Inolvidable
Capítulo 28
Juls
Había transcurrido una semana desde su regreso a Madrid. Una semana llena de altibajos constantes, de momentos relativamente buenos y de otros muy malos. Había intentado llenar su tiempo trabajando, manteniendo largas conversaciones con Félix y con Mariu, saliendo de compras con Sonsoles y hasta quedando con Sergio para tomar café.
Nada le había servido. Su cabeza seguía llena de Jorge.
Todas las tardes contactaba con Erika para que esta le informara de sus progresos, pero la respuesta era siempre la misma: Jorge está bien, pero todavía no recuerda nada. Y cada vez que escuchaba esas palabras, su corazón volvía a hacerse pedacitos de nuevo. No obstante, debía de tener una vena masoquista en su interior porque seguía llamando.
Suspiró bajito.
Hacía un rato que había intentado contactar con Erika y esta no le había cogido el teléfono. Seguro que en breve le devolvería la llamada.
Miró la hora en la pantalla del portátil y se dio cuenta de que ya eran las siete. En solo una hora, Félix pasaría a buscarla para ir a cenar a casa de sus padres. Era Nochebuena y Rodri y su familia también iban a estar presentes.
Se incorporó, estirando los brazos en el aire para estimular los músculos de la espalda. Demasiadas horas frente al ordenador escribiendo. Había mucho silencio en el ambiente y eso le había permitido concentrarse y adelantar trabajo. Sonsoles se había ido a pasar esos días con su familia y Juls tenía el piso para ella sola.
Se encaminó al baño para darse una ducha. Reguló el agua y cuando esta estuvo a la temperatura deseada se introdujo en la cabina y dejó que el potente chorro se llevara el cansancio y la melancolía en la que parecía estar inmersa desde hacía semanas. Sabía que era un alivio momentáneo y que todos sus problemas retornarían con fuerza en cuanto abandonase esa
ducha, no obstante, trató de relajarse y de olvidarse de todo, aunque solo fuese por unos instantes.
No tuvo mucho éxito.
Ese año las navidades la habían pillado por sorpresa. Solía disfrutar de esos días con entusiasmo como cuando era una cría. Le encantaba ir de compras y salir por el centro de la ciudad para admirar las luces, pero la situación en la que se encontraba había hecho imposible que se divirtiese.
No tenía ganas de celebraciones ni de encuentros festivos, pero no podía fallarle a su familia, así que esa noche se pintaría una sonrisa falsa y trataría de que nadie notara que estaba triste. Solo su hermano Félix era conocedor de su historia.
Se enjabonó el cuerpo y se lavó el pelo con energía. Después, apoyó la frente sobre la pared de azulejos y dejó que el agua arrastrara los restos de espuma.
Cerró los ojos con fuerza cuando un vívido recuerdo de una conversación que tuvo con Jorge acudió a ella. Habían acordado pasar el fin de año juntos. En Benidorm, en el Hotel Madeira Centro, que, según le contó él, disponía de una terraza panorámica con restaurante en la planta veinte. Desde allí verían la puesta de sol y cenarían algo suave para después irse a una suite a celebrar la entrada del nuevo año fundidos el uno en el otro.
Sí, esos habían sido sus planes.
Ya nada de eso iba a suceder.
A pesar de que el agua caliente le caía encima de los hombros y el vapor había convertido la ducha en una sauna, se le puso la carne de gallina.
«No pienses en él. No lo hagas».
Estaba tan ensimismada que apenas se percató de que su móvil sonaba en la habitación contigua. Se apresuró a cerrar el grifo y a salir de la cabina.
Se secó someramente y, envuelta en la toalla, corrió hacia el salón, pero cuando llegó ya era tarde, el teléfono no emitía sonido alguno.
Seguro que era Erika devolviéndole la llamada.
Cogió el aparato y lo desbloqueó.
El nombre que aparecía en la pantalla no era el de la rubia.
Era el de Jorge.
Le fallaron las piernas y se dejó caer en el sofá, desmadejada. ¿Jorge la había llamado? ¿Significaba eso que había recuperado la memoria? ¿La recordaba?
Apenas se había formulado todas esas preguntas a sí misma cuando el teléfono comenzó a sonar de nuevo y estuvo a punto de dejarlo caer al suelo por la agitación. Jorge . Se quedó mirando aquellas cinco letras con la boca entreabierta y la respiración acelerada. En el par de segundos que tardó en aceptar la llamada, miles de ideas se manifestaron en su interior, todas ellas teñidas de un vestigio esperanzador.
— ¿Sí? — respondió casi sin aliento.
— Hola, Juls.
¡Dios! ¡Su voz!
— ¿Hola?
— ¿Sabes quién soy?
¿Cómo no iba a saberlo? Incluso si no hubiera tenido su número guardado, le habría reconocido en cualquier parte. Nadie hablaba como él.
Nadie conseguía que se agitara por dentro de ese modo.
— Claro. Eres Jorge. — No le gustó demasiado la vulnerabilidad que destilaba su tono.
— Eh, sí.
— ¿Estás… bien? — preguntó titubeante.
— Estoy bien.
Hablaba con una ligera impronta de timidez como si no estuviese seguro de qué decir a continuación. Juls dejó que el silencio se expandiera entre ellos. El conato de esperanza que había sentido hacía unos segundos se diluía lentamente.
Ese no era su Jorge.
— No sé muy bien cómo decirte esto — continuó él al cabo de unos segundos— . No me andaré por las ramas. Sigo sin recordar nada, pero sé quién eres — suspiró— . Sé que eras… mi chica.
Juls enterró la mano entre sus muslos. Sabía que estaba a punto de echarse a llorar. Su chica. ¿Cómo lo habría averiguado? ¿Se lo habrían dicho sus hermanos? No pudo seguir con sus elucubraciones porque él continuó hablando:
— He visto las fotos que nos hicimos juntos y también he leído los mensajes que intercambiamos. No lo había hecho antes porque no tenía mi móvil. Te he llamado en cuanto me he enterado… — Se detuvo y emitió un áspero soplido— . No. Es mentira. Lo averigüé hace días, pero me ha costado dar el paso de contactar contigo. No estaba seguro…
¿Su móvil? ¡Claro! Tenía sentido. Ni siquiera sabía por qué no se le había ocurrido pensar en ello antes. Casi toda su relación estaba plasmada en fotos, vídeos y mensajes.
— Oh…
Quería decir algo más que ese tonto monosílabo que escapó de su boca.
Quería decir muchas cosas, pero tenía la sensación de que, en cuanto comenzara a hablar, sería incapaz de contener el llanto.
— Sé que esto es difícil para ti, Juls. No puedo ni imaginarme lo que tiene que ser experimentar algo así. Yo… yo lo siento mucho…
— No te disculpes — le interrumpió— . No es culpa tuya.
— Lo sé, lo sé — murmuró.
Hubo una larga pausa bastante embarazosa y Juls se vio en la obligación de romperla. Hasta el momento, era él quien había hablado todo el tiempo y ella se había limitado a escuchar. No se sentía preparada para profundizar en ese asunto y se escudó en otro tema menos escabroso.
— ¿Cómo… llevas la terapia?
Él emitió un ligero carraspeo. Quizá se sentía igual de turbado que ella y el cambio de tema le convenía.
— Bien. Me gusta la psicóloga. Me está ayudando mucho a… aceptar mi situación.
— Eso es genial.
— La semana que viene me van a hacer otro TAC. Si los resultados son positivos, me podré incorporar al trabajo. Estoy agobiado de estar todo el día en casa.
— Me lo imagino. ¿Y vas a volver a tu piso o te vas a quedar con tus padres?
— No me lo he planteado por ahora, pero supongo que volveré a mi piso. Echo de menos ser un poco más independiente. Toda mi familia está encima de mí ahora mismo.
— Están preocupados.
— Lo sé.
De nuevo hubo un silencio preñado de incomodidad.
Era casi irreal tenerle al otro lado de la línea y hablar con él de ese modo tan banal, como si ella no se estuviera muriendo por dentro.
— Eh… Juls…
Bajó los párpados al escucharle pronunciar su nombre. ¡Qué bien sonaba saliendo de su boca!
— Dime.
— Soy consciente de que no tengo que disculparme, pero quiero hacerlo.
— No es necesario.
— La última vez que nos vimos en el Nevada, sé que fue un momento bastante duro para ti. Mi torpeza hablándote…
— Torpeza ninguna — rechazó con contundencia— . Fuiste encantador.
Él liberó una risa que a ella le llegó al alma. Sintió cómo el calor se le concentraba en las mejillas.
— ¿Encantador? Vaya, me alegro de que pienses así de mí — dijo y después se detuvo. Incluso a través del teléfono era palpable que deseaba decir algo más y que estaba buscando las palabras adecuadas— . ¿Sabes una cosa? — continuó al fin tras un lapso de tiempo— . Durante unas semanas he estado utilizando un viejo móvil de mi hermano por eso no podía acceder a las fotos, pero sí pude descargarme la aplicación de mensajes. Te tenía guardada con la letra jota seguida por un corazón, por eso, en un primer momento, aunque leí todos los textos que nos enviamos, no los asocié contigo.
— Ah…
¿Una jota seguida por un corazón? Juls no pudo evitar sonreír con tibieza. Jorge siempre fue un romántico.
— Esas conversaciones me revelaron la gran complicidad que había entre los dos. Confieso que me divertí mucho leyéndolas. Parecíamos muy cercanos y estaba impaciente por saber quién era J. La verdad es que empecé a pensar en ella todo el tiempo… — Hizo una pausa— . Cuando por fin pude recoger mi móvil y vi las fotos fue todo un shock, puedes
creerme… — murmuró y terminó en voz queda— : Pero me alegro de que seas tú.
A Juls se le quedó el aire atascado en la garganta. ¿Qué significaba aquello? Entonces, ¿era ella misma la chica a la que se había referido en la cafetería cuando decía que había otra persona que le interesaba? No se atrevió a preguntárselo por miedo a escuchar una respuesta poco satisfactoria.
— Bueno…
— ¿Sigues teniendo a Starship como tono de llamada? — la interrumpió, cambiando de tema.
— No — admitió.
— Vaya… Yo sí.
Su corazón se saltó un par de latidos al escucharle decir eso.
— Era nuestra canción, ¿verdad? — continuó él.
— Era una canción que te gustaba — suspiró— . Decías que te recordaba a nosotros.
— ¿Y por qué ya no la tienes?
— Después de todo lo que ha pasado, me provocaba dolor cada vez que sonaba mi móvil — se sinceró.
— Entiendo — repuso él.
De nuevo el silencio se adueñó de la conversación. Juls se echó hacia atrás en el sofá, sin importarle demasiado que la toalla se deslizara y dejara gran parte de su cuerpo al descubierto.
¿Qué se le estaría pasando por la cabeza a él? Pagaría una fortuna por saberlo. Siempre fueron tan francos el uno con el otro y, ahora, ambos parecían medir cada frase que salía de sus bocas. Era como andar sobre una cuerda floja con mucho cuidado para no perder el equilibrio.
— Hay tantas cosas que me he perdido — dijo él en voz queda— . No sé si volveré a recordarlas, pero me gustaría que me las contaras… Joder, ni siquiera sé si esto que te estoy pidiendo es demasiado para ti.
Le dolió escucharle así de confundido.
— Puedo contártelas — aceptó— . Y no es demasiado para mí. No te dejes guiar por mi aspecto frágil, soy una mujer de armas tomar. — Se permitió el lujo de bromear.
— No lo dudo — repuso con jovialidad. Y después de una pequeña pausa, añadió— : ¿Vas a volver a Benidorm?
La indecisión la apresó. Si era sincera consigo misma, deseaba regresar y volver a verle, pero no sabía si eso sería lo más adecuado.
— Creo que no.
— Vaya… Qué pena. Sería genial que lo hicieras.
Cerró los ojos y tragó saliva con fuerza al escuchar la desilusión en su voz.
El timbre del portero automático sonó con estridencia, sobresaltándola.
¿Ya eran las ocho? Se le había pasado el tiempo volando.
— No quiero molestarte más — dijo Jorge al otro lado de la línea. Era obvio que él también lo había escuchado.
— No me molestas. Es mi hermano que ha venido a buscarme. Vamos a cenar a casa de mis padres. Espera.
Se acercó a la entrada y descolgó el telefonillo.
— ¿Sí?
— Soy yo. ¿Bajas? — resonó la potente voz de Félix.
— Voy a tardar un poco. ¿Quieres subir?
— No, que he aparcado en una zona de carga y descarga. Te espero aquí abajo.
— Vale. Dame quince minutos.
Colgó y volvió a la conversación con Jorge.
— Ya estoy aquí.
— Sé que te tienes que ir, pero no quiero despedirme sin antes haberte pedido un favor… Me gustaría que mantuviésemos el contacto.
¿El contacto? ¿De qué manera? ¿Como amigos?
No era suficiente. No lo era. Ella quería más, mucho más. Quería a su Jorge, a ese chico que la había conquistado con su sonrisa fácil y sus frases ingeniosas. A ese chico que parecía conocerse todo el repertorio de Kiss FM y que no se avergonzaba de cantar con voz de falsete para arrancarle una sonrisa. A ese chico que ponía su mundo del revés con cada beso y cada caricia. A ese chico que cada vez que la miraba le arrebataba el suelo de debajo de los pies.
Al chico maravilloso del que estaba enamorada.
Notó cómo su labio inferior comenzaba a temblar y se lo mordió para evitar soltar un sollozo. No quería que él se diera cuenta de su tristeza.
— Juls — pronunció su nombre con apremio.
— ¿Sí?
— No dices nada. ¿Puedo volver a llamarte?
No podía negarse, ¿verdad? Y tampoco podía exigirle nada.
— Claro.
— Si no quieres…
— Sí quiero.
— Vale — dijo con alivio— . Pues… te llamo.
— Hazlo.
— Eh… Adiós.
¿Sonaba reacio a terminar la conversación o eran imaginaciones suyas?
— Sí, adiós…
Cortó la comunicación y cogió aire profundamente.
Jorge la había llamado.
¡La había llamado!
Bajó los párpados abrumada por la miríada de sensaciones que se agolpaban en su interior.
Apenas había tenido tiempo de asimilarlo cuando el teléfono comenzó a sonar de nuevo en su mano. Miró la pantalla con aprensión.
Era él.
¿Otra vez? ¿Habría olvidado algo?
— ¿Sí? — respondió.
— Hola. Como me has dicho que podía volver a llamarte — susurró él y había travesura en su tono.
Compuso una sonrisa tonta. ¿Estaba flirteando con ella?
— No pensé que lo harías tan pronto.
Él se rio.
— Ya ves, soy un hombre impredecible. No, en serio, solo quería desearte una Feliz Navidad.
Se derritió por dentro.
— Oh, sí. Feliz Navidad para ti también.
— Estamos en contacto.
— Sí, claro.
Esa vez, cuando finalizó la llamada, se quedó quieta en medio del pasillo, sosteniendo el móvil contra su pecho.
No quería hacerse ilusiones.
No podía olvidar que Jorge no la recordaba ni recordaba lo que sentía por ella.
Pero el corazón le daba saltos en el pecho.