que la noche anterior.

Con ese vestido verde, el cabello corto y los pendientes plateados que reflejaban la luz parecía verdaderamente un ser etéreo, casi de cuento de hadas. Aunque no había ninguna duda de que era una mujer, pensó mientras sus ojos recorrían sus hombros desnudos y la curva de pecho.

Una mujer muy hermosa.

Había sido muy franco al hacer el brindis. Era probable que pudiera surgir una amistad entre ellos, pero si algo tenía claro después de aquella agradable cena, era que él quería algo más. La atracción que sentía por ella había ido en aumento desde que fue a recogerla a su casa con el Porsche. Y, si no se equivocaba, ella también se sentía atraída por él.

El camarero colocó el postre en el centro de la mesa y depositó dos cucharas sobre el borde del plato.

Jorge no perdió el tiempo. Cogió una porción del tiramisú y se la ofreció. Era un gesto íntimo y cargado de significado que le iba a servir para tantear las aguas.

Ella se inclinó hacia delante y aceptó el dulce, abriendo la boca y dejando que él la alimentara como si fueran una pareja convencional y no dos extraños que apenas se habían conocido la noche anterior.

Jorge sintió un pequeño tirón en la entrepierna al ver cómo ella engullía la cuchara con sus labios carnosos.

— Vale — murmuró.

— ¿Vale?

— Cosas mías.

— ¿Puede ser que esta situación te ponga? — inquirió ella con deliberada suavidad.

Él le lanzó una ojeada desafiante.

— ¿Eres adivina?

— No. Es que eres muy transparente.

— ¿Tanto se nota?

— ¿El qué? ¿Que te gustaría ser esa cuchara? — preguntó con tono incitante— . Pues sí.

El rompió a reír.

— Me has pillado.

— ¿De verdad tienes tantas ganas de besarme? — susurró. Lo hizo al tiempo que cogía su propia cuchara y tomaba un trocito de tiramisú que se introdujo en la boca con exasperante lentitud.

Los ojos de Jorge siguieron aquel movimiento mientras aguantaba la respiración.

— Sí — admitió.

Después de aquello ninguno de los dos dijo ni una palabra.

Permanecieron en silencio, comiendo pequeñas porciones de aquel delicioso postre mientras se retaban con la mirada y la tensión sexual iba aumentando.

Al final fue ella la que rompió aquel mutismo en el que ambos se hallaban inmersos.

— ¿Y si nos vamos a otro sitio? ¿No has dicho antes algo de dar un paseo por la playa? — Su voz sonaba aterciopelada.

Jorge sintió cómo una chispa explotaba en su estómago.

— Me parece perfecto. Voy a pedir la cuenta.

Ni siquiera había tenido tiempo de levantar la mano para llamar la atención del camarero cuando su móvil comenzó a vibrar en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó y echó un rápido vistazo a la pantalla.

Erika.

¡Qué oportuna!

— Dime — respondió con algo de exasperación.

— Jorge, ¿puedes venir a buscarme? — Su hermana sonaba muy agitada y la preocupación hizo presa en él.

— ¿Ha pasado algo? ¿Dónde estás?

— Estoy en Altea. He discutido con Alberto y me ha dejado tirada aquí en medio de la carretera. Y se ha llevado mi bolso. Solo tengo el móvil.

Jorge cerró los ojos. No era la primera vez que su hermana y su novio discutían y este la dejaba tirada. Era un imbécil como la copa de un pino.

— Sé que ibas a salir con una chica — continuó ella con voz lastimera

— . Y no quiero molestar, pero he intentado llamar a Diego y lo tiene apagado. Y Bea está en Valencia en casa de su prima. Solo me quedas tú con coche. Y paso de llamar un taxi; no tengo dinero y tendría que despertar a papá y darle explicaciones y ya sabes cómo se pone de pesado. Por favor… — gimoteó.

Jorge miró a Juls que aguardaba con tibia curiosidad a que él terminase la conversación. Maldijo para sus adentros.

— Exactamente, ¿dónde estás? — claudicó.

— Frente a la estación de trenes.

— Vale — suspiró— . En veinte minutos estoy ahí.

— Jo, Jorge, lo siento muchísimo. Sabes que no te habría llamado si hubiera podido evitarlo, pero es que… — Su tono de voz se ensombreció y llegó entrecortado— . Alberto es un gilipollas… y yo más por seguir con él… — Un pequeño sollozo interrumpió la última sílaba.

— ¿Has bebido?

Su hermana no solía derramar ni una lágrima, si estaba tan alterada era obvio que algo de alcohol corría por sus venas.

— Un poquito — confesó.

No podía dejar a su hermana tirada en esas circunstancias. Erika le necesitaba.

Su velada se iba a la mierda.

— Venga, no llores. No tardo nada.

— Vale — dijo ella con vocecita antes de cortar la comunicación.

Jorge dejó el móvil sobre la mesa y miró a Juls con un rictus de disculpa.

— Creo que nuestro paseo por la playa va a tener que esperar. —

Mientras decía eso, le hizo una señal al camarero para que les trajera la cuenta.

— ¿Ha pasado algo? — inquirió ella con preocupación.

— El gilipollas del novio de mi hermana la ha dejado tirada. Lamento mucho tener que interrumpir nuestra noche tan bruscamente.

— No pasa nada — rechazó con un ademán.

Él chasqueó la lengua, contrariado.

— Sí pasa. Lo último que deseaba era que tuviéramos que despedirnos así.

Antes de que ella hubiera podido decir nada más, el camarero se acercó con la cuenta. Jorge se sacó la cartera del bolsillo.

— Creo que deberíamos pagar a medias — ofreció ella, hurgando en su bolso.

— Para nada — rechazó contundente— . Hoy pago yo y la próxima vez pagas tú.

— ¿Va a haber una próxima vez?

Él depositó un par de billetes sobre el plato de porcelana antes de responderle.

— Lo prometo — dijo en voz baja con tono persuasivo.

Después se incorporó y esperó a que Juls también lo hiciera. Apoyó una de sus manos sobre su espalda y la guio hacia la salida. En solo unos segundos alcanzaban el coche y él le abría la puerta del pasajero. Después de que se hubiera acomodado en el asiento, rodeó el Porsche y accedió a su interior.

— ¿Haces algo mañana por la tarde? — le preguntó mientras se ponía el cinturón de seguridad.

— Nada especial. Supongo que bajar a la playa.

A la tenue luz del salpicadero vio cómo ella se humedecía el labio inferior con la punta de la lengua y volvió a maldecir la situación para sus adentros. ¡Mierda! ¿Por qué se había ido todo al carajo? De nuevo, las ganas de besarla le apresaron.

— Ven a mi casa, entonces.

— ¿A tu casa? — inquirió con estupefacción.

— A la casa de mis padres — aclaró— . Tú y tu amiga. A una de esas fiestecitas de las que te he hablado antes.

— Pero tus padres no nos conocen.

— No importa. Siempre vienen todos nuestros amigos. La verdad es que la casa se llena de gente. Por favor — añadió con aire persuasivo— . Venid.

Os lo pasaréis bien. Yo os recojo. Mis amigos también estarán allí. Lo digo por tu amiga y Dani… Seguro que tienen ganas de verse… — Le guiñó un ojo.

No hacía falta que añadiera que era él quien tenía ganas de verla a ella.

Juls pareció vacilar unos segundos, pero finalmente asintió con ligereza.

— ¡Genial! — exclamó él con júbilo.

Quizá la velada se había ido a la mierda, pero todavía tenía el día siguiente para ver hasta dónde los llevaba ese coqueteo.

Nuevamente de buen humor, arrancó, bajó las ventanillas y volvió a encender la radio. Sonaba Love is all around de Wet Wet Wet.

— ¿Esta también te la sabes? — le cuestionó ella.

— ¡Por supuesto! — exclamó y asintió con vigor— . You gave your promise to me and I gave mine to you. I need someone beside me in everything I do. Oh, yes I do 7 — cantó.

Ella se rio y él se unió a su risa mientras la miraba a hurtadillas.