Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 18 de 79

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Leones de Aníbal

Parte 2. Más allá del Íber

Parte 2

 

MÁS ALLÁ DEL ÍBER

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Alcón notó la mirada del hombre sobre sí. Los ojos grises, acerados y cargados de perspicacia, daban a conocer una fuerza colosal que le recordaba a Aníbal. Se sintió tan intimidado que apartó la vista casi al instante.

Así observaban los grandes líderes, aquéllos con bravas aspiraciones y ambiciones superiores al común de los individuos; los que no se dejaban dominar y mandaban no por la fuerza del brazo, sino por el ímpetu de un espíritu firme y encantador. Abrumaban a las voluntades más débiles, y la del intérprete desde luego no estaba en su mejor momento desde hacía ya demasiado tiempo.

Todavía le quemaba lo ocurrido tras la visita al santuario fenicio, a pesar de que ya habían pasado catorce días. Una y otra vez, Tabnit trataba de quitarle hierro al asunto cuando hablaba con él. «No todos los hombres están hechos para la guerra. Tú posees otros dones», le había dicho antes de cruzar el Iber. Sin embargo, Alcón no veía en sí tales virtudes, fueran las que fueran. La tentación de caer de nuevo en los dulces brazos del alcohol regresó con más fuerza que nunca, azuzada por la presencia imaginada de Daleninar. Ni siquiera él mismo supo dónde halló la entereza para resistir. Tal vez en la imagen igualmente recreada de Isbataris. ¿Hasta cuándo podría salvaguardarle ese hijo inalcanzable?

Aquel personaje que ahora tenía frente a sí era un gran jefe, ni cartagineses o romanos podrían negarlo. Caudillo de los ilergetes, aunque de antigua ascendencia celtíbera como proclamaba su nombre. Y, sin embargo, íbero de ley.

Indíbil.

Tenía una hirsuta cabellera, oscura como cabía esperar, bien cuidada, aunque no con aceites y demás artificios propios de helenos, romanos o púnicos. Todo en él parecía natural, nacido de la sangre. El semblante era tremendamente expresivo, y la piel curtida lo situaba en esa edad que existe entre la primera adultez y la vejez; el momento en que el cuerpo aún es fuerte y la mente empieza a contener verdadera sabiduría.

Quizá no tan fascinante, aunque también regio, resultaba el hombre que acompañaba al jefe ilergete. Mucho más joven, Mandonio era el contrapunto a su compatriota, pues parecía más jovial y abierto. Se había presentado como lugarteniente del otro, si bien ambos se trataban como iguales a pesar de la diferencia de edad. Tanto era así que los rumores decían que, al modo de los espartanos, los ilergetes tenían dos reyes. La explicación, en realidad, resultaba bastante más sencilla: eran hermanos.

 

Tras cruzar el Iber habían avanzado siguiendo su curso, caprichoso en ocasiones, que los condujo hacia el noroeste durante diez jornadas. Alcón le preguntó a Tabnit por qué no marchaban hacia el norte sin tantos rodeos. La respuesta de éste fue, una vez más, de un sentido común aplastante: el trayecto, ahora que estaban en un territorio extraño y sin aliados comprobados, a pesar de las promesas realizadas a los embajadores enviados en invierno, debía transcurrir cerca de los ríos para poder abastecerse.

La ruta propuesta por el guía ilercavón los llevó hasta el punto donde el Iber recibía la savia plateada de un afluente, el Ibarcar. «Torrente que baja de las montañas», lo llamaban los lugareños. Justo donde se unían las tierras de ilercavones e ilergetes, siguieron a contracorriente el nuevo río. No había mejor camino para evitar el extravío y asegurar un terreno favorable, sobre todo tras dejar atrás las estribaciones montañosas junto a la desembocadura, donde las aguas rápidas se dividían en dos. El ejército eligió el cauce que quedaba a su derecha.

A partir de ese momento encontraron pocas elevaciones en la orilla oeste por la que caminaban, pero aun así el viaje se volvió más lento. Aunque para Aníbal era prioritario avanzar con rapidez, se dejó convencer por sus oficiales más precavidos, Tabnit y Hanón, que aconsejaban tomar ciertas precauciones. El campamento nocturno que levantaban al finalizar las jornadas dejó de ser una simple sucesión de tiendas y se convirtió en un auténtico fortín temporal. La jornada útil se redujo a la mitad: paraban a la hora de comer, tras toda la mañana de viaje sin apenas un breve descanso, y excavaban un foso en torno al asentamiento. En el lado interior hincaron una empalizada robusta, que bien podría haber contenido una hueste de enemigos. Tareas, sin embargo, engorrosas que los retrasaron, pero que al menos les permitieron dormir con cierta calma.

 

El sol se alzaba brillante en el horizonte cuando alcanzaron las cercanías de Iltirta, la capital de los ilergetes. El agua del río bajaba cantarina y vivaracha, y más adelante se retorcía en varias curvas, guarecido por árboles que resguardaban el canto de las cigarras.

Las gentes de la región salían de sus aldeas y fortificaciones para contemplar con asombro las tres columnas. Sus miradas reflejaban la desconfianza propia hacia aquellos extranjeros cargados de armas y dudosas intenciones, pero no huyeron ni trataron de oponerse a que semejante hueste recorriera la zona. Pues había sido enviada una avanzadilla para anunciar la llegada del ejército, y éstos volvieron con el beneplácito del señor de aquellas tierras.

Iltirta estaba situada sobre una colina ataludada, dividida en tres terrazas. Al pie de dicha altura, el camino de tierra aplastada por el paso de los carros partía en dos una necrópolis donde se alzaban diversos túmulos escalonados, construidos con piedras.

—Menos de treinta montículos he contado —le escuchó decir a Corbis, uno de los mercenarios pelendones—. Pocos, muy pocos.

—El asentamiento no debe ser antiguo —aseguró Tibasté—, lo sorprendente que se haya convertido en capital de su territorio en tan poco tiempo.

Acamparon en el valle, bajo la sombra del promontorio. IItirta le daba la espalda al río Ibarcar, aunque bastaba coronar el cerro para atisbar muchos estadios a la redonda. El poblado, tal y como era habitual en los oppida, estaba amurallado, y sus edificios tenían un aspecto rústico bastante alejado de las influencias griegas o púnicas. Sobriedad. Ése era el mejor calificativo para los ilergetes: las casas, de adobe; las calles, de tierra; las mujeres vestían túnicas cortas de lino, y el calzado de sus esposos no era de cuero, sino de simple esparto. Ausencia de joyas, salvo en el caso de las damas de la nobleza, escasas en número.

Aun así, la riqueza de la región resultaba evidente. Abundaban los campos de cereales y, a pesar de que la temporada de siembra no había llegado, daba la impresión de que las parcelas se mostraban dadivosas en sus frutos. En definitiva, el modo de vida de los ilergetes era de un estilo más austero que en el caso de asentamientos sureños como Saití o Ilici. Sin duda, se debía a la lejanía con la costa, que reducía la influencia de los comerciantes de oriente. Podía decirse que Iltirta contenía la verdadera esencia de la cultura íbera, sin adulterar.

Tabnit requirió de nuevo a Alcón y Leukón como parte de la comitiva que se desplazaría al interior del recinto fortificado para entrevistarse con su caudillo. El intérprete supuso que buscaba en él a un experto en diplomacias, y en el muchacho alguien arrojado en los momentos de apuro.

—Tiene más de poblado que de ciudad —dijo el arsetano.

—No es muy grande, pero los alrededores están surcados de villorrios y fortificaciones agrícolas o defensivas —comentó el consejero, mientras la comitiva de oficiales subía el repecho tras el centinela ilergete que los guiaba—. Todos son Iltirta, partes de un mismo cuerpo. Me recuerda a Edeta.

—Y a mí a Okalakom —dijo inesperadamente Leukón.

Había un suspiro de añoranza implícito en sus palabras.