Leones de Aníbal
Capítulo 5
Aquel breve encuentro con el joven celtíbero había despertado los demonios que moraban en su cabeza. Después de todo, no controlaba las cosas tanto como le gustaba aparentar. Fingía, sí, que aceptaba cada paso dado en su vida. Pero había uno en particular por el que, para su propia vergüenza, se maldecía más veces de las deseables.
Agradeció, pues, aquella conversación con el muchacho. La tensión propia de la guerra aislaba emocionalmente a los hombres, así que resultaba agradable poder entablar una conversación sincera con individuos sumidos en situaciones similares. Alcón y Leukón parecían ser apropiados para ello. Había empatizado con ambos desde el primer instante. Se decía a sí mismo que debido a los azares del destino, aunque la realidad era otra: se trataba de aquella soledad tan profunda que le azotaba incluso en mitad de un ejército tan populoso.
¿Y qué tenían estos dos individuos para ser especiales entre otros que habían pasado por su vida? El arsetano también era un hombre amargado por sus elecciones pasadas, y siempre parecía en tensión, como si cada una de aquellas decisiones fuera un trauma. Problemas similares, cierto, aunque el modo de afrontarlo era totalmente distinto al de Tabnit: donde éste luchaba, el hispano parecía empeñado en huir, a pesar de la voluntad de hacer las cosas correctamente; donde el oficial cartaginés escondía sus sentimientos, el intérprete, mucho más expresivo, era incapaz de ocultar la angustia que lo devoraba.
La afinidad hacia el muchacho pelendón se fundamentaba en algo muy distinto: le recordaba a su hermano. Apreciaba en él esa división entre la obligación derivada del honor y los deseos del corazón. Le habría recomendado que se marchara, que tomara su caballo y volviera al hogar del que partió; que recuperara la compañía de la mujer a la que extrañaba. Pero resultaba absurdo, sabía que no serviría de nada. El celtíbero sería despreciado por los suyos, que en tanto valoraban la lealtad y la hombría que otorga la guerra. Al igual que Tabnit, para él sólo existía un camino por delante, tan doloroso como inevitable.
Al menos Leukón tenía algo por lo que luchar, a diferencia del cartaginés. Nada ni nadie importante. Nada propio, al menos. Ni siquiera un objetivo que pudiera llamar suyo, salvo seguir salvaguardando la mentira. En ocasiones se reprendía esa propensión a volcar sus esfuerzos en los demás y olvidarse de sí mismo. Su hermano, Aníbal, el ejército… Siempre ocupado cumpliendo las metas de otros. Alienado, le parecía estar negando y encerrando a todas horas al verdadero hombre que había bajo la farsa en la que se refugiaba. Esa falsedad lo tenía sumido en una cárcel inexpugnable, hecha de obligaciones hacia segundas y terceras personas.
Como siempre que pensaba en ello, pronunció en voz baja una palabra:
—Idníbal.
Se explayó al expirarlo entre sus labios, pausadamente, como si la amenaza del olvido se cerniera sobre esas letras que formaban un nombre.
Su nombre.
Volvió a ser Tabnit al advertir una figura que ocultaba la luz de uno de los hachones, arrancándole de toda ensoñación. Vio la silueta durante un fugaz momento, pero lo bastante para comprender que, quienquiera que fuera, pretendía pasar desapercibido. Y sólo alguien con intenciones oscuras desearía algo así.
Estaba claro que no era ninguno de los guardias, pues éstos recorrían el campamento en parejas y desde luego no se mostraban tan considerados con el sueño de los demás como para pisar con semejante delicadeza. Durante un instante pensó en dar la voz de alarma. Lo desechó con rapidez. Mejor asegurarse, no fuera que se tratara de un simple caso de contrabando entre reclutas. Con todo, si lo detenía ahora tal vez no supiera jamás cuáles eran sus intenciones.
Así que siguió a la sombra con el mismo sigilo que utilizaba ella. Tan sólo debía permanecer atento a que los brillos de las teas no delataran su posición. No tuvo que alejarse mucho de la zona donde había estado hablando con Leukón. El supuesto confabulador se detuvo en un cercado un poco alejado de los elefantes, cuyo olor asustaba a las criaturas que no estaban acostumbradas. Allí había cabras, cerdos y demás animales que servirían de alimento durante la marcha, así como las bestias de carga que tiraban de los carros de suministros. Fue entonces cuando quedaron al descubierto las facciones del intrigador: era un libio-fenicio, uno de tantos, un rostro desconocido incluso para Tabnit, hombre de buena memoria. Lo vio arrimarse a la casucha del palomero y liberar el pasador que mantenía cerrada la puerta agujereada. «Un espía», se dijo Tabnit. «Sin duda a sueldo de los romanos». Imaginó que habría escondido algunas aves propias entre las entrenadas por los púnicos, y que las utilizaría para enviar mensajes a quienquiera que le pagara. Nada extraño, en realidad. Sabía a ciencia cierta que Aníbal había infiltrado a varios confidentes en Roma, que se hacían pasar por comerciantes o se introducían en los campamentos y le mantenían informado puntualmente de lo que ocurría en territorio enemigo utilizando sistemas similares.
Tabnit se felicitó por aquel golpe de fortuna. Capturar a un agente rival supondría una interesante victoria, que debía agradecer a la demora fruto de la charla con Leukón.
El oficial deslizó con esmero su espada fuera de la funda, evitando que el sonido del roce fuera tan escandaloso como para delatarle. Salió de la esquina de la tienda tras la que se ocultaba y, paso a paso, se acercó al espía. Calma. No podía permitirse ni el menor crujido de las sandalias. Cuando lo tuvo al alcance del arma, le rozó la espalda con la punta, procurando que él lo sintiera. Aquél dio un respingo, pero se mantuvo quieto ante la amenaza.
—Amigo mío, vas a tener que dar muchas explicaciones.
Sin embargo, el cartaginés había infravalorado la rapidez del otro, quien se movió con una agilidad que le tomó por sorpresa. Giró sobre sí mismo y, golpeando temerariamente con la mano, apartó la hoja de Tabnit. Y al instante echó a correr.
«¡Maldita sea!», se reprochó el consejero, y saltó tras él. Dio la voz de alarma con un par de gritos mientras lo perseguía, pero el problema residía en que el corral de los caballos estaba muy cerca. O lo detenía él mismo o nadie llegaría a tiempo si conseguía subirse a una montura. Los guardias del perímetro exterior tal vez lo interceptaran, pero dándole muerte. Y lo necesitaban vivo.
Logró alcanzarlo justo antes de que tomara las riendas de uno de los animales; lo embistió por detrás y cayó sobre él. Cuando iba a amenazarle de nuevo con la espada, el traidor extrajo una daga que tenía en el cinto y logró colocarse boca arriba. Desde luego, era escurridizo. Tabnit tuvo que ladearse para evitar ser atravesado por la hoja, e incluso así recibió un leve corte en el costado. Mientras le sujetaba la muñeca armada con la zurda, le propinó un puñetazo con la derecha, con la empuñadura de la falcata, a lo que el otro respondió con un rodillazo en el vientre. El espía liberó la daga y, tomando impulso, logró rodar sobre su oponente. Lo inmovilizó con el cuerpo y trató de hundirle el puñal en la cara. En el último suspiro, Tabnit pudo interponer la única mano que tenía a su disposición —la espada había quedado trabada debajo de la pierna del enemigo— y contener el golpe fatal. El aguijón de acero quedó a escasos dos dedos de su ojo izquierdo. Ambos apretaron los dientes, el uno forzando por seguir adelante, el otro con la intención de invertir tan delicada situación. El cartaginés llevaba desventaja, pues era menos fuerte con la zurda.
Sin embargo, el espía se había dejado entretener por la excitación del combate, consumido su tiempo y perdido la oportunidad de escapar. Una figura lo golpeó con una poderosa carga y se lo quitó de encima al consejero. Tabnit lo reconoció: Leukón. Aprovechando la sorpresa, se había acercado hasta el infiltrado, al que sometió a una serie de puñetazos rabiosos y frenéticos, inmisericordes, como si estuviera poseído por alguna ira interna. Uno y otro, sin detenerse, le castigó el rostro mientras apretaba los dientes como único gesto para contener una violencia que lo desbordaba. Afortunadamente, llegaron varios soldados, que se encargaron de separar al joven de lo poco que quedaba del libio-fenicio.
Tabnit se llevó la mano a la herida. Nada grave, unos cuantos puntos de sutura dejarían el asunto en una cicatriz más, y no la mayor de cuantas poblaban su cuerpo después de tantas batallas. Pero antes de pensar en curas se imponía una obligación moral.
—Cuando te vi, supe que tarde o temprano tendría que agradecerte algo —le dijo al joven celtíbero, que al fin parecía haberse calmado—. Te debo la vida, Leukón. No será tu nombre lo único que recuerde.
El joven sonrió levemente, arrugó los labios con una mueca de satisfacción y sacó pecho. Tabnit le palmeó el hombro y, asegurada la situación, fue en busca de Aníbal. Tenía mucho de qué hablar con él.
Los romanos estaban nerviosos, y eso era algo que debían aprovechar.