Leones de Aníbal
Capítulo 28
Leukón volvía a viajar con el ejército. Y lo hacían rápido, salvada toda oposición hasta que alcanzaran el territorio de los arecómicos. Los designios del druida, que no podían ser desoídos, y el compromiso de no establecer ningún dominio sobre las regiones por las que transitaran, bastaron para que Anaios, Sedulo y Batuitos ofrecieran al estratega los servicios de varios guías.
—También hablarán en nombre de los jefes celtas, allá por donde vayamos — explicó Tabnit—. Así ninguna aldea se levantará en armas, ni huirán despavoridos. Nos interesa que así sea para comprar suministros.
No obstante, los galos no ofrecieron a sus guerreros. Unos pocos se alistaron por iniciativa propia, movidos por su belicismo o el afán de conseguir un buen botín. Se les admitió, pero no fueron muchos, pues el que los dioses hubieran hablado a favor de Aníbal no convertía en agradable que tantos soldados transitaran por sus tierras. El cartaginés se había ganado su aceptación, y sin embargo todavía quedaba lejos conseguir de ellos verdadera lealtad.
—En realidad, es un alivio. No necesitamos más bocas que alimentar —comentó el consejero púnico—. De hecho, habrá momentos en que sobrarán estómagos.
Así pues, se pusieron en marcha de nuevo hacia el norte. Dejaron atrás Ruscino, siguiendo ahora una ruta paralela a la costa, aunque distante varios estadios. A su diestra quedaba un terreno pantanoso, unas marismas que casi lamían las aguas saladas. El terreno era llano, al menos hasta que alcanzaron el primer gran lago, donde algunas elevaciones de poca importancia les retrasaron un poco.
Aníbal reorganizó el ejército ante la perspectiva de que los arecómicos presentaran batalla, ahora que estaban tan cerca de su territorio. Seguían formando en tres columnas, pero decidió que los soldados más experimentados y capaces fueran delante, tras los elefantes. Los flancos quedaron protegidos por la caballería númida, que gracias a su rapidez podían responder a cualquier ataque con presteza y efectividad. En la retaguardia dejó a los hombres desencantados, para que si se descolgaban no retrasaran al resto.
Porque todo dependía ya de la velocidad. Aníbal estaba obsesionado con ello, mandaba que los exploradores una y otra vez se adelantaran para prever cualquier contratiempo y poder rodearlo. Avanzar rápido, no dejaba de exigirlo. Leukón sabía gracias a Tabnit que los romanos —ese enemigo que seguía siendo algo abstracto— habían desembarcado ya en Massalia, y que sin duda tratarían de interceptarlos. Pero no podían hacerlo mucho antes de que llegaran al Ródano, pues los celtas, igual como se habían opuesto a los púnicos, también lo harían a los itálicos. El estratega lo apostó todo a un plan concreto: alcanzar el gran río antes de lo que Escipión esperaba, a fin de impedir que organizara un ataque en condiciones y poder esquivarlo.
Algunos oficiales no estaban muy de acuerdo con esa táctica. Maharbal y Magón se oponían abiertamente. La fogosidad movía sus ideas: huir de una batalla no era digno. Leukón opinaba igual, y así se lo dijo a Tabnit una noche que ambos charlaban junto a la cuadra de los elefantes.
—Si derrotáramos a los romanos sería un golpe clave para sus ánimos —opinó—. Además, no es propio de valientes escapar del enemigo.
—No lo tomes como una huida, amigo mío. Tu bravura está fuera de toda duda, aunque debes tener en cuenta que hay caminos más adecuados que la fuerza bruta. No es cobardía aplazar el combate, sino inteligencia, pues lo que Aníbal pretende es llevar la iniciativa. En la guerra hay reglas para alcanzar la victoria, y quizá la más importante es tener la capacidad de elegir el terreno y el momento.
Leukón respondió con un gruñido desairado. Pero al reflexionar sobre ello tuvo que reconocer que eran palabras sensatas, aunque a los celtíberos no les entrara en la cabeza todo lo que no fuera lanzarse al ataque sin remilgos.
Tal vez por ello no eran un imperio poderoso, como los cartagineses o los romanos.
Llevaban casi tres meses arrastrándose desde que el grueso de la tropa saliera de Qart Hadast. La larga marcha pesaba en el ánimo general, incluso en el de los pelendones. Tibasté resistía con estoicismo, en cambio las quejas aumentaban por parte de su hijo. Y Babpo, que siempre se había comportado con descaro, amigo del jolgorio, parecía como apagado. No lo decía, pero el muchacho sabía que era debido al racionamiento. Los celtas con los que se encontraban no se opusieron a abastecerlos, pero ni por asomo tenían suficiente comida para tantos miles de hombres. Y así, aunque el orondo celtíbero seguía ocupando un volumen importante, la ropa le colgaba más que antes. Ahora incluso podía cabalgar al ritmo de los demás.
Y Leukón… Cada día que pasaba se sentía más infeliz. Forzaba la mente tratando de dibujar, línea a línea, lo que su corazón anhelaba: la curva de una mejilla, el color de una negra maraña de cabellos, la silueta de una pequeña nariz, el perfil de unos labios, la miel de unas pupilas cuya hermosura ya sólo podía intuir. Pero no había manera. El retrato que se formaba en su memoria sólo era una amalgama de elementos que no conectaban entre sí, un difuso mosaico sin personalidad ni realismo. Trazos que no se parecían a nadie.
Ya no recordaba a Stena. La quería, sabía que la quería. Ese amor innegable se mantenía en el interior de su pecho, junto a su espíritu. Sin embargo, sólo era una sensación, sin respaldo de un recuerdo claro. ¿Y si también perdía dicha emoción?
¿Y si al final se olvidaba de amarla?