Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 8 de 40

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Inolvidable

Capítulo 8

Jorge

Pasaban las dos del mediodía cuando Jorge aparcaba el Porsche frente al muro de color beige que rodeaba la casa de sus padres. Se bajó del coche y sacó el equipaje de su madre del maletero.

— ¿Qué te ha parecido el paseo, mamá? — le preguntó mientras ella abandonaba el vehículo— . No está mal el cochecito, ¿eh? — añadió.

— Ingeniería alemana — repuso Anna Schwarz con un fuerte acento teutónico. La condescendencia era inequívoca en su tono, como si no pudiera ser de otra manera.

Jorge se rio y meneó la cabeza. Su madre era una snob. Para ella, todo lo germano era perfecto.

La había recogido en el aeropuerto hacía apenas una hora y, después, había dejado que el coche hiciese su magia. Ella, acostumbrada a las autopistas alemanas en las que no había límite de velocidad, disfrutó tanto como él del viaje. Incluso se permitió lanzarle alguna que otra sonrisa cómplice, algo que solía encajar poco con su carácter frío y serio.

La puerta metálica marrón se abrió con ímpetu y su padre apareció en el hueco. Se dirigió como una exhalación hacia su mujer, la elevó en el aire y depositó un apretado beso sobre su boca al que ella correspondió con menos fogosidad.

Jorge puso los ojos en blanco, sin embargo, no pudo evitar sonreír para sus adentros. Sus padres, pese a que llevaban juntos más de veinticinco años, seguían comportándose como una joven parejita adolescente.

— Te he echado de menos. — Escuchó que decía su progenitor.

— Ich Dich auch 8 — respondió su madre.

Quienes no los conocían siempre pensaban que su forma de interactuar era estrafalaria. Su padre le hablaba en español, pero ella solía alternar ambos idiomas. A veces hablaba en alemán y otras empleaba el español.

— Perdonad, pero esto pesa — se inmiscuyó, empujándolos a un lado para que dejaran libre el acceso que conducía al jardín delantero.

— ¡Envidioso! — le tiró Tony Alba.

Jorge le ignoró. Cargado con las dos bolsas de viaje de su madre, atravesó el camino de adoquines grises y no tardó en acceder al interior de la vivienda. Su padre, en su prisa por ir a buscar a su madre se había dejado abierta la puerta de la casa.

Era una edificación de una sola planta de estilo moderno, que alternaba en su fachada el color blanco y los ladrillos caravista. Altos ventanales decoraban toda la parte derecha de la vivienda y en el tejado había un solárium acristalado con una barandilla de metal.

Jorge y sus hermanos se habían criado en otra urbanización más cercana a la ciudad, pero después de que Diego se mudara, hacía ya unos años, sus padres decidieron vender la casa y comprar esa algo más pequeña. Ahora, solo Lukas y Erika vivían allí con ellos.

— ¿Qué tal el coche en la carretera? — le preguntó Erika desde la cocina abierta integrada al salón. No se mostraba triste o afectada. El disgusto de la noche anterior y la discusión con su novio no parecían haberle pasado factura.

— De lujo — le respondió sin detenerse, camino del dormitorio de sus padres. Su hermana le siguió— . Lo he puesto a ciento setenta y no veas cómo coge las curvas.

— Esta tarde cuando venga Rafa voy a llorarle un poquito a ver si me lo deja — repuso ella con cierto tono de envidia.

Su hermana era mecánica y aunque su especialidad eran las embarcaciones, no le hacía ascos tampoco a los coches. Ya la noche anterior, cuando él la recogió con el Porsche, se pasó medio trayecto admirando sus formidables cualidades y hablando de cilindrada y potencia, algo que a él no le importaba demasiado.

— Pues mucha suerte, ya sabes cómo es — le lanzó él, dejando las bolsas sobre la cama.

— ¡La barbacoa está casi lista! — Se escuchó la voz de Lukas desde el exterior.

— ¿Qué habéis comprado? — le preguntó Jorge a Erika.

— Presa, secreto, pinchos morunos y hamburguesas. Y pollo para mamá.

Salieron ambos al jardín por la puerta corredera del salón. A su derecha, se hallaba la piscina cuya superficie relucía al sol e invitaba a sumergirse. A su izquierda, junto a la barbacoa, estaban Diego y Lukas. El primero, luciendo un bañador negro y una camiseta blanca, dándole la vuelta a la carne con unas pinzas. Lukas, con un bañador de rayas verdes, colocaba los platos sobre la mesa, que se hallaba bajo un cenador blanco.

— ¿Necesitáis ayuda? — les preguntó Jorge.

Los dos negaron.

— Me voy a dar un baño rápido, entonces.

Se despojó a toda velocidad de la camiseta y los pantalones, debajo de los cuales llevaba un bañador, se quitó las zapatillas y se encaminó hacia el borde. No tardó en sumergirse en las azules profundidades de la piscina. La temperatura del agua era ideal, ni demasiado fría ni demasiado caliente.

Atrás habían quedado los sofocantes días de verano que convertían el líquido elemento en un caldo desagradable.

Hizo unos largos buceando. La piscina no era muy grande y no tuvo necesidad de sacar la cabeza fuera del agua. Finalmente, emergió y nadó de espaldas, sin esforzarse demasiado, hasta que alcanzó uno de los bordes y se acodó en él, dejando que sus piernas bambolearan dentro del agua. El sol le calentó con rapidez.

Contempló a su familia desde la distancia. Su padre se había unido a sus hermanos y le había arrebatado las pinzas a Diego, ocupando su lugar frente a la barbacoa. Lucía unas bermudas negras y una camiseta roja y su pelo castaño, tan similar al de Jorge, le caía rebelde sobre la frente. Su cara apenas presentaba arrugas y sus ojos fulguraban divertidos. No aparentaba los cincuenta y dos años que tenía.

Diego tomó asiento en una de las tumbonas cercanas al borde de la piscina. Jorge le echó una ojeada, pero su hermano permanecía absorto con la vista perdida en algún punto indefinido del horizonte.

Lukas se había aproximado al equipo de música que tenían en un extremo del jardín, junto a la plataforma que servía de escenario, la cual su

padre se había empeñado en trasladar desde la otra casa. Había cogido uno de los CD y lo introducía en el reproductor.

— No la pongas muy alta — le advirtió Erika, que pululaba en torno a la mesa— . Que es la hora de la siesta de las hijas de Cas.

Cas Landvik era su vecino y también el hermano de Till, el jefe de Jorge. Tenían muy buena relación con él y con su mujer, Elisa. En especial, su madre, que se llevaba muy bien con toda la familia Landvik. Pese a que los padres de Cas eran noruegos, habían vivido muchos años en Alemania y Anna Schwarz los veía como compatriotas con los que podía hablar en alemán.

— Cas y Eli no están este fin de semana — respondió Lukas— . Están fuera, así que hoy podemos desmadrar y poner la música a todo trapo.

Y no lo dijo en vano. Los altavoces no tardaron en escupir una canción a todo volumen. Reguetón en estado puro.

— ¡Sacrilegio! — gritó su padre desde la barbacoa, agitando las pinzas en el aire— . Esa música está prohibida en esta casa.

— Eh, que yo también vivo aquí y tengo mis derechos — exclamó Lukas mientras comenzaba a bailotear. Encontró a Erika en su camino y le rodeó la cintura con los brazos, invitándola a seguir sus movimientos, pero ella se desasió y continuó husmeando en los platos que había en la mesa.

— ¡Para nada! Independízate y podrás escuchar eso — dijo el cabeza de familia, arrugando la nariz con desdén.

Los ojos azules de Diego se cruzaron brevemente con los de Jorge e intercambiaron una sonrisa. Lukas y su padre siempre estaban peleándose.

Quizá porque eran demasiado semejantes

— Venga, papá. Te tienes que modernizar. No puedes estar siempre escuchando esa música viejuna — dijo el más joven de los Alba.

— Esa música viejuna es puro arte — protestó su padre. Después, colgó las pinzas en el gancho metálico de la barbacoa y, dando grandes zancadas, se acercó al equipo de música. Solo un instante después, se hacía el silencio.

— Joder, papá…

— Joder, hijo. Si quieres ser el DJ hoy, tienes que seguir las normas.

Lukas miró al cielo como pidiendo paciencia, pero terminó por asentir.

— ¿Qué tal anoche? — le preguntó Diego a Jorge en esos momentos.

— Pues no muy bien, gracias a ti — repuso con un aspaviento exagerado.

— ¿A mí? — inquirió con mucha sorpresa.

— ¿Por qué tenías el móvil desconectado? Erika te estuvo llamando.

— ¿Me llamaste anoche? — Diego se dirigió a su hermana, perplejo.

Erika se acercó al borde de la piscina.

— ¿Todavía no has encendido el móvil? — le cuestionó.

— Pues no — repuso Diego— . ¿Pasó algo?

— Alberto me dejó tirada en Altea y tuve que llamaros para que vinierais a rescatarme. Menos mal que Jorge sí estaba disponible.

— Lo dicho — dijo este— , que si no hubieras tenido el móvil apagado no me habríais jodido la cita.

— ¿Otra vez has discutido con Alberto? — le preguntó Diego a Erika haciendo caso omiso a la última recriminación.

— Creo que voy a romper con él — asintió pensativa— . No somos compatibles.

— Eso te lo podía haber dicho yo hace cuatro meses, cuando empezasteis a salir — dijo su hermano mayor— . Es un imbécil.

— Vale — admitió ella— . Tienes razón.

— ¿Por qué discutisteis?

— Porque es bastante machista — intervino Jorge desde el agua.

Su hermana ya le había puesto en antecedentes del motivo de la discusión la noche anterior. Al novio de Erika no le gustaba demasiado que ella saliera sola con sus amigas. Pobre desgraciado. Tenía las de perder, desde luego

— Algo así — dijo Erika con menosprecio, pero no continuó— . Y a ti ya te he pedido perdón quinientas veces por joderte la cita. Deja de recordármelo. Además, ¿no la has invitado a venir hoy?

— ¿La vamos a conocer? — preguntó Diego con una sonrisa.

— Vienen luego, ella y su amiga — asintió Jorge, echándose el pelo hacia atrás que casi se le había secado ya— . Las trae Dani.

Pese a que él mismo se comprometió a ir a buscarlas, había hablado aquella mañana con su amigo y este se ofreció a recogerlas a las cuatro y

media.

— ¿Es guapa?

Jorge no tuvo tiempo de responder. Erika se le adelantó.

— Es una monada. Delgadita y con el pelo corto. Tipo duendecillo como le gustan a Jorge.

— ¿Tú también? — se lamentó.

— Yo también, ¿qué?

— Nada.

En cuanto dijo aquello, se impulsó con las piernas en la pared de la piscina y se alejó de sus hermanos. Hundió la cabeza debajo del agua y se quedó un buen rato allí, disfrutando del vacío silencioso que le rodeaba.

Sus pensamientos fueron hasta Juls. Tenía ganas de volverla a ver. La cena de la noche anterior se le había quedado corta, muy corta. Quería pasar más tiempo con ella y conocerla un poco más. Tenía la sensación de que ambos eran bastante compatibles.

Los sofocados acordes de una canción distorsionados por el agua llegaron hasta sus oídos. Sacó la cabeza y escuchó la voz de Loquillo cantando su Rock & Roll star.

Por supuesto, su padre se había salido con la suya.

Tony Alba se hallaba de pie frente a la barbacoa y canturreaba con una expresión complacida en el semblante. Lukas, con cara sufridora, estaba a su lado mientras sostenía una fuente en la que su padre iba poniendo la carne que ya estaba hecha.

Su madre salió de la casa con una ensaladera y Erika hizo sitio en el centro de la mesa para que pudiera ponerla.

— Nochmal 9 Loquillo? — preguntó Anna a su hija en voz alta con fingida exasperación.

— Ya ves — repuso esta con un encogimiento de hombros y una risita.

— Que levante la mano el que prefiera mi música al reguetón de Lukas

— dijo su padre.

Diego y Erika levantaron la mano con rapidez. Incluso Jorge, desde el agua, lo hizo.

Lukas soltó un exabrupto.

— Sois unos anticuados. ¿Qué he hecho yo para merecer una familia así?

— Somos tope guay — dijo Tony Alba con una risa.

— Joder, papá, ya nadie habla así. Estás pasado de moda.

— De eso nada, monada. Somos chachi.

Lukas resopló y se alejó seguido por la risa de su padre.

Jorge, que había contemplado el intercambio con una expresión risueña, nadó hasta la escalerilla y abandonó la piscina. Diego se acercó a él con una toalla y se la tendió.

— ¿Te vas a quedar hoy o te vas a ir casa? — le preguntó Jorge.

Los dos últimos fines de semana, Diego se había ido a su apartamento después de comer y no se había quedado con la familia a pasar la tarde.

— Me quedo.

— ¿Ya no estás con el chico ese? — inquirió con curiosidad.

Diego meneó la cabeza, sin entrar en detalles. Al contrario que Jorge, Erika o Lukas era bastante retraído y más serio que sus hermanos — era quizá el que más se parecía a su madre en carácter— , y no le gustaba demasiado hablar de su vida privada. Jorge era su máximo confidente, pero incluso él se enteró de que estaba saliendo con un chico por pura casualidad, solo porque los vio juntos en la playa una tarde de hacía unos meses.

— ¡Vamos! — llamó su padre— . La comida se enfría.

Tomaron asiento alrededor de la mesa, a la sombra del cenador, y comenzaron a servirse la carne y la ensalada.

— ¿Qué tal en Berlín, mamá? — le preguntó Erika.

— Pues mal, sin mí — respondió su padre.

— ¡Papá!

Su madre hizo caso omiso y comenzó a hablarles de los días que había pasado en Alemania con su familia. Solía ir a visitar a sus padres una vez al año, siempre por las mismas fechas.

— ¿Has traído la cerveza esa especial? — le preguntó Lukas.

Siempre que iba a su país solía hacerlo.

— Está en la nevera — contestó su padre— . No está fría.

Siguieron comiendo en amigable silencio con la música de fondo. Una canción de Gabinete Caligari dio paso a otra de La Unión. Todas muy ochenteras.

— ¿No sabes nada del Oceanográfico? — le preguntó su madre a Jorge en español.

— Todavía no. Aunque me han comentado que siguen con el proceso de selección. Quizá el mes que viene me digan algo.

— ¿Qué vas a hacer si te cogen? ¿Te vas a mudar a Valencia? —

inquirió Lukas.

— Ni idea. Todavía no lo he pensado.

— Si te mudas, yo podría quedarme con tu piso — intervino Erika.

— ¡Ya era hora! — exclamó su padre flemático— . Pensábamos que nunca te ibas a independizar. Cariño — añadió, mirando a su mujer— , ya solo nos queda librarnos del pequeño y por fin solos.

Todos rieron, menos Erika que arrugó la nariz.

— Seguro que cuando me vaya me vais a echar de menos — dijo, fingiéndose ofendida.

— No te creas — añadió su padre.

— Para nada — dijo su madre otra vez en español.

La risa fue generalizada. Jorge le dio un codazo a Erika que se vengó pegándole una patada por debajo de la mesa.

— ¿No te viene mejor alquilarte algo en Altea? — preguntó Diego.

El taller de reparaciones donde ella trabajaba estaba en el Puerto de Campomanes, a solo tres kilómetros de esa pintoresca villa.

— He mirado y todo lo que hay disponible no me gusta demasiado. O es muy caro o no me convence la situación. El apartamento de Jorge es ideal.

Y el Albir está solo un par de kilómetros más lejos. No me viene nada mal.

— Si me sale lo del Oceanográfico y decido mudarme a Valencia ya te diré. Y si no, puedo mirar a ver si hay pisos disponibles en mi urbanización.

Dado que papá y mamá tienen tantas ganas de librarse de ti — se burló Jorge.

— Lukas, ¿tú cuando piensas marcharte de casa? — preguntó el cabeza de familia mientras engullía un trozo de hamburguesa.

— Yo me voy a quedar a vivir aquí para siempre con vosotros — repuso este socarrón— . Para cuidaros en la vejez.

Tony Alba resopló.

— Por cierto — se inmiscuyó Erika— . Voy a dejar a Alberto.

— ¿Alberto? ¿Ese es nuevo? ¿No se llamaba Bruno? — preguntó su padre confundido.

— No — rechazó su madre, alzando los hombros— . Ese era el de antes y rompió con él hace ya tiempo.

— Ah, vale. ¿Y por qué quieres cortar con este?

— Porque es un machista.

— Entonces haces bien en dejarle — dijo su padre— . No queremos hombres machistas en la familia. Conmigo ya tenemos de sobra.

— ¿Machista tú? — intervino Jorge con una risa— . Pero si mamá hace contigo lo que quiere.

— Es ist wahr , Tony 10 — corroboró esta.

— Pero solo porque yo se lo consiento. Que soy muy macho — repuso, inflando el pecho con exageración.

Sus cuatro hijos le miraron con diferentes grados de escepticismo.

— Yo también tengo una noticia que daros — dijo Lukas. Sus ojos, tan azules como los de su madre, Diego y Erika, se ensombrecieron— . Eva está embarazada.

Todas las miradas fueron hacia él. Nadie parecía demasiado sorprendido.

— Pues a ver con qué sueldo mantienes al niño — dijo el patriarca con una sonrisa mientras se llevaba su vaso de cerveza a la boca. Le dio un trago y paladeó la bebida con ganas.

— ¿Por qué nunca puedo colárosla? — refunfuñó Lukas.

Erika le tiró una servilleta que él atrapó al vuelo.

— Si la hubieras dejado embarazada, habrías venido llorando —

intervino Jorge y le lanzó un trozo de pan que le impactó en el pecho.

Lukas le sacó la lengua.

— No hagas nada sin protección — dijo Anna Schwartz, impertérrita.

— La clase de salud sexual ya la tuvimos hace unos añitos. Esperemos que no se os haya olvidado nada. No me hagáis sacar el plátano y los condones para poneros a practicar — dijo su marido con ironía— .

¿Alguien más tiene algo que comunicar? ¿Embarazos? ¿Hijos secretos?

¿Nuevas relaciones?

— Jorge ha conocido a una chica — se chivó Erika— . Y la va a traer esta tarde.

El aludido resopló y dejó caer la cabeza hacia atrás.

— ¿Es algo serio? No me hagas encariñarme con ella y luego para nada

— repuso su padre.

— La conocí hace dos días. Está aquí de vacaciones — explicó, encogiéndose de hombros.

— Bueno, mira tu madre y yo. Empezó como vacaciones y ya tenemos cuatro hijos.

— Wie ist ihr Name? 11 — intervino esta.

— Julia, pero la llaman Juls.

— Julia… — Anna Schwarz lo pronunció al estilo alemán, arrastrando la jota con suavidad, mientras asentía con aprobación.

— ¿Cómo es? — preguntó su padre.

— Es muy mona. — Se adelantó su hermana veloz— . Pelo corto y rubio, ojos oscuros grandes y nariz respingona. Muy del estilo de Jorge. Y

es simpática. Mucho. Fingió ser su novia para salvarle de Bea. Dos veces.

— ¿Cómo es eso? — se interesó Tony.

Jorge les contó lo que había sucedido el viernes por la noche en La Sal y el día anterior en la playa, y relató cómo Juls se había convertido en su salvadora. No pudo evitar que sus labios se distendieran en una sonrisa al hablar de ella.

— Parece encantadora — dijo su madre.

— Joder con Bea — murmuró el padre— . Lleva tantos años loca por ti, la pobre. Last Christmas, I gave you my heart… 12 — tarareó con guasa.

— No me recuerdes eso — suspiró Jorge.

— ¿Va a estar esta tarde también? Es por ir preparando las palomitas.

— Tienes suerte — intervino Erika, mirando a su hermano— . Está con su prima en Valencia y no vuelve hasta esta noche. Pero que sepas que me ha preguntado si iba a venir tu novia a la piscina esta tarde y cuando le he dicho que sí ha gruñido.

— ¿De verdad que no conocéis a ningún chico que pueda servirle como pareja? — dijo Jorge con exasperación.

— A mí no me mires — repuso Lukas— . Mis amigos son todos muy jóvenes y además me caen bien. No querría que cargaran con esa cruz.

— ¡Qué malo eres! ¿Por qué no le das una oportunidad? — dijo su padre con un mohín burlón.

— ¿En serio la querrías de nuera?

— Bea es una buena chica — continuó su progenitor con tono inocente.

— Es buena chica, pero si tú te comprometes con Bea, yo me divorcio de tu padre — intervino su madre.

Tony Alba frunció el ceño y cerró la boca con fingida exageración.

— La matriarca ha hablado — dijo Lukas con una risita a la que se unieron los demás.

Siguieron comiendo hasta que vaciaron la fuente de carne y la ensaladera. La música seguía sonando de fondo. Diego se llevó los platos sucios a la cocina y volvió con una sandía. Su madre y Erika le siguieron y regresaron con una cafetera humeante y tazas. Mientras Tony Alba partía la sandía, comenzó a hacer más preguntas.

— Entonces, ¿quién va a venir esta tarde? ¿Vais a llenarnos otra vez la casa de gente como todos los domingos?

A pesar del tono seco de la pregunta, todos sus hijos sabían que le encantaba recibir a sus amigos. Cuantos más mejor, decía siempre.

— Por mi parte, viene solo Laura — contestó Erika, cogiendo una raja de sandía que le tendía su padre.

— Iván y Eva — añadió Lukas, en referencia a su mejor amigo y a su novia.

— Dani, Rafa, Juls y su amiga — dijo Jorge, sirviéndose una taza de café solo.

Diego hizo una señal de negación con la mano. También se sirvió un café.

— ¿Y tú por qué no invitas a nadie, Diego? Algún noviete tendrás —

dijo su padre.

Diego había salido del armario delante de sus padres con quince años. Y

en todo ese tiempo no había llevado nunca ningún chico a su casa, pese a la

insistencia de estos.

— No tengo ningún noviete , como tú dices — respondió muy serio.

— ¿Cuándo nos vas a presentar a alguien? En un par de meses cumples veintiocho ya. Eres casi un anciano — insistió.

— No tengo prisa. — Se encogió de hombros.

No pudieron seguir hablando, porque en ese instante se escuchó el timbre de la puerta.

— Deben de ser Iván y Eva — dijo Lukas, irguiéndose— . Quedamos a las cuatro y ya son.

Jorge vació su café de un trago y comenzó a recoger la mesa. Diego se unió a él. Entre los dos llevaron las fuentes y el resto de los platos sucios a la cocina y comenzaron a meterlo todo en el lavavajillas.

Sus ojos terminaron por posarse sobre el perfil de Diego. Este se mantenía muy silencioso mientras enjuagaba los platos en el fregadero.

— ¿Estás bien, Diego? — le preguntó.

— Claro que estoy bien — repuso este, sin dirigirle la mirada.

— No has dicho casi nada durante la comida.

— Bueno, no soy tan hablador como vosotros.

Jorge suspiró y se quedó mirando a su hermano con el ceño fruncido. A veces, resultaba sumamente complicado hablar con él, era demasiado hermético.

— El chico ese con el que estabas… — se detuvo, sin saber cómo continuar— . Habéis roto de mutuo acuerdo o ha sido él…

— No era importante — le interrumpió mientras se inclinaba a meter una fuente en el lavaplatos— . No te preocupes por eso. Era un rollo de verano y nada más. Nada serio.

En cuanto dijo aquello, se irguió y se encaró con él. Le contempló con franqueza y una sonrisa apenas perceptible. La expresión de su rostro era tranquilizadora, aunque quizá había algo que subyacía en las profundidades de sus iris, algo semejante a la tristeza.

Jorge le estudió. Su hermano era un hombre atractivo, decidió, con el pelo castaño ondulado y sus ojos celestes. No era la primera vez que se percataba de ello y tampoco era la primera vez que se preguntaba por qué Diego no tenía suerte con sus relaciones. Nunca había tenido una pareja

estable. Quizá su condición sexual le limitaba, aunque jamás le había oído expresar nada al respecto.

— Sabes que puedes contarme cualquier cosa — le dijo en voz baja.

La sonrisa de Diego se hizo más amplia y se llenó de afecto.

— Lo sé. Y tú a mí también.

— Yo lo hago, Diego. El que siempre se calla eres tú.

— No, es solo que no tengo nada especial que contar.

Jorge entornó los ojos con escepticismo, pero no quiso seguir insistiendo.

Erika apareció frente a ellos. Traía las tazas sucias del café que dejó en el fregadero antes de encaramarse a la encimera.

— Tu chica tiene que estar al caer — le dijo a Jorge, distrayéndole de todo lo demás.

— Tengo ganas de conocerla — anunció su hermano mayor.

Jorge sonrió cuando sus pensamientos volaron hacia Juls.

Él también tenía ganas de que ella pasara la tarde con su ruidosa familia.