Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 74 de 79

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Leones de Aníbal

Capítulo 71

 

Dejó que Leukón le ayudara a auparse. Y, al realizar el esfuerzo, un latigazo de dolor le hizo llevarse la mano al costado. La herida, casi la había olvidado en el fragor de la lucha. Al observar con disimulo, para que el pelendón no reparara en ello, vio que su túnica estaba teñida de rojo alrededor del corte.

La mancha se hacía grande a cada suspiro.

—Qué bueno que estés entero —le dijo el muchacho.

—De nuevo me has salvado… —respondió, tratando de obviar la debilidad que poco a poco se adueñaba de él, de luchar contra el temblor en sus piernas.

Más allá de sí mismo, la batalla estaba decidida. Los hombres de Magón se habían afianzado en la retaguardia enemiga, cercada ya por todos lados. Escipión hijo, que le debía la salvación al tribuno Buteo, había sido rescatado y puesto a salvo junto al cónsul, al que rodeaban los soldados en afán protector mientras bregaban por abrirse camino hacia el río para huir.

Y, al fin, los romanos rasgaron la barrera cartaginesa por la parte oriental, asistidos por la fuerza que otorga la desesperación de una muerte cercana. Al advertir la situación, Aníbal dio una nueva orden: de nuevo era la hora de los jinetes númidas, quienes habrían de acosar al enemigo que escapaba y masacrar a los rezagados. Quizás el río acabaría con otro buen puñado, con aquellos debilitados y heridos.

La victoria del León de Cartago era tan inapelable como el grito de triunfo de sus hombres, y pronto sería conocida en toda la república romana. Así sería, tomarían conciencia definitivamente de que la amenaza no sólo era real, sino la peor de cuantas hubieran enfrentado.

Mañana, Roma sentiría de verdad la cercanía de un coloso.

Pero Tabnit no lo vería. Lo sabía. Reconocía la flojera que se había instalado en sus miembros como lo que era, la antesala del fin. Le fallaron las rodillas y se fue al suelo sin remedio. Leukón no lo advirtió al principio; fue Babpo quien le dio aviso mientras todos ellos coreaban la retirada de los legionarios. El joven acudió junto a su amigo enseguida.

—¡Tabnit!

—Tienes que… llevarme al campamento… con Nunn… —le pidió, aferrándose a su sago para hacerle ver la urgencia.

Leukón asintió. Se llevó los dedos a la boca y silbó. Una, dos, hasta tres veces. Y presto apareció el magnífico caballo del muchacho, abriéndose espacio entre la muchedumbre. Sí, en verdad existía una conexión entre esos celtíberos y sus animales.

El muchacho aupó a Tabnit de inmediato sobre la montura. ¡Por Baal, qué dolor tan intenso! Le pareció que le desgajaban la carne. El pelendón subió detrás y azuzó al alazán, quien entendió la demanda de rapidez y galopó con furia, alejándose de la batalla de nuevo hacia el este. El vaivén incrementó el sufrimiento de Tabnit, a quien por momentos le cegaba la oscuridad.

«No todavía. Si estáis ahí arriba, dioses, permitidme unos momentos. Hay secretos que deben ser desvelados».