Inolvidable
Capítulo 32
Jorge
Había hecho grandes planes para ese día, pero al mirar el cielo encapotado, comenzó a temer que todos ellos se fueran al carajo.
Acababan de dejar el coche en el parking que el Ayuntamiento había habilitado en la ruta del faro del Albir. Para ser un sábado, no había demasiados vehículos allí estacionados. Claro que, mucha gente habría desistido de hacer aquella excursión al ver las nubes grises que cubrían el cielo. Ellos eran la excepción. Unos valientes, se dijo Jorge con una media sonrisa.
— Parece que va a llover y la ruta hasta el faro es de dos kilómetros de subida y otros dos de bajada. ¿Te atreves?
Juls le miró con las cejas fruncidas.
— ¿Me estás retando?
— Un poco — admitió con desvergüenza.
— Mientras el camino no sea de tierra y se convierta en un lodazal.
— No. Está asfaltado.
— Por mí, perfecto. Mira lo que tengo — dijo, al tiempo que extraía un pequeño paraguas plegable de su mochila.
— ¿Ahí cabemos los dos?
— ¿Quién ha dicho que sea para ambos?
Jorge emitió una suave risa.
La Juls de esa mañana se asemejaba mucho más a la Juls de los mensajes. Parecía haber perdido su timidez. Quizá haber pasado un día separados le había venido bien para aclarar sus ideas.
— Pues vamos, entonces.
Ella se puso en marcha, situándose a su lado. Llevaba vaqueros y deportivas, tal y como él le había pedido la noche anterior, cuando la llamó por teléfono.
Lo primero que encontraron al empezar la ruta fue un merendero, pero lo dejaron atrás y continuaron caminando a paso moderado. El camino estaba bordeado por hitos de piedra caliza y una amplia pinada se extendía debajo de ellos.
— El actual camino se trazó en mil novecientos sesenta y uno, antiguamente era una estrecha senda muy peligrosa que iba paralela al mar y terminaba en el faro, que se construyó en mil ochocientos sesenta y tres.
— Dime la verdad — le pidió ella, deteniéndose— . ¿Lo sabías de antes o lo has mirado en el Google esta mañana?
— Google, esta mañana — admitió con la boca torcida.
— Al menos eres sincero — repuso mientras echaba a andar de nuevo.
— Quería impresionarte. ¿Estás impresionada?
— ¿Por dos fechas? No.
Él volvió a reírse.
— Es una putada que esté nublado porque los días de sol las vistas son fantásticas, pero tenemos que aprovechar lo que tenemos, ¿no?
Siguieron caminando y disfrutando del paisaje. El mar en tonos grisáceos se abría ante sus ojos con el Peñón de Ifach al fondo, imponente y llamativo.
— Ese es el lugar donde fuimos a bucear — dijo ella, señalando la gran roca.
— Seguro que te llevé a la cala El Racó.
— ¡Sí! Ese era el nombre.
— Cualquier día de estos repetimos.
Juls le lanzó una mirada soslayada que él no supo interpretar, aunque creyó leer algo de inseguridad en ella. Decidido a no romper la armonía que parecía haber entre ambos, cambió de tema.
— Bueno, déjame que siga intentando impresionarte con mis conocimientos. Vamos a tomar la ruta que baja a las minas de ocre. Está un poco más adelante.
Y eso hicieron. Bajaron hasta la mina, con cuidado de no resbalarse en el suelo rocoso e irregular; era rojizo debido al ocre. Una vez abajo, Jorge volvió a hacer gala de su recién adquirida sabiduría vía internet — gracias a la pequeña chuleta que se había anotado con boli en la muñeca— y le habló
del origen de la mina y de que el ocre se utilizaba como colorante para pinturas.
Juls parecía pendiente de todas y cada una de sus palabras y él no pudo evitar sentirse un poco halagado por su interés.
Justo al lado de la mina, había una cala a la que se asomaron con prudencia, por lo escarpado del terreno. Él le contó que en verano la gente iba hasta allí para bañarse en sus cristalinas aguas.
Después de regresar al camino principal, avanzaron unos metros hasta alcanzar otra de las rutas secundarias, la que llevaba a la Boca de la Ballena. Descendieron por la senda que se abría paso entre la espesa vegetación y las rocas húmedas por el rocío hasta alcanzar una cueva de amplias dimensiones. Se entretuvieron un buen rato admirando las estalactitas y estalagmitas y las formas peculiares de las paredes rocosas.
— Qué pena. — Ella señaló unos grafitis en tonos rojos y blancos que afeaban una de las columnas de piedra.
— Sí, aquí viene toda clase de gente y les preocupa una mierda hacer destrozos — suspiró él— . Eso y el guano de las gaviotas van estropeando todas las formaciones.
Le dio la mano para ayudarla a subir un montículo, pero en el mismo instante en que alcanzaron terreno llano, se soltó. La contempló de reojo, lamentando que el contacto hubiera sido tan breve.
Abandonaron la cueva y regresaron al camino. El color del cielo había pasado de ser gris plomizo a convertirse en una mezcla de gris y negro, y el retumbar de un trueno llegó con claridad hasta ellos.
— Si queremos llegar al faro, tenemos que darnos prisa — comentó él.
Aceleró el paso y ella adecuó sus pisadas a las suyas.
Volvió a mirarla. El viento que soplaba generoso había puesto color en sus mejillas y le alborotaba el cabello.
Estaba guapa.
¿Y si tiraba de ella como si quisiera que se diese prisa? Era la excusa perfecta para cogerla de la mano, ¿no?
¡Dios! Se rio de sí mismo en silencio. ¿Cómo era posible que fuese tan absurdo?
No había tenido tiempo de encontrar una respuesta cuando el faro apareció ante ellos. Pese a que el cielo apagado deslucía algo la imagen, la edificación blanca y azul sobre la que se levantaba deslumbraba por su limpieza. Era evidente que hacía poco que había sido repintado.
Juls dejó escapar un gritito repleto de deleite.
— ¡Oh, me encanta!
Él se descubrió sonriendo, encantado por su entusiasmo.
— Está situado a ciento doce metros sobre el mar, y en la actualidad es un Centro de Interpretación — explicó, mirando disimuladamente la chuleta.
— ¿En serio lo llevas escrito? — preguntó ella con incredulidad.
— ¡Joder! Me has pillado — se rio.
— Alucino contigo — se carcajeó con suavidad.
— Tenía que fanfarronear un poco. — Se encogió de hombros— .
¿Quieres entrar?
— No. Prefiero exponerme a los elementos.
Se acodaron en la balaustrada negra que daba al acantilado. Desde allí las vistas eran impresionantes. Se podía ver la bahía de Altea, la piscifactoría, los cortados de Sierra Helada con la antena en su punto más alto y el mar embravecido con las olas cada vez más altas.
Lástima de temporal que lo sombreaba todo y robaba los colores.
— Ven al Catadelfines. — Señaló él el telescopio.
— ¿Catadelfines?
— No me digas que no sabes lo qué es. Cuánta incultura… — Chasqueó la lengua de modo teatral— . Es, obviamente, un catalejo para ver delfines.
Ella puso los ojos en blanco, pero no dudó en acercarse y mirar por el telescopio.
— Es una pena que haga tan mal tiempo — suspiró él, situándose tras ella.
Sus ojos se clavaron en su nuca. Siempre pensó que le gustaban las mujeres con el pelo largo, una sedosa cabellera donde hundir los dedos le resultaba de lo más atrayente. Sin embargo, el corte de pelo de Juls le parecía terriblemente sexi. Reprimió las ganas de alargar la mano y deslizar los dedos por sus guedejas.
— ¡Puedo ver un montón de aves!
Su exclamación le hizo regresar a la realidad.
— Gaviotas y cormoranes, seguro. Son muy abundantes en esta zona —
repuso.
Otro trueno se mezcló con el sonido del viento ululante.
— Tenemos dos opciones. Entrar al faro o largarnos de aquí a toda velocidad. El camino de regreso nos va a llevar por lo menos quince o veinte minutos. — Echó un vistazo a las nubes que amenazaban con derramarse sobre ellos de un momento a otro— . Si nos quedamos, es probable que no podamos bajar hasta dentro de unas horas.
— Pues vámonos.
— Solo un segundo. Tengo una última información de Google y necesito sacarla de mi interior, por favor, o me va a estallar la cabeza —
exageró, alzándose la manga de la cazadora para leer la última frase que llevaba escrita en el brazo.
— Venga, vale. Dilo — se rio ella.
— ¿Ves ese montículo de piedra? Son los restos de la Torre Bombarda
— recitó como un autómata— . Una antigua torre vigía del siglo diecisiete, construida para defenderse de los piratas berberiscos y destruida durante la guerra de la independencia. ¡Ya! — terminó y volvió a bajarse la manga— .
Y, ahora, ¡vámonos!
Se dio media vuelta y echó a andar deprisa hacia el camino por el que habían llegado. La risa cantarina de ella le siguió. Se giró y vio que una sonrisa flotaba en los femeninos labios. Se felicitó en silencio por la excursión y por haberse sentado aquella mañana delante del ordenador a buscar información. Incluso pese al mal tiempo, había conseguido crear un recuerdo memorable.
Habían recorrido algo más de medio kilómetro cuando una ráfaga de viento los azotó con fuerza y algunas gruesas gotas cayeron sobre sus cabezas. Ella se apresuró a sacar el diminuto paraguas de su mochila y abrirlo. Lo puso sobre ambos, pero no había contado con que el viento iba a soplar de lado. Poco después, comenzó a llover con ganas, y el ridículo paraguas se dio la vuelta y no sirvió de mucho. Los dos terminaron calados.
— ¿Y si corremos? — propuso él casi a gritos.
Juls no le dejó terminar; echó a correr dejando escapar una exclamación desenfrenada. Él se unió a ella, cabeceando por lo grotesco de la escena.
De algún modo y sin planearlo, se tomaron de la mano mientras avanzaban a toda velocidad por el camino asfaltado. Eran las dos únicas personas que parecía haber sobre la faz de la tierra, expuestas al vendaval.
Nadie más estaba tan loco como para andar por allí.
— ¿Aguantas? — le gritó.
— ¿Y tú? ¿Aguantas tú? — respondió ella con otra pregunta.
Ambos rompieron a reír.
El viento se llevó sus risas.
Jorge se sentía pletórico.
Había tenido sus dudas el día anterior, cuando acudió a la consulta de la doctora Carmena y le enseñó su diario y compartió sus pensamientos con ella. Tenía la sensación de que se estaba embarcando en una relación en la que él estaba dispuesto a invertir mucho más que ella, que no hacía otra cosa que mostrar reticencia, si bien los wasaps que intercambiaron la noche del jueves le habían proporcionado algo de optimismo.
La psicóloga le aconsejó que se dejara llevar y que no se cerrase a experimentar ninguna emoción, ya fuera buena o menos buena. Las emociones malas no existían en su vocabulario.
Y eso estaba haciendo.
Experimentar emociones.
Buenas.
Junto a Juls.
Cuando alcanzaron el parking donde estaba su coche, la ropa de los dos chorreaba.
Se apresuraron a subir al vehículo.
— Recuérdame que no volvamos a salir cuando amenace lluvia — dijo él con un suspiro mientras se acomodaba en el interior de Turbo.
— ¿Estás seguro de que no lo he hecho ya? Lo digo por lo de tu amnesia y tal… — repuso ella. Estaba tiritando.
— Estás graciosilla hoy.
— Graciosilla, no sé. Calada, seguro. — Sus dientes comenzaron a castañear.
Las ganas de abrazarla y traspasarle algo de su calor corporal — que no era mucho— le sobrepasaron. No obstante, mantuvo la cabeza fría y se limitó a introducir la llave en el contacto y poner la calefacción a toda potencia.
La miró durante unos segundos. Las gotas resbalaban de su pelo que el agua había oscurecido y rodaban por su cara pálida. Su cazadora de cuero había conseguido repeler la humedad, pero sus vaqueros estaban empapados.
— Vamos a mi apartamento. — Tomó una decisión— . Está aquí al lado.
Te puedes duchar y entrar en calor mientras tu ropa se seca.
Sacó un paquete de pañuelos de papel de la guantera y se lo tendió para que se secara. Ella lo cogió y le dio la gracias de un modo casi inaudible.
Él arrancó y accionó el limpiaparabrisas que se puso en marcha con un gemido lastimero. El calor que emergía de los conductos de ventilación pronto caldeó el interior del vehículo. Se pusieron en marcha en dirección a la costa y los neumáticos del todoterreno levantaron cortinas de agua al internarse en los profundos charcos. Apenas había gente por la calle; era indudable que todo el mundo había buscado refugio en algún lugar. Las tormentas invernales en la zona no solían ser muy comunes y duraban poco.
Con toda seguridad, en un par de horas, el cielo estaría despejado.
Tal y como había pronosticado, llegaron al garaje de su edificio en pocos minutos.
Estacionó el vehículo en su plaza y lo rodeó para abrirle la puerta a ella, que, si bien se había secado la cara con los clínex, todavía tenía un aspecto miserable con el cabello pegado a la cabeza y las mejillas lívidas. Él mismo notaba el tejido húmedo de su cazadora vaquera pegado al cuerpo y era una sensación bastante desagradable.
Mientras subían en el ascensor se dedicó a estudiarla. Ella no había dicho ni una sola palabra en los últimos minutos y todo el buen humor que había mostrado en el camino del faro parecía haber desaparecido.
Se bajaron en la quinta planta y él señaló la vivienda de la derecha.
— Este es mi apartamento — dijo. Abrió la puerta y le cedió el paso— .
No es muy grande, pero para una persona sola está bien. Todavía me estoy aclimatando al sitio. Solo hace unos días que me he mudado. Tenía ganas de
tener un poco más de independencia y tranquilidad, ya sabes cómo es mi familia, todos muy ruidosos y caóticos.
Se dio cuenta de que estaba balbuceando una frase tras otra, intentando llenar el incómodo mutismo que parecía haberlos envuelto.
— Ya lo conocía — susurró ella. Había un tinte melancólico en sus palabras.
¡Claro! Se llamó imbécil para sus adentros. ¿Cómo no había caído?
Quizá ese era el motivo por el que estaba tan callada. ¿Recuerdos gratos o ingratos?
¡Puñetera amnesia!
Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre el sofá. Luego, se dirigió al dormitorio y entró al baño. Cogió una toalla de la estantería y regresó a la alcoba para sacar un pantalón de chándal y una camiseta del cajón de su cómoda antes de volver junto a ella.
— Toma. Date una ducha para entrar en calor. Y ponte esto. — Le tendió las prendas— . Deja la ropa en el suelo junto a la puerta y yo me encargo de meterla en la secadora.
— ¿Puedo beber un vaso de agua primero?
— Pues claro.
Ni siquiera tuvo tiempo de ir a buscarlo. Ella estaba más cerca que él de la cocina y se dirigió directamente al armario donde guardaba los vasos.
Cogió uno y sacó una botella de agua mineral de la nevera. Todos sus movimientos eran precisos y seguros.
Sí. Era indudable que ya había estado en el piso con anterioridad.
Verla desenvolverse con tanta familiaridad por su casa le causó un agradable cosquilleo en las tripas. Siguió observándola a través de las pestañas mientras volvía a guardar la botella en la nevera y bebía del vaso a pequeños sorbos. La suave ondulación de su garganta mientras tragaba le pareció sumamente sensual.
De pronto, se preguntó qué cosas habrían hecho en ese apartamento.
Imágenes de ambos retozando en su sofá y revolcándose en su cama se agolparon en su cabeza con repentina fuerza. Fueron tan vívidas que, durante un instante, pensó que eran un recuerdo real, pero rápidamente se
dio cuenta de que no era así. No eran reminiscencias de sucesos pasados, eran algo diferente.
Quizá un anhelo de deseos insatisfechos.
Un vehemente ardor se apoderó de él y le despertó una erección.
Avergonzado, trató de disimular su inesperada reacción física y se dio la vuelta, encarando el amplio ventanal que daba al exterior. A través de la cortina de agua que caía del cielo pudo ver los blancos cantos rodados empapados en la playa y el tormentoso mar de color pardo.
Tan tormentoso como sus propios pensamientos.
Permaneció inmóvil, con los puños cerrados, intentando que su cuerpo se serenase. Por fin escuchó los pasos de ella a su espalda y el sonido de la puerta del dormitorio, cerrándose. Expulsó el aire que había mantenido preso en los pulmones y pegó la frente al frío cristal. Un hondo suspiro emergió de su boca.
¿Acababa de empalmarse?
¡Qué patético!
«No seas tan dramático», se dijo. A fin de cuentas, tampoco era la primera vez. Hacía unos días que eso le había sucedido mientras veía los provocadores vídeos que ella le había enviado en el pasado.
Había uno en el que ella estaba solo con ropa interior.
¡Joder! Lo último que necesitaba en ese momento era pensar en esos vídeos.
Se dio la vuelta y se dirigió a su cuarto. Tal y como él le había pedido, ella había dejado la ropa mojada en el suelo: sus vaqueros, su suéter verde, sus deportivas y sus calcetines. Estos eran rojos con margaritas diminutas.
Los alzó en el aire y se maravilló de lo pequeños que eran.
Se desnudó con rapidez, se puso un chándal y una camiseta y, con las prendas húmedas de ambos en la mano, se dirigió a la cocina para meterlas en la secadora. Después, regresó al ventanal y echó una ojeada al exterior.
La lluvia parecía estar amainando.
Desde hacía unos minutos, una vena latía con fuerza cerca de su cuero cabelludo y un incipiente dolor de cabeza comenzaba a manifestarse detrás de sus cuencas oculares, pero lo había ignorado. Se frotó la sien con cuidado y sus ojos se posaron sobre las palabras escritas en azul en su antebrazo izquierdo. Se habían emborronado un poco con la humedad, pero todavía se podía leer en la parte más alejada de su mano: Juls .
Era consciente de haberse garabateado su nombre en el brazo esa mañana cuando estaba anotando las fechas, pero no recordaba haber dibujado el corazón.
Su subconsciente parecía traicionarle.
Juls
La melancolía había hecho presa en ella en cuanto entraron por la puerta del apartamento. Demasiadas experiencias compartidas entre aquellas paredes.
Ya en el ascensor comenzó a sentirse extraña recordando la primera vez que estuvo allí. En aquel entonces, se habían devorado a besos en la estrecha cabina metálica.
Y, después, al ver el sofá en el que habían pasado largos ratos besándose, y la cocina, donde desayunaron e intercambiaron confidencias después de una larga noche de pasión, se le había encogido el estómago.
Pero nada comparado a lo que sintió cuando entró al dormitorio y sus ojos se deslizaron por la cama. Los recuerdos de todo lo sucedido entre esas sábanas la golpearon con fuerza y estuvo a punto de soltar un sollozo ahogado. Toda la complicidad, los besos, las caricias, el modo en que él le había susurrado al oído palabras en alemán, las miradas, las bromas y las risas… Todo olvidado.
Después de dejar la ropa en el suelo, junto a la puerta, se encerró en el baño a toda prisa, intentando ignorar que también habían hecho el amor en esa ducha mientras protestaban riéndose por el pequeño tamaño de la cabina acristalada. Dejó que el agua arrastrara las lágrimas que se empeñaron en brotar de sus ojos mientras se llamaba tonta en silencio por dejarse llevar de esa manera.
No quería demorarse mucho tiempo en el baño porque sabía que Jorge también necesitaba usarlo, pero la sensación del agua caliente sobre su entumecido cuerpo era demasiado maravillosa para apresurarse. Apoyó la cabeza sobre la pared de azulejos y emitió un sollozo, decidida a que fuera el último.
No podía seguir lamentándose.
Sí, era verdad que él no la recordaba y que había olvidado las experiencias maravillosas que habían vivido juntos.
Pero estaban construyendo otras nuevas.
Como la excursión al faro.
Pese a que la tormenta los había sorprendido, las últimas horas junto a él habían sido fantásticas y no se iban a borrar de su memoria jamás.
Cuando la imagen de Jorge leyendo las chuletas de su brazo acudió a ella no pudo evitar soltar una risa, cuyo eco se mezcló con el sonido del agua que caía sobre las paredes de cristal.
Era tan absurdo y tan tierno al mismo tiempo.
Era algo que el Jorge del pasado habría hecho.
Pensó en lo largo que se le había hecho el día anterior, sin verle. Ni siquiera pudo concentrarse en trabajar porque su mente estaba demasiado ocupada haciéndose preguntas ridículas.
¿Qué estaría haciendo él? ¿Dónde estaría? ¿Estaría pensando en ella?
Y otras mucho más serias.
¿Podía confiar en él? ¿De verdad se estaba enamorando de ella?
Y la peor de todas.
Si no era así, ¿podría resistirlo su corazón?
Vivía en un mar de dudas. Lo único que sabía con seguridad era que se había equivocado al pensar que, manteniendo las distancias, la atracción que sentía por él disminuiría de algún modo y sería capaz de ver las cosas en perspectiva. Fue al contrario. Le echó de menos a rabiar.
Por eso esa mañana había estado tan receptiva. Tenía la necesidad de ser Juls, la de antes y de que él fuera Jorge, también el de antes.
Y lo fueron.
Casi a regañadientes, abandonó la ducha y se secó. Después se vistió con la ropa que él le había dado, que le quedaba enorme. Ni siquiera se
miró al espejo. ¿Para qué? Seguro que estaba ridícula, pero no le importó demasiado.
Jorge estaba de pie frente al ventanal, pero se dio la vuelta al escuchar sus pasos.
— ¿Qué tal la ducha? — le preguntó.
— Grandiosa. Me habría quedado allí a vivir — repuso con un guiño.
Él le regaló una sonrisa que no terminó de alcanzar sus ojos al tiempo que se frotaba la frente. Estaba un poco pálido y tenía el ceño arrugado.
Aquello la llenó de sorpresa.
— Te queda bien mi ropa — bromeó. A todas luces, se notaba que su tono era forzado.
— Si te gustan los payasos…
— En serio. — Seguía sonriendo, pero era una sonrisa artificial.
No pudo preguntarle porque él se encaminó al dormitorio. Justo antes de cerrar la puerta, asomó la cabeza por ella.
— No tardo mucho, pero si quieres un café…
— No te preocupes — le interrumpió— . Yo me encargo.
Él desapareció y ella se quedó inmóvil y perpleja con la vista fija sobre la hoja de madera. Su cambio de actitud era muy patente. ¿Habría pasado algo?
Pensativa, preparó café y lo sirvió en dos tazas, sin leche, recordando que a él también le gustaba así. Después, con su taza en la mano, se dirigió al ventanal que dominaba toda la pared y que daba al balcón. Había dejado de llover. Solo de vez en cuando alguna gota golpeaba la barandilla de metal, pero era probable que no cayeran del cielo sino del piso superior.
Se abstrajo contemplando el mar revuelto. Las crestas blancas de las olas, que se habían comido media playa, contrastaban con el color plomizo del agua. La línea del horizonte parecía marcada con un cincel, tal era el contraste entre la oscuridad del océano y el gris apagado del cielo.
Unos pasos a su espalda la sobresaltaron. Se giró y le vio junto al sofá.
El cabello húmedo le caía sobre la frente y tenía los ojos entrecerrados de un modo poco natural.
— ¿Ya? ¡Qué rapidez! — murmuró ella— . Te he preparado un café. —
Señaló la encimera.
Él asintió con un rictus inusual en su boca.
De nuevo, Juls tuvo la sensación de que algo no marchaba bien.
— ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
— Me duele la cabeza — admitió él al tiempo que se llevaba los dedos a las sienes y bajaba los párpados— . Mucho — añadió con sutil reticencia.
— Oh… ¿Tienes algo para el dolor? — inquirió preocupada.
— Acabo de tomarme una pastilla, pero es probable que tarde en hacer efecto. — Hizo una pausa y bebió un trago de su taza— . Mira, ya sé que te voy a joder el día, pero creo que voy a tener que encerrarme en el dormitorio con las persianas bajadas. No es la primera vez que me pasa esto. Voy a llamar a Erika para que venga a buscarte.
— ¿Tiene esto algo que ver con tu accidente?
Él suspiro.
— Puede. Antes nunca había tenido este tipo de dolor de cabeza… No lo sé.
— No hace falta que llames a Erika y menos con las carreteras empapadas como están. Tú vete al dormitorio y yo me quedo aquí por si necesitas algo.
— Pero…
— Sin peros — le cortó con decisión.
Él guardó silencio unos instantes.
— Me sabe fatal que tu sábado se estropee.
— Vale. No digas nada más — volvió a callarle, alzando una mano con energía— . Vete a la cama que yo me apaño aquí. He visto que tienes comida en el frigorífico. Me prepararé algo y veré la tele.
— Juls…
— Jorge…
Por un segundo, la cara de él se aclaró y una sonrisa genuina asomó a sus labios.
— Vale, acepto mi derrota. No sabía que eras tan mandona.
— Sí lo sabías, pero se te había olvidado — le contradijo— . Te lo voy a ir recordando.
Él la miró indeciso, pero terminó por darse media vuelta y, con el café en la mano, se dirigió al dormitorio.
— Si necesitas cualquier cosa…
— Llamaré a la policía — bromeó ella.
Él se rio suavemente antes de entrar a la habitación y cerrar la puerta.
Juls dejó caer los hombros hacia delante en cuanto él no estuvo presente para poder verla. Si bien había utilizado su sentido del humor, estaba preocupada. No sabía hasta qué extremo un dolor de cabeza, en el caso de Jorge, entraba dentro de la normalidad. ¿Y si le pasaba algo?
Se apresuró a coger su móvil y, tomando asiento en el sofá, fue a Google e hizo una búsqueda sobre jaquecas en pacientes con amnesia. Al cabo de diez minutos, estaba más perdida que antes y no había sacado nada en claro.
Lanzando miradas fugaces a la puerta del dormitorio, terminó llamando a Erika.
— Hola — dijo en voz queda cuando esta aceptó la llamada.
— Hola, Juls. Creía que estabas con Jorge.
— Y estoy, pero quería preguntarte una cosa.
— Dispara.
— Estamos en su piso. Le duele la cabeza y se ha acostado… — titubeó
— . Estoy un poco preocupada, la verdad.
— Ah… Vaya, qué putada… — Erika chasqueó la lengua— . Le pasa de vez en cuando, no con mucha frecuencia, gracias al cielo. El último TAC
que le hicieron es de hace dos semanas y estaba todo perfecto, así que no te preocupes. Solo necesita descansar y estar tranquilo. Seguro que en unas horas está bien.
Juls dejó escapar un suspiro aliviado.
— Vale.
— ¿Quieres que vaya a buscarte?
— No. No — rechazó— . Prefiero quedarme. Muchas gracias.
— Oye, Juls… — dijo Erika con un carraspeo.
— ¿Sí?
— Ayer en el aseo del Portus te dije que no quería que mi hermano y tú os separarais y tú no dijiste nada.
Juls cerró los ojos y tragó saliva.
— Me encantaría poder decirte que eso no va a suceder jamás, pero no lo sé, Erika. Soy consciente de que él está poniendo todo de su parte para
volver a enamorarse de mí. Lo noto. Pero ¿y si eso no pasa? ¿Y si de pronto se da cuenta de que no quiere estar conmigo?
— A ver, Juls. Conozco a mi hermano. Le gustas.
— No digo que no — repuso— . Pero gustar se queda corto.
— ¿Acaso lo habéis hablado?
— No.
— ¿A qué estáis esperando, entonces? — Sonaba impaciente.
— Tienes razón. Tenemos que hablar.
— No tomes ninguna decisión precipitada.
— No lo haré.
Hubo un largo silencio después de aquella frase.
— Mañana nos vemos en el chalet, ¿no? — preguntó Erika.
— Sí, claro.
— Genial. Si necesitas cualquier cosa, llámame.
Se despidieron y Juls se quedó un rato sentada en el sofá, abstraída. Las palabras que le había dicho Erika le daban vueltas por la cabeza.
Conozco a mi hermano. Le gustas.
Ella ya lo sabía. No era tonta. Jorge se lo demostraba constantemente.
¿Pero gustar era suficiente? ¿Y si el sentimiento se quedaba solo en eso y Jorge nunca pasaba de ahí?
Se levantó y cogió la manta de cuadros que había en el respaldo del sofá.
Se envolvió en ella y se dirigió a la terraza. Abrió la puerta corrediza y un aroma mezcla a salitre y petricor entró en la estancia. Aspiró hondo y se llenó de él. Era una maravilla. Tomó asiento en una de las sillas de plástico que se había librado de la lluvia y dejó la taza en la mesa. Casi por inercia, sus dedos accedieron al listado de llamadas y pulsó sobre el nombre de la persona con la que contactaba siempre que se sentía mal.
— Hola, peque.
La sonora y varonil voz de Félix le dibujó una sonrisa. Cuando hablaba con él podía dejar de pretender ser fuerte y adulta. Era como regresar al pasado. Volvía a ser una niña que confiaba en su hermano mayor para que se encargase de resolver todos sus problemas.
— Hola.
— ¿Qué tal en la playa? ¿Te has bañado?
— Claro, con el agua a catorce grados y una tormenta…
— Qué cobarde — se burló.
Juls le dio un trago a su café que comenzaba a quedarse frío y rebuscó en su interior las palabras más adecuadas para hablarle de sus sentimientos.
— Vale. Ese silencio tuyo lo dice todo. ¿Sigues confusa?
Habían hablado el día anterior y ella ya le había contado cómo se sentía.
— Un poco.
— Espera, que salgo a la calle, que estoy en el local y no te oigo bien.
— Si estás ocupado…
— Yo siempre estoy ocupado, pero siempre tengo tiempo para ti. —
Hubo un ruido de puertas que se abrían y cerraban— . A ver, ya estoy.
Dime.
— Hoy he pasado una mañana genial con Jorge — comenzó.
— Eso es fantástico.
— Ya…
— Ya, ¿qué?
— Tengo pánico de dejarme llevar — admitió.
— ¿Por qué?
— Le gusto.
— Pero eso es positivo, ¿no?
— Debería serlo. Pero ¿y si después de que me conozca más se da cuenta de que no le gusto?
— Eso es imposible. Eres adorable.
— ¿Y si no le gusta como beso? — prosiguió como si él no hubiera dicho nada— . O peor todavía, ¿y si cuando nos acostemos piensa que no soy como lo ha imaginado?
— No necesito que me des detalles — refunfuñó él— . No es plato de buen gusto imaginarte con nadie en la cama. Para mí sigues siendo Julia, mi hermanita pequeña, la de las trenzas.
— En serio, Félix. No te burles. Mi vida no es fácil en este momento.
— Eres muy joven para estar así. Solo tienes veintiséis años.
— Veinticinco todavía — protestó.
— Solo te falta un mes — señaló él con un chasquido de lengua— . Hay muchos peces en el mar y tú has tenido la mala suerte de encontrarte con el
más complicado.
— ¡No es su culpa! — saltó ella veloz.
— Ya sé que no lo es, que han sido las circunstancias. — Hizo una pausa— . ¿Estás segura de que tiene que ser él?
No vaciló al responder con apasionamiento.
— ¡Al cien por cien! Tiene que ser él. Nadie más.
Él suspiró al otro lado de la línea.
— Si tan segura estás, ¿por qué me llamas y me planteas mil dudas?
— Jo, Félix…
— Ahora sí que suenas como una niña de veinticinco — bromeó él.
Ella no pudo evitar reírse, pero recuperó la sobriedad con rapidez.
— A ver, ¿qué hago?
— ¡Pero si ya lo sabes!
— No lo sé.
— ¿Vas a parar? ¿Vas a dejar de verle?
— ¡No!
— Pues entonces ya lo sabes. Vas a seguir adelante. Y si todo sale bien, serás una mujer feliz con una pareja estupenda. Y si todo sale mal, pues te lamerás las heridas y yo estaré aquí para ayudarte a superarlo. Es muy sencillo, Juls.
— Cuando tú lo dices suena muy simple — suspiró.
— Es que lo es. Solo tú lo estás haciendo difícil. ¿Por qué?
— Tengo miedo de que me rompa el corazón — admitió.
— El corazón no se rompe. Se magulla un poquito, pero se recupera. Y
tú eres una mujer muy fuerte. Podrás con todo.
Dejó que esas palabras calaran dentro de ella.
— Y, sobre todo, deja de comerte la cabeza pensando que hay dos Jorges
— prosiguió él— . Es la misma persona. Y por todo lo que me dices, él siente algo por ti. Quizá sea diferente a lo que había entre vosotros en el pasado, pero es algo. Vívelo — pronunció, recalcando mucho las tres sílabas— . Mi hermana Juls se lanzaría con valor a la aventura. No sé quién es esta chica indecisa y llena de ambigüedad que no deja de decir tonterías.
Ella arrugó la nariz, avergonzada, ya que en su fuero interno sabía que tenía razón.
— ¿Sabes que te quiero un montón?
— Es normal. Soy perfecto.
Ella rompió a reír.
— Es verdad. Lo que no entiendo es por qué no tienes pareja.
— Si tuviera pareja ya no sería tan perfecto — replicó con sarcasmo— .
¿Dónde estás ahora?
— Estoy en su piso. Él se ha acostado porque le duele la cabeza.
— Pero ¿está bien? — preguntó con inquietud.
— Sí. Su hermana me ha dicho que le pasa a veces, pero que no es preocupante — dijo y luego se detuvo un instante— . Eh, Félix…
— Si me vas a dar las gracias, ahórratelo.
— ¡Qué gilipollas eres!
— Hace cinco segundos me has dicho que me querías.
— No es incompatible. Se puede querer mucho a un gilipollas.
Ambos se rieron.
— Te dejo, que veo a uno de mis socios con cara de pocos amigos viniendo hacia mí. Si necesitas algo más, me llamas.
— Vale. Un beso.
Cortó la comunicación sintiéndose ligera. Hablar con su hermano siempre le hacía bien.
Se había levantado una brisa fresquita que se colaba por los huecos de la manta y la estaba dejando congelada, así que regresó al interior del apartamento. Dejó la taza sobre la encimera de la cocina y encaminó sus pasos hacia el dormitorio. Pegó la oreja a la puerta y trato de escuchar algo, pero solo había silencio. Con sigilo, bajó el picaporte y empujó la hoja de madera.
La habitación estaba casi en penumbra. Jorge había bajado la persiana y solo una rendija dejaba pasar algo de luz y dibujaba la silueta masculina sobre la cama. Estaba tendido bocarriba con una mano sobre el pecho y la otra extendida a lo largo de su cuerpo. No se había desvestido y solo se había arropado las piernas.
Juls vaciló solo unos segundos antes de adentrarse en el cuarto de puntillas y detenerse junto a la cama. Solo podía vislumbrar sus rasgos
tenuemente, pero era evidente que dormía. Giró sobre sus talones, decidida a marcharse.
— Juls…
Su voz la sorprendió camino de la puerta.
— No pretendía despertarte — murmuró, acercándose a él de nuevo.
— No lo has hecho. No estaba durmiendo — repuso en voz queda.
— ¿Cómo estás?
— Más o menos.
— ¿Puedo hacer algo por ti?
— ¿Tienes las manos frías?
— Eh, un poco… Es que he estado fuera…
— ¿Puedes ponerme una en la frente? — la interrumpió.
Ella no dudó ni un segundo. Tomó asiento en el borde de la cama y posó la mano sobre su frente. Tenía la piel caliente y suave.
— ¡Dios! — dijo con un suspiro— . ¡Qué bueno! ¿Te importaría mucho quedarte un rato?
— Claro que no.
— Genial.
Después de eso no pronunció ni una palabra más.
Juls tragó saliva. Notaba una extraña calma en su interior. Quizá fuera estúpido, pero saber que el roce de su mano le provocaba alivio hizo que se sintiera bien y una oleada de afecto la embargó.
Transcurrió un buen rato en un mutismo absoluto. Solo se escuchaba el sonido de sus respiraciones, la de ella agitada y la de él más serena y profunda.
Era obvio que se había dormido.
Pobre Jorge…
Le estudió con interés durante una eternidad, recreándose en sus relajadas facciones, en su nariz recta, en el ángulo de su mandíbula cubierta por una sombra oscura y en su viril cuello.
¡Cómo echaba de menos tocarle!
Terminó por retirar la mano de su frente y la acercó a sus labios. Sin llegar a rozarlos, se los delineó dejando un espacio de milímetros entre su piel y la punta de sus dedos mientras ahogaba un suspiro. El anhelo de
besarle y comprobar que su boca era igual de firme y sensual que en el pasado la sobrepasó, pero no lo hizo. Quería que, cuando intercambiaran su primer beso — al menos para él lo sería— , ambos estuvieran despiertos y fueran muy conscientes de la situación.
Y, por supuesto, que no se quedase solo en un beso. Quería más, mucho más.
Las palabras de su hermano resonaron en su cabeza.
Él siente algo por ti. Quizá sea diferente a lo que había entre vosotros en el pasado, pero es algo.
Vívelo.
Sí. Lo haría. Lo viviría.