Inolvidable
Capítulo 5
Juls
El aloe vera tiene un gran poder hidratante, ya que el noventa y nueve por ciento de su composición es agua, a la vez que contiene mucopolisacáridos que retienen humedad en la piel.
Se quedó un buen rato mirando el cursor parpadeante detrás de la palabra piel .
— Es una mierda — murmuró al cabo de un rato.
Sin pensárselo dos veces, borró el párrafo que había escrito. El único párrafo en la última media hora. Una vez eliminado y con el folio en blanco de nuevo, echó una ojeada a la hora en la parte baja de la pantalla. Las once y media. Tenía media hora para enviar los dos artículos a su editora. Al menos, el otro ya lo había terminado.
Hizo crujir sus nudillos y volvió a posar las manos sobre el teclado con determinación.
El aloe vera, una planta repleta de enzimas, aminoácidos y antioxidantes .
No.
Así tampoco.
Seleccionó la frase y la eliminó.
Volvió a colocar los dedos.
Se cree que formó parte de los rituales de belleza de reinas como Cleopatra o Nefertiti.
— Esto podría valer para empezar, ¿no?
Tenía la barra inferior llena de pestañas de todo tipo, donde había estado consultando datos sobre el aloe vera. Tampoco era tan difícil coger algo de información de allí y de allá y hacer un amasijo de palabras recauchutadas de otras revistas que podrían servirle como artículo. De hecho, era eso lo
que le pedía su editora: cantidad y no calidad. Tenía que enviarle una media de treinta artículos al mes sobre los temas más diversos.
Pero ella quería ser original. No deseaba copiar. Quería escribir algo diferente.
«Cuando trabajes para una revista seria podrás explorar tu imaginación y tu creatividad, ahora concéntrate y vomita un artículo de mil palabras sobre el puñetero aloe vera antes de que se te haga tarde, boba», le dijo su conciencia como un eco.
La alarma de su móvil comenzó a sonar. Era el recordatorio que ella misma se había puesto que le avisaba de que solo le quedaban treinta minutos para la hora definitiva.
Gimió.
— Venga, Juls, escribe algo ya y deja de ser tan quisquillosa.
Las propiedades del aloe vera para mejorar nuestra salud.
Comenzó con brío aquella primera frase. Lo demás fue saliendo solo mientras echaba ojeadas a otras publicaciones. Iba transcribiendo la información con sus palabras, tratando de hacerlo con su propia voz, un poco irónica, para que el artículo no fuera más de lo mismo.
Eran las doce menos diez cuando puso punto final al texto. Mil treinta y dos palabras. Perfecto.
Se apresuró a releerlo y a guardarlo. Poco después, había enviado los dos artículos a Nuria, su editora en la revista Life is Beautiful 5 .
Se echó hacia atrás y estiró los brazos hacia el techo, bostezando con exageración. Luego, le dio un trago a su café. Sacó la lengua asqueada al darse cuenta de que se le había quedado helado.
Estaba sentada en la terraza del apartamento que habitaban desde hacía dos días. Se encontraba muy cerca de la playa de Poniente — apenas a diez minutos a pie— , solo que sus vistas no eran las mejores; el balcón daba a las plazas de aparcamiento del edificio y a los tres rascacielos que había al otro lado de la calle. Los padres de Mariu compraron el piso de segunda mano hacía quince años y lo utilizaban todos los veranos. El resto del tiempo estaba vacío.
Ella llevaba dos años sin poder permitirse unas vacaciones en condiciones, desde que acabó la carrera y se independizó de sus padres. Si
bien ellos tenían dinero suficiente, lo último que quería era depender de su ayuda. Era ella la que se costeaba el piso que compartía con Sonsoles, primero lo hizo trabajando en la recepción de un gimnasio y, después, con el curro en la revista, si bien le pagaban una miseria. Imposible poder irse de vacaciones a la playa con su sueldo por lo que la oferta de Mariu fue como un regalo de los cielos. Ambas se conocían desde el instituto, pero en los últimos tiempos no se veían demasiado, la vida en la gran ciudad las mantenía a distancia. Por eso, su llamada telefónica hacía una semana la pilló tan de sorpresa. ¿Quince días en Benidorm? Sin dudarlo.
Además, apartarse de Madrid le iba a venir muy bien. Hacía solo un mes que había roto con Sergio y todo le recordaba a él: los parques, los restaurantes y bares cerca de su piso y hasta su propio apartamento donde habían pasado tantas noches juntos. El distanciamiento de todos aquellos lugares comunes era exactamente lo que necesitaba.
Como de costumbre, cuando Sergio acudía a su cabeza, se preguntó dónde estaría y si, por fin habría encontrado eso que andaba buscando y que no había podido hallar junto a ella. Era fotógrafo de naturaleza y era incapaz de echar raíces en ningún sitio. Solía viajar constantemente y no paraba de indagar, como si nada fuera lo suficientemente interesante.
Siempre quería otra cosa. Juls, de algún modo, desde el principio de su relación, que duró cerca de dos años, siempre sintió que no era bastante para él.
Lo mejor para los dos fue que se separaran.
— Mierda — dijo en voz alta al darse cuenta de que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Furiosa consigo misma, se los frotó y decidió no volver a perder ni un segundo más pensando en su ex.
Era mucho mejor dedicarse al chico de la noche anterior, se dijo.
Jorge era sexi, atractivo y muy seguro de sí mismo; tenía carisma, era divertido, y parecía interesado en tener algo con ella. Exactamente lo mismo que ella deseaba: una aventura superficial con un tío bueno.
Esperaba encontrarle en la playa y seguir adelante con el coqueteo.
Se levantó y se dirigió a la cocina con sigilo para no despertar a su amiga, que seguía durmiendo su resaca. Tiró el café viejo por la pila y se
preparó uno nuevo. Lo paladeó con placer mientras se asomaba por la ventana. La cocina daba a la parte trasera de la urbanización, a la piscina.
No había mucha gente a esa hora a pesar de ser sábado — solo una madre con sus dos niños y una pareja joven— ; se notaba que estaban a finales de septiembre y que el grueso de los turistas se había marchado ya a sus ciudades de origen, devolviendo Benidorm a sus habitantes habituales.
Se abanicó con una mano. El sol brillaba alto en el firmamento y hacía mucho calor, además de la pesada humedad que flotaba en el ambiente. Las ganas de ponerse un bikini y bajar a la playa a darse un chapuzón la desbordaron.
Vació la taza de un trago y la dejó en el fregadero. Luego, con cierta indecisión, se dirigió al dormitorio de Mariu. ¿Debería despertarla antes de irse?
Asomó la cabeza por la puerta y la vio tendida bocabajo, con la cara cuasi aplastada por la almohada y roncando ligeramente.
Mejor no molestarla. Le dejaría una nota diciéndole que se marchaba.
Regresó a la cocina, se preparó un par de sándwiches y cogió una botella de agua. Metió la comida, la crema de protección solar, una toalla y algo de dinero en una bolsa. Decidió no llevarse el móvil.
Luego, se puso el bikini y una corta camisa blanca playera. Cogió unas gafas de sol y un sombrero de ala ancha, y así pertrechada, abandonó el apartamento.
El camino se le hizo pesado debido al potente sol que ardía sobre su coronilla. Por la cuesta que bajaba a la playa, se cruzó con una familia que la subía — el padre, la madre y tres niños pequeños— ; iban cargados como arrieros con sombrilla, sillas, colchoneta, flotadores, tabla de surf infantil, toallas y bolsas y Juls dio gracias al cielo por no tener que arrastrar con ella tanto artilugio.
Acomodó su toalla junto a la orilla y sonrió contenta. La brisa marina soplaba con suavidad haciendo la estancia más soportable. Se giró hacia el mar y suspiró con deleite. Este parecía un espejo bruñido, sin oleaje. No tardó en embadurnarse de crema y en irse directa al agua, que estaba espectacular; ni demasiado fría ni demasiado caliente. Braceó durante unos minutos, disfrutando de la tranquilidad que se respiraba allí antes de
regresar a la toalla. Se tiró sobre ella, echó un vistazo a su alrededor y comprobó que no había mucha gente. La noche anterior, Mariu les dijo a los chicos que bajarían a la playa sobre las cuatro y, según sus cálculos, serían las dos del mediodía, así que tenía por lo menos dos horas antes de que ellos llegaran, si es que se presentaban. También era posible que no hicieran acto de presencia. Le fastidiaría porque el tal Jorge le pareció de lo más interesante, pero no iba a llevarse un disgusto si no volvía a verle.
Mientras observaba a las pocas personas que tomaban el sol o se bañaban, se comió los sándwiches y se bebió la botella de agua. Después, se tumbó y se tapó la cara con su enorme sombrero. ¡Qué delicia!, pensó al sentir los rayos sobre la piel. Cerró los ojos y dejó la mente en blanco, limitándose a sentir.
Debía de haberse quedado dormida porque soñó con el tipo de la noche anterior, al menos con su voz, cálida y ronca. Pestañeó unas cuantas veces para ahuyentar la somnolencia, pero la voz no desapareció, por el contrario, parecía muy real y cercana. Terminó por levantarse el ala del sombrero y echar un vistazo sesgado a su derecha.
A unos tres metros de distancia, había un grupo de personas, tres chicos y tres chicas. A Juls no le costó demasiado reconocerlos a casi todos. Los chicos eran los de la noche anterior: Jorge, Dani y Rafa. Una de las chicas era la hermana de Jorge, otra, la tal Bea, y la tercera, una desconocida, pelirroja y muy alta. Ellos estaban sentados sobre sus toallas y ellas permanecían de pie a su lado.
Algo sorprendida, observó al grupito durante un rato mientras escuchaba su conversación. Ni siquiera tuvo que aguzar el oído porque el viento traía las palabras hasta ella sin problema.
— Vamos a alquilar un pedal — decía la acosadora.
— Pues pasadlo bien — repuso Jorge con sequedad.
— ¿Por qué no vienes?
— Porque no me apetece.
— ¿Es que tienes algo mejor que hacer?
— Sí.
— ¿Qué?
— Estoy esperando a alguien.
— ¿A quién?
Juls puso los ojos en blanco al escuchar el tono de la chica. Era realmente cargante. Lo sorprendente era que Jorge tuviese tanta paciencia.
— Venga, Bea, vámonos — intervino la hermana de Jorge, que había estado hablando con Rafa.
— Espera.
— Es que se hace tarde y luego no hay pedales.
— ¡Espera un momento!
Juls consiguió echar un rápido vistazo a la cara de Jorge y vio que tenía la mandíbula apretada y el ceño fruncido. Semejaba estar a punto de perder la compostura. Se había levantado de su toalla y se encaraba con la chica, con los brazos cruzados sobre el torso.
— ¿Con quién habéis quedado? — inquirió la acosadora.
— Con su novia y su amiga — respondió Dani.
— ¿Con tu novia? ¿La chica de anoche?
— Sí — repuso Jorge con dureza— . Esa es mi novia, exactamente.
— Es que ayer no me quedó claro. ¿Lleváis mucho tiempo saliendo?
— ¡Qué pesada eres, tía! — arrojó Erika— . Vámonos, Laura — le dijo a la pelirroja— . Y esta que venga cuando quiera.
Jorge masculló algo y su hermana le lanzó una mirada de disculpa.
— ¿La relación a distancia funciona?
Juls estuvo a punto de soltar una risita. ¡Joder con la insistencia!
— Funciona perfectamente. Nos va muy bien. Como nos vemos poco, cuando nos encontramos lo hacemos con más ganas.
La acosadora puso cara de haber chupado un limón al escuchar aquello.
— ¿Desde cuándo?
— ¡Bea, joder! — llamó la hermana.
Juls tomó una decisión. No sabía por qué, pero le resultó muy lamentable ver a Jorge con los puños cerrados y la tensión deformando su atractivo semblante.
Una sonrisa maliciosa apareció en su boca cuando una idea comenzó a tomar forma dentro de ella. Tuvo que morderse los labios para no soltar una carcajada al imaginarse la cara de la tal Bea.
Sí, ya sabía lo que iba a hacer.
Se quitó el sombrero y se incorporó. Casi todos en el grupito estaban muy pendientes de la conversación, pero Rafa estaba mirando en su dirección y la reconoció. Antes de que pudiera decir algo y delatar su presencia, Juls se llevó el dedo índice a los labios y le conminó a guardar silencio. Él la obedeció.
Aguantando la risa que quería escapar de su boca, se puso en movimiento y se acercó a ellos.
— ¡Cariño! — exclamó, lanzándose sobre Jorge— . Ya estoy aquí.
Él la recibió con un ademán sorprendido que pronto se convirtió en uno de alivio. Había tardado apenas dos segundos en reconocerla y su reacción fue rápida. La abrazó por el talle y la subió en volandas.
— ¡Juls! — dijo y su voz estaba cargada de gozo, fingido o real, ella no supo cómo interpretarlo.
Su cuerpo estaba caliente y tenía músculos por todas partes. Músculos que se acoplaron a sus formas a la perfección. La diferencia de estaturas era notoria y casi de forma natural, las piernas de ella se enroscaron en torno a la cintura de él. Mientras se agarraba a sus hombros, pudo sentir sus ásperas manos posándose sobre sus muslos y un pequeño escalofrío de placer la recorrió de arriba abajo.
Se miraron, ignorando a todos los demás. Los ojos de él estaban moteados de puntitos verdes, algo que se le había escapado la noche anterior y que el sol ponía de manifiesto. Como si se hubieran puesto de acuerdo, de improviso, la cabeza de él se elevó y la de ella se inclinó y sus labios se encontraron.
Fue un beso breve y desordenado, pero suficiente para poner en su sitio a la tal Bea, en apariencia.
Se escuchó un siseo indignado y, luego, las voces de despedida de las chicas.
— Ey… — murmuró él, apartando la cara unos centímetros, pero sin soltarla.
— Ey… — respondió ella con una sonrisa— . Ahora me debes dos.
Jorge se rio y la depositó en la arena, por fin. Lo hizo lentamente de modo que sus cuerpos se deslizaron con sensualidad uno contra otro. El
roce fue delicioso y Juls tuvo que fingir neutralidad, cuando en realidad hubiera deseado soltar un gemido placentero.
— ¿Dónde estabas? — inquirió él con curiosidad.
— Justo aquí al lado, tomando el sol. — Señaló su toalla— . Bueno, la verdad es que me había quedado dormida y vuestras voces me han despertado.
— ¿Estás sola? — preguntó Dani, irguiéndose y mirando en todas direcciones.
Llevaba un bañador rojo y una camiseta blanca. Era evidente que bajaba poco a la playa si se tenía en cuenta lo poco bronceado que estaba.
— Sí. He bajado sola. Mariu estaba durmiendo cuando me he ido.
— ¿Y no va a bajar?
Juls aguantó una sonrisa. La timidez del tal Dani era encantadora.
— Sí, supongo que sí bajará. ¿Qué hora es?
— Las cuatro menos diez — respondió Rafa después de echar una ojeada a su móvil.
Llevaba un bañador azul y él sí estaba morenito, aunque no tanto como su guapo amigo, que parecía vivir en la orilla del mar. Su oscura piel dorada por el sol destacaba de un modo considerable.
— Pues tiene que estar al llegar.
Jorge permanecía silencioso, observándola con interés.
Juls alzó la barbilla. No se avergonzaba en absoluto de su cuerpo en bikini. Quizá le faltaba altura, pero lo compensaba con sus curvas bien proporcionadas.
— ¿Has pasado muchas horas al sol? — preguntó él, señalando la marca que había dejado el tirante de su bikini— . Tienes que tener cuidado.
— Me he echado crema. Aunque creo que ya he tenido suficiente sol por hoy.
— ¿Me dejas que pague parte de mi deuda contigo? — expuso él con la voz risueña— . Te invito a un mojito ahí.
Señaló el bar que había al fondo del arenal, al otro lado de la carretera.
Massai, ponía en el toldo blanco con letras negras.
Juls ladeó la cara y le miró de soslayo. Tenía el pelo alborotado y su sonrisa era resplandeciente. ¿Le salía un hoyuelo en la mejilla derecha? ¿O
era una sombra? No. Era hoyuelo.
¡Joder, era guapo de verdad!
Y divertido.
Y tenía un cuerpazo, pensó mientras le recorría con la vista de arriba abajo.
Solo llevaba un bañador negro con una raya blanca en el bajo y su musculoso torso quedaba al descubierto. Un tatuaje destacaba en su costado izquierdo, en blanco y negro, un buzo en un paisaje marino que iba desde sus costillas hasta su abdomen. Sexi.
Él se agachó para recoger sus chanclas y su camiseta, dando por sentado que ella iba a aceptar la invitación.
¿Un mojito, había dicho?
— Vale.