Inolvidable

Laura Sanz · Capítulo 29 de 40

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Inolvidable

Capítulo 29

Jorge

Las fiestas de fin de año en casa de los Alba eran legendarias. Desde que Jorge tenía uso de razón, sus padres siempre habían organizado alguna.

Invitaban a sus amigos y animaban a que sus hijos hicieran lo mismo. La tradición consistía en que la familia se adentraba en el nuevo año comiendo las uvas en solitario, pero luego, las puertas de la casa se abrían para todo el mundo. Solo en muy contadas ocasiones alguno de los Alba había faltado un treinta y uno de diciembre.

Ese año estaban todos presentes. Acababan de ver las campanadas en televisión y estaban brindando mientras se abrazaban unos a otros.

— ¡Qué cabrón eres! — le gritó Lukas a su padre— . ¡No me he podido comer las doce uvas por tu culpa!

Tony Alba le sacó la lengua al tiempo que alzaba su copa en el aire.

Después, se acercó a su mujer, la cogió en volandas y le estampó un beso en la boca que ella le devolvió con fervor.

— ¡Feliz Año! — dijo Erika colgándose del cuello de Jorge. Sonreía con los ojos, bien debido al alcohol que llevaba bebiendo desde antes de la cena o al entusiasmo. Imposible precisarlo.

— Feliz Año — respondió él, estrechándola con fuerza entre sus brazos.

Diego se acercó a ellos y apoyó sus manos en los hombros de ambos.

Lukas no tardó en unirse y los cuatro formaron una piña.

— El vestido de la Pedroche este año, una pasada — dijo Erika, refiriéndose a la presentadora del evento.

— ¿Eso era un vestido? — bromeó Lukas— . ¿No era un bañador? Hay más tela en mis calzoncillos.

— ¡No compares tus apestosos calzoncillos con su traje! ¿Verdad, Diego?

— A mí no me metas. Yo solo tenía ojos para el presentador — se chanceó este.

Jorge se descubrió tragando saliva y tratando de contener la emoción.

Quizá porque últimamente habían pasado demasiadas cosas, pero estaba más sensible que de costumbre. Adoraba a sus hermanos y verlos así, juntos e intercambiando chascarrillos le removía por dentro.

— ¿Habéis conseguido comeros las uvas? — preguntó Lukas dando un paso atrás.

— Por supuesto — repuso Diego.

— Joder, papá me ha empujado y se me han caído dos al suelo.

— Pues ya sabes, este año vas a tener mala suerte — se burló Erika.

El patriarca de la familia abrió los ventanales que daban al jardín para trasladar la reunión al exterior y se dirigió al equipo de música. Hacía un tiempo espléndido; apenas se necesitaba una fina chaqueta para aguantar la temperatura. Los altavoces no tardaron en escupir una antigua canción de David Bowie y el ambiente se llenó con sus acordes.

La familia al completo comenzó a hacer viajes desde la cocina, trasladando botellas, vasos, hielo y algo de picoteo al jardín. Los invitados llegarían de un momento a otro.

— ¿Vas a llamarla? — le preguntó Diego a Jorge cuando se quedaron solos al lado de las tumbonas, que habían cubierto con unas mantas floreadas.

— Sí — respondió.

— Felicítale el año de nuestra parte.

— Claro. — Una gran sonrisa se mostró en sus labios al pensar en Juls.

— ¿Y esa sonrisa de felicidad? — inquirió Diego, dándole un codazo.

— No sé. Quizá porque es fin de año. — Se encogió de hombros con displicencia.

— Pfff — resopló su hermano y elevó la vista al cielo— . A otro con ese cuento. Es evidente que ha sido porque la he mencionado.

— Vale, me pillaste — reconoció Jorge con un ademán— . Es por ella.

Pensar que por fin vamos a hablar me hace sentir bien.

— ¿No habéis hablado desde Nochebuena?

— No.

Habían mantenido el contacto, pero solo a través de wasaps. Todos ellos breves y superficiales que a Jorge le resultaron insuficientes. Él deseaba llamarla por teléfono, escuchar su voz y hacerle infinidad de preguntas, pero iba con pies de plomo porque era muy consciente de que Juls se mostraba reticente.

Sus escuetas respuestas a los textos que él le enviaba lo probaban.

Y mientras ella le mantenía a distancia, él comenzaba a obsesionarse.

Había descubierto la revista en la que trabajaba y se había dedicado a leer los artículos que llevaban su firma. Incluso hablando de cosas tan prosaicas como la fruta más adecuada para perder peso o los diez mejores consejos para triunfar en una salida de chicas tenía gracia y era muy incisiva. Su carisma escribiendo era incuestionable. Era la chica de los mensajes en estado puro.

Estaba simplemente cautivado.

Erika se acercó a ellos en ese instante.

— Juls me acaba de felicitar el año, que lo sepas. — Agitó el móvil en el aire.

— ¿Qué te ha dicho? — preguntó, intentando disimular su ansiedad y fracasando estrepitosamente.

— Nada especial. Feliz Año y que espera que podamos vernos pronto.

Jorge se llevó la mano al bolsillo trasero de los vaqueros donde solía estar su móvil, pero lo encontró vacío. Claro, lo había dejado cargando en su habitación.

— ¿Qué hacéis ahí? — El grito de su padre desde el otro extremo del jardín los interrumpió— . ¡Venid a ayudar!

— Anda, id vosotros. Yo me voy a escaquear para llamarla.

— Suerte — le deseó Diego con una palmadita en la espalda.

Se despidió de sus hermanos y se dirigió a su habitación, buscando privacidad. Cerró la puerta, pero incluso así la música y las conversaciones de su familia llegaron claras hasta él. Se acercó a la mesilla y desenchufó el móvil del cargador. Echó un rápido vistazo a sus wasaps. Tenía unas cuantas felicitaciones de sus amigos y compañeros de trabajo.

Ninguna de ella.

¡Joder! ¿Le enviaba un mensaje a Erika y a él nada?

Se sentó en el borde de la cama y trasteó unos segundos con el teléfono, titubeante. Terminó por entrar a la agenda y buscar su nombre. Había sustituido la J por Juls, pero el corazón lo había conservado. Eliminarlo no le parecía bien. Sí, así de embobado estaba…

Podía enviarle un meme o algo.

No. Demasiado impersonal.

Apretó los labios con determinación y la llamó antes de poder arrepentirse.

El teléfono sonó y sonó hasta que saltó el buzón de voz.

Se quedó mirando el aparato con la frente arrugada, muy decepcionado.

«¿Qué pensabas? ¿Que ella iba a estar sentada con el teléfono en la mano, esperando tu llamada?».

Pues sí. En realidad, había esperado más interés por su parte. A fin de cuentas, Juls seguía queriéndole, ¿no?

Sin embargo, era él quien iniciaba siempre el acercamiento.

¿Cómo era posible que las cosas hubieran dado ese giro de ciento ochenta grados?

Una risa seca brotó de su garganta. Se estaba volviendo loco. No tenía sentido que estuviera perdiendo la cabeza por una chica a la que apenas conocía, solo porque había descubierto sus conversaciones del pasado, que le tenían fascinado.

¿Y si volvía a intentarlo?

No. No quería agobiarla. Ella ya vería su llamada perdida.

Se puso de pie, dispuesto a regresar al jardín con su familia, pero antes incluso de poder dar un paso hacia la puerta su teléfono sonó. No le hizo falta mirar la pantalla para saber de quién se trataba.

Sus labios se distendieron en una sonrisa.

— Hola — respondió.

— Hola, Jorge. No he oído tu llamada — Su voz se perdía en el estruendoso ruido de fondo: una mezcla de música y conversaciones.

— Si te pillo mal…

— ¡No! Espera que me voy de aquí.

Jorge se mantuvo con el teléfono pegado a la oreja mientras escuchaba cómo los sonidos se iban alejando al otro lado de la línea hasta que al final

solo llegaron amortiguados hasta él.

— Ya — dijo ella— . Es que hay mucho jaleo, pero me he encerrado en el baño.

— Supongo que estarás en alguna fiesta.

— Sí. Unos amigos han alquilado una casa en la sierra para pasar la Nochevieja.

— Solo quería desearte un feliz Año Nuevo.

— Lo mismo digo.

¿Iba a quedar como un tonto si le preguntaba por qué había felicitado a Erika y a él no? Quizá, pero le daba igual. No era su estilo guardarse nada.

— Erika me ha dicho que le habías mandado un wasap. La verdad es que he ido a mirar mi teléfono para ver si me habías felicitado a mí también.

— Mira, Jorge… — comenzó ella.

— ¿Podemos hacer una videollamada? — la interrumpió. Las ganas de verle la cara mientras hablaban le superaron.

— Eh… sí, supongo.

Se apresuró a cortar la comunicación y llamarla por vídeo. Ella respondió al segundo tono.

Su rostro llenó la pantalla del móvil. Se había hecho algo diferente en el cabello, peinándoselo hacia arriba con gel o gomina. Llevaba una gargantilla plateada que le daba dos vueltas al cuello y su rostro brillaba como si se hubiera echado purpurina.

Jorge absorbió su exótica imagen con voracidad. Estaba increíblemente guapa.

— Mira, no te he escrito porque… porque no sabía qué decirte —

confesó ella casi al instante.

— ¿Feliz Año? — propuso con una mueca— . Es simple.

— No quería ser simple — musitó y desvió la mirada.

«Vale, parece que el momento de las confesiones ha llegado».

Se quitó los zapatos y se acomodó en la cama, apoyando la espalda en el cabecero.

— Pues no seas simple. Soy todo oídos — le dijo al tiempo que le regalaba una sonrisa.

— No me resulta fácil hablar contigo — confesó.

— ¿Por?

— Con franqueza, no sé dónde me encuentro. Eres la misma persona que… con la que… — se calló y suspiró— . Eres el mismo Jorge de siempre, pero no.

La entendía perfectamente. No debía de ser nada fácil para ella.

— ¿Cómo me hablarías si no tuviera amnesia? No. Espera. No hace falta que contestes, he leído todos nuestros mensajes. Sé cómo lo hacías.

— Tenía mucha confianza con él… digo contigo… — Gimió y agitó la cabeza llena de confusión.

— Es raro, ¿verdad?

— Mucho.

Pasaron unos cuantos segundos de incómodo silencio.

— ¿Y esa fiesta en la que estás? ¿Lo estás pasando bien? — preguntó él para rebajar la tensión que se había creado entre ellos.

— Bueno, es soportable — repuso, echándose hacia atrás.

Debía de haber apoyado el móvil en algún lugar porque su imagen cambió. Ahora podía verla de cintura para arriba. Llevaba un vestido negro con un escote bastante pronunciado.

— Puedo oír el reguetón desde aquí.

Ella se rio.

— Sí, es terrible.

— Donde esté una buena balada ochentera… — ofreció él con un guiño.

— Pues sí. La verdad es que preferiría estar en otro sitio — dijo con pesar.

Una idea acudió a él de repente como un fogonazo.

— ¿Habíamos hecho planes para esta noche? — preguntó con tono indagador.

Ella extravió la vista y tardó en contestar y esa tardanza le dijo a Jorge exactamente lo que quería saber.

— Sí. Habíamos hecho planes — contestó al fin volviendo a mirar a la cámara con los ojos opacos.

— ¿Te puedo preguntar cuáles?

Ella no parecía sentirse a gusto en su piel en ese momento.

— Íbamos a ir a un hotel de Benidorm, Madeira, creo que se llama.

Íbamos a ver el atardecer desde la terraza y a cenar allí. Después, íbamos a… pasar la noche en una suite.

— Vaya. Qué plan más fantástico — murmuró él.

Las vistas desde el bar Planta20, situado en ese piso del hotel eran espectaculares. Había estado allí en un par de ocasiones con sus amigos y le había maravillado. Recordaba haberse prometido a sí mismo regresar con su chica . Curioso que jamás se le hubiera pasado por la cabeza llevar a Claudia. Sin embargo, sí se lo había propuesto a Juls.

Después de eso ambos guardaron silencio y Jorge se dedicó a estudiarla, deteniéndose en su sutil sombra de ojos color musgo, en su nariz pequeña y en la curva de sus labios que todavía tenían un resto de carmín rosado.

Era realmente preciosa.

Las ganas de decírselo le invadieron.

«Pues díselo. ¿Qué te lo impide?».

— Estás preciosa.

Ella no reaccionó como él esperaba.

— ¡Joder, Jorge, no me digas eso! — exclamó con un tinte desesperado al tiempo que se tapaba la cara con las manos.

— Es lo que pienso — repuso con mucha seriedad.

— Vale, pero quizá para ti no signifique lo mismo que para mí —

balbuceó— . Y eso me duele.

¡Mierda! No había pretendido herirla.

— Juls…

— Mira, voy a hablarte como si fueras un completo desconocido. Y te voy a explicar lo que siento con sinceridad. Si hay algo que había entre Jorge y yo era la franqueza. — Hizo una pausa y bajó los párpados, como intentando aclarar sus ideas— . Yo estaba enamorada de Jorge. Y él lo estaba de mí. Quizá todo pasó muy rápido, porque solo estuvimos juntos unos días, pero nos queríamos, ¿sabes? Jamás nos dijimos un te quiero ni nada por el estilo, pero era obvio. Podía sentirlo aquí. — Se llevó una mano al pecho— . Todo era mágico con él. Los besos, los abrazos, cada palabra que intercambiábamos. Su risa. Todo… — terminó y la última sílaba se le quedó atascada en la garganta.

Él la miró sin mover ni un solo músculo, como si todo aquello que ella decía no le estuviera afectando, pero la realidad era bien distinta.

Un horrible pinchazo de celos le removió por dentro.

¿Cómo podía estar celoso? ¿De sí mismo?

Aquello era una jodida locura.

Sin embargo, era real.

¿Cómo podía explicar que odiaba que esa otra persona — esa otra versión de él de la que ni siquiera se acordaba— hubiera besado y abrazado a Juls y le hubiese dicho palabras tiernas al oído?

Tenía ganas de golpear a ese otro Jorge y hacerle desaparecer.

— ¿Por qué hablas en pasado? — logró articular al fin en un susurro.

Ella apuntaló los ojos en los de él con intensidad.

— Porque él ya no está — musitó.

— Estoy aquí — repuso con brusquedad.

— ¿Sí? ¿Seguro? — Había fatiga en su tono— . ¿Qué sientes por mí, Jorge? ¿Estás enamorado de mí?

Él rechinó los dientes.

— Podría ser.

En respuesta recibió una risa amarga.

— No te engañes. Apenas me conoces.

— Tengo cientos de wasaps, de fotos y de vídeos tuyos — murmuró, sin añadir que todo eso le tenía completamente cautivado— . Creo que algo sí te conozco. Además, dicen que solo hacen falta unos segundos para enamorarse de alguien.

— Eso no tiene sentido — le contradijo.

Jorge se pasó la mano por el mentón y frunció el ceño.

— Creo que deberíamos vernos — prosiguió, resuelto— . Si no vienes tú a Benidorm, iré yo a Madrid.

Juls elevó la cara con precipitación.

— ¿Cómo dices?

— Me has entendido perfectamente. Esta conversación deberíamos tenerla en persona. Es demasiado importante para tenerla por teléfono. Yo no me incorporo al trabajo hasta dentro de unos días. Puedo ir a Madrid.

Ella tardó en reaccionar. Su rostro reflejó un gran número de expresiones, desde la perplejidad más flagrante, pasando por el rechazo, hasta llegar a una especie de serena aceptación.

— No. Prefiero ir yo a Benidorm — dijo al fin.

— ¿Cuándo? — La impaciencia se deslizó en su voz.

— En unos días.

— ¿No puedes ser más concreta?

Ella meneó la cabeza con lentitud.

— Vas a por todas, ¿no?

— ¿Acaso no me conoces? Puede que pienses que no soy el mismo Jorge de antes, pero sí lo soy.

Una sonrisa fugaz se pintó en los labios de ella.

— ¡Has sonreído! — exclamó él.

— Para nada.

— Lo has hecho. ¡Ya te tengo medio conquistada! — constató con un deje triunfalista.

— Ay, Jorge… — murmuró ella con emoción al cabo de unos instantes

— . Estoy muerta de miedo.

Era la primera vez que ella desnudaba su alma frente a él. Hasta el momento, su forma de expresarse había sido contenida. Era innegable que no quería exponerse demasiado, pero ese estoy muerta de miedo había llegado desde lo más profundo de su ser.

— ¿De qué tienes miedo? — le preguntó con suavidad.

— De ti, de mí, de que lo nuestro no funcione… De que me rompas el corazón — confesó con voz trémula.

Había tanta angustia en sus palabras que él mismo sintió que se le estrechaba la garganta. Fijó los ojos en la pantalla con solidez y trató de hacerle llegar lo mucho que le importaba lo que pudiese suceder entre ambos.

— Juls, ten un poco de fe en mí — le pidió en voz queda.

Ella no respondió. Tragó saliva visiblemente y giró la cara un lado antes de añadir:

— Creo que es mejor que nos despidamos ahora.

Era lo último que él quería hacer. Hubiera seguido hablando con ella durante horas, pero era bastante evidente que Juls necesitaba acabar esa conversación.

— Mañana te llamo.

Tras asentir, ella alargó la mano hacia su teléfono e interrumpió la comunicación.

Jorge arrojó el móvil sobre la cama y se deslizó hacia abajo, hasta que su cabeza encontró la almohada. Extravió la vista en el techo, pensativo, mientras el estribillo de una canción de los Burning llegaba amortiguado desde el jardín.

Dicen que solo hacen falta unos segundos para enamorarse de alguien.

¿De verdad estaba enamorándose de ella de nuevo?

No estaba seguro, pero si se guiaba por cómo reaccionaba cada vez que pensaba en ella era más que probable que la respuesta a esa pregunta fuera un sí .

Un SÍ en mayúsculas.

Juls

No abandonó el baño. Se quedó allí un buen rato con la mirada perdida en el suelo de baldosas grises, pasando revista a la peculiar conversación que habían mantenido.

No sabía qué pensar.

Dicen que solo hacen falta unos segundos para enamorarse de alguien.

Se retorció las manos en el regazo muy agitada.

¿Cómo podía creerle?

Pero ¿cómo no hacerlo?

El Jorge que ella conocía era franco y muy directo. Jamás jugaba al despiste con sus declaraciones.

Se llevó una mano al pecho donde su corazón latía a una velocidad superior a la normal. Sí, estaba nerviosa y descentrada. Aquella conversación la había sacado de su zona de confort. Un pequeño espacio ficticio que se había inventado para no pensar en él y evitarse así un dolor que la paralizaba. Un espacio que se había ido trabajando desde la noche

del veinticuatro, blindándolo con una gruesa coraza protectora de indiferencia. ¡Y una simple llamada había conseguido derribar ese muro y la había devuelto a la casilla de salida!

Sentía el alma en carne viva.

Otra vez.

Unos golpes en la puerta del aseo la sobresaltaron y la devolvieron a la realidad.

— Está ocupado — exclamó. Todavía no estaba preparada para salir de allí.

Se contempló en el espejo que había sobre el lavabo y se dio cuenta de las imperfecciones que adornaban su rostro. El carmín de sus labios estaba desgastado y se le había corrido el rímel del ojo derecho.

¡Y él le había dicho que estaba preciosa!

Tomó asiento en el borde de la bañera y se tapó la cara con las manos, meneando la cabeza, a caballo entre el deleite y la incredulidad al recordarlo. Había sonado tan sincero. Tan parecido a su Jorge de antes.

Pese a que quizá fuera algo absurdo, le resultaba complicado pensar en él como una única persona. En su mente, eran dos Jorges distintos. El de antes, divertido, irónico y pasional; ese que estaba enamorado de ella. Y el de ahora, más serio e inseguro, ese que estaba confuso y que la miraba sin reconocerla.

Ella estaba colada por el antiguo.

Era descabellado e inverosímil.

Resopló bajito llena de desazón.

Era el nuevo Jorge quien había propuesto ir a Madrid a reunirse con ella.

Quería verla.

— Tú también quieres — dijo en voz alta.

Por supuesto que quería. Incluso a sabiendas de que ese encuentro podía ser terriblemente doloroso, deseaba volver a verle.

Unos nuevos golpes en la puerta, bastante enérgicos, le provocaron un respingo.

— ¡Ocupado! — gritó con impaciencia.

— ¿Juls? ¿Estás bien?

Era Sergio.

El culpable de que hubiera acudido a esa tediosa fiesta.

Si unos meses atrás alguien le hubiese dicho que Sergio se iba a convertir en su persona de confianza se habría echado a reír. Después de que su relación terminara de ese modo tan feo, jamás habría esperado reconciliarse con su ex. Y, sin embargo, ahí estaba, en una fiesta de Nochevieja con él.

Desde su encuentro la semana anterior a la Navidad, se habían visto dos veces más y habían hablado por teléfono con frecuencia. Sergio parecía muy decidido a hacerse un hueco en su vida y Juls tenía la piel tan fina y estaba tan sensible que se lo estaba permitiendo. Incluso le había hablado de Jorge y de lo que había sucedido. No obstante, le había dejado muy claro que lo único que podía ofrecerle era una amistad y él había aceptado.

Aparentemente.

Abrió la puerta del baño y se encaró con él.

— Estoy bien.

La miró con escepticismo, pero no le llevó la contraria. Se limitó a tender la mano y ofrecérsela. Ella titubeó, pero finalmente la aceptó y, juntos, se dirigieron al abarrotado salón.

— Has desaparecido un buen rato, creía que había pasado algo — le dijo él, inclinándose y hablándole al oído para hacerse oír por encima de la música y el bullicio.

— Estaba hablando por teléfono.

— ¿Con él?

Juls le dirigió una mirada esquiva. Nada se mostraba en su impenetrable rostro.

— Sí.

— Ven, vamos fuera y me lo cuentas.

De camino al jardín, se detuvieron en la barra metálica que había en un extremo de la sala y se hicieron con dos ginebras con limón.

El aire fresco de la noche los recibió y Juls se estremeció. El vestido que llevaba era una preciosidad, pero no abrigaba nada. No obstante, antes de que pudiera sugerir volver al interior, Sergio se había quitado la chaqueta y se la pasaba por encima de los hombros.

— ¿Quién eres y qué has hecho con Sergio? — inquirió con estupor. Él no solía tener esos detalles.

— Me pintas como si fuera un egocéntrico egoísta.

— Siempre lo has sido. Bueno, al menos un poco.

— La gente cambia.

— No. Cambia el tiempo y los intereses bancarios, la gente no — se burló.

Él emitió risa mordaz que despertó un montón de recuerdos en ella. El hombre que tenía delante y que la contemplaba con los ojos vivaces era el Sergio del que estuvo enamorada.

En pasado.

Su mente, ahora, solo estaba llena de Jorge.

Para bien y para mal.

— Venga, habla — le dijo él, apoyando la espalda en el grueso tronco de un árbol.

No había mucha gente en el jardín y la música tampoco era demasiado estridente, lo que favorecía el ambiente de confidencias.

— Tengo poco que decir — repuso antes de llevarse el vaso a los labios.

Hizo un gesto asqueado cuando el líquido se deslizó por su garganta. El porcentaje de ginebra era bastante superior al del limón. Debía tener cuidado porque era su tercer cubata de la noche.

— ¿No? ¿Y por eso has estado encerrada en el baño media hora? — la interrogó con escepticismo.

— ¿Me creerías si te dijera que me estaba empolvando la nariz?

— Pfff… Claro y yo soy Steve McCurry.

— ¿Quién es ese?

— Es un fotógrafo muy famoso.

— Sabes que tu humor inteligente y pedante a mí no me llega — repuso con sarcasmo.

— Casi lo había olvidado — se rio él.

Ella terminó por resoplar y huyó de su inquisitiva mirada, bajando los párpados y fijando la vista en el oscuro césped a sus pies. No tenía ganas de contarle a Sergio cómo había transcurrido su conversación con Jorge. Por

otro lado, ¿con quién podía hablar de ello? Ni Mariu ni Sonsoles ni Félix estaban disponibles.

— Voy a ir a Benidorm a verle — dijo al fin tras meditarlo un rato.

— ¿Él quiere que vayas?

— Sí.

— Pero ¿ya ha recuperado la memoria?

— No.

Tras aquel monosílabo pronunciado con un tinte desolador, ninguno de los dos dijo nada más. El tiempo transcurrió despacio mientras ambos se limitaban a beber en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Juls estaba triste, no podía evitarlo. Cerró los ojos y cogió aire, expulsándolo después con lentitud, tratando de insuflarse ánimo. Solo unos instantes después, sintió el calor de la palma de una mano sobre su mejilla.

Era una mano suave y blanda, muy diferente a las manos de Jorge, ásperas y duras. No se apartó porque la caricia le resultó reconfortante.

— Juls, sabes que estoy aquí y que voy a apoyarte en lo que necesites —

dijo él.

Por un momento, deseó volver a estar con Sergio y olvidarse del drama en el que se había convertido su vida. A Sergio le conocía, sabía cuáles eran sus virtudes y sus defectos. Estar en una relación con él sería como ir sobre seguro, no habría sobresaltos ni incertidumbres.

En cambio, con Jorge…

Apenas había podido acostumbrarse al roce de su mano cuando los masculinos labios se posaron sobre los suyos en un beso ligero y no muy demandante. No estaba sorprendida. No podía decir que no lo hubiera esperado. En realidad, sí lo había hecho.

Mientras la boca de él se movía con delicadeza sobre la suya, evocó el pasado. Imágenes de otros besos más pasionales que había compartido con él acudieron a ella. Caricias, abrazos, palabras susurradas al oído, suspiros y gemidos…

De pronto, dio un paso atrás, tambaleante, interrumpiendo el beso. Se llevó ambas manos a la boca y se la cubrió con ellas.

¡Había besado a un hombre que no era Jorge!

Sergio respiraba con dificultad y la estudiaba con los ojos entrecerrados.

Parecía querer decirle algo.

— ¿Volvemos… a la fiesta? — propuso sin siquiera mirarle.

«Cobarde. Estás huyendo».

— Claro.

Le devolvió la chaqueta y echó a andar hacia la casa sin preocuparse de si él la seguía o no.

No quería analizar lo que acababa de suceder.