Inolvidable
Capítulo 15
Jorge
Juls: Buenos días. Qué prefieres, macarrones o espaguetis?
No pudo evitar reírse. Eran las ocho de la mañana de un miércoles. Solo ella podía desearle los buenos días de aquel modo tan loco.
Jorge: Aunque ahora estoy tomándome un café y no me apetece ni lo uno ni lo otro, macarrones.
Juls: Vale, igual que yo. Progresamos. Amanecer o anochecer?
Vaciló antes de contestar. Aparentemente, aquel era un juego de preguntas y respuestas que podía tomarse en serio o no.
Se decidió por lo segundo.
Jorge: Depende. Si me pongo en plan ñoño te diría que cualquiera de los dos si es contigo.
Juls: Eres el mejor. Me gusta cuando te pones cursi.
Ahogó una risa. No solía ser cursi, pero con ella le resultaba divertido.
Jorge: Puedo llegar a ser terriblemente cursi. Tú dame tiempo y comenzaré a chorrear mermelada. Yo también tengo una pregunta, la hamburguesa con mostaza o sin mostaza? Es una pregunta de vida o muerte, te lo advierto.
Juls: Con.
Jorge: Ufff, has pasado la prueba.
Juls: Pantalón corto o pantalón largo?
Jorge: Para ti o para mí? Bueno, da igual, corto en todo caso. Para poder disfrutar de tus piernas y que tú puedas flipar con las mías. Tengo unas pantorrillas muy atractivas. Musculosas y muy viriles.
Aguardó su respuesta mientras sus labios mostraban una sonrisa de oreja a oreja.
Juls: Pues no me he fijado.
«Mentirosa. Te encanta mirarme. ¿Crees que no me ha dado cuenta?».
Jorge: Mentirosa. Sé que te mueres por mis piernas. Y por el resto de mi cuerpo.
Juls: Reconozco que tienes unas orejas interesantes.
¿Tenía las orejas interesantes? Instintivamente, Jorge se llevó la mano a una de sus orejas y se la acarició con indolencia mientras le daba un largo trago a su café, al que no había echado azúcar esa mañana, y pensaba en su próxima pregunta.
Jorge: Desayuno o cena?
Juls: Cena romántica y con velitas. Siempre.
Jorge: Es una sugerencia?
Juls: Te lo has tomado como tal?
Jorge: Quizá. En un restaurante o en mi piso?
Daba igual lo que ella dijera, ya había planeado llevarla a su piso.
Juls: Eso se sobreentiende. Los restaurantes están sobrevalorados.
«Genial. Estamos en la misma onda».
Jorge: Perfecto, entonces en mi piso. Mañana.
Juls: Estás libre?
Jorge: Sí. Como un pájaro. Y tú, me vas a hacer un hueco en tu ajetreada vida social?
Juls: Espera que miro mi agenda. Sí, tengo un hueco entre la hora de la playa y la hora de la playa. Me apunto. Conjunto de lencería blanco o negro? Soy una buena chica y te dejo elegir.
Cerró los ojos y trató de imaginársela con cualquiera de los dos, pero su malicioso cerebro solo podía verla sin ropa, tal y como la había visto el fin de semana anterior. Emitió un leve gemido cuando su cuerpo reaccionó en consecuencia. ¡Dios! ¡Eran las ocho de la mañana! Últimamente, se excitaba con nada. Esa chica le volvía loco.
Jorge: La verdad es que da igual. Me gusta más lo que está debajo.
Juls: Qué superficial eres. Yo sí que tengo ganas de verte con tus bóxers azules… mmm.
Bajó la vista y se miró la ropa interior. Todavía no se había vestido. En efecto, llevaba unos bóxers azules, como de costumbre.
Jorge: Eso no va a ser difícil . A las seis te recojo, vale?
Juls: Te espero abajo. Ansiosa e impaciente, pero solo por la cena, nada más, que conste.
Jorge dejó el móvil sobre la mesa mientras la diversión plegaba sus labios. Era incapaz de no sonreír cada vez que hablaban. Ella ejercía ese poder sobre él.
No habían vuelto a verse desde el domingo y ardía en deseos de estar con ella. Había conseguido cambiar algunas clases del jueves con su compañera Nerea, así que estaba libre para poder pasar la tarde con Juls, y
— para qué negarlo— , esperaba que también la noche.
Sabía que tenían los días contados, que el domingo ella regresaba a Madrid y que esa breve aventura llegaría a su fin.
Cuando aquel pensamiento acudió a él, un sabor agridulce se le concentró en el paladar y le dio un sorbo a su café para ahuyentarlo, pero no sirvió de mucho.
Se puso de pie y salió al balcón. Las maravillosas vistas del mar Mediterráneo le recibieron. Se extendía ante sus ojos, añil, ancho y liso como un espejo, reflejando los rayos de un sol cegador que hacía un rato se había elevado por el horizonte. Extravió la mirada y aspiró con fuerza para llenarse del olor a salitre. Corría también un ligero vientecillo muy agradable que le despeinó el cabello.
Absorto, volvió a beber del amargo brebaje y suspiró.
Cuatro días y ella se iría.
— Solo cuatro días — musitó.
Juls
La semana pasó demasiado deprisa y el sábado amaneció soleado con un cielo azul maravilloso, símbolo de buenos presagios.
Aunque al final no pudieron verse todos los días porque a él se le complicaron las cosas en el trabajo y ella decidió pasar más tiempo con Mariu, intercambiaron wasaps a diario y se llamaron por teléfono con frecuencia. Juls nunca había experimentado una conexión así con nadie. Su pasada relación había sido muy diferente. Sergio podía pasarse semanas
fuera sin acordarse de contactar con ella — y así fue desde el principio— , algo a lo que Juls también llegó a habituarse.
Sin embargo, las cosas con Jorge eran muy diferentes, mucho más reales e íntimas. No podía pasar ni un solo día sin saber de él, sin escuchar su voz o sin desearle buenos días en un simple mensaje de texto.
Y él era igual que ella.
El jueves por la tarde, fue a recogerla y la llevó a su apartamento. Juls todavía se estremecía al recordarlo. No hubo cena con velitas para dos, a cambio, se besaron y acariciaron durante horas frente a la ventana de su dormitorio mientras el sol se ponía lentamente. Después pidieron una pizza y terminaron de nuevo en la cama con los cuerpos enredados.
Una noche mágica.
Los indicios ya estaban ahí mucho antes, pero fue el viernes, después de que él la hubiera dejado en su apartamento por la mañana, cuando se dio cuenta de que se había colado por Jorge irremediablemente. Le vio marcharse en su todoterreno y le siguió con la mirada, melancólica.
Cuarenta y ocho horas y no volvería a verle.
No quería irse.
No quería dejar a medias eso que había comenzado a arder entre ellos.
Su relación era fantástica, pero se basaba únicamente en el sexo, ¿no? Al menos así fue al principio. Una atracción sexual brutal que los llevó a la cama. Eran muy compatibles dentro de ella.
No obstante, también encajaban muy bien fuera de las sábanas.
Ella quería más que sexo. Mucho más.
Pero ¿y él?
Hecha un lío, se levantó y se dirigió a la ventana. Eran las ocho de la mañana y Jorge había quedado en ir a recogerla a las nueve para ir a bucear.
Y no podía evitar estar ansiosa. Era su bautismo de buceo. Quizá por eso se había despertado tan temprano. O quizá porque sabía que al día siguiente iban a tener que despedirse.
El piso estaba muy silencioso. Mariu había pasado la noche fuera, todavía no había regresado y tampoco pensaba hacerlo a lo largo del día. Ya le había dicho que quería pasar sus últimas horas en Benidorm con Dani e iba a aprovechar que él tenía el día libre para hacerlo.
Cuando su amiga acudió a su cabeza, una sensación de suave envidia la embargó. Mariu tenía las cosas muy claras y no sentía pena alguna por marcharse y despedirse de Dani. Era un simple rollo, le había dicho, y no tenía la más mínima intención de seguir manteniendo el contacto con él una vez que regresara a Madrid.
A Juls le habría gustado ser un poco más como Mariu y no haberse pillado por Jorge de ese modo. Las cosas habrían sido más fáciles, desde luego. Se sentía como cuando tenía quince años y se enamoró por primera vez. Solo quería pensar en él y estar con él. Rememorar cada instante que pasaban juntos, repasar sus conversaciones y analizar cada gesto. Si cerraba los ojos, le veía con esa sonrisa pícara que él solía lucir. Si iba a la cocina y se servía un vaso de agua, pensaba en él. Si se sentaba frente a la televisión a ver cualquier programa, él aparecía en sus pensamientos y se preguntaba dónde estaría y qué estaría haciendo. Le imaginaba trabajando en la escuela de buceo o en la playa, haciendo windsurf con sus alumnos y pensaba en la suerte que tenía la gente de estar a su lado y compartir su tiempo. Cuando hablaba con Mariu de cualquier cosa, él pululaba por su mente y se le ocurrían mil cosas que quería contarle cuando le viera, cosas tontas y sin sentido. Se imaginaba hablando con él de temas profundos y de otros mucho más superficiales. Y cuando se acostaba y apagaba la luz de la mesilla, ahí estaba él también, dentro de su cabeza.
Jorge por todas partes.
Era frustrante.
Se tomó un café para espabilarse y se dio una ducha rápida. Después, remoloneó unos minutos y se probó diferentes prendas de ropa, aunque sabía que aquello era una tontería, a fin de cuentas, iban a bucear.
Mucho antes de que fueran las nueve, ella ya estaba lista y le aguardaba en la calle, frente al portal. A pesar de encontrarse ya en octubre, la temperatura era ideal. Si bien los días de verano habían quedado atrás, el clima todavía permitía ir en pantalón corto y camiseta.
Escuchó el todoterreno incluso antes de que este girase en la esquina y pudiera verlo. Su potente sonido era inconfundible.
Las mariposas en su abdomen comenzaron a aletear revolucionadas.
Jorge detuvo el vehículo frente a ella y descendió de él. Apoyó la mano sobre el techo, recorriéndola de arriba abajo con los ojos llenos de entusiasmo. Llevaba unos vaqueros cortos y una camiseta blanca.
— Buenos días — la saludó— . ¿Dispuesta a ser mi sirena?
Ella se rio y se dirigió al asiento del pasajero, pero él la interceptó por el camino y, sujetándola por la cintura, la detuvo en medio de la acera y se apoderó de sus labios con vehemencia.
— Estos sí que son unos buenos días — murmuró, soltándola.
Juls hubo de darle la razón internamente.
— Vamos a Calpe — le informó mientras se ajustaba el cinturón de seguridad y ponía el coche en movimiento— . Es una localidad que está cerca de aquí, a veinte kilómetros. Hay una cala maravillosa para bucear a la que solemos acudir con los grupos para hacer inmersiones. ¿Conoces el Peñón de Ifach?
— He oído hablar de él.
— La cala a la que vamos está justo debajo, en la cara occidental. Se llama El Racó. Te va a gustar. Tiene una playita de cantos rodados de unos ciento cincuenta metros. En esta época del año apenas hay gente.
En cuanto se pusieron en marcha, Juls desconectó mentalmente. Estaba demasiado agitada pensando en su próxima aventura para fijarse demasiado en el trayecto. Bucear era una actividad que nunca le había interesado demasiado y ahora que estaba a punto de experimentarla, la desazón la carcomía. No sabía si era la anticipación por lo que iba a suceder en breve o el temor de sumergirse en terreno desconocido.
Una vez que abandonaron la autopista, se internaron en una carretera llena de curvas que rodeaba una ladera y que iba en paralelo a la costa. El azul Mediterráneo refulgía a su derecha.
— Mira hacia abajo — le dijo él en un momento dado— . ¿Ves ese puerto? Es Campomanes. Ahí es donde trabaja Erika.
Juls dirigió la mirada hacia donde él indicaba. De refilón, entre los matorrales que bordeaban la carretera, pudo ver unos cuantos barcos anclados allí; al menos dos de ellos semejaban ser grandísimos.
— Es un puerto deportivo muy exclusivo — siguió él.
— ¿Qué hace tu hermana? — inquirió con curiosidad.
— Es mecánica de embarcaciones.
Aquello la sorprendió. Sabía que estaba siendo prejuiciosa, pero la guapa y rubia Erika no encajaba con la imagen que tenía ella de un mecánico en su mente.
Solo unos minutos más tarde, después de muchos recodos y un par de túneles excavados en las montañas, el pueblo al que se dirigían apareció frente a ellos. Una roca gigantesca que se internaba en el mar lo presidía.
Impresionante. Y bello.
— Eso es Calpe — comentó él— . Vamos justo ahí, debajo del peñón.
En silencio, ella se dejó seducir por el paisaje, por la curiosa roca, por la multitud de casitas blancas que adornaban las laderas de los cerros y por el mar azul que resplandecía a la luz del sol mientras se acercaban a la localidad. Accedieron a ella por una rotonda que desembocaba en una amplia avenida. Era temprano y no había mucha gente por la calle.
Atravesaron el dormido pueblo con rapidez y terminaron en el puerto. Los mástiles de numerosos barcos asomaban entre las palmeras.
El Peñón de Ifach destacaba imponente frente a ellos.
Jorge detuvo el Nissan a pocos metros del acceso a la playa y Juls descendió del vehículo sin poder quitar la vista de la enorme piedra que proporcionaba sombra a gran parte de la zona. Era gigantesca.
— Marea mirar hacia arriba — dijo.
— Un poco — admitió él— . Mide más de trescientos metros y hay un sendero que lleva hasta su cima. Pero esa excursión la dejamos para la próxima vez.
Tal y como él le había dicho, la cala era pequeña, de cantos blancos y solo estaba ocupada por una mujer que jugueteaba con un perro cerca de la orilla. Había una caseta blanca al comienzo de la playa — un puesto de socorrismo que permanecía cerrado— y a la derecha, un largo dique de cemento que se adentraba en el mar. A lo lejos, en el horizonte, se podían vislumbrar los altos edificios de Benidorm que se recortaban contra el cielo azul lavanda.
Jorge se dirigió a la parte trasera del todoterreno y abrió la puerta. Por el rabillo del ojo, Juls pudo ver las bombonas de buceo, los trajes, las aletas y otros utensilios que no supo identificar. El nerviosismo hizo presa en ella de
nuevo. Cuanto más se acercaba el momento de sumergirse, menos segura estaba de que aquello fuera una buena idea, pero trató de respirar hondo y calmar su inseguridad.
Le ayudó a sacar el material del Patrol y le siguió hasta el muro de piedra que corría en paralelo a la playa donde depositaron todo el equipo.
Levantó una de las botellas de oxígeno e hizo una mueca al comprobar lo pesada que era.
— El equipo completo pesa unos treinta kilos — le dijo él— . Pero en el agua no se nota, no te preocupes.
Comenzó a quitarse la ropa y ella le inspeccionó con curiosidad al ver que debajo de los pantalones llevaba un bañador muy ajustado como los que solían usar los nadadores.
— ¿Te gusta mi trasero apretadito por la licra? — le lanzó él.
— Ni me he fijado — rechazó con exageración.
Él liberó una risa antes de tenderle un neopreno y unos escarpines y animarla a que se los pusiera. Lo hizo. Se desnudó, quedándose en bikini, y se ajustó el traje de goma con cierta dificultad y el calzado. La sensación del frío material sobre su cuerpo era extraña. Alzó la cara cuando escuchó un potente graznido. Por encima de su cabeza, unas cuantas gaviotas sobrevolaban la playa.
— El peñón está lleno de nidos de gaviotas y de pardelas — le explicó él, viendo hacia donde dirigía la mirada— . También hay cormoranes moñudos. Mira allí y verás algunos tomando el sol.
Ella siguió sus señales. Había tres aves oscuras con curiosos tupés en la cabeza sobre una gran roca.
— No tienes problemas cardiacos ni respiratorios, ¿verdad?
La pregunta la llevó a girarse con brusquedad. El nudo que tenía en su estómago se hizo más grande todavía.
— Hasta esta mañana no los tenía — dijo con pretendida sorna— .
Ahora ya no estoy tan segura. Mi corazón va a mil por hora.
— Lo vas a hacer genial — le dijo él con una expresión tranquilizadora en el semblante— . Estoy seguro. Solo tienes que saber hacer tres cosas. La primera, no dejar de respirar. La segunda, compensar cuando sientas presión en los oídos. Al descender lo haremos cada medio metro aproximadamente.
Y la tercera, vaciar la máscara bajo el agua. Ahora te enseño cómo. Y ya está. De lo demás me encargo yo, ¿vale?
— Vale — respondió. Aunque trató de imprimir firmeza a su voz, no lo consiguió.
Jorge se adelantó un paso y le cogió las manos, oprimiéndoselas con firmeza. Había un brillo alentador en sus ojos. Estaba muy sexi embutido en su traje negro de neopreno.
— Estás a tiempo de decir que no quieres hacerlo. Quiero que esta sea una experiencia genial para ti. Si tienes dudas podemos irnos o simplemente disfrutar de la playa y darnos un baño, Juls. Sin presiones.
Le hubiera gustado decirle que sus palabras la serenaban, pero no era cierto.
— ¿Vamos a profundizar mucho?
— No. Unos siete metros. Es lo usual para los principiantes.
Siete metros. ¿Eso era mucho o era poco? ¿Todavía podría ver la superficie? ¿Podría subir si se agobiaba? Había visto películas en las que los buzos no podían ascender deprisa y tenían que hacer pausas para no tener problemas. Y si ella no podía…
— Deja de pensar — le pidió él con voz suave e inclinó la cabeza hasta que sus frentes se rozaron— . Te voy a explicar cómo funciona todo y nos metemos en el agua. Una vez ahí, si decides que no quieres seguir, nos salimos. Sin problema.
Se sintió como una tonta. ¿Desde cuándo tenía ella miedo a probar experiencias nuevas? Era verdad que el agua le daba respeto, pero sabía que Jorge iba a estar a su lado.
— Quiero hacerlo — dijo. Y aquella aseveración sonó firme en el silencio de la playa solo interrumpido por las voces de las escandalosas gaviotas.
Él la besó con ligereza.
Luego se apartó de ella y comenzó a revelarle para qué servían todas y cada una de las piezas del equipo. Juls siguió sus explicaciones con avidez mientras él le hablaba de la bombona de oxígeno de doce litros y doscientos bares de presión. Aprendió cómo ponerse el chaleco hidrostático y cómo manejarlo para ascender y descender en el agua, y vio el funcionamiento de
las distintas etapas que permitían llevar el oxígeno a alta presión de la botella hasta el regulador por el que se respiraba a presión ambiente.
Después de eso, él le mostró cómo debía de compensar. También le enseñó las diferentes señales de comunicación bajo el agua que a ella le parecieron bastante simples, no obstante, las repitieron varias veces hasta que él estuvo seguro de que no iba a olvidarlas. Luego comenzó a explicarle algo referente al cinturón de lastre, mencionando que los plomos dependían del peso de la botella, del grosor de su traje de neopreno y del propio peso y volumen de ella. A Juls todos aquellos cálculos le sonaron a chino y cuando terminó su aclaración y le dijo que probarían con un cinturón de cinco kilos, se limitó a asentir.
— No te has enterado de nada — dijo él con una sonrisa juguetona.
Ella se mordió el labio inferior. Se sentía rara con el neopreno, los escarpines y el pesado chaleco.
— De lo último no — admitió— . Las matemáticas y yo no nos llevamos bien. Pero confío en ti. Y si dices que cinco kilos son correctos, te creo. Tengo fe en que no quieres que me hunda como si fuera un ancla.
Él se rio.
— Sé que estás nerviosa, es lo normal, no pienses que eres la única.
Mucha gente reacciona como tú antes de la inmersión. Pero creo que la experiencia te va a encantar. De verdad. Cuando te sumerges dejas atrás todas tus preocupaciones y problemas. La sensación de silencio e ingravidez es como volar.
— Si tú lo dices — dijo con escepticismo.
— Venga, vamos. El resto te lo explico dentro.
No tardaron en encaminarse hacia el agua con las bombonas y las aletas en la mano. La sangre iba rauda por las venas de Juls y su corazón había empezado a acelerarse. La mujer que jugaba con su perrito les hizo un gesto con la mano y Juls le sonrió con los labios trémulos.
Se detuvieron en la orilla y se ajustaron las bombonas. El peso estuvo a punto de tirarla hacia atrás, pero se balanceó hacia delante y compensó con rapidez. Jorge la tomó de la mano y ella le siguió. Una vez dentro del agua, él la ayudó a calzarse las aletas, después de haberse puesto las suyas.
El tiempo era espectacular y la superficie del mar se mantenía en calma.
Apenas un suave movimiento mecía las aguas azules. Según se fueron adentrando en ellas, el equipo perdió su pesadez y se tornó liviano. Juls llevaba el chaleco medio hinchado lo que facilitaba su flotación. Pronto, dejó de sentir el lecho de arena bajo sus pies y pudo aletear con libertad.
Era la primera vez que se ponía unas aletas y una extraña y torpe sensación se adueñó de sus piernas, poco acostumbradas a ese tipo de calzado. Él, por el contrario, fluía grácil en el agua como el mismo Poseidón.
Jorge se detuvo y ella le imitó.
— Ahora un par de conceptos más, ¿vale? Ante todo, no te pongas nerviosa.
¿Que no se pusiera nerviosa? ¿Estaba de broma? Se tragó una imprecación y siguió sus explicaciones mientras él le mostraba cómo vaciar la máscara debajo del agua.
No era un proceso fácil y tuvo que probar muchas veces. La frustración la embargó al ver que no era capaz de conseguirlo. Pero Jorge tenía muchísima paciencia, como demostró una y otra vez, hablándole con calma.
Juls estaba a punto de tirar la toalla cuando lo consiguió por fin. Él la obligó a hacerlo unas cuantas veces más hasta que estuvo seguro de que era capaz.
— Vamos a hacer ahora el chequeo de flotabilidad. A ver, deshincha el chaleco, quédate quieta y llena los pulmones. ¿Cómo lo ves? ¿Te hundes?
— No.
— Vale, vacía ahora los pulmones del todo. Si empiezas a hundirte despacio es que tienes el lastre correcto.
Juls vació los pulmones y esperó. Poco a poco comenzó a notar como si una fuerza invisible tirase de su cuerpo hacia abajo.
— ¡Genial! — Jorge le tendió una mano y le sujetó el brazo mientras una sonrisa se dibujaba en su boca— . Creo que soy un instructor maravilloso. Tienes los plomos que te corresponden. Y a la primera.
Ella le sonrió insegura. Jorge parecía eufórico.
— ¿Preparada?
«¡No!».
— Sí — murmuró.
— ¿Recuerdas las señales?
Asintió.
— No te voy a soltar la mano, Juls. No te preocupes. Podemos ascender en cualquier momento. Lo haremos despacio, eso sí. ¿Todo correcto?
— Está bien.
Después de ponerse las máscaras, aguardaron un rato más sobre el agua hasta que ella se acostumbró a respirar a través del regulador. Por fin, él le hizo una señal indicándole que iban a descender y ella asintió. Bajó los párpados unos segundos y dejó que él tirase de ella.
El agua la engulló.
Cuando se quiso dar cuenta, ya se habían sumergido y Jorge le sujetaba la mano con firmeza. Aquello la tranquilizó. Le vio hacer el símbolo de Ok juntando el índice y el pulgar y le correspondió de la misma manera. Una inmensidad azul se abría ante sus ojos y solo podía escuchar un opresivo silencio y el sonido de su aparatosa respiración. La presión comenzó a acaparar sus oídos como si quisiera robárselos y se apretó la nariz con ambos dedos y espiró, tal y como él le había dicho, compensando. Volvió a hacerlo un par de veces más, cada vez que la presión le taponaba los oídos según descendían.
Con lentitud, se fueron internando en las profundidades. Echó un último vistazo hacia arriba y vio la superficie muy por encima de su cabeza, quizá a cinco o seis metros.
Notó el corazón palpitando furioso en su pecho.
«Ya no hay marcha atrás», se dijo con ansiedad.
Giró la cara y se encontró con la mirada de Jorge distorsionada por el cristal de las gafas submarinas. Quizá se lo imaginó, pero le pareció que él le hacía un guiño.
La pesadez que sentía en el estómago disminuyó un poco.
La sensación de ingravidez era indescriptible.
Era como estar suspendida en el aire.
Como volar.