Inolvidable
Capítulo 27
Jorge
Después de que su madre le recogiera y regresaran a casa, se había encerrado en su habitación y había pasado allí la mayor parte del día, repasando febrilmente las fotos, buscando detalles nimios que quizá pudieran darle más pistas sobre su relación. También visualizó todos los vídeos que había en la memoria del teléfono. Algunos eran muy divertidos; ella le contaba cómo había pasado el día o simplemente le daba las buenas noches. Otros, en cambio, destacaban por su atrevimiento y despedían un tinte tan erótico que le hicieron sudar y sentirse como un voyeur .
Todo parecía indicar que Juls y él habían tenido una relación muy profunda.
Hacía ya un buen rato que había dejado el móvil sobre la mesilla y se había tumbado en la cama. Caía la tarde y las sombras comenzaban a entrar por la ventana. Estaba absorto contemplando el techo mientras pasaba revista al encuentro del día anterior en el Nevada. Una profunda vergüenza le invadió al recordar partes de la conversación.
Entonces, ¿eso quiere decir que me has visto desnudo?
¡Joder!
Debía de haber sido complicado y muy duro para ella actuar con serenidad después de escuchar algo así. Se sentía como un tonto. Pese a que la lógica le decía que no tenía culpa alguna y que todo se debía a las desafortunadas circunstancias, la necesidad de pedirle perdón se instaló en su interior.
Perdón por haber olvidado una historia de amor tan especial como la suya…
Perdón por haber olvidado sus besos, sus caricias, sus abrazos, sus palabras…
Perdón por haberla olvidado a ella…
Cerró los ojos y trató de atraer esos recuerdos compartidos, guiándose por las fotos que había visto: el concierto de Malikian, la visita al mirador, el rastro de El Cisne…
Su respiración se aceleró y la presión aumentó en su pecho cuando solo un abismo oscuro se presentó en su cabeza.
¡Maldita amnesia!
Malhumorado, se levantó de la cama y cogió su diario, dispuesto a plasmar en el papel la angustia que le recorría por dentro, pero no pudo escribir ni una sola palabra porque alguien llamó a la puerta con unos suaves golpes.
— ¿Jorge? ¿Puedo pasar?
Erika.
Azuzado por la impaciencia, se acercó a la hoja de madera y la abrió con brusquedad. Su hermana le miró con los ojos muy abiertos, sorprendida.
— ¿Estás bien? ¿Pasa algo? Dice mamá que llevas todo el día encerrado.
— Estoy bien. Necesito hablar contigo.
— ¿Me puedo dar una ducha primero? Estoy llena de grasa.
Jorge la miró de arriba abajo. Tenía el pelo recogido en una coleta de la que se escapaban algunos mechones y una mancha negruzca en el pómulo.
Llevaba unos viejos vaqueros anchos y una sudadera gris con aspecto de haber sobrevivido a duras penas a un terremoto. Era la ropa con la que solía ir al trabajo.
— No — rechazó— . Esto es urgente. — Cerró la puerta y se dirigió a la cama. Tomó asiento en el borde y aguardó a que Erika hiciera lo mismo.
— Estás muy serio. ¿Qué es lo que ha pasado? — Le miró desconcertada.
— Hoy he ido a recoger mi móvil que ya estaba reparado — comenzó con calma— . Y he… visto las fotos que tenía guardadas. Juls está en todas ellas. Juls y yo. Juntos.
La expresión del rosto de Erika cambió por completo y se opacó. Dejó escapar un suspiro y bajó los párpados.
— Vale.
— ¿Vale? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? — exclamó en voz más alta de lo que había pretendido— . ¿Por qué no me lo dijiste?
— Juls no quería.
Aquella respuesta le llegó como un golpe en pleno plexo solar. Se puso de pie como impulsado por un resorte, con los puños apretados.
— Pero ¿por qué? — logró articular.
— No quería presionarte. No quería que te vieras obligado a nada.
— ¿Obligado a qué? — Debía de ser estúpido, pero no lo entendía.
— A reanudar la relación o a intentar forzar algo que en tu mente ya no existía. Es su argumento, no el mío. Yo traté de convencerla de que te lo dijera.
Jorge guardó silencio. Se había quedado sin palabras.
En ese momento, alguien más llamó a la puerta.
Murmuró un exabrupto mientras se dirigía a ella y la abría. En el umbral se recortó la figura de Diego.
— ¿Pasa algo? He escuchado voces — dijo este con expresión preocupada.
— Tú también lo sabías, claro — espetó.
— Yo también sabía, ¿qué?
— Lo de Juls.
Diego soltó un ligero suspiro y se adentró en la habitación. Se dirigió hacia la cama y se sentó junto a Erika.
— Lo sabía — admitió en voz baja— . Lo sabemos todos. Papá, mamá y Lukas. Y tus amigos también. Antes del accidente no hablabas de otra cosa.
Estabas colado por ella.
— Me siento como un gilipollas — dijo Jorge, frotándose la frente.
— Pues no te sientas así. El hecho de que no te hayamos dicho nada es porque todos tenemos la esperanza de que tus recuerdos regresen. Además de que ella nos lo ha pedido. Queríamos darte tiempo.
— ¿Y si mis recuerdos no regresan? — escupió con furia— Entonces,
¿qué?
— Más tarde o más temprano te lo habríamos dicho — repuso Erika— .
Solo que te has adelantado y lo has descubierto por ti mismo.
Jorge se dio media vuelta y se acercó a la ventana. Unas cuantas estrellas destacaban en el oscuro cielo vespertino.
«Tan oscuro como mi jodida memoria», se dijo para sus adentros con un matiz de cinismo. Su cabreo inicial se amortiguaba lentamente dando paso a un hondo desencanto.
— ¿Esto lo habéis hablado con la doctora Carmena? — inquirió.
— Sí — respondió Diego— . Le consultamos sobre cómo proceder. Nos dijo que un encuentro con Juls quizá fuese beneficioso para ti. Que no perdíamos nada por intentarlo.
— ¿Beneficioso? — se rio con amargura— . Para lo único que ha servido ha sido para hacerle daño a ella. Eso lo tengo más que claro. La he herido con todas y cada una de mis palabras. Y yo sigo igual, con esta puta pieza de puzle extraviada aquí dentro — terminó con voz ahogada mientras se golpeaba la frente con los dedos.
Después de eso ninguno de los tres dijo nada.
— ¿Cómo lo has averiguado? — rompió el silencio Diego.
— He recuperado mi móvil y he visto las fotos y los vídeos —
reconoció Jorge con tono fatigado— . El domingo pasado, cuando me dijiste que estaba con alguien, empecé a investigar. Hace días que encontré los wasaps que intercambié con ella, pero ha sido hoy cuando he tenido la confirmación de que era Juls. — Hizo una pausa— . ¡Joder! Ayer por la tarde estuvimos juntos y no la reconocí — lamentó— . Le dije tantas gilipolleces… Tenía que haberlo sabido — murmuró, llevándose las manos a la cabeza.
— ¿Cómo ibas a saberlo? — Erika se situó tras él y le puso una mano en el hombro. Su rostro se reflejó en el cristal junto al suyo.
— ¡Porque todo encajaba! La inicial de su nombre, vuestro comportamiento cuando ella estaba delante, el suyo, su tono de llamada y ese olor tan familiar…
Se dio la vuelta y se encaró con ambos que le contemplaban con preocupación. Diego también se había puesto de pie.
— Quiero verla — dijo con firmeza, dirigiéndose a su hermana.
Ella chasqueó la lengua y bajó la barbilla clavando la vista en el suelo.
— Me ha mandado un wasap esta mañana. Ha vuelto a Madrid.
— ¡Mierda! — exclamó Jorge. Cerró los ojos y cogió aire.
— Me ha dicho que me llamaría esta tarde — continuó ella— . Supongo que no tardará en hacerlo.
Jorge no dijo nada más. Comenzó a dar paseos nerviosos por el cuarto.
— ¿Qué vas a decirle si la vuelves a ver? — le preguntó Diego.
— No tengo ni la más remota idea. La verdad, supongo. ¡Dios! — Se detuvo en medio de la habitación, elevó la cara hacia el techo y ancló los ojos en él— . ¿Qué cojones puedo decirle? ¿Pedirle perdón por haberla olvidado?
— No es culpa tuya, Jorge — dijo su hermano con serenidad.
— Lo sé. Joder, ayer mismo en la cafetería dije que no me interesaba porque había otra persona. ¿Creéis que me escuchó?
— Ni idea — repuso Diego.
— ¿A qué persona te referías? — intervino Erika— . Ni te lo pregunté porque estaba demasiado ansiosa por todo esto.
Jorge resopló con incredulidad antes de responder.
— A ella misma — admitió.
— ¿Cómo?
— Desde que leí los wasaps que nos intercambiamos solo la tengo a ella en mi cabeza — confesó.
Una exclamación ahogada brotó de la garganta de su hermana, pero no pudo replicar más porque su móvil comenzó a sonar. Se lo sacó del bolsillo y le echó un vistazo a la pantalla. Jorge la interrogó con la mirada.
— Es ella — susurró.
— Pon el manos libres — le pidió— . Por favor.
Erika pareció vacilar, pero terminó por aceptar la llamada y pulsar el icono del altavoz.
— Hola, Juls.
— Hola, Erika.
Jorge bajó los párpados al escuchar su voz.
— No esperaba que regresaras a Madrid tan pronto. Pensaba que te quedarías unos días más.
— ¿Para qué? ¿Para que volvamos a encontrarnos y él siga mirándome como si fuera una extraña? ¿Para que me diga que le gusta otra? Me duele demasiado.
— Te entiendo, Juls. Tiene que ser muy jodido para ti. ¿Pasó algo ayer cuando os dejé solos?
— No pasó nada. Absolutamente nada. Él fue encantador, tal y como es siempre. Me recomendó sitios a los que podía ir en Benidorm… — se le quebró la voz, pero continuó con una risa agria— : ¡Sitios a los que ya había ido con él! Fue horrible, Erika. Me sentí miserable. Lo que me apetece cuando le tengo a mi lado es abrazarle y besarle todo el tiempo. Y
lo único que puedo hacer es fingir que me es indiferente y pretender que solo somos conocidos… No puedo hacerlo. ¡No puedo!
Jorge apretó la mandíbula. Aquellas palabras llenas de desesperación le removieron por dentro. Podía sentir su angustia como si fuera la suya propia. Sus ojos se cruzaron con los de Diego, que le contemplaba con un brillo empático en sus profundidades azules.
— Joder, Juls. Me duele escucharte así de triste. Si hay algo que yo…
— No — la interrumpió— . No puedes hacer nada. Te has portado genial conmigo. Todos lo habéis hecho. Solo te pido que me tengas informada sobre sus progresos.
— Claro. — Erika levantó la cara y miró a Jorge antes de continuar— : Ya sé que no quieres que le digamos nada de ti, pero creo que él debería saberlo.
— ¿De qué le va a servir saber que tuvo una aventura con una chica? Lo nuestro fue… algo breve.
Jorge rechinó los dientes. ¿Una aventura? Tenía cientos de textos, fotos y vídeos que demostraban lo contrario.
— ¿Una aventura? — masculló Erika como si le hubiera leído los pensamientos— . De sobra sabes que lo vuestro era más que eso.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea en el que se escuchó perfectamente su respiración entrecortada.
— No todas las historias de amor tienen un final feliz — dijo al fin con determinación— . Tengo que dejarte ahora. Te llamo mañana y hablamos.
— Vale. Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde estoy.
La despedida fue rápida y, solo un segundo después, Erika cortaba la comunicación y se encaraba con Jorge.
— Está hecha polvo.
— No me extraña — repuso Diego.
Jorge se dirigió a la cama y se dejó caer sobre el colchón con pesadez.
Casi por inercia, alargó la mano y cogió su móvil. Lo desbloqueó y el fondo de pantalla en el que aparecían las dos jotas unidas por el corazón se mostró antes sus ojos. Se quedó un buen rato mirándolo.
— ¿Cómo nos conocimos?
— Fue en septiembre, una noche en La Sal — dijo Erika— . Ella estaba de vacaciones aquí con una amiga. Creo que fue un flechazo en toda regla, al menos eso parecía.
— Yo… la quería, ¿verdad?
Tanto Erika como Diego asintieron.
— Me gustaría poder recordarla — admitió con voz áspera.
Accedió de nuevo a la galería de imágenes y encontró una en la que estaban juntos. Ella miraba a la cámara con una sonrisa y ojos que deslumbraban. No, no solo deslumbraban, eran como mundos colisionando, explotando, causando una brecha infinita e irreparable de suma felicidad.
En realidad, ambos tenían la misma expresión en la cara.
Era pura perfección.
Se le encogió el pecho y una ola de cálido anhelo le penetró hasta la médula.