Leones de Aníbal
Capítulo 61
Durante buena parte de la mañana, la comitiva comandada por Tabnit recorrió las praderas, cuyas únicas redondeces provenían de las suaves colinas de hierba alta. Entre ellas se dibujaba un viejo sendero, según les dijeron transitado por los comerciantes que viajaban entre los poblados, siendo Plasencia el punto de referencia de la región.
El consejero había elegido una vez más a Leukón y los pelendones para formar parte de su escolta, junto con algunos otros celtíberos. Sin embargo, le llamó la atención que el intérprete que los acompañara no fuera Alcón. El oficial cartaginés alegó que el íbero estaba indispuesto.
—El guiso de anoche —bromeó Tabnit—. De hecho, yo también siento ganas de salir corriendo en busca del primer arbusto.
—¡Bah! ¡Cuánto estómago remilgado! —se burló Babpo.
Pero, mientras el resto de pelendones hacían chanza con los apetitos voraces del gordinflón, que empezaba a ganar peso de nuevo, Leukón se mantuvo reflexivo.
No podía dejar de pensar que algo no marchaba bien con el arsetano.
El sol apenas caldeaba. La luz, pálida y poco reconfortante, no traía ningún consuelo consigo en aquella mañana fría.
Entonces uno de los guías celtas que llevaban consigo señaló hacia el sur, pues habían llegado por la zona más cercana al Erídano con la intención de evitar los montes. En uno de los altozanos que salpicaban la región, lamiendo las planicies que alcanzaban el río, se erigía la ciudad de Clastidium. Un pequeño arroyo pasaba cerca de la urbe, al noroeste.
Cuando estuvieron más cerca, Leukón alcanzó a distinguir algunos detalles de la urbe. Estaba fortificada, pues la colonia romana se hallaba en un territorio que ya había sido invadido antes y todavía permanecía hostil. El perímetro se cerraba tomando forma rectangular, alzándose como una robusta construcción de sillería, lo que daba cuenta de que se trataba de un punto estratégico al que se pretendía proteger a toda costa. Resultaba extraño, por tanto, que su gobernador lo hubiera rendido a la primera oportunidad.
—Clastidium fue una ciudad de los anamaros, muchos de los cuales todavía viven entre sus muros —les explicó Tabnit, que se había informado antes de partir—. Al tratarse de una colonia tan alejada de su capital, y siendo una región inestable, pocos ciudadanos romanos desean establecerse en la zona. Hace cuatro primaveras fue asediada por los ínsubros y, de no ser por la intervención de un tal Marco Claudio Marcelo, habría caído. Pero el cónsul romano, que mandaba las tropas junto a Cneo Cornelio Escipión…
—¿No es ése hermano del actual magistrado? —le interrumpió Tibasté.
—Así es, gran caudillo. El mismo que ahora lucha en Iberia —respondió el cartaginés, tratando de esconder el fastidio producido por la interrupción—. Como decía, las tropas consulares rompieron el cerco. Y Marcelo ganó grandes honores al enfrentarse durante la batalla al líder de los ínsubros, Viridomarus. Fue un combate singular en mitad de la gran reyerta, o al menos eso dicen estos romanos, aunque ya sabéis que les gusta mucho hinchar la verdad hasta hacerla irreconocible. Sea como fuere, Marco Claudio derrotó a su enemigo, consiguiendo así el trofeo que ellos llaman spolia opima, y que consiste en los pertrechos personales del rival caído. Dicen que luego se lo ofrendó a uno de sus dioses, Júpiter.
—Una buena historia para contar frente a una hoguera —dijo Ambón—. ¿Será posible que entre estos blandengues haya también honor?
—¡Apuesto a que no es más que una bravata! —aseguró Babpo.
Tabnit se encaró con él.
—Poco importa lo que pensemos. Pero, a partir del momento en que entremos en esa ciudad, quiero que mostréis respeto. Incluso los traidores tienen orgullo y saltan cuando se les insulta. Y gran parte de los que están ahí dentro, aunque miserables que se pliegan al dinero, también son romanos.
Los viajeros se encontraron con una senda que subía hasta lo alto del montículo y que les llevó hasta las puertas de Clastidium. Los lugareños que guiaban a sus mulas cargadas, los campesinos… todos se apartaban con prontitud del paso de la comitiva, sorprendidos y atemorizados.
En la entrada les esperaba un comité de bienvenida, donde destacaba un hombre vestido con una ancha toga, bordada con celosías blancas sobre la tela púrpura. Leukón no tenía ni idea, pero más tarde Tabnit le contaría que el tinte para que una prenda tomara ese color se obtenía a partir del tratamiento de cierto molusco marino, y era extremadamente costoso porque se necesitaba una gran cantidad. Un signo de distinción muy apreciado entre los romanos, aunque según el consejero había sido puesto de moda por los fenicios a partir de las costumbres de los primeros cretenses.
—Sólo los considerados ciudadanos pueden utilizar la toga —le narraría durante el viaje de vuelta—. Me temo que a Dasio le queda poco tiempo como tal, ahora que lo suyos saben de su traición.
El vestido, enrollado al cuerpo de un modo que al muchacho le pareció muy complicado y enrevesado, otorgaba a ese personaje un aire distinguido. Sin embargo, era un toque de dignidad demasiado leve, incapaz de esconder la delgadez extrema de aquel individuo de cuello largo y cabeza grande cual ave carroñera. Un buitre, sí, aunque no como los enviados por los dioses para llevarse el espíritu de los caídos. Más bien tenía la apariencia de una criatura enfermiza en cuerpo y alma.
Alguien de quien desconfiar.